Un telegrama · II
~7 min · 1472 palabras
No, es mío de verdad. No he mendigado, pedido prestado ni robado. Me lo he ganado, y no creo que me culpéis, pues solo he vendido lo que era mío».
Mientras hablaba, Jo se quitó la cofia y se oyó un grito general de asombro, pues tenía toda su abundante melena cortada al rape.
«¡Tu cabello! ¡Tu hermoso cabello!», «Oh, Jo, ¿cómo has podido? Tu único adorno». «Querida niña, no hacía falta llegar a tanto». «¡Ya no parece mi Jo, pero la quiero con toda el alma por lo que ha hecho!»
Mientras todas exclamaban y Beth abrazaba tiernamente la cabeza trasquilada, Jo adoptó un aire indiferente que no engañó a nadie ni por un momento, y dijo, revolviendo los mechones castaños e intentando poner cara de que le gustaba: «No va a alterar el destino de la nación, así que no lloriqueéis, Beth. Me servirá para la vanidad, que ya empezaba a estar demasiado orgullosa de mi cabellera. A mi cerebro le sentará bien que le quiten ese estropajo. Siento la cabeza deliciosamente ligera y fresca, y el barbero ha dicho que pronto tendré una mata rizada, muy de chico, que me favorecerá y será fácil de cuidar. Estoy satisfecha, así que tomad el dinero y cenemos».
«Cuéntamelo todo, Jo. No estoy del todo satisfecha, pero no puedo culparte, porque sé lo de buena gana que has sacrificado tu vanidad, como la llamas, por amor. Pero, hija mía, no era necesario, y mucho me temo que un día u otro te arrepentirás», dijo la señora March.
«¡No, no me arrepentiré!», replicó Jo con firmeza, muy aliviada al ver que su travesura no era condenada del todo.
«¿Qué te impulsó a hacerlo?», preguntó Amy, a quien se le habría ocurrido antes cortarse la cabeza que su bonito cabello.
«Bueno, estaba loca por hacer algo por papá», respondió Jo mientras se congregaban alrededor de la mesa, pues los jóvenes sanos pueden comer aun en medio de las desgracias. «Odio pedir prestado tanto como mamá, y sabía que la tía March pondría el grito en el cielo, como siempre hace, si le pides un mísero chelín. Meg dio todo su sueldo trimestral para el alquiler, y yo con el mío solo me compré ropa, así que me sentía mal y estaba empeñada en conseguir dinero, aunque tuviera que vender las narices de mi cara para lograrlo».
«¡No tienes por qué sentirte mal, hija mía! No tenías ropa de invierno y te compraste lo más sencillo con el sudor de tu frente», dijo la señora March con una mirada que calentó el corazón de Jo.
«Al principio no tenía la menor intención de vender mi cabello, pero a medida que iba andando no paraba de pensar en qué podía hacer, y sentía ganas de meterme en alguna de las tiendas ricas y servirme yo misma. En el escaparate de un barbero vi coletas de cabello con los precios marcados, y una coleta negra, no tan espesa como la mía, valía cuarenta dólares. Se me ocurrió de repente que tenía una cosa con la que ganar dinero y, sin pararme a pensar, entré, pregunté si compraban cabello y qué me darían por el mío».
«No sé cómo te atreviste a hacerlo», dijo Beth con tono de veneración.
«Oh, era un hombre bajito que parecía vivir solo para engrasarse el pelo. Al principio se quedó mirándome fijamente, como si no estuviera acostumbrado a que las chicas irrumpieran en su tienda para pedirle que les comprara el pelo. Dijo que el mío no le interesaba, que no era el color de moda y que, para empezar, nunca pagaba mucho por él. El trabajo que llevaba lo encarecía, y cosas así. Se hacía tarde y temí que, si no lo hacía en el acto, ya no llegaría a hacerlo nunca, y ya sabéis que cuando empiezo a hacer algo, odio echarme atrás. Así que le rogué que lo aceptara y le conté por qué tenía tanta prisa. Fue una tontería, supongo, pero le hizo cambiar de opinión, porque me puse un poco nerviosa y le conté la historia a mi manera, atropelladamente. Su mujer lo oyó y dijo con mucha amabilidad: «Tómalo, Thomas, y hazle el favor a la señorita. Yo haría otro tanto por nuestro Jimmy cualquier día si tuviera un solo pelo que valiera la pena vender»».
«¿Quién era Jimmy?», preguntó Amy, a quien le gustaba que le explicasen las cosas sobre la marcha.
«Su hijo, dijo, que estaba en el ejército. ¡Qué familiares hacen estas cosas a los extraños, verdad? Estuvo charlando todo el tiempo que el hombre me esquilaba y me distrajo de lo lindo».
«¿No te dio un vuelco el corazón cuando sentiste el primer tijeretazo?», preguntó Meg con un estremecimiento.
«Eché un último vistazo a mi cabello mientras el hombre preparaba sus bartulos, y eso fue todo. Yo no ando con lloriqueos por fruslerías como esa. Aunque he de confesar que me dio un vuelco raro cuando vi aquel querido y viejo cabello tendido sobre la mesa y noté solo los extremos cortos y ásperos en la cabeza. Casi parecía que me hubieran amputado un brazo o una pierna. La mujer me vio mirarlo y apartó un mechón largo para que me lo guardara. Te lo daré, Marmee, para que te acuerdes de glorias pasadas, pues llevar el pelo corto es tan cómodo que no creo que vuelva a tener melena en la vida».
La señora March dobló el ondulado mechón castaño y lo guardó junto a uno gris y corto en su escritorio. Se limitó a decir: «Gracias, cariño», pero algo en su rostro hizo que las chicas cambiaran de tema y hablaran con la mayor alegría posible sobre la amabilidad del señor Brooke, las perspectivas de buen tiempo para el día siguiente y los felices momentos que pasarían cuando papá volviera a casa para ser cuidado.
Nadie quiso irse a la cama cuando, a las diez, la señora March apartó la última labor terminada y dijo: «Vamos, niñas». Beth fue al piano y tocó el himno favorito del padre. Todas empezaron con valor, pero fueron flaqueando una a una hasta que Beth se quedó sola, cantando con todo su corazón, pues para ella la música siempre era un dulce consuelo.
«Iros a la cama y no habléis, porque debemos levantarnos temprano y necesitaremos todo el sueño posible. Buenas noches, mis amores», dijo la señora March al terminar el himno, pues a ninguna le apetecía probar con otro.
La besaron en silencio y se fueron a la cama tan calladas como si la querida enferma estuviera en la habitación contigua. Beth y Amy no tardaron en dormirse a pesar del gran disgusto, pero Meg se quedó despierta, sumida en los pensamientos más graves que había conocido en su corta vida. Jo yacía inmóvil, y su hermana creyó que estaba dormida, hasta que un sollozo ahogado la hizo exclamar al tocar una mejilla mojada...
—Jo, querida, ¿qué pasa? ¿Estás llorando por papá?
—No, ahora no.
—¿Entonces qué es?
—¡Mi... Mi cabello! —prorrumpió la pobre Jo, intentando en vano sofocar su emoción en la almohada.
No le pareció nada cómico a Meg, que besó y acarició a la afligida heroína con la mayor ternura.
—No estoy arrepentida —protestó Jo con un nudo en la garganta—. Lo volvería a hacer mañana mismo si pudiera. Es solo mi parte vaneciosa la que se pone a llorar de esta manera tan tonta. No se lo digas a nadie, ya ha pasado todo. Creía que estabas dormida, así que me he permitido un pequeño lamento íntimo por mi único adorno. ¿Cómo es que estás despierta?
—No puedo dormir, estoy muy preocupada —dijo Meg.
—Piensa en algo agradable y enseguida te quedarás dormida.
—Lo he intentado, pero me he sentido más despierta que nunca.
—¿En qué has pensado?
—En caras apuestas, y en los ojos en particular —respondió Meg, sonriendo para sus adentros en la oscuridad.
—¿De qué color te gustan más?
—Castaños; bueno, a veces. Los azules son preciosos.
Jo se rio y Meg le ordenó tajantemente que se callara, para luego prometerle amablemente que le haría rizar el cabello y quedarse dormida soñando con vivir en su castillo en el aire.
Los relojes daban la medianoche y las habitaciones estaban muy silenciosas mientras una figura se deslizaba silenciosamente de cama en cama, alisando una colcha aquí, acomodando una almohada allá, y deteniéndose para mirar larga y tiernamente cada rostro inconsciente, para besar cada uno con labios que bendecían en silencio, y para rezar las fervientes oraciones que solo las madres pronuncian. Al levantar la cortina para mirar hacia la noche sombría, la luna brotó de repente de detrás de las nubes y brilló sobre ella como un rostro brillante y benévolo, que parecía susurrar en el silencio: «¡Consuélate, querida alma! Siempre hay luz detrás de las nubes».
Fin del Episodio 32 · de 96
Un telegrama · II
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