Campamento Laurence · I
~14 min · 2868 palabras
Beth hacía las veces de cartera, pues, como era la que más tiempo pasaba en casa, podía ocuparse de ello con regularidad y le encantaba la tarea diaria de abrir la puertecita y repartir la correspondencia. Un día de julio entró con las manos llenas y fue por la casa repartiendo cartas y paquetes como el servicio postal.
—¡Aquí tienes tu ramillete, madre! Laurie nunca olvida eso —dijo, colocando el fresco ramillete en el florero que estaba en «el rincón de Marmee» y que el cariñoso muchacho se encargaba de mantener abastecido.
—Señorita Meg March, una carta y un guante —continuó Beth, entregándole los artículos a su hermana, que estaba sentada junto a su madre cosiendo puños.
—Vaya, dejé un par allí y aquí solo hay uno —dijo Meg, mirando el guante de algodón gris—. ¿No habrás dejado caer el otro en el jardín?
—No, estoy segura de que no, porque en la oficina solo había uno.
—¡Odio tener guantes desparejados! No importa, ya aparecerá el otro. Mi carta es solo la traducción de la canción alemana que quería. Creo que la hizo el señor Brooke, porque esta no es la letra de Laurie.
La señora March miró a Meg, que estaba muy bonita con su vestido matinal de Guingán, con los pequeños rizos alborotados en la frente, y muy mujeril mientras cosía en su pequeña mesa de trabajo llena de ordenados rollos blancos, tan ajena al pensamiento que pasaba por la mente de su madre mientras cosía y cantaba, con los dedos volando y la mente ocupada en fantasías de muchacha tan inocentes y frescas como los pensamientos de su cinturón, que la señora March sonrió y se sintió satisfecha.
—Dos cartas para la doctora Jo, un libro y un sombrero viejo y gracioso que cubría toda la oficina de correos y sobresalía por fuera —dijo Beth, riendo mientras entraba en el estudio donde Jo estaba escribiendo.
—¡Qué tipo tan astuto es Laurie! Dije que ojalá los sombreros más grandes estuvieran de moda, porque me quemo la cara todos los días de calor. Él dijo: «¿Por qué te importa la moda? ¡Lleva un sombrero grande y ve cómoda!». Dije que lo haría si tuviera uno, y me ha enviado este para ponerme a prueba. Me lo pondré por diversión y le demostraré que la moda me importa un bledo. Y colgando el antiguo sombrero de ala ancha en un busto de Platón, Jo leyó sus cartas.
Una de su madre hizo que sus mejillas se encendieran y sus ojos se llenaran de lágrimas, pues le decía...
Querida mía:
Te escribo unas breves líneas para decirte con cuánta satisfacción observo tus esfuerzos por dominar tu genio. No dices nada de tus pruebas, fracasos o éxitos, y tal vez pienses que nadie los ve sino el Amigo cuya ayuda pides a diario, si he de fiarme de la ajada cubierta de tu guía. Yo también los he visto todos, y creo firmemente en la sinceridad de tu resolución, ya que empieza a dar frutos. Sigue adelante, querida, con paciencia y valentía, y cree siempre que nadie simpatiza contigo con más ternura que tu afectísima...
Madre
—¡Eso me hace bien! Eso vale millones de dinero y montones de elogios. Oh, Marmee, ¡sí que lo intento! Seguiré intentándolo y no me cansaré, ya que te tengo a ti para ayudarme.
Apoyando la cabeza en los brazos, Jo mojó su pequeña novela con unas cuantas lágrimas de felicidad, pues había pensado que nadie veía ni apreciaba sus esfuerzos por ser buena, y esta seguridad era doblemente preciosa, doblemente alentadora porque era inesperada y venía de la persona cuya aprobación más valoraba. Sintiéndose más fuerte que nunca para enfrentarse a su Apolo y someterlo, se alfileró la nota dentro del vestido como escudo y recordatorio, no fuera a ser que la cogieran desprevenida, y procedió a abrir su otra carta, muy dispuesta a recibir buenas o malas noticias. Con una letra grande y decidida, Laurie escribió...
Querida Jo, ¡hola!
Unos chicos y chicas ingleses van a venir a verme mañana y quiero que lo pasemos en grande. Si hace bueno, voy a plantar mi tienda en Longmeadow y a llevar remando a toda la tripulación a almorzar y a jugar al croquet; haremos fuego, prepararemos guisos al estilo gitano y toda clase de bromas. Son buena gente y les gustan esas cosas. Brooke irá para mantenernos a raya a los chicos, y Kate Vaughn hará de dueña de buen comportamiento para las chicas. Quiero que vengáis todas, no puedo dejar escapar a Beth por nada del mundo, y nadie la molestará. No os preocupéis por las raciones, yo me encargaré de eso y de todo lo demás, ¡solo venid, portaos bien!
Con muchísima prisa, Tuyo siempre, Laurie.
—¡Qué generosidad! —exclamó Jo, volando a contarle la noticia a Meg.
—Por supuesto que podemos ir, ¿verdad, madre? Será de gran ayuda para Laurie, porque yo puedo remar, Meg se encarga del almuerzo y las niñas pueden ser útiles de alguna manera.
—Espero que los Vaughn no sean gente mayor y estirada. ¿Sabes algo de ellos, Jo? —preguntó Meg.
—Solo que son cuatro. Kate es mayor que tú, Fred y Frank (mellizos) tienen más o menos mi edad, y una niña pequeña (Grace) que tiene nueve o diez años. Laurie los conoció en el extranjero y le caían bien los chicos. Me pareció, por la forma en que frunció los labios al hablar de ella, que Kate no le gustaba mucho.
—¡Me alegro tanto de que mi estampado francés esté limpio, es ideal y me sienta tan bien! —observó Meg con complacencia—. ¿Tienes algo decente, Jo?
—Traje de boga escarlata y gris, bastante bueno para mí. Voy a remar y a andar de aquí para allá, así que no quiero almidón en el que pensar. ¿Tú vendrás, Betty?
—Si no dejas que ningún muchacho me hable.
—¡Ni un solo muchacho!
—Me gusta complacer a Laurie, y no le tengo miedo al señor Brooke, es muy amable. Pero no quiero jugar, ni cantar, ni decir nada. Trabajaré duro y no molestaré a nadie, y tú cuidarás de mí, Jo, así que iré.
—Esa es mi chica buena. De verdad intentas combatir tu timidez, y te quiero por ello. Combatir los defectos no es fácil, como ya sé, y una palabra alegre te da como un empujón. Gracias, madre —Y Jo le dio un beso agradecido en la mejilla delgada, más precioso para la señora March que si le hubiera devuelto la redonda rosadura de su juventud.
—Tuve una caja de pastillas de chocolate y el dibujo que quería copiar —dijo Amy, mostrando su correo.
—Y recibí una nota del señor Laurence, pidiéndome que fuera a tocar para él esta noche, antes de que enciendan las lámparas, y voy a ir —añadió Beth, cuya amistad con el viejo caballero prosperaba notablemente.
—Ahora vamos a movernos y a hacer doble turno hoy, para poder jugar mañana con la mente libre —dijo Jo, preparándose para cambiar su pluma por una escoba.
Cuando el sol se asomó a la habitación de las chicas temprano a la mañana siguiente para prometerles un día hermoso, vio un espectáculo cómico. Cada una había hecho los preparativos para la fiesta que consideró necesarios y oportunos. Meg llevaba una fila adicional de pequeños papeles para rizos en la frente, Jo se había untado generosamente la cara dolorida con crema fría, Beth se había llevado a Joanna a la cama con ella para compensar la inminente separación, y Amy había puesto la guinda al pastel colocándose una pinza de tender la ropa en la nariz para levantar el rasgo ofensivo. Era una de las que usan los artistas para sujetar el papel en sus tableros de dibujo, por lo que resultaba muy apropiada y eficaz para el propósito al que ahora la destinaban. Este divertido espectáculo pareció divertir al sol, pues estalló con tal resplandor que Jo se despertó y despertó a sus hermanas con una sonora carcajada ante el adorno de Amy.
El sol y las risas eran buenos augurios para una fiesta de recreo, y pronto comenzó un animado ajetreo en ambas casas. Beth, que fue la primera en estar lista, iba informando de lo que ocurría en la casa de al lado y amenizó el arreglo de sus hermanas con frecuentes telegramas desde la ventana.
«¡Ahí va el hombre de la tienda de campaña! Veo a la señora Barker preparando el almuerzo en un cesto y una gran cesta. Ahora el señor Laurence mira al cielo y a la veleta. Ojalá fuera él también. ¡Ahí está Laurie, con aspecto de marinero, qué buen muchacho! ¡Ay, Dios mío! Aquí viene un coche lleno de gente, una señora alta, una niña y dos chicos horribles. Uno es cojo, pobrecito, lleva muletas. Laurie no nos dijo eso. ¡Deprisa, chicas! Se está haciendo tarde. Vaya, ahí está Ned Moffat, lo juro. Meg, ¿no es ése el hombre que te saludó un día cuando estábamos de compras?»
—Así es. Qué raro que haya venido. Creía que estaba en las montañas. Ahí está Sallie. Me alegro de que haya vuelto a tiempo. ¿Estoy bien, Jo? —exclamó Meg con nerviosismo.
—Una auténtica margarita. Levántate el vestido y ponte bien el sombrero, se ve cursi inclinado de ese modo y saldrá volando a la primera ráfaga. ¡Y ahora, vamos!
—¡Ay, Jo, no vas a llevarte ese sombrero espantoso! ¡Es demasiado absurdo! No vas a hacer el payaso —protestó Meg, mientras Jo se ataba con una cinta roja el sombrero de paja de ala ancha y anticuado que Laurie le había enviado a modo de broma.
«Pues sí que lo haré, porque es magnífico, da mucha sombra, es ligero y grande. Divertirá, y no me importa hacer el payaso si voy cómoda». Con estas palabras, Jo se marchó a paso firme y el resto la siguió, un grupo alegre y bonito de hermanas, todas muy favorecidas con sus trajes de verano y caras felices bajo los alegres y despejados aires de sus sombreros.
Laurie corrió a recibirlas y a presentarlas a sus amigos con la mayor cordialidad. El césped hacía las veces de recibidor, y durante varios minutos se desarrolló allí una animada escena. Meg se alegró al ver que la señorita Kate, a pesar de sus veinte años, vestía con una sencillez que las jóvenes americanas harían bien en imitar, y se sintió muy halagada por las garantías del señor Ned de que había venido especialmente para verla. Jo comprendió por qué Laurie «fruncía la boca» al hablar de Kate, pues aquella jovencita tenía un aire altivo y distante que contrastaba fuertemente con el desparpajo de las demás chicas. Beth observó a los nuevos muchachos y decidió que el cojo no era «horrible», sino amable y delicado, y por esa razón sería bondadosa con él. Amy encontró a Grace una personita alegre y de buenos modales y, tras mirarse fijamente en silencio durante unos minutos, de repente se hicieron muy amigas.
Habiéndose enviado por adelantado la tienda de campaña, el almuerzo y los utensilios de croquet, la partida se embarcó en poco tiempo y los dos botes se alejaron juntos, dejando al señor Laurence agitando el sombrero en la orilla. Laurie y Jo remaron en un bote, el señor Brooke y Ned en el otro, mientras que Fred Vaughn, el revoltoso gemelo, hacía todo lo posible por volcar ambos bogando en una barca como un insecto de agua alterado. El divertido sombrero de Jo merecía un voto de gracias, pues era de utilidad general. Rompió el hielo al principio provocando una carcajada, creó una brisa bastante refrescante al aletear de aquí para allá mientras ella remaba, y serviría de excelente paraguas para todo el grupo si se desataba un chaparrón, según dijo. La señorita Kate decidió que ella era «rara», pero bastante lista, y le sonrió desde lejos.
Meg, en el otro bote, se encontraba en una situación encantadora, frente a los remeros, quienes tanto admiraban el paisaje como lucían su «habilidad y destreza» poco comunes con los remos. El señor Brooke era un joven serio y silencioso, de hermosos ojos castaños y voz agradable. A Meg le gustaban sus modales discretos y lo consideraba una enciclopedia andante de conocimientos útiles. Nunca le hablaba mucho, pero la miraba bastante, y ella estaba segura de que él no la miraba con aversión. Ned, por estar en la universidad, adoptaba por supuesto todos los aires que los novatos consideran su deber ineludible asumir. No era muy sabio, pero sí muy bondadoso y, en conjunto, una persona excelente para organizar un pícnic. Sallie Gardiner estaba absorta en mantener limpio su vestido de piqué blanco y en charlar con el ubicuo Fred, quien mantenía a Beth en constante terror con sus travesuras.
No estaba lejos Longmeadow, pero la tienda ya estaba montada y los aros clavados para cuando llegaron. Un campo verde y agradable, con tres robles corpulentos en el centro y una franja de césped liso para el croquet.
—¡Bienvenidos al campamento Laurence! —dijo el joven anfitrión al desembarcar entre exclamaciones de júbilo.
—Brooke es el comandante en jefe, yo soy el comisario general, los otros muchachos son oficiales de estado mayor y ustedes, damas, son la compañía. La tienda es para su exclusivo beneficio y ese roble es su salón, este es el comedor y el tercero es la cocina de campamento. Ahora juguemos una partida antes de que caliente el sol y luego ya veremos lo de la cena.
Frank, Beth, Amy y Grace se sentaron a contemplar el juego disputado por los otros ocho. El señor Brooke eligió a Meg, Kate y Fred. Laurie se llevó a Sallie, Jo y Ned. Los ingleses jugaron bien, pero los americanos jugaron mejor y disputaron cada pulgada de terreno con tanta fuerza como si el espíritu del 76 los inspirara. Jo y Fred tuvieron varios altercados y por poco se van a las manos en una ocasión. Jo había pasado el último aro y había fallado el golpe, lo cual la descolocó bastante. Fred iba justo detrás de ella y su turno llegó antes que el de ella. Dio un golpe, su bola chocó contra el aro y se detuvo a una pulgada del lado equivocado. No había nadie muy cerca y, acercándose para examinarla, le dio un sutil empujón con la punta del pie que la dejó justo a una pulgada del lado correcto.
—¡Ya he pasado! Ahora, señorita Jo, voy a liquidarla y llegaré primero —exclamó el jovencito, agitando su mazo para dar otro golpe.
—La has empujado. Te vi. Ahora es mi turno —dijo Jo con aspereza.
—Te doy mi palabra de que no la moví. Rodó un poco, tal vez, pero eso está permitido. Así que apártate, por favor, y déjame darle al poste.
—Nosotros no hacemos trampas en América, pero tú puedes hacerlas si te da la gana —dijo Jo con enfado.
—Los yanquis son mucho más tramposos, todo el mundo lo sabe. ¡Ahí te vas! —replicó Fred, alejando su bola de un golpe de croquet.
Jo abrió los labios para decir algo grosero, pero se reprimió a tiempo, se sonrojó hasta la frente y se quedó un minuto golpeando un aro con todas sus fuerzas, mientras Fred golpeaba el poste y se declaraba fuera de la partida con gran alborozo. Se fue a buscar su bola y tardó un buen rato en encontrarla entre los arbustos, pero regresó con aspecto calmado y tranquilo, y esperó su turno pacientemente. Le costó varios golpes recuperar el terreno perdido y, cuando llegó, el otro bando casi había ganado, pues la bola de Kate era la penúltima y estaba cerca del poste.
—¡Por Júpiter, se acabó todo para nosotros! Adiós, Kate. La señorita Jo me la debe, así que estás acabada —exclamó Fred con entusiasmo al tiempo que todos se acercaban para presenciar el desenlace.
—Los yanquis tienen la maña de ser generosos con sus enemigos —dijo Jo con una mirada que hizo ruborizarse al muchacho—, en especial cuando los vencen —añadió mientras, sin tocar la bola de Kate, ganaba la partida con un golpe magistral.
Laurie tiró su sombrero al aire, luego recordó que no debía regodearse con la derrota de sus invitados y se detuvo a mitad del vítores para susurrar a su amiga: —¡Bien por ti, Jo! Sí que hizo trampa, lo vi. No podemos decírselo, pero te doy mi palabra de que no volverá a hacerlo.
Meg la apartó con el pretexto de sujetarle una trenza suelta y le dijo con aprobación: —Era espantosamente irritante, pero has guardado la compostura y me alegro muchísimo, Jo.
—No me alabes, Meg, porque ahora mismo le daría una bofetada. Sin duda habría estallado si no me hubiera quedado entre las ortigas hasta dominar mi rabia lo suficiente como para callarme. Todavía me estoy cociendo a fuego lento, así que espero que se aparte de mi camino —replicó Jo, mordiéndose los labios mientras fulminaba con la mirada a Fred desde debajo de su gran sombrero.
—Es la hora de almorzar —dijo el señor Brooke, mirando su reloj—. Comisario general, ¿quiere hacer el fuego y traer agua, mientras la señorita March, la señorita Sallie y yo ponemos la mesa? ¿Quién sabe hacer buen café?
Fin del Episodio 24 · de 96
Campamento Laurence · I
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