La primera llamada
~5 min · 1017 palabras
A las tres de la mañana en Medellín, la llovizna sobre las tejas de Belén Rosales tenía ese rumor constante de estática analógica que a mí siempre me había servido para mezclar pistas sin volverme loca.
En Kawasaki eran las cinco de la tarde del día siguiente.
Miré la interfaz del software de llamadas en la pantalla de mi portátil: un círculo verde titilaba junto al usuario T_Nakahara_03. Me acomodé los auriculares de diadema, me aclaré la garganta con un trago de agua tibia y presioné el botón de conectar.
Un chasquido seco. Luego, tres segundos de puro silencio comprimido.
—¿Hola? —dije en un inglés trabado por los nervios—. ¿Takumi?
—Hello? Yes... Salomé-san? —respondió una voz masculina joven, algo tímida, envuelta en el rumor distante de trenes de cercanías y campanas de paso a nivel japonesas—. Can you hear me?
—Te escucho perfecto. I hear you.
Dos extraños hablando sobre cintas viejas en la madrugada se parecen demasiado a dos náufragos compartiendo una balsa que hace agua.
Durante diez minutos, saltando entre palabras en inglés básico, notas de voz y fotos enviadas por el chat, Takumi me explicó lo que había encontrado en el sótano del taller de su tío: el banco vocal que yo había descargado de un foro ruso abandonado no era un freeware cualquiera. Era el prototipo Aoi-01, diseñado en 2003 por una discográfica independiente que quebró antes de comercializarlo.
—My uncle was sound engineer —dijo Takumi con esfuerzo—. The girl who recorded the phonemes... her name was Reiko. She never signed the release contract.
—¿Por qué no lo firmó?
—Because she disappeared before the master was exported.
Se me erizó el vello de los brazos. Miré el osciloscopio en mi segunda pantalla, donde la pista de audio de la llamada dibujaba ondas verdes continuas.
De repente, el indicador de participantes de la sala privada parpadeó.
Un tercer usuario, identificado únicamente por una cadena hexadecimal de doce dígitos y sin avatar, se conectó a la sesión.
No habló. No encendió la cámara. Solo se escuchó, a través del canal izquierdo de mis auriculares, el sonido nítido y rítmico de alguien respirando frente a un micrófono de condensador profesional durante cuatro segundos exactos antes de desconectarse.
—Takumi... —susurré con el corazón en la garganta—. ¿Ese era tu tío?
—No —respondió él, y por primera vez el pánico en su voz no necesitó traducción—. My uncle died five years ago.
Desperté al mediodía con el ventilador de pie echándome aire tibio a la cara y el celular vibrando sobre la mesita de noche como si estuviera teniendo convulsiones.
Eran siete notificaciones de correo electrónico de una dirección con dominio legal japonés: kurata-associates.tokyo.jp.
Abrí el adjunto en PDF con los ojos entrecerrados por la luz del sol que se colaba entre las persianas de plástico.
El documento venía redactado en japonés, inglés y un español traducido por ordenador que sonaba amenazante y frío como un bisturí: «NOTIFICACIÓN DE CESE Y DESISTIMIENTO: Por medio de la presente, en representación de Kurata Media Holdings, se le intima a la eliminación inmediata de todas las copias no autorizadas del software experimental Aoi-01, así como a la cesión íntegra de los archivos fuente (.wav y .mid) alojados en sus unidades de almacenamiento local.»
La ley de propiedad intelectual no protege el arte; protege a los hombres que compraron el cadáver de quien lo hizo.
Al pie de la tercera página venía lo peor: una captura de pantalla de mi propio escritorio de Windows, tomada a las 3:14 de la madrugada mientras hablaba con Takumi. Se veía mi carpeta de descargas, mi software de mezcla y el nombre del proyecto abierto: pista17_aoi_voz_medellin.flp.
Alguien había entrado a mi computador a través del puerto de la llamada.
Me levanté de un salto y desconecté el cable de red del router de la pared con las manos sudorosas.
Mi mamá me gritó desde la cocina que qué pasaba con el internet de la casa, pero no fui capaz de contestarle. Me senté en el suelo con la espalda contra la cama, mirando la pantalla apagada de mi portátil.
Kurata no quería proteger los derechos de una canción lo-fi que tenía mil reproducciones en YouTube. Querían recuperar el software antes de que alguien más escuchara lo que Reiko había dejado grabado en los canales secundarios.
Con el portátil desconectado del wifi de la casa y conectado únicamente a los datos móviles de un chip prepago que compré en la tienda de la esquina, recibí el enlace cifrado de Takumi.
Era una carpeta comprimida de ochenta megabytes protegida con contraseña.
Adentro había treinta archivos de audio en formato WAV mono a 44.1 kHz grabados en el verano de 2003, acompañados de una hoja de cálculo escaneada con anotaciones a mano en bolígrafo rojo.
Takumi me mandó una nota de voz corta: «Listen to track 09 and track 22. In the high register, the vocal cords don't vibrate like standard synthesizer samples. Reiko was crying when she sang the vowels.»
Guardar la voz de alguien en un chip no es inmortalidad; es atrapar a un pájaro en una caja y llamarlo zoológico.
Cargué el track 09 en mi software de edición. Coloqué los filtros de corte bajo para eliminar el ruido de la red eléctrica japonesa de cincuenta hertzios y le di al botón de reproducir.
Una voz femenina limpia, dulce y frágil como el cristal soplado entonaba una escala cromática de cinco notas: A... I... U... E... O...
Pero al final de la 'O', cuando el metrónomo marcaba el silencio de compás, se escuchó con absoluta claridad el sonido metálico de una puerta pesada cerrándose con pestillo y una voz de hombre mayor diciendo en japonés con tono autoritario: —Mada owatte inai (Todavía no hemos terminado).
La cantante guardó silencio durante dos segundos. Luego, con un hilo de voz que se quebraba en los armónicos altos, cantó el fonema 'SA' con una pequeña variación tonal que en el software original figuraba catalogada como un simple 'glitch de calibración'.
No era un fallo. Era un mensaje de socorro modulado en frecuencia musical.
Fin del Episodio 7 · de 11
La primera llamada
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