La voz que no existía·Episodio 08

Aislar la frecuencia

~5 min · 1006 palabras

Pasé catorce horas seguidas encerrada en mi pieza, con las persianas bajas y los ojos irritados por el brillo azul del monitor.

Mi mamá me dejó un plato con dos arepas frías y una taza de café en la mesita sin decir nada. En mi casa sabían que cuando me obsesionaba con una mezcla era mejor no hablarme, pero esta vez no estaba intentando que el bajo sonara gordo para unos audífonos de celular.

Estaba intentando escuchar a una mujer muerta.

Si le quitas a una grabación el brillo que le pusieron para venderla, lo que queda abajo suele ser un grito de auxilio.

Apliqué un filtro paramétrico de dieciséis bandas. Corté todo lo que estuviera por encima de los cuatro mil hercios y apliqué una compresión invertida sobre el ruido de fondo del preamplificador de válvulas del estudio de Kawasaki.

El espectrograma en cascada se tiñó de colores cálidos: rojo donde había energía sonora, azul donde solo había silencio digital.

Y entonces, en el espacio vacío entre el compás setenta y dos y el setenta y seis de mi pista original —el track que se había vuelto viral sin que yo entendiera por qué—, la forma de onda reveló un patrón que ningún sintetizador podía generar por azar.

Eran fonemas intercalados en el canal estéreo derecho, paneados al ochenta y cinco por ciento para que pasaran desapercibidos en parlantes normales pero quedaran grabados en el master analógico.

Subí el volumen de los auriculares hasta que me dolieron los tímpanos.

La voz de Reiko, limpia de efectos, susurró en japonés con una lentitud desesperada: —Kurata wa watashi o dashite kurenai. Chika no teipu o sagashite.

Abrí el traductor en el teléfono y escribí fonéticamente lo que había escuchado con los dedos temblorosos.

La traducción en pantalla apareció línea por línea: «Kurata no me dejará salir. Busquen las cintas en el sótano.»

En ese mismo instante, la pantalla de mi celular se iluminó con un mensaje de texto de un número desconocido de Tokio: Sabemos que tienes el archivo, Salomé. Si publicas el track 18, Takumi no llegará a abrir su taller mañana.

◇

En Kawasaki la lluvia olía a óxido ferroso y asfalto mojado.

Takumi estaba desoldando los condensadores de una pletina Teac de cuatro pistas cuando la campanilla de latón sobre la puerta del taller tintineó.

No era el cartero de Yamato Transport ni el repartidor de fideos del callejón. Era un hombre de casi setenta años, envuelto en un abrigo cruzado de lana gris impecable, con el pelo teñido de un azabache artificial y esa postura rígida de los directores ejecutivos que pasaron la burbuja financiera de 1989 firmando quiebras en restaurantes de Ginza.

Goro Kurata.

—Tienes el taller exactamente igual que tu tío, muchacho —dijo el anciano, recorriendo los estantes llenos de osciloscopios analógicos y cajas de transistores con un desdén calculador.

—El negocio de la reparación sobrevive gracias a la nostalgia, Kurata-san —respondió Takumi sin soltar el soldador de estaño, sintiendo el calor del plomo derretido a dos pulgadas de sus dedos.

Los hombres que hicieron dinero en los noventa todavía creen que el mundo se arregla con una amenaza en voz baja y un sobre manila.

Kurata dio dos pasos lentos hacia el mostrador de vidrio rayado. De su bolsillo interior extrajo un sobre blanco grueso, sin membrete ni dirección, sellado con un hilo de seda roja.

Lo apoyó sobre el cristal con un chasquido suave.

—Hay archivos que debieron borrarse de las copias maestras hace veinte veranos, Takumi. Tu tío entendía la cortesía de los contratos cerrados. Me pagaste la escuela técnica con la lealtad que él me debía.

—Yo no he subido nada a internet, señor.

—Lo sé. La niña de Colombia lo hizo por ti —replicó Kurata con una sonrisa glacial que no le arrugó los ojos—. Esa canción de sintetizador tiene doscientas mil visitas hoy en Tokio. La gente en los foros está preguntando de dónde salió la voz de la chica de los fonemas.

Kurata dio dos golpecitos con el índice sobre el sobre blanco.

—Aquí hay tres millones de yenes. Cierra el taller una semana, toma el tren bala a Kioto y olvídate de las cintas del almacén de Ota. Hay bodegas que se incendian solas cuando la gente insiste en desempolvar lo que ya estaba enterrado.

◇

A las cuatro de la tarde en Belén Rosales, el calor pegajoso que bajaba del cerro Nutibara no dejaba respirar.

Me asomé entre las cortinas floreadas de mi ventana del segundo piso. Estacionado justo frente a la panadería de la esquina había un Chevrolet blanco con vidrios polarizados y placas de Envigado que llevaba tres horas con el motor apagado y las luces de posición titilando.

Nadie en mi barrio se queda tres horas dentro de un carro con este calor a menos que esté esperando a que alguien salga de su casa.

La paranoia es un impuesto que pagas cuando descubres que la realidad es más sucia de lo que pensabas a los veinte años.

Cerré las cortinas de un tirón con el corazón latiéndome en la garganta. Saqué de mi cajón de cables tres memorias USB de dieciséis gigas que me habían quedado de la universidad.

Conecté la primera al puerto lateral de mi portátil para clonar la sesión madre del proyecto Aoi-01. La barra verde de transferencia de Windows arrancó a toda velocidad, pero al llegar al ochenta y siete por ciento —exactamente donde estaba alojado el archivo fonema_SA_reiko_master.wav— la pantalla titiló dos veces.

Un cartel de alerta en rojo chillón bloqueó el cursor: «ERROR 0x80070017: Error de redundancia cíclica. El archivo de origen está siendo modificado por otro proceso en tiempo real.»

Traté de forzar la copia con un programa de clonación profunda, pero el archivo parecía estar devorándose a sí mismo desde dentro, corrompiendo sus propios encabezados binarios.

Alguien no estaba intentando robarme el proyecto.

Estaban ejecutando un borrado remoto a través de una puerta trasera que venía preinstalada en el instalador ruso que descargué hace un mes.

Fin del Episodio 8 · de 11

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