Mujercitas·Episodio 60

Consecuencias · I

~13 min · 2632 palabras

El bazar de la señora Chester era tan elegante y distinguido que para las jovencitas del vecindario constituía un gran honor recibir una invitación para encargarse de un puesto, y el asunto despertaba el interés general. A Amy le hicieron la propuesta, pero a Jo no, lo cual resultó una suerte para todas las partes, pues por entonces llevaba los codos decididamente abiertos y hacían falta bastantes golpes duros para enseñarle a comportarse con soltura. A la «creatura altiva y desinteresada» la dejaron soberanamente en paz, pero el talento y el gusto de Amy recibieron su merecido cumplido con el ofrecimiento del puesto de arte, y ella se esmeró en preparar y conseguir contribuciones apropiadas y valiosas para el mismo.

Todo marchaba sobre ruedas hasta el día anterior a la inauguración del bazar; entonces sobrevino una de esas pequeñas escaramuzas que resulta casi imposible evitar cuando unas veinticinco mujeres, entre jóvenes y mayores, con todas sus rivalidades y prejuicios particulares, intentan trabajar juntas.

May Chester sentía ciertos celos de Amy porque esta era más querida que ella, y justo en esos momentos se produjeron varias circunstancias triviales que avivaron el sentimiento. El delicado trabajo a pluma y tinta de Amy eclipsaba por completo los jarros pintados de May; he ahí una espina. Luego, el conquistador Tudor había bailado cuatro veces con Amy en una fiesta reciente y solo una con May; he ahí la espina número dos. Pero el principal agravio que le rumiaba en el alma y le servía de excusa para su antipática conducta era un rumor que alguna amable chismosa le había susurrado al oído: que las hermanas March se habían burlado de ella en casa de los Lamb. Toda la culpa de aquello debería haber recaído en Jo, pues su traviesa imitación había sido demasiado realista como para pasar inadvertida, y los juguetones Lamb habían permitido que se filtrara la broma. Sin embargo, ni rastro de aquello había llegado a los oídos de las culpables, y cabe imaginar la consternación de Amy cuando, justo la víspera del bazar, mientras daba los últimos retoques a su bonito puesto, la señora Chester —que, por supuesto, estaba resentida por la supuesta burla a su hija— le dijo con tono afable, pero con mirada fría...

—Descubro, querida, que existe cierto malestar entre las señoritas a causa de que le haya confiado este puesto a otra que no sea una de mis hijas. Como este es el puesto más visible, y según dicen el más atractivo de todos, y siendo ellas las principales organizadoras del bazar, se ha considerado más oportuno que ocupen ellas este lugar. Lo siento, pero sé que te interesa demasiado y de corazón la causa como para que te importe un pequeño chasco personal, y tendrás otro puesto si te apetece.

La señora Chester se figuraba de antemano que le resultaría fácil pronunciar este pequeño discurso, pero, a la hora de la verdad, le costó bastante decirlo con naturalidad, con los ojos confiados de Amy clavados en los suyos llenos de sorpresa y desconcierto.

Amy notó que había algo más detrás de aquello, aunque no acertaba a adivinar qué, y replicó con calma, sintiéndose ofendida y dejándolo ver: —¿Tal vez prefiera que no coja ningún puesto en absoluto?

—Ahora, querida, no te guardes ningún rencor, te lo ruego. Es meramente una cuestión de conveniencia, ya ves que mis hijas llevarán la batuta de forma natural, y este puesto se considera su sitio propio. Me parece muy apropiado para ti y te agradezco muchísimo los esfuerzos por dejarlo tan bonito, pero desde luego debemos deponer nuestros deseos particulares, y ya me encargaré de que tengas un buen lugar en otra parte. ¿No te gustaría el puesto de flores? Las niñas se hicieron cargo de él, pero están desanimadas. Podrías sacar un partido encantador, y ya sabes que el puesto de flores siempre atrae.

—Especialmente a los caballeros —añadió May, con una mirada que iluminó a Amy respecto a una de las causas de su repentina caída en desgracia. Se sonrojó con ira, pero no hizo otro caso de aquel sarcasmo propio de jovencita y contestó con una amabilidad inesperada...

—Se hará como usted guste, señora Chester. Cedo mi puesto aquí mismo y me encargaré de las flores, si le parece.

—Puedes poner tus propias cosas en tu propio puesto, si lo prefieres —empezó May, sintiendo un leve remordimiento de conciencia al contemplar las bonitas estanterías, las conchas pintadas y las curiosas iluminaciones que Amy había elaborado con tanto esmero y dispuesto con tanta gracia. Lo decía con buena intención, pero Amy malinterpretó sus palabras y exclamó con rapidez...

—¡Oh, por supuesto, si os estorban! —y barriendo sus contribuciones hacia su delantal, a troche y moche, se alejó con la sensación de que tanto ella como sus obras de arte habían recibido una ofensa imperdonable.

—Ahora está furiosa. Ay, Dios, ojalá no te hubiera pedido que hablaras, mamá —dijo May, mirando con desolación los espacios vacíos de su puesto.

—Las riñas de las chicas se pasan pronto —replicó su madre, sintiendo un punto de vergüenza por su propia participación en aquel asunto, y con razón.

Las niñas recibieron a Amy y a sus tesoros con alborozo, y aquella cordial acogida mitigó un tanto su espíritu alterado, de modo que se puso manos a la obra dispuesta a triunfar por la vía floral, ya que no podía hacerlo por la artística. Pero todo parecía ponerse en su contra. Se hacía tarde y estaba cansada. Todo el mundo andaba demasiado ocupado en sus propios asuntos como para ayudarla, y las niñas no hacían sino estorbar, pues las queridas criaturas alborotaban y parlotearon como urracas, armando un gran barullo en sus ingenuos intentos por mantener el orden más perfecto. El arco de abeto no se aguantaba firme una vez montado, sino que oscilaba y amenazaba con derrumbarse sobre su cabeza en cuanto colocaban las cestas colgantes. Su mejor azulejo recibió una salpicadura de agua que dejó una lágrima de sepia en la mejilla de Cupido. Se magulló las manos con el martillo y se refrió trabajando en una corriente de aire, y esta última aflicción la llenó de malos presagios para el día siguiente. Toda lectora que haya sufrido parecidas cuitas simpatizará con la pobre Amy y le deseará que salga airosa de su tarea.

Reunidos en casa, hubo una gran indignación cuando contó lo sucedido aquella noche. Su madre dijo que era una vergüenza, pero le aseguró que había obrado bien. Beth declaró que no iría al bazar en absoluto, y Jo exigió saber por qué no se había llevado todas sus bonitas cosas dejando que aquella gente mezquina se las apañara sin ella.

—Que ellos sean mezquinos no es razón para que lo sea yo. Detesto esas cosas, y aunque creo que tengo derecho a sentirme herida, no pienso demostrarlo. Eso les dolerá más que los discursos airados o los aires de suficiencia, ¿verdad, Marmee?

—Ese es el espíritu correcto, querida. Un beso como respuesta a un golpe es siempre lo mejor, aunque a veces cueste mucho darlo —dijo su madre con aires de quien ha aprendido la diferencia entre predicar y dar trigo.

A pesar de las tentaciones tan naturales de resentirse y tomar represalias, Amy se mantuvo firme en su propósito durante todo el día siguiente, empeñada en conquistar a su enemiga con bondad. Empezó con buen pie, gracias a un silencioso recordatorio que le llegó de forma imprevista, pero de lo más oportuna. Mientras arreglaba su puesto aquella mañana, mientras las niñas se hallaban en el cuartito trasero llenando las cestas, cogió su creación predilecta, un breviario cuya encuadernación antigua su padre había encontrado entre sus tesoros y en el que, sobre hojas de vitela, había iluminado bellamente distintos textos. Al pasar las páginas, ricas en delicados diseños con muy comprensible orgullo, sus ojos tropezaron con un versículo que la hizo detenerse a reflexionar. Enmarcadas en una brillante filigrana de color escarlata, azul y oro, con diablillos de buena voluntad que se ayudaban unos a otros a subir y bajar entre espinas y flores, se leían las palabras: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

«Debería hacerlo, pero no lo hago», pensó Amy, mientras su mirada iba de la brillante página a la cara de descontento de May tras los grandes jarrones, que no podían ocultar los huecos que su bonito trabajo había llenado antes. Amy se quedó un minuto, pasando las hojas entre las manos, leyendo en cada una un dulce reproche contra todo rencor y espíritu falto de caridad. Todos los días nos predican muchos sermones sabios y verdaderos ministros inconscientes en la calle, la escuela, la oficina o el hogar. Hasta una mesa bien puesta puede convertirse en un púlpito si es capaz de ofrecer palabras buenas y útiles que nunca están fuera de lugar. La conciencia de Amy le predicó un pequeño sermón a partir de ese texto, allí mismo, y ella hizo lo que muchos de nosotros no siempre hacemos: tomó el sermón a pecho y lo puso en práctica al instante.

Un grupo de muchachas estaba de pie alrededor de la mesa de May, admirando las bonitas cosas y hablando sobre el cambio de vendedoras. Bajaron la voz, pero Amy supo que hablaban de ella, al escuchar una versión de la historia y juzgar en consecuencia. No era agradable, pero un espíritu mejor se había apoderado de ella y pronto se presentó la oportunidad de demostrarlo. Oyó decir a May con tristeza...

—¡Es una pena, porque no hay tiempo para hacer otras cosas, y no quiero llenar esto con baratijas! La mesa estaba perfecta. Ahora está arruinada.

—Supongo que te los devolvería si se lo pidieras —sugirió alguien.

—¿Cómo iba a hacerlo después de tanto jaleo? —empezó May, pero no terminó, porque la voz de Amy cruzó el pasillo diciendo amablemente...

—Puedes quedártelos, y con mucho gusto, sin pedirlos, si los quieres. Estaba pensando precisamente en ofrecerme a devolverlos, porque pertenecen a tu mesa más que a la mía. Aquí están, por favor cógelos y perdóname si fui precipitada al llevármelos anoche.

Mientras hablaba, Amy devolvió su contribución con un movimiento de cabeza y una sonrisa, y se apresuró a alejarse de nuevo, sintiendo que era más fácil hacer una buena acción que quedarse y recibir las gracias por ella.

—Pues me parece un detalle precioso por su parte, ¿no crees? —exclamó una muchacha.

La respuesta de May fue inaudible, pero otra joven, cuyo genio se había agriado evidentemente un poco por hacer limonada, añadió con una risa desagradable: «Muy precioso, sí, sabiendo que no los iba a vender en su propia mesa».

Eso sí que era duro. Cuando hacemos pequeños sacrificios nos gusta que nos los agradezcan, al menos, y por un minuto Amy se arrepintió de haberlo hecho, sintiendo que la virtud no siempre es su propia recompensa. Pero sí lo es, como descubrió poco después, pues su ánimo empezó a elevarse y su mesa a florecer bajo sus hábiles manos; las chicas se portaron muy bien y aquel pequeño acto pareció haber despejado la atmósfera de forma asombrosa.

Fue un día muy largo y difícil para Amy, sentada tras su mesa, a menudo muy sola, pues las niñas se marcharon muy pronto. A pocos les importaba comprar flores en verano, y sus ramos empezaron a marchitarse mucho antes de que cayera la noche.

La mesa de arte era la más atractiva del salón. Hubo un gentío a su alrededor durante todo el día, y las encargadas corrían de aquí para allá con caras de importancia y alcancías que hacían ruido. Amy a menudo miraba con nostalgia hacia allí, deseando estar en ese lugar donde se sentía como en casa y feliz, en lugar de en un rincón sin nada que hacer. Para algunos de nosotros podría no parecer una gran penuria, pero para una muchacha alegre y bonita, no solo era tedioso, sino muy duro, y pensar en Laurie y sus amigos lo convertía en un verdadero martirio.

No se fue a casa hasta la noche, y entonces tenía un aspecto tan pálido y tranquilo que supusieron que el día había sido duro, aunque ella no se quejó ni contó siquiera lo que había hecho. Su madre le dio una taza de té extra reconfortante. Beth la ayudó a vestirse y le hizo una coronita preciosa para el cabello, mientras Jo asombraba a su familia arreglándose con inusual esmero e insinuando oscuramente que las tornas estaban a punto de cambiar.

—Por favor, Jo, no hagas ninguna tontería; no quiero jaleos, así que deja pasar las cosas y pórtate bien —le suplicó Amy al marcharse temprano, con la esperanza de encontrar un refuerzo de flores para refrescar su pobre mesita.

—Simplemente tengo la intención de resultar encantadoramente agradable a todo el mundo y retenerlos en tu rincón todo el tiempo posible. Teddy y sus muchachos echarán una mano, y ya nos lo pasaremos bien —contestó Jo, inclinándose sobre la verja para vigilar la llegada de Laurie. Al poco rato se oyó el familiar paso pesado en la penumbra, y ella salió corriendo a su encuentro.

—¿Es ese mi chico?

—¡Tan seguro como que esta es mi chica! —y Laurie metió la mano de ella bajo su brazo con el aire de un hombre cuyos deseos son todos satisfechos.

—¡Ay, Teddy, qué cosas pasan! —y Jo le contó las ofensas hechas a Amy con celo de hermana.

—Un grupo de nuestros compañeros va a venir en coche dentro de un rato, y que me cuelguen si no los obligo a comprar todas las flores que tiene y a acampar frente a su mesa después —dijo Laurie, haciendo suya la causa con entusiasmo.

—Las flores no son nada bonitas, dice Amy, y las frescas tal vez no lleguen a tiempo. No deseo ser injusta ni desconfiada, pero no me extrañaría que no vinieran nunca. Cuando la gente hace una mala acción, es muy probable que haga otra —observó Jo en tono de disgusto.

—¿No te dio Hayes lo mejor de nuestros jardines? Se lo pedí yo.

—No lo sabía, se le olvidaría, supongo, y como tu abuelo estaba indispuesto, no quise preocuparlo pidiéndoselo, aunque sí que necesitaba algunas.

—Pero, Jo, ¿cómo se te ocurre que hacía falta pedir nada? Son tan tuyas como mías. ¿Acaso no vamos siempre a medias en todo? —empezó Laurie con el tono que siempre ponía a Jo a la defensiva.

—¡Dios mío, espero que no! La mitad de algunas de tus cosas no me irían bien en absoluto. Pero no debemos quedarnos aquí de cháchara. Tengo que ayudar a Amy, así que ve a ponerte guapo, y si eres tan amable de dejar que Hayes suba unas cuantas flores bonitas al Salón, te lo agradeceré eternamente.

—¿No podrías hacerlo ahora? —preguntó Laurie con tanta picardía que Jo le cerró la verja en las narices con inhóspita prisa y le gritó a través de los barrotes: «Vete, Teddy, estoy ocupada».

Gracias a los conspiradores, las tornas cambiaron aquella noche, pues Hayes envió un mar de flores, con una cesta preciosa dispuesta a su mejor modo para centro de mesa. Entonces la familia March se presentó al completo, y Jo se esforzó de veras, pues la gente no solo acudía, sino que se quedaba, riéndose de sus tonterías, admirando el gusto de Amy y disfrutando al parecer muchísimo. Laurie y sus amigos se lanzaron con valentía a la brecha, compraron los ramos, acamparon frente a la mesa e hicieron de aquel rincón el lugar más animado de la sala. Amy estaba en su elemento ahora y, por agradecimiento si por nada más, se mostró tan alegre y amable como fue posible, llegando a la conclusión, por aquel entonces, de que la virtud era su propia recompensa, después de todo.

Fin del Episodio 60 · de 96

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