La voz que no existía·Episodio 10

Escala en San Francisco

~5 min · 1090 palabras

La terminal internacional de San Francisco a las tres de la madrugada es un desierto alfombrado con olor a café quemado y aire acondicionado polar.

Salomé estaba acurrucada en una banqueta de vinilo de la puerta G92, con la mochila entre las piernas y los audífonos de diadema Sony MDR-7506 apretados contra las orejas. En la pantalla de su laptop, la batería marcaba un dieciocho por ciento. La clavija del cargador universal hacía falso contacto en el enchufe de la pared.

Llevaba cuatro horas pasando una y otra vez el fragmento de tres minutos entre la pista tres y la pista cuatro de la cinta analógica que había digitalizado antes del apagón en Belén Rosales.

Con el ecualizador paramétrico atenuó la frecuencia de sesenta hercios del zumbido eléctrico de la red y recortó los agudos por encima de los doce kilohercios para eliminar el siseo del óxido de cromo. Lo que quedó en el centro del panorama estéreo no fue música ni respiración entrecortada.

Fue un susurro humano directo al diafragma del micrófono Neumann U87:

—Uno, seis, seis, cero, cero, tres, uno.

Salomé detuvo la reproducción y abrió una pestaña del buscador con la conexión wifi intermitente del aeropuerto.

No era una cuenta bancaria ni una clave de acceso a servidores de audio. Era un código postal japonés de siete dígitos: 166-0031. Correspondía al barrio de Asagaya, en el distrito de Suginami, al oeste de Tokio.

—Una dirección particular —murmuró Salomé para sí misma, sintiendo cómo se le erizaba la piel de la nuca—. Reiko dejó grabado el código postal de su familia antes de entrar a la cabina de aislamiento.

Revisó su teléfono celular. Tenía tres llamadas perdidas de un número desconocido con prefijo de Tokio (+81-3) y un mensaje de texto escueto en inglés enviado hacía cuarenta minutos:

'Kurata ha presentado una medida cautelar ante el Tribunal de Distrito de Tokio por robo de propiedad intelectual. Saben que viajas en el vuelo 845 de All Nippon Airways. No tomes el tren expreso en Haneda. Te espero en la salida de la línea Keikyu con un paraguas amarillo. Takumi.'

Salomé miró por el ventanal hacia la pista de aterrizaje, donde el fuselaje blanco del Boeing 787 esperaba bajo la neblina del Pacífico.

En su bolsillo delantero palpó el pasaporte colombiano y el billete electrónico impreso. En su cuenta bancaria de Bancolombia le quedaban exactamente ciento cuarenta mil pesos después de pagar el pasaje de ida. Si la policía japonesa la retenía en la aduana de Haneda, no tenía dinero para un boleto de vuelta ni contactos consulares que la sacaran de un apuro corporativo.

Guardó la laptop en la funda de neopreno, se ajustó la correa de la mochila al pecho y caminó hacia la manga de abordaje.

—Pasajeros del vuelo 845 con destino a Tokio-Haneda, abordaje por el grupo cuatro —anunció el altavoz de la puerta.

Salomé entregó su pase de abordar a la azafata con una sonrisa tranquila.

—Buen viaje, señorita Restrepo —dijo la empleada.

—Muchas gracias —respondió Salomé—. Empieza la mezcla final.

◇

Tokio amaneció bajo una cortina gris de agua que borraba el perfil de los rascacielos de la bahía.

Salomé cruzó el control de pasaportes con el corazón latiéndole en la garganta. La inspectora de migraciones revisó su sello de turista con lentitud nipona, le tomó las huellas dactilares en el lector óptico y le devolvió el documento con una venia impecable: 'Welcome to Japan.'

Al cruzar las puertas corredizas de la terminal de llegadas, el bullicio de viajeros y pantallas gigantes la envolvió. En los monitores de noticias de NHK se repetía un anuncio publicitario en bucle con letras doradas y tipografía futurista:

'REIKO: EL REGRESO ETERNO. Concierto holográfico con inteligencia artificial en el Nippon Budokan. Sábado 28 de octubre. Entradas agotadas.'

En la pantalla, el avatar digital de Reiko cantaba una melodía hiperprocesada, con los ojos demasiado abiertos y una sonrisa sintética que no pestañeaba.

Salomé sintió una mezcla de náusea y furia. Esa no era la mujer que había llorado tras la puerta de la cabina en Kawasaki en 2003; era una marioneta matemática diseñada para vender muñecos coleccionables y suscripciones de streaming.

Bajó las escaleras mecánicas hacia la estación de tren subterránea. Junto a la máquina expendedora de billetes, un hombre flaco con un abrigo impermeable negro y un paraguas amarillo doblado miraba el reloj de pulsera con insistencia. Tenía el pelo canoso revuelto y unas ojeras profundas que Salomé reconoció de inmediato.

—¿Takumi-san? —preguntó ella en voz baja.

El hombre levantó la vista, sorprendido por el acento paisa pronunciando su nombre en medio del andén.

—Salomé —dijo él, inclinando la cabeza con alivio evidente—. Rápido. No mires atrás. Los empleados de Kurata Media tienen guardias de seguridad privada apostados en la parada de taxis del piso superior.

Subieron a un vagón de la línea Keikyu que olía a paraguas mojados y café en lata de máquina BOSS. Durante los quince minutos de trayecto hasta la estación de Kamata, ninguno habló.

Salieron bajo la lluvia y caminaron por un callejón estrecho flanqueado por postes de luz cargados de marañas de cables negros hasta una kissaten tradicional con un cartel descolorido de madera que anunciaba café de filtro.

Se sentaron en un reservado del fondo, tapizado en terciopelo verde gastado. La dueña, una anciana con delantal blanco, les sirvió dos vasos de agua helada y dos tazas de café humeante sin preguntar.

Takumi sacó de su bolsillo interior un estuche de plástico azul transparente. Dentro descansaba un MiniDisc virgen de la marca TDK, etiquetado a mano con marcador permanente rojo: 'Reiko - Sesión 14 de marzo 2003 - Toma directa consola sin ecualizar'.

—Es el único máster de dos pistas que sobrevivió al borrado general —dijo el ingeniero japonés, empujando el disco hacia las manos de Salomé—. Kurata cree que tiene todos los archivos porque vació el disco duro de mi taller en Kawasaki. Pero esto lo grabé por la salida auxiliar de auriculares directamente en cinta magneto-óptica antes de que me quitaran la acreditación de estudio.

Salomé sostuvo el pequeño cartucho cuadrado con la devoción de quien sostiene una reliquia sagrada.

—¿Y qué hay en este disco, Takumi?

—La verdad —respondió el viejo técnico, mirándola a los ojos—. Reiko cantando a capela, sin corrección de tono, sin pistas de acompañamiento y sin los filtros algorítmicos que le impuso la disquera. Si Kurata lanza el holograma el sábado con la voz sintetizada, este disco demuestra ante cualquier perito judicial que la voz que están vendiendo es un fraude informático.

Fin del Episodio 10 · de 11

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