La voz que no existía·Episodio 01

Tres milisegundos de retraso

~5 min · 1081 palabras

A las cuatro de la madrugada el aire en Belén no refresca ni por equivocación.

Se queda ahí, aplastado contra las tejas de barro y los muros sin revocar, espeso como agua de arroz. El ventilador azul de tres aspas giraba sobre el escritorio de formica con un traqueteo cansado, haciendo una pausa idiota cada vez que su cuello de plástico alcanzaba el tope izquierdo. Salomé Jaramillo tenía la camiseta pegada a los omóplatos y los ojos secos de mirar una barra de progreso que parecía congelada en el noventa y cuatro por ciento. Afuera, la bombilla amarilla de sesenta vatios de la vecina alumbraba una cuerda de tender vacía donde colgaba una bolsa plástica enredada, inflándose y desinflándose como un pulmón podrido.

El proyecto se llamaba demo_cuerdas_v2_final_FINAL.wav. Una idiotez de encargo para un comercial de colchones en Envigado que nadie iba a recordar al día siguiente, pero que pagaba el internet.

Había pasado las últimas tres horas lidiando con el track diecisiete, un parche digital que emulaba un sintetizador analógico de finales de los ochenta. Los archivos los había bajado de un foro ruso clausurado hacía años, metidos en una carpeta comprimida sin contraseña que venía acompañada por un archivo de texto minúsculo, apenas un puñado de bytes firmados por alguien que se hacía llamar Takumi Nishimura. El texto estaba redactado en un inglés espantoso, lleno de caracteres corruptos de codificación japonesa que se abrían como rectángulos negros en el bloc de notas, pero explicaba con una prolijidad enfermiza cómo había ripeado las memorias EPROM en una bodega sin calefacción cerca del río Tama, en Kawasaki, antes de que el dueño de la empresa, un tal Goro Kurata, diera la orden de mandar los prototipos a la trituradora para cobrar el seguro de un almacén en quiebra. Nishimura anotaba voltajes, números de serie y hasta la temperatura ambiente con la devoción resignada de quien hace el inventario de un naufragio.

Salomé se rascó la muñeca izquierda, justo donde el elástico de la moña le había dejado un surco rojo en la piel. Tenía el esmalte de las uñas descascarado desde el martes, un tono vino tinto que se caía a pedazos y que ella arrancaba con la uña del pulgar cada vez que un render tardaba demasiado.

—¿Queda agua hervida? —preguntó Marcela desde la penumbra del pasillo.

Salomé no se giró. Se limitó a bajar un poco el volumen del monitor.

—En la jarra azul de la nevera —dijo.

—Huele a cebolla esa jarra, Salomé. Siempre le metés los guisos destapados al lado.

—Pues no tomes, boba.

—Me voy a morir de sed por tu culpa —murmuró Marcela, abriendo la puerta de la nevera con un crujido de caucho reseco. La luz blanca del electrodoméstico le iluminó las pantorrillas desnudas y una camiseta de propaganda política tres tallas más grande—. Dejá de quemarte las pestañas con eso. Mañana tenés que ir a Robledo donde tu mamá.

—Ya casi exporta. Andá dormí.

Marcela cerró la nevera, tragó dos buches sonoros directamente de un pocillo desportillado y arrastró las chanclas de vuelta hacia la pieza del fondo.

Silencio.

Salomé pasó la manga del buzo sobre la formica para limpiar el aro de humedad que había dejado un vaso de gaseosa tibia. El ventilador siguió girando, clac, clac, clac, golpeando el tope de plástico.

El render llegó al cien por ciento.

Un pitido sordo anunció que el archivo estaba listo en la carpeta temporal. Salomé se calzó los audífonos; la espuma de las almohadillas estaba tan deshecha que le dejaba pequeñas escamas de vinil negro pegadas detrás de las orejas cada vez que los usaba más de media hora. Le dio a la barra espaciadora.

El acorde de entrada —un do menor abierto con filtro de paso bajo— entró como debía. Cálido, artificial, con ese ligero temblor de oscilador viejo que ella había calibrado a mano. Pero justo al final del cuarto compás, cuando la reverb debía extinguirse en el vacío del canal estéreo, hubo un chasquido seco. Latencia digital. Un tropezón diminuto.

Eran tres milisegundos de retraso.

Le dio pausa. Volvió a poner el cursor en el segundo veintidós. Amplió la forma de onda hasta que las líneas se convirtieron en una cordillera de puntos discretos.

No era un error de búfer. No era el crujido habitual de la interfaz USB gris que tenía conectada con un cable remendado con cinta de enmascarar. Entre el canal izquierdo y el piso de ruido analógico había un dibujo que no correspondía a la onda senoidal del sintetizador. Parecía una raspadura. Un temblor.

Quizás si su hermano estuviera vivo le habría dicho que apagara la pantalla, que nadie pagaba trescientos mil pesos por un arreglo de cuerdas sintéticas, pero—

El software no inventa fantasmas; solo repite con demasiada obediencia lo que alguien dejó pudrirse en la memoria.

La frase no era de ella. Estaba anotada al final del archivo de texto de Takumi Nishimura, o la había leído en una revista vieja de sonido de su papá, qué sé yo. Pero ahí estaba, metida debajo del acorde.

Salomé abrió el ecualizador paramétrico. Encendió un filtro pasaaltos en los ochenta hercios para limpiar el retumbo de fondo del ventilador que a veces se colaba por los cables sin blindaje, y luego aplicó una campana estrecha, con una ganancia brutal de más doce decibelios, barriendo las frecuencias medias.

Afuera, un perro tosió entre los matorrales de la quebrada y se calló de golpe.

En los dos mil cuatrocientos hercios, la aspereza cobró cuerpo. No era un acople de tierra. Era aire pasando a través de una garganta humana, una exhalación húmeda, cansada, pegada a un micrófono de carbón o a la cápsula barata de una grabadora de periodista.

Salomé se inclinó sobre el teclado, apretando los audífonos contra sus sienes con las dos manos.

La voz no cantaba. Ni siquiera intentaba seguir la tonalidad del track. Era un murmullo plano, casi maquinal, arrastrado por una fatiga que sonaba a oficina cerrada a destiempo y colillas apagadas en tapas de gaseosa.

—Saiwai-ku, Horikawa-cho, san-ban-chi —deletreó el susurro en el canal izquierdo, separando las sílabas con una sequedad burocrática antes de perderse en el soplido de la cinta magnética—. Kurata... —y luego una serie de números de seis dígitos que no tenían ninguna relación matemática con la escala temperada.

Salomé soltó los audífonos sobre el escritorio. El auricular izquierdo quedó rebotando contra la formica, emitiendo un zumbido agudo mientras la aguja del ecualizador seguía bailando sola en la pantalla.

Fin del Episodio 1 · de 11

Tres milisegundos de retraso

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