Jane Eyre·Episodio 82

Capítulo XXXIV · III

~13 min · 2592 palabras

Descansemos aquí —dijo St. John cuando alcanzamos las primeras avanzadas de un batallón de rocas que guardaban una suerte de desfiladero, más allá del cual el arroyo se precipitaba en una cascada; y donde, aún un poco más lejos, la montaña se despojaba de hierba y flores, no teniendo más que brezo por ropaje y risco por joya; donde exageraba lo agreste hasta lo salvaje y trocaba lo fresco por lo ceñudo; donde custodiaba la postrera esperanza de la soledad y un último refugio para el silencio.

Tomé asiento: St. John permaneció cerca de mí. Miró hacia arriba del paso y hacia abajo del hueco del valle; su mirada se alejó con la corriente y regresó para recorrer el cielo despejado que la teñía: se quitó el sombrero, dejó que la brisa alborotase su cabello y besase su frente. Parecía en comunión con el genio de aquel paraje: con sus ojos se despedía de algo.

—Y lo volveré a ver —dijo en voz alta—, en sueños cuando duerma junto al Ganges: ¡y de nuevo en una hora más remota, cuando otro letargo me venza, en la orilla de una corriente más sombría!

¡Extrañas palabras de un amor extraño! ¡La pasión de un austero patriota por su tierra natal! Se sentó; durante media hora no pronunciamos palabra; ni él a mí ni yo a él: transcurrido aquel intervalo, comenzó de nuevo:

—Jane, me marcho dentro de seis semanas; he reservado mi pasaje en un navío de las Indias Orientales que zarpa el veinte de junio.

—Dios os protegerá; pues habéis emprendido su obra —respondí.

—Sí —dijo él—; allí reside mi gloria y mi gozo. Soy el siervo de un Señor infalible. No marcho bajo la guía humana, sujeto a las leyes defectuosas y al errado dominio de mis débiles semejantes: mi rey, mi legislador, mi capitán es el Todoperfecto. Me parece extraño que cuantos me rodean no ardan en deseos de alistarse bajo el mismo estandarte, de unirse a la misma empresa.

—No todos tienen vuestras facultades, y sería locura que los débiles pretendiesen marchar con los fuertes.

—No hablo a los débiles ni pienso en ellos: me dirijo únicamente a aquellos que son dignos de la obra y competentes para llevarla a cabo.

—Esos son pocos en número y difíciles de descubrir.

—Dices verdad; pero una vez hallados, es justo estimularlos, instarlos y exhortarlos al esfuerzo; mostrarles cuáles son sus dones y por qué les fueron otorgados; proclamar el mensaje del Cielo a su oído; ofrecerles, directamente de Dios, un puesto en las filas de sus elegidos.

—Si están verdaderamente capacitados para la tarea, ¿no serán sus propios corazones los primeros en advertírselo?

Sentí como si un hechizo formidable se estuviese urdiendo a mi alrededor y cerrándose sobre mí: temblaba de oír pronunciar alguna palabra fatal que al instante declarase y remachase el encantamiento.

—¿Y qué dice tu corazón? —exigió St. John.

—Mi corazón está mudo... mi corazón está mudo —respondí, impresionada y conmovida.

—Entonces debo hablar por él —continuó la voz profunda e implacable—. Jane, ven conmigo a la India: ven como mi compañera y colaboradora.

¡La garganta y el cielo giraron en torno: las colinas se estremecieron! Fue como si hubiese oído un llamamiento del Cielo, como si un mensajero visionario, semejante al de Macedonia, hubiese proclamado: «¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!». Pero yo no era apóstol... no podía contemplar al heraldo... no podía acoger su llamada.

—¡Oh, St. John! —exclamé—, ¡tened alguna piedad!

Apelaba a alguien que, en el cumplimiento de lo que creía su deber, no conocía piedad ni remordimiento. Continuó:

—Dios y la naturaleza te destinaron para ser la esposa de un misionero. No son prendas corporales, sino mentales las que te han concedido: estás formada para el trabajo, no para el amor. La esposa de un misionero debes ser... y serás. Serás mía: te reclamo... no para mi deleite, sino para el servicio de mi Soberano.

—No soy idónea para ello: no tengo vocación —dije.

Había calculado estas primeras objeciones: no le irritaron. En verdad, al recostarse contra el risco tras de sí, cruzar los brazos sobre el pecho y fijar su semblante, vi que estaba preparado para una larga y penosa oposición y que se había provisto de un caudal de paciencia que durase hasta su término; resuelto, sin embargo, a que aquel término fuese la victoria para él.

—La humildad, Jane —dijo él—, es el cimiento de las virtudes cristianas: dices bien al afirmar que no eres digna de la obra. ¿Quién es digno de ella? ¿O quién que haya sido verdaderamente llamado se creyó jamás merecedor del llamamiento? Yo, por ejemplo, no soy más que polvo y ceniza. Con San Pablo, me reconozco el primero de los pecadores; pero no permito que este sentimiento de mi vileza personal me acobarde. Conozco a mi Caudillo: sé que es tan justo como poderoso; y aunque ha elegido un débil instrumento para llevar a cabo una gran empresa, suplirá, desde los tesoros inagotables de su providencia, la insuficiencia de los medios para el fin. Piensa como yo, Jane... confía como yo. Es en la Roca de los Siglos en quien te pido que te apoyes: no dudes de que sostendrá el peso de tu debilidad humana.

—No comprendo la vida del misionero: jamás he estudiado los trabajos de las misiones.

—En eso yo, humilde como soy, puedo darte la ayuda que precisas: puedo señalarte tu tarea de hora en hora; permanecer a tu lado siempre; ayudarte de momento en momento. Esto podría hacerlo al principio: pronto (pues conozco tus aptitudes) serías tan fuerte y diestra como yo mismo y no requerirías mi auxilio.

—¿Pero mis aptitudes... dónde están para semejante empresa? No las siento. Nada habla ni se agita en mí mientras habláis. No percibo luz alguna encendiéndose, ni vida cobrando aliento, ni voz que me aconseje o me aliente. ¡Oh, ojalá pudiera haceros ver hasta qué punto mi mente es en este instante semejante a una mazmorra sin rayo de sol, con un temor encogido y aherrojado en sus profundidades: el temor de ser persuadida por vos a acometer lo que no puedo cumplir!

—Tengo una respuesta para ti: escúchala. Te he observado desde la primera vez que nos encontramos: he hecho de ti mi estudio durante diez meses. Te he puesto a prueba en ese tiempo mediante diversos exámenes: ¿y qué he visto y obtenido? En la escuela de la aldea hallé que podías realizar bien, puntualmente, rectamente, una labor contraria a tus costumbres e inclinaciones; vi que podías desempeñarla con capacidad y tacto: sabías ganarte a las gentes mientras las gobernabas. En la calma con que supiste que te habías vuelto repentinamente rica leí una mente libre del vicio de Demas: el lucro no ejercía un poder desmedido sobre ti. En la resuelta prontitud con que dividiste tu riqueza en cuatro partes, quedándote solo con una y cediendo las otras tres a la exigencia de la justicia abstracta, reconocí un alma que se deleitaba en la llama y la emoción del sacrificio. En la docilidad con que, a deseo mío, abandonaste un estudio que te interesaba y adoptaste otro porque me interesaba a mí; en la incansable asiduidad con que desde entonces has perseverado en él, en la inagotable energía y el temple inquebrantable con que has afrontado sus dificultades, reconozco el complemento de las cualidades que busco. Jane, eres dócil, diligente, desinteresada, fiel, constante y valerosa; muy dulce y muy heroica: cesa de desconfiar de ti misma... puedo confiar en ti sin reservas. Como directora de escuelas indias y colaboradora entre las mujeres de la India, tu auxilio me será de un valor inestimable.

Mi sudario de hierro se contrajo a mi alrededor; la persuasión avanzaba con paso lento y seguro. Por más que cerrase los ojos, estas últimas palabras suyas lograron hacer que el camino, que antes parecía obstruido, resultase comparativamente claro. Mi obra, que se me había presentado tan vaga, tan irremediablemente difusa, se condensaba a medida que él proseguía y asumía una forma definida bajo su mano moldeadora. Aguardó una respuesta. Le pedí un cuarto de hora para reflexionar antes de arriesgar una contestación.

—De muy buena gana —replicó; y levantándose, caminó una corta distancia garganta arriba, se tendió sobre una elevación del brezal y allí permaneció inmóvil.

Se tendió sobre una elevación del brezal y allí permaneció inmóvil.

«Puedo hacer lo que desea que haga: me veo obligada a verlo y reconocerlo —medité—, esto es, si la vida me es concedida. Pero siento que la mía no es una existencia llamada a prolongarse mucho tiempo bajo el sol de la India. ¿Y qué importa entonces? A él poco le importa eso: cuando llegase mi hora de morir, me devolvería, con toda serenidad y santidad, al Dios que me dio. El caso está muy claro ante mí. Al abandonar Inglaterra, dejaría una tierra amada pero vacía: el señor Rochester no está allí; y si lo estuviese, ¿qué es, qué puede ser jamás para mí? Mi deber es vivir sin él ahora: nada habría tan absurdo, tan débil como arrastrarme de día en día como si aguardase algún imposible cambio en las circunstancias que pudiese reunirme con él. Por supuesto (como dijo St. John una vez), debo buscar otro interés en la vida para reemplazar el perdido: ¿acaso la ocupación que ahora me ofrece no es en verdad la más gloriosa que el hombre puede adoptar o Dios asignar? ¿No es, por sus nobles desvelos y sus sublimes frutos, la más calculada para colmar el vacío dejado por afectos desgarrados y esperanzas demolidas? Creo que debo decir que sí... y sin embargo me estremezco. ¡Ay! Si me uno a St. John, abandono la mitad de mí misma: si marcho a la India, marcho a una muerte prematura. ¿Y cómo se llenará el intervalo entre abandonar Inglaterra por la India y la India por el sepulcro? ¡Oh, bien lo sé! Eso también se presenta muy diáfano ante mi vista. Esforzándome por satisfacer a St. John hasta que mis tendones se desgarren, lo satisfaré: hasta el punto céntrico más sutil y el círculo exterior más distante de sus expectativas. Si voy con él, si hago el sacrificio que me exige, lo haré de manera absoluta: arrojaré todo sobre el altar: corazón, entrañas, la víctima entera. Jamás me amará; pero me aprobará; le mostraré energías que aún no ha visto, recursos de los que jamás sospechó. Sí, puedo trabajar con tanto ahínco como él, y con tan poca mezquindad.

»Consentir a su demanda, pues, es posible; salvo por un punto... un punto espantoso. Y es que me pide que sea su esposa, y no tiene más corazón de esposo para mí que ese gigante ceñudo de roca por el que el arroyo baja espumeando en aquel desfiladero. Me valora como un soldado valoraría una buena arma; y eso es todo. Si no me casase con él, esto jamás me afligiría; ¿pero puedo dejar que complete sus cálculos, que ponga fríamente en práctica sus proyectos, que celebre la ceremonia nupcial? ¿Puedo recibir de él el anillo de bodas, soportar todas las fórmulas del amor (que no dudo observaría escrupulosamente) y saber que el espíritu se halla del todo ausente? ¿Puedo sobrellevar la conciencia de que cada caricia que me dispense es un sacrificio hecho por principio? No: semejante martirio sería monstruoso. Jamás me someteré a él. Como su hermana, podría acompañarlo... no como su esposa: así se lo diré».

Miré hacia la loma: allí yacía, inmóvil como una columna derribada; su rostro vuelto hacia mí, su mirada brillando vigilante y penetrante. Se puso en pie de un salto y se acercó a mí.

—Estoy dispuesta a marchar a la India, si puedo marchar libre.

—Tu respuesta precisa de un comentario —dijo él—; no es clara.

—Hasta ahora habéis sido mi hermano adoptivo, y yo vuestra hermana adoptiva: continuemos como tales: vos y yo haríamos mejor en no casarnos.

Sacudió la cabeza. —La fraternidad adoptiva no servirá en este caso. Si fueses mi verdadera hermana sería distinto: te llevaría y no buscaría esposa. Pero siendo como es, o nuestra unión es consagrada y sellada por el matrimonio, o no puede existir: obstáculos prácticos se oponen a cualquier otro plan. ¿No lo ves, Jane? Reflexiona un momento... tu buen juicio te guiará.

Reflexioné; y con todo mi juicio, tal como era, me orientaba únicamente hacia el hecho de que no nos amábamos como el marido y la mujer deben amarse: y por consiguiente infería que no debíamos casarnos. Así se lo dije. —St. John —respondí—, os considero un hermano; vos me consideráis una hermana: continuemos así.

—No podemos... no podemos —respondió con determinación seca y cortante—: no serviría. Has dicho que irás conmigo a la India: recuerda... has dicho eso.

—Condicionalmente.

—Bien, bien. Al punto principal —la partida conmigo desde Inglaterra, la colaboración conmigo en mis futuros afanes— no te opones. Has puesto ya como quien dice la mano en el arado: eres demasiado consecuente para retirarla. Solo tienes un fin a la vista: cómo puede realizarse mejor la obra que has emprendido. Simplifica tus complicados intereses, sentimientos, pensamientos, deseos, miras; funde todas las consideraciones en un solo propósito: el de cumplir con eficacia, con poder, la misión de tu gran Maestro. Para hacerlo debes tener un colaborador: no un hermano... ese es un lazo suelto... sino un marido. Yo tampoco deseo una hermana: una hermana podría serme arrebatada en cualquier momento. Deseo una esposa: la única compañera sobre la cual puedo influir eficazmente en la vida y a quien puedo retener de manera absoluta hasta la muerte.

Me estremecí mientras hablaba: sentí su ascendiente en mi médula, su garra en mis miembros.

—Buscad una en otra parte antes que en mí, St. John: buscad una apropiada para vos.

—Una apropiada para mi propósito, quieres decir... apropiada para mi vocación. De nuevo te digo que no es el insignificante individuo particular —el mero hombre, con los sentidos egoístas del hombre— a quien deseo emparejar: es al misionero.

—Y yo entregaré al misionero mis energías —es todo cuanto él desea—, pero no a mí misma: eso no sería sino añadir la vaina y la cáscara al grano. Para ellas no tiene utilidad: las conservo para mí.

—No puedes... no debes. ¿Crees que Dios quedará satisfecho con media ofrenda? ¿Aceptará un sacrificio mutilado? Es la causa de Dios la que defiendo: es bajo su bandera donde te alisto. No puedo aceptar en su nombre una lealtad dividida: ha de ser entera.

—¡Oh! Entregaré mi corazón a Dios —dije—. Vos no lo deseáis.

No juraré, lector, que no hubiese algo de sarcasmo contenido tanto en el tono con que pronuncié esta frase como en el sentimiento que la acompañaba. Había temido a St. John en silencio hasta ahora porque no lo había comprendido. Me había infundido reverente temor porque me había mantenido en la duda. Cuánto había en él de santo y cuánto de mortal, no lo había podido discernir hasta entonces; pero se estaban produciendo revelaciones en esta conferencia: el análisis de su naturaleza progresaba ante mis ojos. Vi sus flaquezas: las comprendí. Comprendí que, sentada allí donde me hallaba, en la loma del brezal y con aquella hermosa figura ante mí, me hallaba a los pies de un hombre tan falible como yo. El velo caía de su dureza y de su despotismo. Habiendo sentido en él la presencia de estas cualidades, sentí su imperfección y cobré valor. Me hallaba ante un igual: uno con quien podía discutir; uno a quien, si lo juzgaba oportuno, podía resistir.

Fin del Episodio 82 · de 91

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