El chasis de plástico azul
~5 min · 1033 palabras
La zona portuaria de Ota Ward a las once de la noche era un laberinto de contenedores marítimos oxidados, grúas inmóviles y asfalto encharcado por el tifón que rozaba la bahía de Tokio.
Takumi dejó su motocicleta de reparto oculta detrás de un transformador eléctrico y avanzó con la capucha del impermeable empapada pegándole en los ojos.
El depósito número siete de Kurata Media era un galpón de chapa ondulada con las ventanas tapiadas por planchas de contrachapado podrido. Con una cizalla de electricista forzó la cadena del portón lateral; el eslabón de hierro cedió con un chasquido sordo que se perdió entre el rugido del agua cayendo sobre los techos de zinc.
Entrar a un sitio prohibido no requiere valor, solo el cansancio suficiente de haber vivido veinte años con una culpa atravesada en el pecho.
Encendió la linterna del teléfono cubierta con su pulgar para atenuar el brillo. El galpón olía a humedad estancada, ratas muertas y plástico chamuscado.
En el fondo, entre palés de discos compactos promocionales que nunca llegaron a distribuirse en las tiendas, había tres cajas de cartón con la cinta de embalar reseca por el tiempo.
Revolvió con dedos desesperados entre cables RCA, manuales de secuenciadores obsoletos y cintas magnéticas desmagnetizadas por el salitre.
En el fondo de una caja de zapatos encontró lo que buscaba:
Un estuche de plástico azul translúcido de formato MiniDisc de 74 minutos. En la etiqueta adhesiva blanca, escrita con la letra redonda y apretada de una chica joven en rotulador permanente plateado, se leía claramente: «Aoi-01. Muestras maestras sin compresión. Reiko S. 18 de agosto de 2003. No entregar a Kurata.»
Takumi se metió el disco en el bolsillo interior del impermeable, bien apretado contra las costillas.
Al darse vuelta para ganar la salida, el haz de luz de dos linternas halógenas cortó la oscuridad del galpón desde el portón abierto.
Con la llamada de voz cifrada corriendo por una red virtual privada, el único sonido en mis auriculares durante cinco minutos fue el agua cayendo del cielo.
En Medellín caía ese aguacero denso de las cinco de la tarde que desborda las quebradas de Belén y hace zumbar las tejas de barro con un ronquido bajo. En Kawasaki, a través del micrófono del celular de Takumi, se escuchaba el latigazo del viento costero azotando una cabina telefónica pública.
—Tengo el MiniDisc original, Salomé —dijo él, jadeando de frío y adrenalina—. Conseguí salir por el muelle antes de que los hombres de Kurata cercaran la entrada.
—Takumi, el archivo de mi computador se borró solo. Entraron a mi máquina.
—Lo sé. Kurata tiene acceso a los servidores del proveedor de hosting que usaste para subir el track.
A veces la mayor intimidad no es contarse los sueños, sino admitirle a alguien al otro lado del planeta el precio exacto por el que te vendiste.
El muchacho guardó silencio. En el canal de audio se escuchó el tintineo de las monedas cayendo en la ranura del teléfono público japonés.
—Mi tío no fue el único que guardó silencio, Salomé —confesó Takumi con un hilo de voz quebrada por la vergüenza—. En 2003 yo tenía diecinueve años. Vi a Reiko salir llorando del estudio después de que Kurata le rompiera el contrato en la cara. Vi cómo la obligaban a subir a un sedán negro en el callejón trasero. Y no dije nada a la policía porque al mes siguiente Kurata me pagó la matrícula entera de la universidad técnica de Tokio.
Me quedé quieta mirando las gotas de lluvia resbalar por el vidrio empañado de mi pieza.
—Tenías diecinueve años, Takumi.
—Tenía la edad suficiente para saber que la habían hecho desaparecer, Salomé. Llevo veinte años escuchando su voz en mis pesadillas sin atreverme a mirar el estuche azul. Pero esta noche no voy a correr más. Mañana a primera hora voy a subir el master sin compresión a un servidor descentralizado en Alemania.
A las once de la noche, un relámpago iluminó el cielo del Valle de Aburrá con un resplandor azulado y eléctrico.
Un segundo después, el estampido sordo de un transformador reventando en la esquina de la setenta y seis hizo saltar los tacos de toda la cuadra.
La luz se fue de golpe.
El zumbido de la nevera, el ventilador y el router se cortó en seco, dejando mi cuarto en una oscuridad total y pegajosa. Solo quedó encendida la pantalla de mi portátil, titilando con la batería al veinte por ciento.
El pánico moderno no es la oscuridad; es la pantalla en blanco donde hace un segundo estaba todo lo que habías construido.
Me acerqué al teclado con las manos heladas. En la esquina inferior derecha, el icono de red inalámbrica intentó reconectarse automáticamente a una red pública abierta de la alcaldía.
Fue una trampa.
Apenas la tarjeta wifi negoció la dirección IP, una ventana de comando negra se abrió en el centro del escritorio, ejecutando líneas de código a una velocidad vertiginosa.
«FORMAT DRIVE C: /Q /Y»
—¡No, no, no! —grité, manteniendo presionado el botón de encendido con el pulgar para forzar el apagado de la máquina.
La pantalla tardó cinco segundos agónicos en morir, pero ya era tarde.
Cuando la luz comunal volvió a las tres de la madrugada y reinicié el computador en modo a prueba de fallos, la partición donde guardaba mis proyectos musicales de los últimos cuatro años estaba completamente limpia, formateada en ceros binarios.
En el escritorio desierto solo quedaba un archivo de texto titulado LEEME.txt.
Lo abrí con el corazón latiéndome en los oídos. Adentro había una sola línea de texto: «Takumi Nakahara fue interceptado en la estación de Shinagawa a las 05:12 AM. El MiniDisc original está en la sede de Shibuya. Si quieres que tu amigo vuelva a su casa, ven a buscarlo tú misma a Tokio, Salomé.»
Cerré la tapa de la laptop despacio.
En mi alcoba de Belén no quedaba una sola pista de música. Pero en mi pasaporte guardado en el cajón de la cómoda todavía quedaban dos hojas en blanco y en mi cuenta de ahorros exactamente el dinero suficiente para un boleto de ida con tres escalas.
Fin del Episodio 9 · de 11
El chasis de plástico azul
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