La voz que no existía·Episodio 02

Cuarenta reproducciones

~8 min · 1571 palabras

Y el zumbido se quedó ahí, fastidiando como una mosca boba contra un vidrio.

Salomé no estiró la mano para apagar la interfaz. Se quedó mirándose los dedos, la uña del pulgar derecho con el esmalte vino tinto pelado a la mitad, dejando ver una media luna amarillenta que daba pena. En la pantalla, la curva de ganancia se mantenía congelada en un pico absurdo, un diente de sierra que no tenía nada que ver con las cuerdas que le habían encargado para el comercial de colchones.

Era una estupidez, pensó. Las tarjetas de sonido viejas hacen esas cosas cuando se calientan: tiran basura al búfer, inventan ruidos, leen restos de memoria que nadie limpió. Ponele.

Pero la voz había dicho Kurata con una claridad que no se saca de un fallo de corriente.

El ventilador Samurái de tres aspas, con la rejilla amarrada con alambre dulce para que no vibrara, giraba de izquierda a derecha sobre el borde del escritorio. Iba y venía, echándole encima un aire tibio que olía al polvo de la calle 30 y a la grasa del taller mecánico de la esquina. Cada vez que el aparato completaba el giro hacia la izquierda, la cortina plástica de la ventana se levantaba dos centímetros, dejando entrar el resplandor de la farola de sodio de Belén. Un amarillo espeso, pesado, de esos que no dejan dormir a nadie.

Salomé se rascó la nuca y suspiró.

Al otro lado del patio de ropas, a tres metros escasos a través del tragaluz, la ventana de Edwin seguía encendida. Edwin mezclaba vallenatos piratas y pistas de reguetón para peluquerías en unos monitores de campo cercano que apuntaban directo al patio común. Cuando él subía el volumen a las dos de la mañana, a Salomé le vibraban los frascos de mermelada que usaba para guardar tornillos en la repisa.

—Si suena en los conos de ese animal —se dijo en voz baja—, es que el archivo está chiflado de verdad.

Abrió el navegador. La conexión de Une titubeaba como siempre a esa hora, con el módem negro parpadeando en verde sobre una torre de revistas viejas. Entró a SoundDump, un servidor agonizante donde la gente colgaba maquetas en 2008 y que ahora solo servía de basurero para productores huérfanos y rusos que intercambiaban muestras de percusión. Hacía dos años que no abría esa cuenta.

El perfil seguía intacto, con una foto borrosa de un cable espiralado y un nombre ridículo: sj_audio_medellin.

Había una sola pista subida: un bucle de guitarra acústica que grabó cuando todavía creía que iba a vivir de tocar en bares de El Poblado. El contador marcaba cuarenta reproducciones. Cuarenta exactas. Treinta y ocho debían de ser de ella misma revisando la mezcla, y las otras dos de algún bot perdido rastreando metadatos.

Arrastró el archivo al botón de carga.

El indicador de porcentaje avanzó a tirones: doce por ciento, treinta y siete, una pausa interminable que amenazaba con dar error de red, y luego el salto definitivo al cien.

En la cocina, el refrigerador pegó un chasquido sordo y arrancó el motor.

Salomé se levantó de la silla plástica, sintiendo el pegote del sudor en la parte trasera de los muslos. Fue hasta el mesón a servirse un vaso de agua de la jarra de plástico que Marcela dejaba siempre a medio llenar. Marcela dormía en la habitación del fondo con la puerta atrancada; no se despertaba ni aunque cayera un rayo en el tejado de zinc, pero si encontraba la loza sucia por la mañana era capaz de armar un sermón de media hora antes de que Salomé pudiera siquiera poner el pie en el bus para Robledo.

El agua sabía a cloro viejo.

Volvió al cuarto con el vaso en la mano y lo apoyó sobre un cuaderno de argolla donde tenía anotadas progresiones de acordes que nunca llegó a usar. Dejó una marca redonda y húmeda sobre el cartón.

Abrió la ventana del patio un poco más, empujando el marco de aluminio que chilló contra el riel oxidado. La luz del cuarto de Edwin seguía cortando la penumbra del patio.

—Edwin —llamó, sin alzar demasiado la voz.

Nada. Solo el rumor apagado de unos bombos filtrándose por el vidrio.

—¡Edwin!

La cortina del vecino se corrió apenas. Apareció la cara redonda de Edwin, pálida por la luz de sus propias pantallas, con los audífonos colgando del cuello como una bufanda rota.

—¿Qué hubo, Salo? ¿Todavía despierta con ese jingle?

—Te voy a mandar un link de SoundDump. Ponelo un segundo en los monitores grandes, a ver si te tira un crujido en los dos mil cuatrocientos hercios. Necesito saber si es mi conversor.

Edwin torció la boca, rascándose la barba rala.

—Estoy cuadrando la voz de un man de Envigado que canta como si tuviera una papa en la garganta. Si le meto pausa ahora pierdo el hilo.

—Un segundo, gordo. Es una pista de treinta segundos.

—Mandalo, pues.

Salomé volvió a su pantalla. Copió el enlace público y se lo tiró por el chat interno de la plataforma. Se quedó quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando.

Durante medio minuto solo se escuchó el Samurái oscilando y el silbido lejano de una tractomula subiendo por la autopista Sur. Y de pronto, a través del patio, los monitores de Edwin escupieron la pista. Las cuerdas sintetizadas sonaron gordas, opacas, ensuciando la noche con su marcha monótona.

Y entonces, exactamente en el segundo veintidós, el chasquido.

No fue una interferencia.

Fue el sonido inconfundible de una tecla mecánica de plástico duro que se hunde y luego se suelta, seguido por una respiración brevísima, casi imperceptible, atrapada en la cinta.

La música se detuvo de golpe al otro lado del patio.

Edwin asomó la cabeza de nuevo por el marco de su ventana. Tenía el ceño fruncido y sostenía una lata de gaseosa a medio terminar.

—Oíste, Salo. ¿Esa muestra de dónde salió? Eso no es un sintetizador limpio ni por el putas. Tiene aire de cuarto.

—Es un pack viejo —respondió ella, apoyando las manos en el alféizar—. Un emulador de cintas.

—Pues borrá esa mierda. Tiene un arrastre que te va a ensuciar toda la mezcla. Nadie te va a pagar un comercial con semejante mugre.

—A mí me parece que le da cuerpo.

—Cuerpo las güevas. Eso es ruido de línea. En una radio te lo rebotan de una.

—Dejá la bobada. Si suena roto es porque tiene carácter.

Edwin soltó una risa seca, sin ganas, y le dio un trago a la lata.

—Mucha filosofía para las cuatro de la mañana, mija. Andá dormí más bien, que tenés unas ojeras que parecen morados.

La cortina de Edwin se cerró de golpe y el patio volvió a quedarse en silencio.

◇

Salomé se sentó otra vez frente al computador.

En la pantalla, el hilo del foro ruso donde había bajado el instalador de Takumi Nishimura seguía abierto en una pestaña secundaria. La última respuesta era de hacía nueve años. Un tal vlad_sound99 se quejaba de que los archivos de audio venían con un desfase insalvable en el canal izquierdo, y Nishimura —si es que era él— había contestado con un solo mensaje en un inglés roto y telegráfico: no corrección. soporte original perdido en almacén kurata, kawasaki. usar como está o borrar.

Almacén Kurata.

Buscó el nombre en la barra de Google. No salía ninguna empresa de audio, ningún sello discográfico. Solo referencias viejas a una casa de empeños cerca de las vías del tren en Nakahara-ku y un par de artículos de un periódico local de Kanagawa sobre una expropiación por humedades en 2011.

El cansancio le pesaba en los párpados como arena húmeda.

Y sin embargo, no podía levantarse.

El cursor parpadeaba sobre el enlace de SoundDump. Salomé apoyó el dedo índice en el botón izquierdo del ratón, dispuesta a cerrar la sesión y tirar la toalla por esa noche. Ya eran casi las cinco. En tres horas tenía que estar en Robledo aguantándose los reproches de su mamá sobre por qué no buscaba un trabajo de verdad en una academia de música o en una oficina de cobranzas, cualquier cosa que tuviera prestaciones sociales y no la obligara a pasar las noches encerrada en un cuartucho oliendo a café recalentado.

Iba a cerrar la ventana del navegador.

Pero le dio a refrescar.

Un reflejo tonto. La costumbre de actualizar la página por inercia, como quien abre la nevera vacía por tercera vez sabiendo de sobra que no hay nada adentro.

La pantalla titiló una vez en blanco.

El contador de reproducciones, que había estado clavado en cuarenta desde el año del caldo, no marcaba cuarenta y uno.

Marcaba 12.840.

Salomé parpadeó, pensando que la fatiga le estaba jugando una mala pasada con los números pequeños de la tipografía.

F5.

13.210.

El ventilador Samurái completó su giro y le tiró otra ráfaga de aire tibio en la cara mientras la interfaz de SoundDump empezaba a congelarse. La columna derecha de la página, reservada para los comentarios que nunca nadie dejaba, comenzó a poblarse de abajo hacia arriba a una velocidad demencial, una catarata de texto que desbordaba los márgenes del código HTML.

Ninguno de los mensajes estaba en español ni en inglés.

Eran caracteres angulosos, bloques densos de kanji y kana que se sucedían sin tregua, encendiendo la pantalla con una luz pálida que no paraba de temblar.

Fin del Episodio 2 · de 11

Cuarenta reproducciones

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