Murmuraciones · I
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Para que podamos empezar de nuevo e ir a la boda de Meg con la mente despejada, estará bien comenzar con un poco de cotilleo sobre los March. Y aquí permítanme adelantar que, si alguno de los mayores piensa que hay demasiado «romantiqueo» en la historia, como me temo que pueda ocurrir (no me da miedo que los jóvenes pongan esa objeción), solo puedo decir con la señora March: «¿Qué se puede esperar cuando tengo cuatro chicas alegres en casa y un apuesto vecino al otro lado de la calle?».
Los tres años transcurridos han traído pocos cambios a la tranquila familia. La guerra ha terminado, y el señor March está sano y salvo en casa, ocupado con sus libros y la pequeña parroquia que encontró en él a un ministro tanto por naturaleza como por gracia, un hombre callado y estudioso, rico en la sabiduría que es mejor que el saber, la caridad que llama «hermano» a todo el género humano, la piedad que florece en carácter, haciéndolo augusto y encantador.
Estas cualidades, a pesar de la pobreza y la estricta integridad que lo apartaban de los éxitos más mundanos, atraían hacia él a muchas personas admirables, tan naturalmente como las hierbas dulces atraen a las abejas, y con la misma naturalidad él les regalaba la miel en la que cincuenta años de dura experiencia no habían destilado ni una sola gota amarga. Los jóvenes entusiastas encontraban al erudito de cabellos grises tan joven de corazón como ellos; las mujeres reflexivas o atribuladas acudían instintivamente a él con sus dudas, seguras de hallar la más tierna simpatía, el más sabio consejo. Los pecadores confesaban sus pecados al bondadoso anciano de corazón puro y eran a la vez reprendidos y salvados. Los hombres dotados de talento hallaban en él a un compañero. Los hombres ambiciosos vislumbraban ambiciones más nobles que las suyas, y hasta los mundanos confesaban que sus creencias eran hermosas y verdaderas, aunque «no daban dinero».
Para los de fuera, las cinco mujeres enérgicas parecían gobernar la casa, y así lo hacían en muchas cosas, pero el callado erudito, sentado entre sus libros, seguía siendo la cabeza de la familia, la conciencia del hogar, el ancla y el consolador, pues a él las mujeres atareadas y ansiosas siempre acudían en los momentos difíciles, hallándolo, en el sentido más verdadero de esas sagradas palabras, esposo y padre.
Las chicas entregaron sus corazones al cuidado de su madre, sus almas a las de su padre, y a ambos progenitores, que vivían y trabajaban tan fielmente por ellas, les profesaron un amor que creció con su crecimiento y las unió tiernamente por el vínculo más dulce que bendice la vida y sobrevive a la muerte.
La señora March está tan vivaracha y alegre, aunque algo más canosa, que la última vez que la vimos, y ahora mismo tan absorta en los asuntos de Meg que los hospitales y asilos, todavía llenos de «muchachos» heridos y viudas de soldados, echan decididamente de menos las visitas de la misionera maternal.
John Brooke cumplió con su deber varonilmente durante un año, resultó herido, fue enviado a casa y no se le permitió regresar. No recibió estrellas ni galones, pero se los merecía, pues arriesgó alegremente todo lo que tenía, y la vida y el amor son muy preciosos cuando ambos están en su pleno esplendor. Perfectamente resignado a su baja, se dedicó a recuperarse, a prepararse para los negocios y a ganarse un hogar para Meg. Con el buen sentido y la férrea independencia que lo caracterizaban, rechazó las ofertas más generosas del señor Laurence y aceptó el puesto de tenedor de libros, sintiéndose más satisfecho comenzando con un sueldo honradamente ganado que corriendo riesgos con dinero prestado.
Meg había pasado el tiempo trabajando además de esperando, volviéndose madura de carácter, sabia en artes domésticas y más bonita que nunca, porque el amor embellece mucho. Tenía sus ambiciones y esperanzas de muchacha, y sentía cierta desilusión por la forma tan humilde en que debía comenzar su nueva vida. Ned Moffat acababa de casarse con Sallie Gardiner, y Meg no podía evitar comparar su elegante casa y carruaje, sus numerosos regalos y su espléndido ajuar con los suyos propios, deseando en secreto poder tener lo mismo. Pero de algún modo la envidia y el descontento se desvanecían pronto cuando pensaba en todo el amor paciente y el trabajo que John había puesto en el pequeño hogar que la aguardaba, y cuando se sentaban juntos al atardecer, charlando sobre sus pequeños planes, el futuro siempre se volvía tan hermoso y brillante que ella se olvidaba del esplendor de Sallie y se sentía la chica más rica y feliz de la cristiandad.
Jo nunca volvió a casa de la tía March, pues la anciana le tomó tanto cariño a Amy que la sobornó ofreciéndole clases de dibujo con uno de los mejores profesores del momento, y por el bien de tal ventaja, Amy habría servido a un amo mucho más severo. Así pues, dedicaba sus mañanas al deber, sus tardes al placer, y prosperaba maravillosamente. Jo, entretanto, se entregaba a la literatura y a Beth, la cual siguió delicada mucho después de que la fiebre fuera cosa del pasado. No es que fuera una inválida exactamente, sino que nunca volvió a ser la criatura rosada y sana que había sido, mas siempre esperanzada, feliz y serena, ocupada en los tranquilos deberes que amaba, amiga de todos y un ángel en el hogar, mucho antes de que quienes más la amaban hubieran aprendido a reconocerlo.
Mientras The Spread Eagle le pagaba un dólar la columna por su «basura», como ella la llamaba, Jo se sentía una mujer de medios y tejía sus pequeños romances con diligencia. Pero grandes planes fermentaban en su ajetreado cerebro y en su mente ambiciosa, y la vieja cocina de hojalata en el desván guardaba una pila cada vez mayor de manuscritos tachados, que un día habrían de inscribir el apellido March en la lista de la fama.
Laurie, habiendo ido obedientemente a la universidad para complacer a su abuelo, la estaba cursando ahora de la manera más fácil posible para complacerse a sí mismo. Favorito universal, gracias al dinero, los modales, mucho talento y el corazón más bondadoso que jamás metió a su dueño en líos por intentar sacar a otros de ellos, corría el gran peligro de echarse a perder, y probablemente lo habría hecho, como tantos otros jóvenes prometedores, de no haber poseído un talismán contra el mal en el recuerdo del bondadoso anciano volcado en su éxito, de la amiga maternal que velaba por él como si fuera su hijo y, por último, que no menos importante en absoluto, de la conciencia de que cuatro inocentes muchachas lo amaban, lo admiraban y creían en él con todo su corazón.
Al ser tan solo «un muchacho humano y glorioso», por supuesto retozaba y coqueteaba, se volvía presumido, aficionado a los deportes acuáticos, sentimental o gimnástico, según mandasen las modas universitarias, hacía novatadas y las sufría, decía jerga y estuvo más de una vez peligrosamente cerca de la suspensión y la expulsión. Pero como el buen humor y el amor por la diversión eran la causa de estas travesuras, siempre se apañaba para salvarse con una franca confesión, una honorable reparación o el irresistible poder de persuasión que poseía a la perfección. De hecho, se enorgullecía un poco de sus estrechos escapes y le gustaba estremecer a las chicas con descripciones gráficas de sus triunfos sobre tutores iracundos, profesores dignos y enemigos vencidos. Los «hombres de mi clase» eran héroes a los ojos de las chicas, que nunca se cansaban de las hazañas de «nuestros muchachos» y a las que frecuentemente se les permitía regocijarse en las sonrisas de estas grandes criaturas cuando Laurie se las llevaba a casa.
Amy disfrutaba especialmente de este gran honor y se convirtió en todo un florero entre ellos, pues su señoría supo sentir y aprender a usar desde muy pronto el don de fascinación con el que estaba dotada. Meg estaba demasiado absuelta en su privado y particular John como para preocuparse por ningún otro señor de la creación, y Beth era demasiado tímida para hacer otra cosa que mirarlos de reojo y preguntarse cómo se atrevía Amy a darles órdenes de aquel modo, pero Jo se sentía totalmente en su elemento y le costaba mucho no imitar las actitudes, frases y proezas caballerosas, que le parecían más naturales que el decoro prescrito para las señoritas. A todas les caía maravillosamente bien Jo, pero ninguna se enamoraba de ella, aunque muy pocas se escabullían sin rendir el tributo de un par de suspiros sentimentales al altar de Amy. Y hablar de romanticismo nos conduce de manera muy natural a «La pajarera».
Ese era el nombre de la casita de color marrón que el señor Brooke había preparado para el primer hogar de Meg. Laurie la había bautizado diciendo que era de lo más apropiado para los dulces amantes que «iban juntos como un par de tórtolas, primero con un piquito y luego con un arrullo». Era una casita diminuta, con un jardincito detrás y un césped delantero poco más grande que un pañuelo de bolsillo. Aquí Meg pensaba poner una fuente, arbustos y una profusión de hermosas flores, aunque por el momento la fuente estaba representada por una urna castigada por la intemperie, muy parecida a un aguamanil desportillado, los arbustos consistían en varios alerces jóvenes, indecisos entre vivir o morir, y la profusión de flores era meramente sugerida por hileras de estacas para indicar dónde se habían plantado las semillas. Pero por dentro era una hermosura y la feliz novia no le veía ningún defecto, desde el desván hasta el sótano. Desde luego, el recibidor era tan estrecho que era una suerte que no tuviera piano, pues jamás se habría podido meter entero; el comedor era tan pequeño que seis personas cabían justas, y la escalera de la cocina parecía construida con el propósito expreso de precipitar tanto a los sirvientes como a la vajilla de cabeza al cajón del carbón. Pero una vez acostumbrados a estos ligeros defectos, nada podía ser más completo, pues el buen sentido y el buen gusto habían presidido la decoración, y el resultado era de lo más satisfactorio. No había mesas con sobre de mármol, espejos largos ni cortinas de encaje en el pequeño salón, sino muebles sencillos, abundancia de libros, un par de buenos cuadros, un soporte de flores en el mirador y, esparcidos por todas partes, los bonitos regalos que venían de manos amigas y eran más hermosos por los amorosos mensajes que traían.
No creo que la Psiquis de pario que regaló Laurie perdiera un ápice de belleza porque John colocara la ménsula sobre la que se apoyaba, ni que ningún tapicero hubiera podido colgar las sencillas cortinas de muselina con más gracia que la artística mano de Amy, ni que ninguna despensa estuviera mejor provista de buenos deseos, palabras alegres y felices esperanzas que aquella en la que Jo y su madre guardaron las pocas cajas, barriles y bultos de Meg; y estoy moralmente segura de que la flamante cocina nueva jamás habría podido parecer tan acogedora y aseada si Hannah no hubiera colocado cada olla y cada sartén una docena de veces y preparado el fuego listo para encender en cuanto la «señora Brooke llegara a casa». También dudo de que ninguna joven matrona comenzara jamás la vida con un suministro tan rico de paños de limpieza, agarraderas y bolsas de retazos, pues Beth hizo los suficientes para que duraran hasta las bodas de plata e inventó tres tipos diferentes de trapos de cocina para el servicio exclusivo de la vajilla nupcial.
Las personas que contratan a otros para que les hagan todas estas faenas nunca saben lo que se pierden, pues las tareas más humildes se embellecen si manos amorosas las realizan, y Meg encontró tantas pruebas de esto que todo en su pequeño nido, desde el rodillo de cocina hasta el jarrón de plata de la mesa del salón, era elocuente de amor hogareño y tierna previsión.
Qué momentos tan felices pasaron planeando juntos, qué solemnes excursiones de compras, qué divertidos errores cometieron y qué carcajadas resonaron a causa de los ridículos hallazgos de Laurie. En su afán de bromas, este joven, a pesar de estar a punto de terminar la universidad, era tan muchacho como siempre. Su último capricho había sido traer consigo en sus visitas semanales algún artículo nuevo, útil e ingenioso para la joven ama de casa. Ahora una bolsa de pinzas para la ropa notables, luego un maravilloso rallador de nuez moscada que se deshacía al primer intento, un limpiador de cuchillos que estropeaba todos los cuchillos, o una barredora que arrancaba pulcramente la felpa de la alfombra y dejaba la suciedad, un jabón ahorrador de esfuerzo que arrancaba la piel de las manos, cementos infalibles que se pegaban firmemente a nada excepto a los dedos del iluso comprador y todo tipo de artículos de hojalata, desde una hucha de juguete para las perras chicas hasta una maravillosa caldera que lavaba las prendas en su propio vapor con todas las perspectivas de explotar en el proceso.
En vano Meg le suplicaba que parase. John se reía de él y Jo lo llamaba «señor Toodles». Estaba poseído por la manía de patrocinar el ingenio yanqui y de ver a sus amigos debidamente provistos. Así que cada semana traía alguna nueva excentricidad.
Todo estuvo hecho por fin, incluso la colocación por parte de Amy de jabones de distintos colores para que combinaran con los diferentes colores de las habitaciones, y la disposición de la mesa para la primera comida por parte de Beth.
—¿Estás satisfecha? ¿Te parece un hogar y sientes que serás feliz aquí? —preguntó la señora March mientras ella y su hija recorrían el nuevo reino del brazo, pues en ese momento parecían aferrarse la una a la otra con más ternura que nunca.
—Sí, madre, perfectamente satisfecha, gracias a todas ustedes, y tan feliz que no puedo hablar de ello —contestó con una mirada que valía mucho más que las palabras.
—Si al menos tuviera un criado o dos, estaría todo bien —dijo Amy saliendo del salón, donde había estado tratando de decidir si el Mercurio de bronce quedaba mejor en la étajère o en la chimenea.
—La madre y yo ya lo hemos hablado, y me he decidido a probar primero a su manera. Habrá tan poco que hacer que, con Lotty para hacer mis recados y ayudarme aquí y allá, solo tendré el trabajo suficiente para evitar aburrirme o extrañar mi casa —contestó Meg con tranquilidad.
—Sallie Moffat tiene cuatro —empezó Amy.
—Si Meg tuviera cuatro, la casa no cabría en ellos y el amo y la señora tendrían que acampar en el jardín —interrumpió Jo, quien, envuelta en un gran delantal azul, estaba dando el último brillo a los pomos de las puertas.
—Sallie no es la mujer de un hombre pobre, y muchas criada van acordes con su distinguido establecimiento. Meg y John empiezan humildemente, pero tengo la sensación de que habrá tanta felicidad en la casita como en la grande. Es un gran error para las chicas jóvenes como Meg no dejarse nada que hacer más que vestirse, dar órdenes y charlar. Cuando me casé por primera vez, solía desear que mi ropa nueva se gastara o se rompiera para tener el placer de zurcirla, pues acabé hartísima de hacer labores y cuidar de mi pañuelo.
—¿Por qué no ibas a la cocina a hacer mejunjes, como dice Sallie que hace para divertirse, aunque nunca le salen bien y los criados se ríen de ella? —dijo Meg.
—Lo hice al cabo de un tiempo, no para «hacer mejunjes», sino para aprender de Hannah cómo debían hacerse las cosas, para que mis sirvientes no tuvieran que reírse de mí. Al principio era un juego, pero llegó un momento en que estuve verdaderamente agradecida de poseer no solo la voluntad sino la capacidad de cocinar comida sana para mis pequeñas y valerme por mí misma cuando ya no podía permitirme contratar ayuda. Tú empiezas por el otro extremo, querida Meg, pero las lecciones que aprendas ahora te serán útiles más adelante, cuando John sea un hombre más rico, pues la dueña de una casa, por muy espléndida que sea, debe saber cómo debe hacerse el trabajo si desea ser bien y honestamente servida.
Fin del Episodio 48 · de 96
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