Mujercitas·Episodio 06

El muchacho de los Laurence · II

~9 min · 1731 palabras

Sí, me hace pensar en las chicas alemanas, se ve tan fresca y tranquila, y baila como una señora».

A Jo se le iluminó el rostro de placer ante este elogio infantil de su hermana, y se lo guardó para repetírselo a Meg. Ambas espiaron, criticaron y charlaron hasta sentirse como viejas conocidas. La timidez de Laurie pronto se desvaneció, pues los modales caballerosos de Jo lo divirtieron y lo hicieron sentir cómodo, y Jo volvió a ser su alegre yo, ya que se había olvidado de su vestido y nadie levantaba las cejas al verla. El «chico Laurence» le cayó mejor que nunca y lo miró detenidamente varias veces para poder describírselo a las chicas, pues no tenían hermanos, apenas unos pocos primos varones y los muchachos eran criaturas casi desconocidas para ellas.

«Pelo negro rizado, piel morena, grandes ojos negros, nariz bonita, dientes hermosos, manos y pies pequeños, más alto que yo, muy educado, para ser un chico, y en general muy simpático. Me pregunto cuántos años tendrá».

A Jo le estuvo a punto de salir la pregunta de la lengua, pero se reprimió a tiempo y, con inusual tacto, intentó averiguarlo de forma indirecta.

«Supongo que irás a la universidad pronto. Veo que te matas estudiando, no, quiero decir que estudias mucho». Y Jo se sonrojó por el terrible término que se le había escapado.

Laurie sonórió pero no pareció escandalizado, y respondió encogiéndose de hombros: «No por un año o dos. No iré antes de los diecisiete, en cualquier caso».

«¿Acaso no tienes quince años?», preguntó Jo, mirando al alto muchacho, a quien ya se había imaginado de diecisiete.

«Dieciséis, el mes que viene».

«¡Cómo desearía ir a la universidad! No pareces muy contento con ella».

«¡La odio! No es más que empollar o hacer travesuras. Y tampoco me gusta la forma en que actúan los muchachos de este país».

«¿Qué es lo que te gusta?».

«Vivir en Italia y disfrutar a mi manera».

Jo tenía muchas ganas de preguntarle cuál era su manera, pero las cejas negras de este parecieron volverse algo amenazantes al fruncirlas, así que cambió de tema y, mientras marcaba el compás con el pie, dijo: «¡Esa polca es fantástica! ¿Por qué no vas a probarla?».

«Si tú vienes también», respondió él con una galante reverencia.

«No puedo, porque le prometí a Meg que no lo haría, ya que...». Ahí Jo se detuvo y pareció indecisa entre contarlo o reírse.

«¿Ya que qué?».

«¿No se lo dirás a nadie?».

«¡Jamás!».

«Bueno, tengo la mala costumbre de pararme frente a la chimenea y por eso quemo mis vestidos, y chamusqué este; aunque está bien arreglado, se nota, y Meg me dijo que me quedara quieta para que nadie lo viera. Puedes reírte si quieres. Sé que es gracioso».

Pero Laurie no se rió. Solo miró hacia abajo un minuto, y la expresión de su rostro desconcertó a Jo cuando dijo con mucha suavidad: «No te preocupes por eso. Te diré cómo podemos arreglarlo. Hay un pasillo largo ahí fuera, podemos bailar a lo grande y nadie nos verá. Por favor, ven».

Jo se lo agradeció y fue encantada, deseando tener dos guantes limpios al ver los bonitos guantes color perla que llevaba su compañero. El pasillo estaba vacío y bailaron una polca fantástica, pues Laurie bailaba bien y le enseñó el paso alemán, lo que encantó a Jo, por estar lleno de ritmo y energía. Cuando la música se detuvo, se sentaron en las escaleras para recuperar el aliento, y Laurie estaba en medio del relato de un festival de estudiantes en Heidelberg cuando Meg apareció en busca de su hermana. Hizo una seña y Jo la siguió a regañadientes a una habitación contigua, donde la encontró en un sofá, sosteniéndose el pie y con el rostro pálido.

«Me he torcido el tobillo. Ese tacón alto y estúpido se dobló y me dio un tirón terrible. Me duele tanto que apenas puedo sostener de pie, y no sé cómo voy a volver a casa», dijo, meciéndose de un lado a otro de dolor.

«Sabía que te harías daño en los pies con esos zapatos tontos. Lo siento. Pero no veo qué puedes hacer, salvo tomar un coche o quedarte aquí toda la noche», respondió Jo, frotando suavemente el pobre tobillo mientras hablaba.

«No puedo permitirme un coche sin que cueste una fortuna. Me temo que ni siquiera pueda conseguir uno, porque la mayoría viene en el suyo, y hay un buen trecho hasta la cuadra y nadie a quien enviar».

«Iré yo».

«¡No, por Dios! Ya pasan de las nueve y está más oscuro que boca de lobo. No puedo quedarme aquí porque la casa está llena. Sallie tiene a unas amigas alojadas con ella. Esperaré hasta que venga Hannah y luego haré lo que pueda».

«Le preguntaré a Laurie. Él irá», dijo Jo, sintiendo un gran alivio al ocurrírsele la idea.

«¡Caramba, no! No le pidas nada a nadie ni digas nada. Tráeme mis chanclas y pon estas zapatillas con nuestras cosas. Ya no puedo bailar, pero tan pronto como acabe la cena, vigila a Hannah y avísame en el mismo instante en que llegue».

«Van a salir a cenar ahora. Me quedaré contigo. Prefiero hacerlo».

«No, querida, vete corriendo y tráeme un café. Estoy tan cansada que no puedo moverme».

Así pues, Meg se reclino con las chanclas bien escondidas, y Jo se fue torpemente al comedor, el cual encontró después de entrar en una despensa de porcelana y abrir la puerta de una habitación donde el viejo señor Gardiner estaba tomando un pequeño refrigerio privado. Arrojándose hacia la mesa, se apoderó del café, que inmediatamente derramó, dejando así la parte delantera de su vestido tan mal como la trasera.

«¡Ay, Dios, qué patosa soy!», exclamó Jo, terminando de limpiar el guante de Meg con su propia falda.

«¿Puedo ayudarte?», dijo una voz amable. Y allí estaba Laurie, con una taza llena en una mano y un plato de helado en la otra.

«Estaba intentando conseguir algo para Meg, que está muy cansada, y alguien me empujó, y aquí me tienes, echa un cuadro», respondió Jo, mirando con desaliento desde la falda manchada hasta el guante color café.

«¡Qué mala suerte! Estaba buscando a alguien a quien darle esto. ¿Puedo llevárselo a tu hermana?».

«¡Oh, gracias! Te mostraré dónde está. No me ofrezco a llevarlo yo misma, porque si lo hago, solo me meteré en otro lío».

Jo abrió el camino y, como si estuviera acostumbrado a atender a señoras, Laurie acercó una mesa pequeña, trajo una segunda tanda de café y helado para Jo y fue tan servicial que incluso la exigente Meg lo catalogó como un «chico simpático». Pasaron un rato divertido entre bombones y lemas, y estaban en medio de una tranquila partida de Buzz, junto con otros dos o tres jóvenes que se habían acercado, cuando apareció Hannah. Meg se olvidó de su pie y se levantó tan rápido que se vio obligada a agarrarse de Jo, con una exclamación de dolor.

«¡Chis! No digas nada», susurró, y añadió en voz alta: «No es nada. Me torcí un poco el pie, eso es todo», y cojeó escaleras arriba para ponerse sus cosas.

Hannah regañó, Meg lloró y Jo estaba al borde de la desesperación, hasta que decidió tomar cartas en el asunto. Escapándose, bajó corriendo y, al encontrar a un sirviente, le preguntó si podía conseguirle un coche. Casualmente era un camarero contratado que no sabía nada del vecindario, y Jo estaba buscando ayuda cuando Laurie, que había oído lo que decía, se acercó y le ofreció el carruaje de su abuelo, que acababa de llegar para él, según dijo.

«¡Es tan temprano! ¿No querrás marcharte ya?», empezó diciendo Jo, con cara de alivio pero titubeando a la hora de aceptar el ofrecimiento.

«¡Siempre me voy temprano, de verdad! Por favor, déjame llevarlas a casa. Me queda de camino, ya sabes, y dicen que está lloviendo».

Eso zanjó el asunto y, tras contarle el percance de Meg, Jo aceptó agradecida y subió corriendo a buscar al resto del grupo. A Hannah la lluvia le gustaba tanto como a un gato, así que no puso ningún problema, y se marcharon rodando en el lujoso carruaje cerrado, sintiéndose muy festivos y elegantes. Laurie se montó en el pescante para que Meg pudiera mantener el pie en alto, y las chicas hablaron de su fiesta con total libertad.

«Me lo pasé de maravilla. ¿Y tú?», preguntó Jo, revuelviéndose el pelo y poniéndose cómoda.

«Sí, hasta que me lastimé. A la amiga de Sallie, Annie Moffat, le caí bien, y me invitó a pasar una semana con ella cuando vaya Sallie. Irá en primavera, cuando venga la ópera, y va a ser absolutamente espléndido, si mamá tan solo me deja ir», contestó Meg, animándose al pensar en ello.

«Te vi bailando con el pelirrojo del que huí. ¿Fue simpático?».

«¡Oh, muchísimo! Su cabello es castaño rojizo, no rojo, y fue muy educado, y bailé una redova deliciosa con él».

«Parecía un saltamontes con un ataque cuando dio el paso nuevo. Laurie y yo no pudimos evitar reírnos. ¿Nos oíste?».

«No, pero estuvo muy maleducado. ¿En qué andaban todo ese tiempo, escondidos ahí?».

Jo le contó sus peripecias, y para cuando terminó ya habían llegado a casa. Dieron las gracias calurosamente, se despidieron y se deslizaron hacia adentro con la esperanza de no molestar a nadie, pero en cuanto la puerta crujió, dos pequeños gorros de dormir se asomaron, y dos voces somnolientas pero ansiosas exclamaron...

«¡Cuéntanos lo de la fiesta! ¡Cuéntanos lo de la fiesta!».

Con lo que Meg llamaba «una gran falta de modales», Jo había guardado unos bombones para las niñas, y estas se calmaron enseguida, tras escuchar los sucesos más emocionantes de la noche.

«Te juro que de verdad parece de toda una señorita elegante esto de volver de la fiesta en carruaje y sentarse en bata con una doncella que la atienda», dijo Meg, mientras Jo le vendaba el pie con árnica y le cepillaba el cabello.

«No creo que las señoritas elegantes se diviertan ni un poco más que nosotras, a pesar de nuestro cabello quemado, nuestros vestidos viejos, un guante para cada una y zapatillas apretadas que nos tuercen los tobillos cuando somos tan tontas como para usarlas». Y creo que Jo tenía toda la razón.

Fin del Episodio 6 · de 96

El muchacho de los Laurence · II

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