El sello roto de Nakahara
~5 min · 1054 palabras
Y la aguja del reloj de pared avanzaba a saltos, como si a cada minuto le costara caer al fondo del plástico.
Salomé no tocó los cables. Dejó que la barra de reproducción terminara de recorrer la pantalla, un hilito gris sobre el fondo negro de la interfaz que no resolvió absolutamente nada. La respiración en la pista cuatro se apagó con un siseo áspero, de esos que dejan el tímpano zumbando como cuando uno sale de un concierto malo. Afuera, en la calle 30, una buseta pitó dos veces y arrancó con un rugido de motor viejo que sacudió los vidrios de la ventana. Marcela ni se enteró; siguió roncando detrás de la puerta con pestillo.
El calor en Belén seguía espeso, pegándose a las pantorrillas como trapo sucio.
Se levantó de la silla plástica, fue hasta la cocina y llenó un vaso de agua directamente de la canilla. El chorro salió tibio, con ese gusto a cloro de las tuberías viejas del barrio. Bebió la mitad de un trago, apoyó el culo contra el mesón de granito picado y miró la marca circular de humedad que el fondo del vaso iba dejando sobre la madera prensada de la repisa.
Una marca redonda y oscura que nadie iba a limpiar.
El celular vibró sobre el escritorio. Dos veces. Un mensaje corto de Edwin preguntando si todavía quería los buñuelos de donde doña Gloria o si mejor pasaba por una gaseosa. Salomé miró la pantalla encendida, se pasó la mano por la nuca para apartarse un mechón empapado en sudor y no contestó. Hay tardes en las que cualquier respuesta es una trampa, qué sé yo, ganas de enredarse la vida con gente que anda a otro ritmo.
El polvo de bodega huele igual en cualquier parte del mundo: a tiempo que alguien quiso esconder debajo de una lona.
Takumi Nishimura encendió la linterna pequeña que llevaba entre los dientes y bajó el último escalón de madera podrida. El sótano del taller de su tío, encajado entre un callejón estrecho de Nakahara-ku y la pendiente que baja hacia los terraplenes del río Tama, olía a tierra mojada, a cartón podrido y a ese hedor agrio del acetato que empieza a desintegrarse sin remedio. Un olor a vinagre barato que se le metía en la garganta y no salía ni carraspeando.
Apoyó la mano en una viga de pino. La madera cedió apenas un milímetro, húmeda.
Se quitó la linterna de la boca con dos dedos enguantados en tela blanca de ferretería. La luz temblorosa barrió estantes de ángulo ranurado oxidado donde se amontonaban cajas de fruta de plástico negro, manuales de servicio técnico de grabadoras Otari y carátulas transparentes de minidisc pegadas entre sí por una costra pringosa. En algún rincón goteaba una tubería de desagüe. Tock. Tock. Un compás idiota que no servía para medir nada.
El tío Kenji había cerrado el negocio en 2009 después del segundo infarto, pero no tiró nada. Los viejos de Kanagawa nunca tiran nada si creen que todavía puede servir para repuesto de un amplificador que ya nadie fabrica.
Takumi apartó una lona azul desteñida que crujió como cuero viejo. Debajo había tres cajas de cartón prensado con etiquetas escritas con marcador permanente verde. Letra rápida, angulosa, casi ilegible: Muestras de sesión / Sala B / Nakahara Audio Lab / Julio-Agosto 2003.
Se agachó. Las rodillas le crujieron con un chasquido seco.
—Si no están acá, no están en ningún lado —se dijo en voz baja.
Nadie le contestó, salvo el desagüe.
Abrió la primera solapa. El aire encerrado salió en una bocanada tibia que le picó en los ojos. Adentro no había cintas de carrete abierto, sino carpetas colgantes de fuelle, de esas marrones con pestaña de plástico transparente que usaban las secretarias en las oficinas de Yokohama antes de que todo el mundo tuviera hojas de cálculo en la computadora. Revisó la primera pestaña: Contratos de sesión — Baterías y percusión. La segunda: Sesión de cuerdas / Cuarteto Kanagawa / Pagos sin comprobante fiscal. La tercera estaba comida por la humedad en la esquina superior, el cartón inflado como una galleta empapada en té.
Registro de banco vocal: Aura-0 (Reiko).
Takumi se detuvo.
Afuera, a nivel de la calle, pasó el tren suburbano de la línea Nambu. La vibración bajó por los cimientos de hormigón, un temblor sordo que sacudió las cajas de fruta y levantó una nube microscópica de asbesto suspendida en el haz de la linterna. Él se quedó inmóvil, sosteniendo la carpeta por los bordes para no rasgar el fuelle mojado.
Reiko.
Ese era el nombre que su memoria se negaba a pronunciar desde hacía casi veinte años. La chica que tosía entre toma y toma en la cabina tres, la que tomaba té verde tibio de una botella de plástico que traía de su casa porque decía que el agua del dispensador del taller sabía a herrumbre. Tenía un diente incisivo ligeramente montado sobre el otro y las uñas con un esmalte celeste descascarado que nunca se terminaba de quitar del todo.
Y cantaba como si tuviera que pedir perdón por ocupar espacio en la sala.
Takumi tiró suavemente del fuelle para sacar el legajo de hojas. Quería ver las cláusulas. Quería ver la firma de cesión de derechos de fonemas, el papel sellado con tinta roja donde una chica de diecinueve años le entregaba su timbre vocal a un sello fantasma por cincuenta mil yenes y dos paquetes de cigarrillos.
La carpeta no pesaba nada.
La abrió sobre el lomo de una caja vecina. No había contratos. No había formularios de consentimiento ni hojas de registro de tomas con los códigos de los bloques de datos. El interior de cartón beige estaba completamente pelado, limpio, sin una sola grapa que indicara que las hojas habían sido arrancadas a la fuerza.
Vacía.
En el fondo del fuelle, apoyada exactamente en el pliegue central como si alguien la hubiera dejado ahí esa misma mañana, había una tarjeta de visita.
Era de cartulina gruesa, blanca, con los bordes impresos en relieve negro mate al estilo corporativo tradicional de Tokio. No tenía polvo encima. Takumi acercó la linterna hasta que el círculo de luz blanca quemó la superficie del papel:
KURATA AUDIO ENTERPRISES Goro Kurata — Director de Adquisición de Catálogo
Fin del Episodio 6 · de 11
El sello roto de Nakahara
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