La ventana de Kawasaki
~4 min · 879 palabras
Y ninguno de esos mensajes decía nada que ella pudiera pronunciar en voz alta.
Salomé se pasó el pulgar por la comisura de los labios, tanteando la resequedad de la piel con esa costumbre boba de comprobar si todavía seguía despierta. El cursor titilaba al lado del contador, que ya iba por catorce mil doscientas visitas sin pedir permiso a nadie. En la barra lateral de SoundDump las letras no tenían sentido: trazos rectos, cruces partidas, signos de interrogación que los navegadores viejos convertían en cuadritos vacíos.
El ventilador Samurái oscilaba de izquierda a derecha sobre la formica, empujando una ráfaga tibia que apenas lograba mover una factura de las Empresas Públicas doblada en cuatro.
Cerró los ojos tres segundos.
Pesaban.
Al otro lado del patio, Edwin debió de soltar algo metálico contra el piso porque se oyó un golpe sordo, de esos que hacen vibrar el marco de la puerta, seguido por una maldición dicha entre dientes.
—¿Siguió subiendo eso? —gritó él desde el patio de ropas, con la voz tomada por el tabaco.
—Catorce mil —respondió Salomé sin levantar la cabeza, mirando la uña del pulgar derecho donde el esmalte vino tinto se había saltado casi por completo dejando a la vista una medialuna amarillenta.
—Deje de mirar esa pendejada, Salo. Apague eso y duérmase, que doña Ligia la va a clavar viva si llega tarde a Robledo con las pastillas.
—Ya voy.
Pero no se movió.
Puso el puntero sobre el botón de apagar la regleta de sonido, dudó, y al final solo abrió el navegador para mirar el mapa de los comentarios. Venían casi todos de un nudo espeso concentrado en la prefectura de Kanagawa, como si alguien hubiera pateado un hormiguero en un sótano a catorce mil kilómetros de distancia. Qué sé yo, pensó, a lo mejor internet no es más que eso: gente sin sueño que se pasa la mugre de mano en mano.
Se levantó a servirse agua en un pocillo de peltre que tenía el borde astillado, bebió dos tragos lentos y dejó el fondo turbio sobre la mesa.
Al otro lado del mundo ya caía la tarde sobre Nakahara-ku y el sol no calentaba nada, apenas teñía de un ocre sucio las chapas de zinc de los talleres mecánicos alineados junto a las vías secundarias del tren.
Takumi Nishimura tenía la ventana corrida cuatro dedos para que saliera el humo de tabaco barato, aunque lo único que entraba era el olor a fango estancado del río Tama mezclado con la grasa quemada de los extractores de ramen de la avenida. En la mesa baja, entre una pila de estuches de plástico rajados y cables balanceados con los conectores sulfatados, una lata cilíndrica de café Boss esperaba desde el mediodía con dos dedos de líquido espeso y frío.
El sonido saltó en sus auriculares de diadema sin previo aviso, colgado en un hilo marginal de un tablón de compraventa de piezas viejas donde tres desvelados discutían sobre números de serie.
Primero fue el chasquido.
Luego la toma de aire entre los dientes, cortada a los veintidós segundos por un golpe de tecla mecánica que hizo temblar la membrana derecha del auricular.
Takumi hundió la colilla en la boca estrecha de la lata de café; el chisporroteo húmedo fue breve, un siseo apagado que no tapó el murmullo que venía después en la pista. No necesitó subir la ganancia para entender lo que decía aquella voz atrapada bajo capas de compresión burda y desbordes de memoria digital. La conocía de sobra. La había escuchado en cintas maestras de media pulgada cuando el almacén de Kurata todavía no acumulaba goteras en el techo ni precintos judiciales en la cancela de hierro.
Takumi se acordaba de las mañanas de noviembre de 2004, de las carpetas de cartón manila apiladas en el tribunal de distrito de Yokohama con los sellos rojos de la policía metropolitana, y de aquella chica delgada de dientes desparejos que tosía frente al micrófono de condensador antes de que Goro Kurata le apagara el retorno desde la consola para ahorrar cinta.
La había visto morir en aquel archivo judicial de Kawasaki, sepultada bajo sellos de liquidación sin que nadie reclamara los derechos de los fonemas que dejó sueltos en las pistas guía.
Hay ruidos que reconoces no por el oído, sino por la cicatriz que te dejaron cuando eras joven.
Takumi se frotó la base de la nuca con los dedos manchados de nicotina. La pantalla de tubo de su viejo monitor Panasonic proyectaba un resplandor verdoso sobre los lomos de los estuches apilados en el suelo, titilando al ritmo cansino de la corriente.
El ventilador de la torre crujió, quejándose de los años.
En la interfaz de SoundDump, el perfil de la usuaria que había subido la muestra marcaba una sola pista activa y una ubicación genérica en el valle de Aburrá. Takumi abrió la ventana del chat privado, apoyó los dedos pesados sobre el teclado mecánico y escribió una sola línea en japonés, preguntando de dónde carajos había salido esa cinta.
Se quedó mirando el cursor parpadear en la caja de texto antes de pulsar intro y ver cómo el mensaje cruzaba, lento, los catorce mil kilómetros de sombra que todavía separaban los dos husos horarios.
Fin del Episodio 3 · de 11
La ventana de Kawasaki
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