Mujercitas·Episodio 46

La tía March zanja la cuestión · I

~12 min · 2466 palabras

Como abejas enjambrando tras su reina, la madre y las hijas revolotearon en torno al señor March al día siguiente, descuidando todo para mirar, atender y escuchar al nuevo inválido, que iba camino de morir de tanto mimo. Mientras estaba sentado, incorporado en un gran sillón junto al sofá de Beth, con las otras tres muy cerca y Hannah asomando la cabeza de vez en cuando «para echar un vistazo al querido hombre», nada parecía faltar para completar su felicidad. Pero algo faltaba, y las mayores lo sentían, aunque ninguna confesaba el hecho. El señor y la señora March se miraron con expresión ansiosa mientras sus ojos seguían a Meg. Jo sufría repentinos ataques de sobriedad y la vieron amenazar con el puño el paraguas del señor Brooke, que había quedado olvidado en el vestíbulo. Meg estaba distraída, tímida y silenciosa, se sobresaltaba cuando sonaba el timbre y se sonrojaba al mencionar el nombre de John. Amy dijo que «todo el mundo parecía esperar algo y no lograba tranquilizarse, lo cual era raro, ya que papá estaba sano y salvo en casa», y Beth se preguntaba inocentemente por qué sus vecinos no venían a visitarlos como de costumbre.

Laurie pasó por allí por la tarde y, al ver a Meg en la ventana, pareció poseído de repente por un arrebato melodramático, pues cayó de hinojos en la nieve, se golpeó el pecho, se huestó los cabellos y juntó las manos suplicante, como si mendigara algún favor. Y cuando Meg le mandó que se portara bien y se fuera, exprimió lágrimas imaginarias de su pañuelo y se alejó tambaleándose por la esquina como en un total desespero.

—¿Qué se ha creído este ganso? —dijo Meg, riendo y tratando de poner cara de despistada.

—Te está enseñando cómo se va a portar tu John dentro de nada. Conmovedor, ¿verdad? —respondió Jo con desdén.

—No digas mi John, no es apropiado ni verdad —pero la voz de Meg se demoró en las palabras como si le sonaran agradables—. Por favor, no me molestes, Jo, ya te he dicho que él no me importa mucho y que no hay que hablar de nada, sino portarnos todos como amigos y seguir como antes.

—No podemos, porque ya se ha hablado de algo, y las travesuras de Laurie me han echado a perder para ti. Lo veo yo, y también mamá. No te pareces en nada a la de antes y me da la impresión de que estás lejísimos de mí. No pretendo molestarte y lo soportaré como un hombre, pero ojalá estuviera todo arreglado. Odio esperar, así que si piensas hacerlo alguna vez, date prisa y acaben de una vez —dijo Jo con petulancia.

—No puedo decir nada hasta que él hable, y no hablará porque papá dijo que yo era demasiado joven —empezó Meg, inclinándose sobre su labor con una extraña y pequeña sonrisa que sugería que no estaba del todo de acuerdo con su padre en ese punto.

—Si él hablara, no sabrías qué decir, sino que llorarías, te sonrojarías o le dejarías salirse con la suya, en vez de darle un buen y rotundo no.

—No soy tan tonta y débil como crees. Sé exactamente lo que debería decir, porque lo he planeado todo, así que no me pillarán desprevenida. No se sabe qué puede pasar, y quería estar preparada.

—Jo no pudo evitar sonreír ante el aire importante que Meg había adoptado inconscientemente y que le sentaba tan bien como el bonito color que variaba en sus mejillas.

—¿Te importaría decirme qué le dirías? —preguntó Jo con más respeto.

—En absoluto. Ahora tienes dieciséis años, eres bastante mayor para ser mi confidente, y mi experiencia te servirá de utilidad más adelante, tal vez, en tus propios asuntos de este tipo.

—No pienso tener ninguno. ¡Es divertido ver a otra gente cortejar, pero yo me sentiría como una tonta haciéndolo! —dijo Jo, alarmada ante la idea.

—Creo que no, si te gustara mucho alguien y tú le gustaras a él. —Meg habló como para sí misma y miró hacia el sendero donde a menudo había visto a los enamorados pasear juntos en el crepúsculo veraniego.

—Pensé que ibas a recitarle tu discurso a ese hombre —dijo Jo, acortando groseramente la pequeña ensoñación de su hermana.

—Oh, me limitaría a decir, con absoluta calma y firmeza: «Gracias, señor Brooke, es usted muy amable, pero coincido con mi padre en que soy demasiado joven para contraer compromiso alguno por ahora, así que le ruego que no hable más del tema y que sigamos siendo amigos como antes».

—¡Hum, eso es bastante rígido y frío! No creo que se lo digas nunca, y sé que él no se quedará satisfecho si lo haces. Si actúa como los amantes rechazados de los libros, cederás antes que herir sus sentimientos.

—No, no lo haré. Le diré que ya me he decidido y saldré de la habitación con dignidad.

—Meg se levantó al hablar y se disponía a ensayar la digna retirada cuando un paso en el vestíbulo la hizo volar a su asiento y ponerse a coser tan deprisa como si le fuera la vida en terminar aquella costura en un tiempo determinado. Jo ahogó una risa ante el repentino cambio y, cuando alguien llamó modestamente, abrió la puerta con un aspecto adusto que de hospitalario no tenía nada.

—Buenas tardes. Venía a buscar mi paraguas, es decir, a ver cómo se encuentra su padre hoy —dijo el señor Brooke, confundiéndose un poco al desviar sus ojos de un rostro delator al otro.

—Está muy bien, está en el paragüero. Voy a buscarlo y le aviso de que está aquí. —Y habiendo mezclado confusamente a su padre y al paraguas en su respuesta, Jo se escurrió fuera de la habitación para darle a Meg la oportunidad de pronunciar su discurso y airear su dignidad. Pero en cuanto desapareció, Meg empezó a deslizarse de lado hacia la puerta, murmurando...

—A mamá le alegrará verle. Por favor, siéntese, voy a llamarla.

—No te vayas. ¿Me tienes miedo, Margarita? —Y el señor Brooke puso cara de tanta pena que Meg pensó que debía de haber hecho algo muy grosero. Se sonrojó hasta los pequeños rizos de su frente, pues él nunca la había llamado Margarita antes, y se sorprendió al descubrir lo natural y dulce que le parecía oírselo decir. Ansiosa por mostrarse amable y a gusto, extendió la mano con un gesto confiado y dijo agradecida...

—¿Cómo voy a tener miedo cuando ha sido tan bueno con papá? Ojalá pudiera agradecérselo.

—¿Quieres que te enseñe cómo? —preguntó el señor Brooke, reteniendo la pequeña mano entre ambas suyas y mirando a Meg con tanto amor en los ojos castaños que el corazón comenzó a latirle con fuerza, y ella deseaba tanto huir como quedarse quieta y escuchar.

—Oh, no, por favor, no lo haga, preferiría que no —dijo ella, intentando retirar la mano y pareciendo asustada a pesar de su negativa.

—No te molestaré. Solo quiero saber si me quieres un poco, Meg. Te quiero muchísimo, querida —añadió el señor Brooke con ternura.

—Este era el momento para el discurso calmado y apropiado, pero Meg no lo hizo. Olvidó cada palabra, agachó la cabeza y respondió «No lo sé», de manera tan suave que John tuvo que inclinarse para captar la tonta y pequeña respuesta.

Él pareció pensar que valía la pena el esfuerzo, pues sonrió para sus adentros como si estuviera muy satisfecho, apretó la rellenita mano con gratitud y dijo en su tono más persuasivo: —¿Quieres intentarlo y averiguarlo? Deseo tanto saberlo, porque no puedo ponerme a trabajar con ganas hasta que sepa si al final voy a tener mi recompensa o no.

—Soy demasiado joven —balbució Meg, preguntándose por qué estaba tan alterada, aunque disfrutándolo bastante.

—Esperaré, y mientras tanto, podrías ir aprendiendo a quererme. ¿Sería una lección muy difícil, querida?

—No si yo decidiera aprenderla, pero. . .

—Por favor, decide aprender, Meg. Me encanta enseñar, y esto es más fácil que el alemán —interrumpió John, apoderándose de la otra mano para que ella no tuviera forma de ocultar el rostro mientras él se inclinaba para mirarla.

Su tono era el adecuado para una súplica, pero al echarle una mirada tímida, Meg vio que sus ojos eran tan alegres como tiernos, y que lucía la sonrisa satisfecha de quien no abriga dudas sobre su éxito. Esto la molestó. Las tontas lecciones de coquetería de Annie Moffat acudieron a su mente, y el afán de poder, que duerme en el pecho de las mejores mujercitas, despertó de repente y se apoderó de ella. Se sintió agitada y extraña, y sin saber qué más hacer, obedeció a un impulso caprichoso y, retirando sus manos, dijo con petulancia: —¡No me da la gana! ¡Por favor, vete y déjame en paz!

El pobre señor Brooke parecía tener su hermoso castillo en el aire derrumbándose sobre su cabeza, pues nunca antes había visto a Meg en semejante estado, y aquello lo dejó bastante desconcertado.

—¿De verdad dices en serio eso? —preguntó con ansiedad, siguiéndola mientras ella se alejaba.

—Sí, de verdad. No quiero que me preocupen cosas así. Papá dice que no hace falta, que es demasiado pronto y prefiero que no sea así.

—¿No puedo esperar que cambies de opinión más adelante? Esperaré y no diré nada hasta que hayas tenido más tiempo. No juegues conmigo, Meg. No esperaba eso de ti.

—No pienses en absoluto en mí. Preferiría que no lo hicieras —dijo Meg, sintiendo una traviesa satisfacción al poner a prueba la paciencia de su pretendiente y su propio poder.

Él estaba serio y pálido ahora, y se parecía decididamente más a los héroes de novela que ella tanto admiraba, pero ni se golpeaba la frente ni deambulaba por la habitación como lo hacían ellos. Se limitó a quedarse de pie, mirándola con tanta añoranza y tanta ternura que ella sintió que su corazón se apiadaba a pesar suyo. Lo que habría sucedido después no sabría decirlo, si la tía March no hubiera entrado cojeando en aquel momento tan interesante.

La anciana no pudo resistir sus ansias de ver a su sobrino, pues se había cruzado con Laurie durante su paseo y, al enterarse de la llegada del señor March, condujo directamente hasta allí para verlo. Toda la familia estaba ocupada en la parte trasera de la casa, y ella se había abierto paso silenciosamente, con la esperanza de darles una sorpresa. ¡Vaya si sorprendió a dos de ellos!, tanto que Meg dio un brinco como si hubiera visto un fantasma, y el señor Brooke se desvaneció en el estudio.

—¡Dios mío, qué es todo esto! —exclamó la anciana dando un golpe con su bastón mientras miraba de reojo al joven pálido y a la jovencita carmesí.

—Es un amigo de Papá. ¡Cuánto me alegra verle! —balbució Meg, sintiendo que ya se había metido en un buen lío y que le esperaba un sermón.

—Eso salta a la vista —replicó la tía March, sentándose—. Pero, ¿qué le está diciendo el amigo de Papá para que tengas la cara como una peonía? Aquí hay gato encerrado y exijo saber de qué se trata —añadió con otro bastonazo.

—Solo estábamos hablando. El señor Brooke vino a buscar su paraguas —comenzó diciendo Meg, deseando que el señor Brooke y el paraguas estuvieran ya san y salvos fuera de la casa.

—¿Brooke? ¿El tutor de ese muchacho? ¡Ah! Ya comprendo. Me lo sé todo. A Jo se le escapó un recado equivocado en una de las cartas de tu padre, y la obligué a contármelo. ¿No habrás ido a aceptarlo, criatura? —exclamó la tía March, con aire escandalizado.

—¡Chist! Él va a oír. ¿No voy a llamar a Mamá? —dijo Meg, muy apurada.

—Todavía no. Tengo algo que decirte, y debo desahogarme de inmediato. Dime, ¿tienes la intención de casarte con este Cook? Si lo haces, ni un solo centavo de mi dinero irá jamás a parar a tus manos. Recuérdalo y sé una muchacha sensata —dijo la anciana con aire imponente.

Ahora bien, la tía March poseía a la perfección el arte de despertar el espíritu de contradicción en las personas más apacibles, y disfrutaba haciéndolo. Los mejores de nosotros tenemos una pizca de perversidad, sobre todo cuando somos jóvenes y estamos enamorados. Si la tía March le hubiera suplicado a Meg que aceptara a John Brooke, ella probablemente habría declarado que ni pensarlo, pero como se le ordenaba de forma terminante que no le tuviera afecto, se metió de inmediato en la cabeza que sí lo haría. Tanto la inclinación como la perversidad le facilitaron la decisión y, como ya estaba muy excitada, Meg se enfrentó a la tía abuela con inusitado baladronismo.

—Me casaré con quien me plazca, tía March, y usted puede dejarle su dinero a quien le apetezca —dijo, sacudiendo la cabeza con aire resuelto.

—¡Válgame Dios! ¿Es así como tomas mis consejos, señorita? Ya te arrepentirás más adelante, cuando hayas probado el amor en una buhardilla y veas que es un fracaso.

—No puede ser peor que el que algunos encuentran en las grandes casas —replicó Meg.

La tía March se puso los lentes y contempló a la muchacha, pues no la reconocía en aquel nuevo estado de ánimo. Meg apenas se reconocía a sí misma; se sentía tan valiente e independiente, tan feliz de defender a John y de reivindicar su derecho a amarlo si le apetecía. La tía March comprendió que había empezado mal y, tras una breve pausa, volvió a la carga con un tono tan apacible como le fue posible: —Mira, Meg, querida, sé razonable y acepta mi consejo. Lo digo con buena intención y no quiero que arruines toda tu vida cometiendo un error al principio. Debes casarte bien y ayudar a tu familia. Es tu deber hacer un buen casamiento y eso debería grabársete bien en la cabeza.

—Papá y Mamá no piensan así. A ellos les gusta John, aunque sea pobre.

—Tus padres, querida, no tienen más sentido práctico que un par de bebés.

—Me alegro de que sea así —exclamó Meg con firmeza.

La tía March hizo caso omiso y continuó con su sermón. —Este Rook es pobre y no tiene parientes ricos, ¿verdad?

—No, pero tiene muchos amigos entrañables.

—No se puede vivir de amigos; pruébalo y verás cuán fríos se vuelven. Él no tiene ningún negocio, ¿verdad?

—Todavía no. El señor Laurence va a ayudarlo.

—Eso no durará mucho. James Laurence es un viejo maniático en quien no se puede confiar. Así pues, ¿piensas casarte con un hombre sin dinero, sin posición ni negocios, y seguir trabajando más duro que ahora, cuando podrías vivir desahogadamente el resto de tus días si me obedecieras y obraras mejor? Pensé que tenías más sensatez, Meg.

Fin del Episodio 46 · de 96

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