Experiencias domésticas · I
~11 min · 2202 palabras
Como la mayoría de las jóvenes casadas, Meg comenzó su vida conyugal con la firme determinación de ser un ama de casa modelo. John encontraría en su hogar un paraíso, siempre vería un rostro sonriente, comería espléndidamente todos los días y jamás sabría lo que era perder un botón. Aportó tanto amor, energía y alegría a la tarea que no pudo por menos que triunfar, a pesar de ciertos obstáculos. Su paraíso no era un lugar tranquilo, pues la mujercita andaba atareada, con demasiados deseos de agradar, yendo y viniendo de aquí para allá como una auténtica Marta, abrumada por muchas preocupaciones. A veces estaba demasiado cansada incluso para sonreír; John empezó a padecer de dispepsia tras una dieta de platos delicados y, con ingratitud, exigió comida sencilla. En cuanto a los botones, pronto aprendió a preguntarse adónde iban parar, a negar con la cabeza ante la dejadez de los hombres y a amenazar con hacer que se los cosiera él mismo, a ver si su trabajo resistía a unos dedos impacientes y torpes mejor que el de ella.
Eran muy felices, incluso después de descubrir que no podían vivir solo de amor. John no halló que la belleza de Meg hubiera disminuido, a pesar de que ella le sonreía desde detrás de la familiar cafetera. Tampoco echó en falta Meg el romanticismo en la despedida diaria, cuando su esposo acompañaba su beso con la tierna pregunta: «¿Mando que traigan ternera o cordero para cenar, cariño?». La pequeña casa dejó de ser un cenador idílico, pero se convirtió en un hogar, y los jóvenes esposos pronto sintieron que el cambio había sido para bien. Al principio jugaban a casita y retozaban con ello como niños. Luego John se entregó de lleno a los negocios, sintiendo las preocupaciones del cabeza de familia sobre sus hombros, y Meg dejó a un lado sus batistas, se puso un delantal grande y se puso a trabajar, como se ha dicho antes, con más energía que prudencia.
Mientras duró la manía de la cocina, se leyó el recetario de la señora Cornelius como si fuera un ejercicio matemático, resolviendo los problemas con paciencia y esmero. A veces se invitaba a su familia a ayudar a dar buena cuenta de un festín demasiado generoso de éxitos, o se mandaba discretamente a Lotty con una tanda de fracasos, los cuales debían ocultarse a todas luces en los convenientes estómagos de los pequeños Hummels. Una velada con John sobre los libros de cuentas solía producir una tregua temporal en el entusiasmo culinario, y sobrevenía un ataque de frugalidad durante el cual el pobre hombre era sometido a un régimen de pudín de pan, picadillo y café recalentado que ponía a prueba su alma, aunque lo soportaba con loable fortaleza. Sin embargo, antes de encontrar el justo medio, Meg añadió a sus enseres domésticos algo de lo que los jóvenes casados rara vez logran pasar mucho tiempo sin ello: una riña familiar.
Inspirada por el deseo casero de ver su despensa provista de conservas caseras, se propuso preparar su propia Jalea de grosellas. A John se le pidió que encargara a domicilio una docena más o menos de pequeños tarros y una cantidad extra de azúcar, pues sus propias grosellas estaban maduras y había que atenderlas enseguida. Como John creía firmemente que «mi mujer» servía para todo y sentía un orgullo natural por su habilidad, decidió que se cumplieran sus deseos y que su única cosecha de fruta fuera guardada de la manera más agradable para el consumo invernal. Llegaron a casa cuatro docenas de encantadores tarritos, medio saco de azúcar y un muchacho para recogerle las grosellas. Con el bonito cabello recogido en una cofia, los brazos descubiertos hasta el codo y un delantal de cuadros que tenía un aire coqueto a pesar de la pechera, la joven ama de casa se puso a trabajar sin albergar ninguna duda sobre su éxito, pues ¿no había visto a Hannah hacerlo cientos de veces? La fila de tarros la dejó un tanto atónita al principio, pero a John le gustaba tanto la jalea y los tarritos quedarían tan bien en el estante superior, que Meg se propuso llenarlos todos y pasó un largo día recolectando, hirviendo, colando y ajetreada con su jalea. Hizo cuanto pudo, pidió consejo a la señora Cornelius, se devanó los sesos para recordar qué hacía Hannah que ella hubiera omitido, volvió a hervir, a echar azúcar y a colar, pero aquella terrible pasta no quería «cuajar».
Anhelaba correr a casa, con delantal y todo, y pedirle a mamá que le echara una mano, pero John y ella habían acordado no molestar nunca a nadie con sus preocupaciones privadas, experimentos o riñas. Se habían reído de esta última palabra como si la idea que sugería fuera de lo más absurdo, pero se habían mantenido firmes en su propósito, y siempre que podían salir adelante sin ayuda lo hacían, y nadie se metía, pues la señora March les había aconsejado ese plan. Así que Meg luchó a solas con los esquivos dulces durante todo aquel caluroso día de verano y, a las cinco en punto, se sentó en su cocina patas arriba, se retorció las manos manchadas, alzó la voz y lloró.
Ahora bien, en el primer arrebato de la nueva vida, había dicho a menudo: «Mi marido siempre tendrá la libertad de traer a un amigo a casa cuando le apetezca. Yo siempre estaré preparada. No habrá prisas, ni regaños, ni incomodidades, sino una casa aseada, una esposa alegre y una buena cena. John, querido, no te detengas nunca a pedirme permiso, invita a quien te plaste y ten la seguridad de que yo te daré la bienvenida».
¡Qué encantador era aquello, desde luego! A John se le caía la baba de orgullo al oírsela decir y sentía qué cosa tan bendita era tener una esposa superior. Pero, aunque de vez en cuando habían tenido visitas, nunca dio la casualidad de que fueran inesperadas, y Meg nunca había tenido la oportunidad de lucirse hasta ahora. Siempre pasa así en este valle de lágrimas; hay una inevitabilidad en tales cosas ante la cual solo cabe asombrarse, lamentarse y soportarla lo mejor posible.
Si John no lo hubiera olvidado todo acerca de la jalea, realmente habría sido imperdonable que eligiera aquel día, de entre todos los días del año, para traer a un amigo a comer sin avisar. Felicitarse a sí mismo por haber encargado un banquete espléndido aquella mañana, dar por sentado que estaría listo a su hora y entregarse a agradables anticipaciones del encantador efecto que produciría cuando su bonita esposa corriera a recibirlo, fue cómo escoltó a su amigo hasta su mansión con la incontenible satisfacción de un joven anfitrión y esposo.
Es un mundo de desengaños, como descubrió John al llegar a El Palomar. La puerta principal solía estar hospitalariamente abierta. Ahora no solo estaba cerrada, sino con llave, y el barro del día anterior aún adornaba los escalones. Las ventanas del salón estaban cerradas y con las cortinas echadas; ni rastro de la bonita esposa cosiendo en el porche, vestida de blanco, con un coqueto lazo en el pelo, o de una anfitriona de ojos brillantes que sonreía con tímida acogida al saludar a su huésped. Nada de eso, pues ni un alma aparecía, salvo un muchacho de aspecto sanguinolento que dormía bajo las matas de grosellas.
—Temo que haya pasado algo. Pasa al jardín, Scott, mientras voy a buscar a la señora Brooke —dijo John, alarmado por el silencio y la soledad.
Se apresuró a rodear la casa, guiado por un olor acre a azúcar quemado, y el señor Scott le siguió remoloneando, con una expresión extraña en el rostro. Se detuvo discretamente a cierta distancia cuando Brooke desapareció, pero podía ver y oír y, como era soltero, disfrutaba enormemente de la perspectiva.
En la cocina reinaban la confusión y la desesperación. Una tanda de jalea escurría de tarro en tarro, otra yacía por el suelo y una tercera ardía alegremente en los fogones. Lotty, con flemática actitud teutona, comía tranquilamente pan con vino de grosellas, pues la jalea seguía en un estado desesperadamente líquido, mientras que la señora Brooke, con el delantal sobre la cabeza, estaba sentada sollozando desconsoladamente.
—¡Mi querida niña, qué te pasa! —exclamó John, irrumpiendo con terribles visiones de manos escaldadas, noticias repentinas de alguna desgracia y consternación secreta al pensar en el invitado que aguardaba en el jardín.
—¡Ay, John, estoy tan cansada, acalorada, enfadada y preocupada! Llevo en esto hasta agotarme por completo. ¡Ven a ayudarme o me voy a morir! —y la exhausta ama de casa se arrojó a su pecho, dándole una dulce bienvenida en todos los sentidos de la palabra, pues su delantal había sido bautizado al mismo tiempo que el suelo.
—¿Qué te preocupa, querida? ¿Ha pasado algo terrible? —preguntó el ansioso John, besando tiernamente la coronilla de la cofia, que estaba torcida del todo.
—Sí —sollozó Meg con desesperación.
—Dímelo pronto, entonces. No llores. Puedo soportar cualquier cosa antes que eso. Suéltalo, amor.
—¡La... la jalea no cuaja y no sé qué hacer!
John Brooke se rio entonces como nunca se atrevió a reírse después, y el burlón Scott sonrió involuntariamente al oír la sonora carcajada, que le dio el golpe de gracia a la desdichada pena de Meg.
—¿Es eso solo? Tírala por la ventana y no te preocupes más por el asunto. Te compraré por galones si quieres, pero por el amor de Dios no tengas histerias, porque he traído a Jack Scott a casa a cenar, y...
John no pudo continuar, pues Meg se apartó de él y juntó las manos con un gesto trágico mientras caía en una silla, exclamando en un tono de indignación, reproche y consternación mezclados...
—¡Un hombre a cenar y todo hecho un desastre! John Brooke, ¿cómo has podido hacer algo así?
—¡Chist, está en el jardín! Olvidé la maldita jalea, pero ya no tiene remedio —dijo John, contemplando el panorama con mirada ansiosa.
—Debiste avisar, o habérmelo dicho esta mañana, y tendrías que haber recordado lo ocupada que estaba —continuó Meg con petulancia, pues hasta las tórtolas picotean cuando se alborotan.
—No lo sabía esta mañana y no hubo tiempo de avisar, pues me lo encontré al salir. Jamás se me ocurrió pedir permiso, cuando siempre me has dicho que hiciera lo que me placiera. ¡Nunca antes lo había intentado y que me parta un rayo si vuelvo a hacerlo! —añadió John con aire agraviado.
—¡Eso espero! Lévatelo enseguida. No puedo verle y no hay cena ninguna.
—¡Vaya, hombre! ¿Dónde están la carne y las verduras que mandé a casa, y el pudin que prometiste? —exclamó John, corriendo hacia la despensa.
—No tuve tiempo de cocinar nada. Tenía la intención de cenar en casa de mamá. Lo siento, pero estaba muy ocupada —y las lágrimas de Meg volvieron a brotar.
John era un hombre apacible, pero era humano, y después de un largo día de trabajo, venir a casa cansado, hambriento y esperanzado, para encontrarse con una casa caótica, una mesa vacía y una esposa enfadada no era exactamente propicio para la paz mental ni para los modales. Sin embargo, se contuvo, y el pequeño chaparrón se habría pasado de no ser por una palabra desafortunada.
—Es un apuro, lo reconozco, pero si echas una mano, saldremos adelante y lo pasaremos bien. No llores, querida, tan solo esfuérzate un poco y arréglanos algo de comer. Los dos estamos con un hambre voraz, así que no nos importará lo que sea. Dinos la carne fría, pan y queso. No pediremos jalea.
Pretendía ser una broma bienintencionada, pero esa sola palabra selló su suerte. Meg pensó que era demasiado cruel insinuar su triste fracaso, y hasta el último átomo de paciencia se desvaneció al hablar él.
—Tú tendrás que sacarte del apuro como puedas. Estoy demasiado agotada para «esforzarme» por nadie. Es muy propio de un hombre proponer un hueso y un vulgar pan y queso para los invitados. No quiero nada por el estilo en mi casa. Lávate a ese Scott a casa de mamá y dile que estoy fuera, enferma, muerta, lo que sea. No quiero verle, y vosotros dos podéis reíros de mí y de mi jalea todo lo que queráis. Aquí no vais a tener otra cosa —y habiendo soltado su desafío de un solo aliento, Meg se quitó el delantal y abandonó precipitadamente el campo para lamentarse en su propia habitación.
Lo que hicieron aquellas dos criaturas en su ausencia, jamás lo supo, pero el señor Scott no fue llevado «a casa de mamá», y cuando Meg bajó, después de que hubieran dado un paseo juntos, encontró rastros de un almuerzo desordenado que la llenaron de horror. Lotty informó que habían comido «mucho, y se habían reído un montón, y el amo le mandó tirar toda la cosa dulce y esconder los tarros».
Meg anhelaba ir a contárselo a mamá, pero un sentimiento de vergüenza por sus propias deficiencias, de lealtad hacia John, «que podía ser cruel, pero nadie debía saberlo», la retuvo, y tras una limpieza rápida, se vistió coquetamente y se sentó a esperar que John llegara y fuera perdonado.
Fin del Episodio 55 · de 96
Experiencias domésticas · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.