La voz que no existía·Episodio 04

El tinto de las tres de la tarde

~5 min · 1020 palabras

Volver de Robledo en el Circular Sur a las dos de la tarde siempre te deja una costra de hollín en las sábanas si te tiras a dormir sin bañarte, pero Salomé ni siquiera se quitó los tenis de lona. Doña Ligia le había recibido el blíster de enalapril con esa lentitud exasperante de las viejas que no tienen a nadie con quien pelear, quejándose de que la farmacia del centro siempre cambiaba la marca de las cajas y que esas pastas nuevas sabían a cal apagada. Salomé la había escuchado durante media hora entera, asintiendo junto a un altar con un Sagrado Corazón de yeso que tenía una bombilla roja parpadeando día y noche, pensando únicamente en que el contador de SoundDump seguía girando en el cuarto de Belén.

Ahora eran las tres pasadas.

La greca de aluminio, una Record abollada que su mamá había comprado en un remate de Junín antes de irse para Robledo, soltaba un silbido ronco sobre el fogón mediano. El vapor olía a concho recalentado, denso, de ese café barato que se queda pegado en la lengua como si tuviera almidón.

Salomé se rascó el empeine con la punta del zapato contrario y apoyó los codos sobre la mesa de formica amarilla.

Frente a ella, la pantalla del computador de mesa temblaba con una vibración microscópica de sesenta hercios, iluminando una pila de cajas de CD-R sin carátula que tenían encima una película grisácea de grasa de cocina. El ventilador de tres aspas giraba de izquierda a derecha con un clanck metálico en cada retorno, empujando ráfagas tibias que no aliviaban nada. En la bandeja de entrada de la plataforma, el icono del sobre parpadeaba en naranja.

Había un mensaje nuevo del usuario t_nishi.

Estaba redactado en inglés de traductor automático, tosco y roto, como si alguien lo hubiera pasado por tres motores gratuitos antes de pegarlo en la caja de texto:

—«¿De dónde sacó ese archivo de cinta de 2004? Esa voz no es un banco comercial. No debió salir nunca de Nakahara-ku. Kurata busca los números de bloque.»

Salomé parpadeó dos veces. Tenía el esmalte de la uña del pulgar casi desaparecido, reducido a una escama roja que se arrancó con los dientes sin darse cuenta.

Se quedó mirando las letras durante un minuto entero sin mover el ratón. En la barra de tareas de Windows XP, el reloj marcaba las 3:14. Debajo de la mesa, la torre beige de segunda mano zumbaba con un cascabeleo cansado que aumentaba cada vez que el disco duro de cuarenta gigas intentaba indexar una carpeta temporal.

El cursor parpadeaba.

—¿Quedó tinto, Salo? —preguntó Edwin desde el patio, asomando la cabeza rapada por el marco de la puerta trasera, con una camiseta desteñida del DIM y un trapo sucio al hombro.

—En la greca hay —dijo ella sin apartar los ojos del monitor—, pero está requemado.

—No le hace. Échele dos de azúcar y eso baja.

Edwin entró arrastrando las chanclas de caucho, agarró el pocillo de peltre que tenía el borde desportillado y se sirvió con cuidado de no tocar la manija de metal caliente con la piel desnuda. Se quedó ahí parado un instante, mirando el techo donde una polilla daba vueltas alrededor del bombillo pelado.

—Ese ventilador va a sacar la mano cualquier día de estos —dijo él, soplando el café humeante—. Suena como un taladro viejo.

—Mjm.

—¿La vieja Ligia sí se tomó las pastas?

—Sí. Dijo que le revolvían el estómago, pero se las tomó.

—Ah, bueno. Esas señoras se quejan de vicio.

Edwin dio dos sorbos ruidosos, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y volvió a salir al patio hacia sus propios corotos, cerrando la puerta de madera con ese golpe seco que hacía temblar los vidrios de la alacena. Nada de preguntas sobre la música. Nada de misterios.

El silencio del cuarto volvió de golpe, apenas roto por los martillazos distantes de algún taller en la esquina de la 76 y el goteo constante de una canilla mal cerrada en el patio. Salomé arrastró la silla de madera hacia adelante; una de las patas cojas raspó las baldosas con un chirrido seco.

Ponele que la vida normal fuera eso: una taza de café hirviendo, un vecino que no se mete en lo que no le importa y el calor rajando el asfalto afuera.

Pero la pantalla seguía ahí.

Salomé abrió otra pestaña en el navegador para pegar el texto en un foro de traducción rápida. La respuesta de Takumi Nishimura tenía debajo una segunda línea que no había terminado de cargar por culpa de la pésima latencia de la conexión compartida:

—«No reproduzca en bucle. El instalador ruso dejó visible el encabezado original en el metadato. En Tokio Kurata tiene una alerta puesta para ese serial exacto.»

El foro tardó casi veinte segundos en devolver la traducción automática al español, desacomodada y llena de pronombres inventados por el algoritmo. La palabra bloque salía traducida como «pedazo de carbón» en una línea y como «sector de memoria» en la siguiente.

Una advertencia que cruza catorce mil kilómetros suena idéntica a una broma pesada hasta que te piden que mires por la ventana.

Salomé no miró por la ventana, qué sé yo, por instinto o por pura terquedad antioqueña, pero apoyó la mano en el borde de plástico caliente del monitor. Afuera, en la calle 30, un camión de gaseosas frenó con un chillido de aire comprimido.

Llegó otro mensaje privado. Esta vez en japonés directo, seguido de una traducción torpe pegada a las carreras:

—«Borre el archivo ahora mismo. El nombre con el que lo subió contiene el código de serie de la consola de Kawasaki. Solo una persona en Tokio sigue rastreando esa serie, y ya sabe en qué servidor cayó.»

El módem emitió dos chasquidos sordos en la regleta antes de que la barra de descarga de SoundDump se congelara en el setenta y tres por ciento. En la parte inferior derecha, el botón rojo de «Eliminar entrada pública» parpadeaba, exigiendo una confirmación que Salomé no estaba segura de querer dar.

Fin del Episodio 4 · de 11

El tinto de las tres de la tarde

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