Mujercitas·Episodio 03

Una feliz Navidad · I

~12 min · 2352 palabras

Jo fue la primera en despertarse en la gris aurora de la mañana de Navidad. Ninguna media colgaba de la chimenea, y por un momento se sintió tan decepcionada como hacía mucho tiempo, cuando su pequeño calcetín se cayó por estar atiborrado de golosinas. Entonces recordó la promesa de su madre y, deslizando la mano bajo la almohada, sacó un pequeño libro de cubierta carmesí. Lo conocía muy bien, pues era aquella hermosa y vieja historia de la mejor vida jamás vivida, y Jo sintió que era una verdadera guía para cualquier peregrino que emprendiera un largo viaje. Despertó a Meg con un «Feliz Navidad» y le pidió que viera lo que había bajo su almohada. Apareció un libro de cubierta verde, con la misma estampa dentro y unas pocas palabras escritas por su madre, lo cual hizo que su único presente fuera muy valioso a sus ojos. Al poco rato, Beth y Amy se despertaron para revolver y encontrar también sus libritos, uno color tórtola, el otro azul, y todas se sentaron a mirarlos y hablar de ellos, mientras el este se sonrojaba con la llegada del día.

A pesar de sus pequeñas vanidades, Margaret poseía una naturaleza dulce y piadosa que influía inconscientemente en sus hermanas, especialmente en Jo, que la quería con mucha ternura y la obedecía porque sus consejos se daban con tanta suavidad.

—Muchachas —dijo Meg con seriedad, mirando de la cabeza revuelta a su lado a las dos pequeñas con gorro de dormir en la habitación contigua—, mamá quiere que leamos, amemos y obedezcamos estos libros, y debemos empezar de inmediato. Solíamos ser constantes en ello, pero desde que papá se marchó y todos estos problemas de la guerra nos desestabilizaron, hemos descuidado muchas cosas. Pueden hacer lo que gusten, pero yo mantendré mi libro aquí en la mesa y leeré un poco cada mañana en cuanto me despierte, pues sé que me hará bien y me ayudará a sobrellevar el día.

Entonces abrió su nuevo libro y se puso a leer. Jo le pasó el brazo por la cintura y, arrimando mejilla con mejilla, leyó también, con la expresión serena tan rara vez vista en su rostro inquieto.

—¡Qué buena es Meg! Vamos, Amy, hagamos lo que ellas. Te ayudaré con las palabras difíciles y ellas te explicarán las cosas si no las entendemos —susurró Beth, muy impresionada por los bonitos libros y el ejemplo de sus hermanas.

—Me alegra que el mío sea azul —dijo Amy. Y entonces las habitaciones quedaron muy silenciosas mientras se pasaban las páginas suavemente y la luz del sol invernal se deslizaba para rozar las cabezas rubias y los rostros serios con un saludo navideño.

—¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, cuando ella y Jo corrieron abajo a agradecerle sus obsequios, media hora más tarde.

—Siquiera Dios lo sabe. Cierto pobre infeliz vino a pedir limosna, y su señora fue fuertemente a ver qué se necesitaba. Jamás ha habido una mujer tal para regalar viandas y bebida, ropa y leña —respondió Hannah, quien vivía con la familia desde que nació Meg y era considerada por todas más como una amiga que como una criada.

—Pronto volverá, creo yo, así que fríe tus tortitas y ten todo listo —dijo Meg, examinando los regalos que se habían reunido en una cesta y guardados bajo el sofá, listos para ser presentados en el momento oportuno—. Vaya, ¿dónde está el frasco de colonia de Amy? —añadió, al no aparecer el botecito.

—Lo sacó hace un minuto y se fue con él para ponerle una cinta o alguna ocurrencia por el estilo —respondió Jo, danzando por la habitación para quitarle la primera rigidez a las zapatillas nuevas del ejército.

—Qué bonitos se ven mis pañuelos, ¿verdad? Hannah los lavó y planchó para mí, y yo los marqué todos solita —dijo Beth, contemplando con orgullo las letras algo desiguales que le habían costado tanto trabajo.

—¡Bendita sea la niña! Ha ido y puesto «Mamá» en ellos en vez de «M. March». ¡Qué gracioso! —exclamó Jo, tomando uno.

—¿No está bien? Pensé que era mejor hacerlo así, porque las iniciales de Meg son M.M., y no quiero que nadie use estos excepto Marmee —dijo Beth, con aire apesadumbrado.

—Está bien, cariño, y es una idea muy bonita, bastante sensata también, pues nadie puede equivocarse ahora. Le agradará muchísimo, lo sé —dijo Meg, con el ceño fruncido para Jo y una sonrisa para Beth.

—Ahí está mamá. ¡Escondan la cesta, rápido! —exclamó Jo, al dar un portazo y sonar pasos en el vestíbulo.

Amy entró apresuradamente y se mostró bastante desconcertada al ver a sus hermanas esperando por ella.

—¿Dónde has estado y qué es lo que escondes a la espalda? —preguntó Meg, sorprendida al ver, por su capucha y su capa, que la perezosa Amy había salido tan temprano.

—¡No te rías de mí, Jo! No pretendía que nadie lo supiera hasta que llegara el momento. Solo quise cambiar el frasco pequeño por uno grande, y di todo mi dinero para conseguirlo, y de verdad me estoy esforzando por no ser egoísta nunca más.

Mientras hablaba, Amy mostró el hermoso frasco que sustituía al barato, y se veía tan sincera y humilde en su pequeño esfuerzo por olvidarse de sí misma que Meg la abrazó en el acto, y Jo la declaró «toda una joya», mientras Beth corría a la ventana y cortaba su rosa más fina para adornar el imponente frasco.

—Verán, me sentí avergonzada de mi regalo, tras leer y hablar sobre ser buena esta mañana, así que corrí a la esquina y lo cambié en cuanto me levanté, y estoy tan contenta, porque el mío es el más hermoso ahora.

Otro estallido de la puerta de la calle envió la cesta bajo el sofá y a las niñas a la mesa, ávidas de desayunar.

—¡Feliz Navidad, Marmee! ¡Por muchos años! Gracias por nuestros libros. Leímos un poco y tenemos la intención de hacerlo todos los días —gritaron todas a coro.

—¡Feliz Navidad, pequeñas hijas! Me alegra que hayan empezado de inmediato y espero que continúen. Pero quiero decir una sola palabra antes de sentarnos. No muy lejos de aquí vive una pobre mujer con un bebé recién nacido. Seis niños se apiñan en una sola cama para no congelarse, pues no tienen fuego. No hay nada que comer allí, y el hijo mayor vino a decirme que sufrían hambre y frío. Hijas mías, ¿le darán su desayuno como regalo de Navidad?

Todas tenían un hambre inusual, habiendo esperado casi una hora, y por un minuto nadie habló, solo un minuto, pues Jo exclamó impetuosa: «¡Estoy tan contenta de que hayas venido antes de que empezáramos!».

—¿Puedo ir a ayudar a llevar las cosas a los pobrecitos niños? —preguntó Beth con entusiasmo.

—Yo llevaré la nata y los panecillos —añadió Amy, renunciando heroicamente al artículo que más le gustaba.

Meg ya estaba cubriendo los panqueques de alforfón y apilando el pan en un plato grande.

—Pensé que lo harías —dijo la señora March, sonriendo como si estuviera satisfecha—. Iréis todas a ayudarme, y cuando volvamos tomaremos pan con leche para el desayuno, y lo compensaremos a la hora de comer.

Pronto estuvieron listas y la procesión se puso en marcha. Afortunadamente era temprano y fueron por calles secundarias, por lo que poca gente las vio y nadie se rió de la estrafalaria comitiva.

Era una habitación pobre, desnuda y miserable, con cristales rotos, sin fuego, ropa de cama raída, una madre enferma, un bebé que lloriqueaba y un grupo de niños pálidos y hambrientos acurrucados bajo una vieja colcha, tratando de entrar en calor.

Cómo se abrieron los ojos de par en par y sonrieron los labios azulados al entrar las niñas.

—¡Ach, mein Gott! ¡Son ángeles buenos que han venido a nosotras! —dijo la pobre mujer, llorando de alegría.

—Ángeles graciosos con capucha y manoplas —dijo Jo, y los hizo reír.

En pocos minutos parecía de verdad que espíritus bondadosos hubieran estado obrando allí. Hannah, que había acarreado leña, encendió fuego y tapó los cristales rotos con viejos sombreros y su propia capa. La señora March dio a la madre té y gachas, y la consoló con promesas de ayuda, mientras vestía al pequeño bebé con tanta ternura como si hubiera sido suyo. Las chicas, entretanto, pusieron la mesa, sentaron a los niños alrededor del fuego y los alimentaron como a tantos pájaros hambrientos, riendo, hablando y tratando de entender el gracioso inglés entrecortado.

«Das ist gut!» «Die Engel-kinder!», exclamaron las pobrecillas mientras comían y calentaban sus amoratadas manos junto al agradable fuego. Jamás a las muchachas las habían llamado niñas ángel antes, y les pareció muy agradable, especialmente a Jo, a quien habían considerado un «marimacho» desde que nació. Aquel fue un desayuno muy feliz, aunque ellas no probaron bocado. Y cuando se marcharon, dejando el bienestar atrás, creo que no había en toda la ciudad cuatro personas más alegres que las hambrientas niñitas que regalaron sus desayunos y se conformaron con pan y leche en la mañana de Navidad.

—Eso es amar a nuestro prójimo más que a nosotras mismas, y me gusta —dijo Meg mientras disponían sus regalos mientras su madre estaba arriba recogiendo ropa para los pobres Himmel.

No era un espectáculo muy espléndido, pero había una gran dosis de amor envuelta en los pocos paquetitos, y el alto florero con rosas rojas, crisantemos blancos y enredaderas colgantes, que se encontraba en el centro, le daba un aire bastante elegante a la mesa.

—¡Ya viene! ¡Empieza, Beth! ¡Abre la puerta, Amy! ¡Tres hurras por Marmee! —exclamó Jo, dando saltos mientras Meg iba a conducir a la madre al asiento de honor.

Beth tocó su marcha más alegre, Amy abrió la puerta de par en par y Meg hizo de escolta con gran dignidad. La señora March se mostró tan sorprendida como conmovida, y sonrió con los ojos anegados mientras examinaba sus obsequios y leía las pequeñas notas que los acompañaban. Las zapatillas se las calzó al instante, un nuevo pañuelo se deslizó en su bolsillo, bien perfumado con la colonia de Amy, la rosa quedó fijada en su pecho y se declaró que los bonos guantes le sentaban a la perfección.

Hubo un buen de risas, besos y explicaciones, a la manera sencilla y cariñosa que hace que estas fiestas familiares sean tan agradables en el momento, tan dulces de recordar mucho después, y luego todos se pusieron a trabajar.

Las caridades y ceremonias matutinas tomaron tanto tiempo que el resto del día se consagró a los preparativos de las festividades nocturnas. Como aún eran demasiado jóvenes para ir con frecuencia al teatro, y no eran lo suficientemente ricas como para permitirse un gran gasto en representaciones privadas, las muchachas pusieron a trabajar su ingenio y, siendo la necesidad madre de la invención, fabricaron todo lo que necesitaban. Muy ingeniosas resultaron algunas de sus creaciones: guitarras de cartón, lámparas antiguas hechas con barquillos de mantequilla pasados de moda forrados de papel plateado, túnicas fastuosas de algodón viejo, brillantes con lentejuelas de hojalata de una fábrica de encurtidos, y armaduras cubiertas con los mismos útiles fragmentos en forma de diamante que quedaban en planchas cuando se recortaban las tapas de los tarros de mermelada. La gran habitación fue escenario de muchas inocentes alegrías.

No se admitían caballeros, de modo que Jo interpretó papeles masculinos a más no poder y experimentó una inmensa satisfacción con un par de botas de cuero rojizo que le había regalado una amiga, la cual conocía a una señora que conocía a un actor. Estas botas, un viejo florete y un jubón rasgado que un artista había utilizado alguna vez para un cuadro, eran los principales tesoros de Jo y aparecían en todas las ocasiones. Lo reducido de la compañía obligaba a los dos actores principales a desempeñar varios papeles cada uno, y sin duda merecían cierto mérito por el arduo trabajo que realizaban al aprenderse tres o cuatro papeles diferentes, entrando y saliendo a la carrera de varios vestuarios y dirigiendo además el escenario. Era un excelente ejercicio para sus memorias, una diversión inofensiva y ocupaba muchas horas que de otro modo habrían sido ociosas, solitarias o pasadas en compañía menos provechosa.

La noche de Navidad, una docena de muchachas se apiñaron sobre la cama, que hacía las veces de platea, y se sentaron ante las cortinas de indiana azul y amarilla en un estado de expectación de lo más halagüeño. Hubo un gran revuelo de susurros tras la cortina, un ápice de humo de lámpara y una risita ocasional por parte de Amy, dada a volverse histérica ante la emoción del momento. Al poco sonó una campanilla, las cortinas se abrieron de par en par y comenzó la tragedia operística.

—Un bosque sombrío —según el único programa de mano— estaba representado por unos cuantos arbustos en macetas, bayeta verde en el suelo y una cueva a lo lejos. Esta cueva estaba hecha con un tendedero plegable como techo, cómodas por paredes, y dentro había un pequeño hornillo a toda marcha, con una olla negra encima y una vieja bruja inclinada sobre ella. El escenario estaba oscuro y el resplandor del hornillo causaba un efecto magnífico, sobre todo porque del caldero brotaba vapor auténtico cuando la bruja retiraba la tapa. Se concedió un momento para que amainara la primera emoción; luego Hugo, el villano, irrumpió con una espada tintineante al cinto, sombrero chambergo, barba negra, capa misteriosa y las botas. Tras pasearse de un lado a otro con gran agitación, se golpeó la frente y prorrumpió en una vena salvaje, cantando su odio hacia Rodrigo, su amor por Zara y su grato propósito de matar al uno y conquistar a la otra. Los tonos roncos de la voz de Hugo, con algún grito ocasional cuando sus sentimientos lo dominaban, resultaron muy impresionantes, y el público aplaudió en cuanto hizo una pausa para respirar. Haciendo una reverencia con el aire de alguien acostumbrado a los elogios del público, se deslizó furtivamente hacia la caverna y ordenó a Hagar que saliera con un imperativo: «¡Eh, esbirro! ¡Te necesito!»

Fin del Episodio 3 · de 96

Una feliz Navidad · I

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