Mujercitas·Episodio 39

El testamento de Amy · I

~10 min · 1990 palabras

Mientras estas cosas sucedían en casa, Amy estaba pasando momentos difíciles en casa de tía March. Sentía profundamente su destierro y, por primera vez en su vida, se dio cuenta de cuánto la querían y mimaban en su hogar. Tía March nunca mimaba a nadie; no lo aprobaba, pero tenía la intención de ser amable, pues la niña de buen comportamiento le agradaba mucho, y tía March guardaba un rincón tierno en su viejo corazón para los hijos de su sobrino, aunque no le parecía propio confesarlo. De verdad hacía todo lo posible por hacer feliz a Amy, pero, ¡cielo santo!, qué equivocaciones cometía. Algunas personas mayores conservan la juventud en el corazón a pesar de las arrugas y las canas, saben compadecerse de los pequeños cuidados y alegrías de los niños, los hacen sentir como en casa y ocultan sabias lecciones bajo juegos agradables, dando y recibiendo amistad de la manera más dulce. Pero tía March no tenía este don, y abrumaba muchísimo a Amy con sus reglas y mandatos, sus maneras formales y sus largas pláticas enfadosas. Al ver a la niña más dócil y amable que a su hermana, la anciana sintió que era su deber intentar contrarrestar, en la medida de lo posible, los malos efectos de la libertad y el consentimiento del hogar. Así que tomó a Amy de la mano y le enseñó tal como a ella misma le habían enseñado sesenta años atrás, un proceso que sembraba el pánico en el alma de Amy y la hacía sentirse como una mosca en la telaraña de una araña muy estricta.

Tenía que lavar las tazas todas las mañanas y sacar brillo a las cucharas anticuadas, a la tetera de plata regordeta y a los vasos hasta que relucieran. Luego tenía qué pasar el plumero por la habitación, y qué trabajo tan agotador era ese. Ni una mota de polvo escapaba a la vista de tía March, y todos los muebles tenían patas de garra y mucha talla, los cuales nunca quedaban limpios a su gusto. Después había que alimentar a Polly, peinar al perrito faldero y dar una docena de viajes arriba y abajo para buscar cosas o llevar recados, pues la anciana cojeaba mucho y rara vez abandonaba su gran sillón. Tras estas fatigosas labores, debía hacer sus lecciones, lo que constituía una prueba diaria de todas las virtudes que poseía. Luego se le concedía una hora para hacer ejercicio o jugar, ¿y acaso no la disfrutaba?

Laurie iba todos los días y embaucaba a tía March hasta que a Amy le permitían salir con ella, momento en el que paseaban, cabalgaban y se lo pasaban en grande. Después de cenar, tenía que leer en voz alta y quedarse quieta mientras la anciana dormía, lo cual solía hacer durante una hora, ya que se quedaba dormida en la primera página. Luego aparecían las labores de retazos o las toallas, y Amy cosía con fingida mansedumbre y rebeldía interior hasta el atardecer, hora en la que se le permitía divertirse a su antojo hasta la hora del té. Las noches eran lo peor de todo, pues tía March se ponía a contar largas historias sobre su juventud, las cuales eran tan indeciblemente aburridas que Amy siempre estaba lista para irse a la cama, con la intención de llorar por su dura suerte, pero por lo general quedándose dormida antes de haber logrado exprimir más de una o dos lágrimas.

Si no hubiera sido por Laurie y la vieja Esther, la criada, sentía que nunca habría podido superar aquel tiempo terrible. El loro por sí solo bastaba para sacarla de quicio, pues pronto notó que ella no lo admiraba y se vengaba portándose de la manera más traviesa posible. Le tiraba del pelo cada vez que se le acercaba, volcaba su pan con leche para fastidiarla cuando acababa de limpiarle la jaula, hacía ladrar a Mop picoteándolo mientras la señora dormía, la insultaba delante de las visitas y se comportaba en todos los aspectos como un pájaro viejo y reprobable. Además, no soportaba al perro, un animal gordo y cascarrabias que le gruñía y ladraba cuando ella le hacía el aseo, y que se tumbaba boca arriba con todas las patas en el aire y una expresión de semblante de lo más idiota cuando quería algo de comer, lo cual sucedía unas doce veces al día. La cocina tenía mal genio, el viejo cochero era sordo y Esther era la única que reparaba alguna vez en la joven.

Esther era una francesa que había vivido con «Madame», como llamaba a su ama, durante muchos años, y que tiranizaba un poco a la anciana, la cual no podía arreglárselas sin ella. Su verdadero nombre era Estelle, pero tía March le ordenó que se lo cambiara, y ella obedeció, con la condición de que nunca se le pidiera cambiar de religión. Le tomó cariño a la señorita y la divertía mucho con extrañas historias de su vida en Francia, cuando Amy se sentaba con ella mientras almidonaba los encajes de Madame. También le permitía deambular por la gran casa y examinar las cosas curiosas y bonitas guardadas en los grandes armarios y en los cofres antiguos, pues tía March atesoraba como una urraca. El mayor deleite de Amy era un gabinete indio, lleno de cajones estrafalarios, pequeños casilleros y lugares secretos, en los cuales se guardaban toda clase de adornos, unos preciosos, otros meramente curiosos, todos más o menos antiguos. Examinar y ordenar estas cosas le proporcionaba a Amy gran satisfacción, especialmente los alhajeros, en los cuales sobre cojines de terciopelo reposaban los adornos que habían engalanado a una belle cuarenta años atrás. Estaba el adorno de granates que tía March se puso cuando fue presentada en sociedad, las perlas que su padre le regaló el día de su boda, los diamantes de su prometido, los anillos y alfileres de luto de azabache, los extraños relicarios con retratos de amigos difuntos y sauces llorones hechos de pelo en su interior, las pulseras de bebé que su única hijita había llevado, el gran reloj del tío March, con el sello rojo con el que tantas manos infantiles habían jugado, y en una caja muy aparte reposaba la alianza de boda de tía March, demasiado pequeña ahora para su dedo regordeto, pero guardada con esmero como la joya más preciosa de todas.

—¿Cuál elegiría Mademoiselle si pudiera hacer su voluntad? —preguntó Esther, que siempre se sentaba cerca para vigilar y echar llave a los objetos de valor.

—Los diamantes son los que más me gustan, pero no hay ningún collar entre ellos, y a mí me encantan los collares; le quedan muy bien a una. Yo elegiría este si pudiera —respondió Amy, mirando con gran admiración un cordón de cuentas de oro y ébano del que pendía una pesada cruz del mismo material.

—Yo también codicio ese, pero no como un collar. ¡Ah, no! Para mí es un rosario, y como tal lo usaría como una buena católica —dijo Esther, mirando el hermoso objeto con anhelo.

—¿Se supone que debe usarse como usas el cordón de cuentas de madera con olor agradable que cuelga sobre tu espejo? —preguntó Amy.

—En verdad sí, para rezar. Sería grato para los santos si uno usara un rosario tan fino como este, en vez de llevarlo puesto como una vanidosa alhaja.

—Parece que encuentras muchísimo consuelo en tus oraciones, Esther, y siempre bajas luciendo tranquila y satisfecha. Ojalá yo pudiera.

—Si Mademoiselle fuera católica, encontraría verdadero consuelo, pero como eso no ha de ser, estaría bien que se retiraras a solas cada día a meditar y rezar, como lo hacía la buena ama a la que servía antes de Madame. Ella tenía una pequeña capilla y en ella encontraba alivio para muchos pesares.

—¿Estaría bien que yo hiciera lo mismo? —preguntó Amy, quien en su soledad sentía la necesidad de algún tipo de ayuda y descubría que tendía a olvidar su librito, ahora que Beth no estaba allí para recordárselo.

—Sería excelente y encantador, y con mucho gusto le arreglaré el pequeño tocador si le gusta. No le diga nada a Madame, pero cuando ella duerma vaya usted y siéntese a solas un rato para pensar buenos pensamientos y rezar para que el Dios querido preserve a su hermana.

—Esther era verdaderamente piadosa y bastante sincera en su consejo, pues tenía un corazón afectuoso y sentía mucho la preocupación de las hermanas. A Amy le gustó la idea y le dio permiso para arreglar el pequeño armario contiguo a su habitación, esperando que le hiciera bien.

—Ojalá supiera adónde irán a parar todas estas cosas bonitas cuando tía March muera —dijo, mientras volvía a colocar lentamente el rosario brillante y cerraba los alhajeros uno por uno.

—A ti y a tus hermanas. Lo sé, Madame confía en mí. Fui testigo de su testamento, y así será —susurró Esther sonriendo.

—¡Qué bien! Pero desearía que nos los diera ahora. La procrastinación no es agradable —observó Amy, echando una última mirada a los diamantes.

—Todavía es muy pronto para que las señoritas lleven estas cosas. La primera que se comprometa tendrá las perlas, Madame lo ha dicho, y se me antoja que el pequeño anillo de turquesa te lo darán cuando te vayas, pues Madame aprueba tu buen comportamiento y tus encantadores modales.

—¿De verdad locrees? ¡Oh, seré un cordero, con tal de tener ese precioso anillo! Es muchísimo más bonito que el de Kitty Bryant. A fin de cuentas, sí que me gusta la tía March. —Y Amy se probó el anillo azul con cara de alegría y la firme determinación de ganárselo.

Desde aquel día fue un modelo de obediencia, y la anciana admiraba complacida el éxito de su disciplina. Esther habilitó el armario con una mesita, colocó un escabel delante y, sobre él, un cuadro sacado de una de las habitaciones cerradas. Pensó que no tenía gran valor, pero, como era apropiado, lo tomó prestado, sabiendo muy bien que Madame nunca se enteraría, ni le importaría en caso de hacerlo. Se trataba, sin embargo, de una copia muy valiosa de uno de los cuadros famosos del mundo, y los ojos de Amy, amantes de la belleza, no se cansaban de contemplar el dulce rostro de la Madre Divina, mientras sus tiernos pensamientos sobre la suya propia ajetreaban su corazón. Sobre la mesa puso su pequeño testamento y su devocionario, mantuvo un florero siempre lleno con las mejores flores que Laurie le llevaba, y acudía todos los días a «sentarse a solas» a pensar buenos pensamientos y a rogarle al buen Dios que protegiera a su hermana. Esther le había regalado un rosario de cuentas negras con una cruz de plata, pero Amy lo colgó y no lo usó, albergando dudas sobre su idoneidad para las plegarias protestantes.

La pequeña era muy sincera en todo aquello, pues al encontrarse sola fuera del seguro nido del hogar, sentía la necesidad de aferrarse a alguna mano bondadosa con tanta fuerza que instintivamente se volví hacia el Fuerte y Tierno Amigo, cuyo amor paternal envuelve más de cerca a Sus pequeños niños. Echaba de menos la ayuda de su madre para comprenderse y gobernarse, pero habiendo aprendido dónde debía mirar, hizo cuanto pudo para hallar el camino y caminar por él con confianza. Mas Amy era una joven peregrina, y en aquel momento su carga le parecía muy pesada. Intentaba olvidarse de sí misma, mantenerse alegre y conformarse con hacer el bien, aunque nadie la viera ni la alabara por ello. En su primer esfuerzo por ser muy, muy buena, decidió redactar su testamento, tal como había hecho la tía March, de modo que si llegaba a enfermar y morir, sus posesiones pudieran ser repartidas de manera justa y generosa. Le costaba un Pesar tan solo pensar en desprenderse de aquellos pequeños tesoros que a sus ojos eran tan valiosos como las joyas de la anciana.

Fin del Episodio 39 · de 96

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