Capítulo XXXIV · II
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Una mañana durante el desayuno, Diana, tras mirar un tanto pensativa durante unos minutos, le preguntó: «Si sus planes seguían inalterados».
—Inalterados e inalterables —fue la respuesta. Y procedió a informarnos de que su partida de Inglaterra quedaba ahora definitivamente fijada para el año entrante.
—¿Y Rosamond Oliver? —insinuó Mary, pareciendo escapar las palabras de sus labios involuntariamente: pues apenas las hubo pronunciado, hizo un ademán como deseando retractarse. St. John tenía un libro en la mano —era su costumbre insociable leer en las comidas—; lo cerró y alzó la mirada.
—Rosamond Oliver —dijo él— está a punto de casarse con el señor Granby, uno de los vecinos mejor relacionados y más estimables de S——, nieto y heredero de sir Frederic Granby: ayer recibí la noticia de boca de su padre.
Sus hermanas se miraron la una a la otra y a mí; las tres lo miramos a él: estaba sereno como el cristal.
—El enlace debió de concertarse con presteza —dijo Diana—: no pueden conocerse desde hace mucho tiempo.
—Apenas dos meses: se conocieron en octubre en el baile del condado en S——. Pero cuando no hay obstáculos para una unión, como en el presente caso, donde la alianza es apetecible bajo todo punto de vista, las dilaciones son innecesarias: se casarán tan pronto como S—— Place, que sir Frederic les cede, pueda ser reacondicionada para recibirlos.
La primera vez que encontré a St. John a solas tras esta comunicación, sentí la tentación de averiguar si el suceso lo afligía; pero parecía necesitar tan poco la compasión que, lejos de aventurarme a ofrecerle más, experimenté cierta vergüenza al recordar lo que ya había arriesgado. Además, había perdido la costumbre de hablar con él: su reserva se había congelado de nuevo y mi franqueza se hallaba congelada debajo de ella. No había mantenido su promesa de tratarme como a sus hermanas; continuamente establecía pequeñas y gélidas diferencias entre nosotras que no contribuían en absoluto a fomentar la cordialidad: en suma, ahora que era reconocida como su parienta y vivía bajo su mismo techo, sentía que la distancia entre nosotros era mucho mayor que cuando solo me había conocido como la maestra de la aldea. Cuando recordaba hasta qué punto había sido admitida una vez en su confianza, apenas podía comprender su presente frialdad.
Siendo tal el caso, no me sentí poco sorprendida cuando alzó de pronto la cabeza del pupitre sobre el que se inclinaba y dijo:
—Ya ves, Jane: la batalla se ha librado y la victoria se ha ganado.
Sobresaltada al verme interpelada así, no respondí de inmediato; tras un momento de vacilación, contesté:
—¿Pero estáis seguro de que no os halláis en la posición de aquellos conquistadores cuyos triunfos les han costado demasiado caros? ¿No os arruinaría otra victoria semejante?
—Creo que no; y si así fuese, poco importa: jamás seré llamado a combatir por otra parecida. El resultado del conflicto es decisivo: mi camino queda despejado ahora; ¡a Dios doy gracias por ello! —Y diciendo esto, regresó a sus papeles y a su silencio.
A medida que nuestra mutua dicha (es decir, la de Diana, la de Mary y la mía) se asentaba en un carácter más sosegado y reanudábamos nuestras costumbres habituales y nuestros estudios regulares, St. John permanecía más tiempo en casa: se sentaba con nosotras en la misma estancia, a veces durante horas seguidas. Mientras Mary dibujaba, Diana proseguía un curso de lecturas enciclopédicas que había emprendido (para mi asombro y reverente pavor) y yo me afanaba con el alemán, él meditaba en un saber místico propio: el de alguna lengua oriental cuya adquisición juzgaba necesaria para sus planes.
Así ocupado, sentado en su propio rincón, parecía bastante tranquilo y absorto; pero aquel ojo azul suyo tenía la costumbre de apartarse de la gramática de aspecto extraño y vagar por la mesa, fijándose a veces en nosotras, sus compañeras de estudio, con una curiosa intensidad de observación: si era sorprendido, lo retiraba al instante; sin embargo, una y otra vez regresaba inquisitivamente hacia nuestra mesa. Me preguntaba qué significaba aquello: me asombraba también la puntual satisfacción que jamás dejaba de mostrar ante una ocasión que a mí me parecía de escasa monta, a saber, mi visita semanal a la escuela de Morton; y aún más desconcertada me sentía cuando, si el día era desapacible, si había nieve, lluvia o viento recio y sus hermanas me instaban a no salir, él invariablemente restaba importancia a su solicitud y me animaba a cumplir la tarea sin reparar en los elementos.
—Jane no es una criatura tan endeble como queréis pintarla —decía—: puede soportar una ráfaga de la montaña, un chubasco o unos copos de nieve tan bien como cualquiera de nosotros. Su complexión es a la vez sana y elástica; mejor dispuesta para resistir las variaciones del clima que muchas más robustas.
Y cuando yo regresaba, a veces bastante fatigada y no poco curtida por la intemperie, jamás me atrevía a quejarme, porque veía que murmurar equivaldría a disgustarlo: en toda ocasión la fortaleza le complacía; lo contrario le resultaba un disgusto especial.
Una tarde, sin embargo, obtuve permiso para quedarme en casa porque verdaderamente tenía un resfriado. Sus hermanas habían ido a Morton en mi lugar: yo permanecía sentada leyendo a Schiller; él, descifrando sus intrincados manuscritos orientales. Al cambiar una traducción por un ejercicio, acerté a mirar en su dirección: allí me encontré bajo el influjo del ojo azul siempre vigilante. Cuánto tiempo había estado escudriñándome de parte a parte y una y otra vez, no sabría decirlo: tan penetrante era, y sin embargo tan frío, que por un instante me sentí supersticiosa, como si me hallase sentada en la habitación en presencia de algo sobrenatural.
—Jane, ¿qué estás haciendo?
—Aprendiendo alemán.
—Deseo que dejes el alemán y aprendas indostaní.
—¿No hablaréis en serio?
—Tan en serio que debo conseguir que así sea; y te diré por qué.
Pasó entonces a explicar que el indostaní era la lengua que él mismo estudiaba en el presente; que, a medida que avanzaba, era propenso a olvidar los comienzos; que le ayudaría en gran manera tener una alumna con quien pudiese repasar una y otra vez los rudimentos y fijarlos así por completo en su memoria; que su elección había vacilado durante algún tiempo entre mis primas y yo, pero que se había decidido por mí porque veía que yo podía permanecer consagrada a una tarea más tiempo que las otras dos. ¿Le haría este favor? Tal vez no tuviese que hacer el sacrificio por mucho tiempo, pues apenas faltaban tres meses para su partida.
St. John no era hombre a quien se pudiese desairar a la ligera: se sentía que toda impresión causada en él, fuese de pena o de placer, resultaba honda y duradera. Accedí. Cuando Diana y Mary regresaron, la primera encontró a su discípula transferida de ella a su hermano: rio, y tanto ella como Mary convinieron en que St. John jamás las habría convencido para semejante paso. Él respondió con serenidad:
—Lo sé.
Lo encontré un maestro muy paciente, muy indulgente y sin embargo muy exigente: esperaba de mí una gran labor; y cuando yo colmaba sus expectativas, él, a su manera, demostraba plenamente su aprobación. Por grados, adquirió cierto ascendiente sobre mí que despojaba mi mente de su libertad: sus elogios y sus miramientos eran más cohibitorios que su indiferencia. Ya no podía hablar ni reír con soltura en su presencia, porque un instinto fastidiosamente importuno me recordaba que la vivacidad (al menos en mí) le resultaba ingrata. Era tan plenamente consciente de que solo los talantes y las ocupaciones serias le eran aceptables, que ante él todo esfuerzo por sostener o seguir cualquier otro se tornaba vano: caí bajo un hechizo paralizante. Cuando decía «ve», iba; «ven», venía; «haz esto», lo hacía. Pero no amaba mi servidumbre: deseé muchas veces que hubiese continuado ignorándome.
Una noche en que, a la hora de acostarse, sus hermanas y yo nos encontrábamos a su alrededor dándole las buenas noches, besó a cada una de ellas, como era su costumbre; y, como era igualmente su costumbre, me tendió la mano. Diana, que por casualidad se hallaba de talante travieso (ella no estaba penosamente cohibida por la voluntad de él, pues la suya, en otro orden, era igualmente enérgica), exclamó:
—¡St. John! Solías llamar a Jane tu tercera hermana, pero no la tratas como a tal: deberías besarla a ella también.
Me empujó hacia él. Consideré a Diana muy impertinente y me sentí incómodamente turbada; y mientras así pensaba y sentía, St. John inclinó la cabeza; su rostro griego quedó al nivel del mío, sus ojos interrogaron los míos con penetración... me besó. No existen besos de mármol ni besos de hielo, o diría que el saludo de mi clerical primo pertenecía a una de esas categorías; pero pueden existir los besos de ensayo, y el suyo fue un beso de ensayo. Una vez dado, me contempló para conocer el resultado; no fue llamativo: estoy segura de que no me sonrojé; tal vez me pusiese un tanto pálida, pues sentí como si aquel beso fuese un sello estampado sobre mis cadenas. Jamás omitió la ceremonia en lo sucesivo, y la gravedad y la quietud con que yo la soportaba parecieron revestirla para él de cierto encanto.
En cuanto a mí, deseaba a diario complacerle más; pero para lograrlo, sentía cada día más y más que debía repudiar la mitad de mi naturaleza, sofocar la mitad de mis facultades, torcer mis gustos de su inclinación original y forzarme a la adopción de afanes para los cuales carecía de vocación natural. Deseaba elevarme a una altura que yo jamás podría alcanzar; me atormentaba de continuo aspirar a la norma que él alzaba. La empresa era tan imposible como amoldar mis facciones irregulares a su modelo clásico y correcto, o conferir a mis mudables ojos verdes el matiz azul marino y el brillo solemne de los suyos.
No solo su ascendiente, sin embargo, me mantenía cautiva en aquel momento. De un tiempo a esta parte me había resultado harto fácil parecer triste: un mal devorador anidaba en mi corazón y agotaba mi felicidad en su misma fuente: el tormento de la incertidumbre.
Quizá penséis que me había olvidado del señor Rochester, lector, en medio de estos cambios de lugar y de fortuna. Ni por un instante. Su recuerdo permanecía conmigo porque no era un vapor que la luz del sol pudiese disipar, ni una efigie trazada en la arena que las tormentas pudiesen borrar; era un nombre grabado en una losa, destinado a perdurar tanto como el mármol que lo albergaba. El anhelo de saber qué había sido de él me seguía a todas partes; cuando me hallaba en Morton, entraba en mi casita cada anochecer para pensar en ello; y ahora en Moor House, buscaba mi alcoba cada noche para cavilar sobre ello.
En el curso de mi necesaria correspondencia con el señor Briggs acerca del testamento, le había preguntado si sabía algo de la residencia actual y del estado de salud del señor Rochester; pero, tal como St. John había conjeturado, ignoraba por entero cuanto a él concernía. Escribí entonces a la señora Fairfax, rogándole noticias al respecto. Había contado con certeza con que aquel paso respondería a mi propósito: me sentía segura de que suscitaría una pronta respuesta. Me quedé asombrada cuando transcurrió una quincena sin contestación; pero cuando pasaron dos meses, y día tras día el correo llegaba sin traer nada para mí, caí presa de la más viva inquietud.
Escribí de nuevo: cabía la posibilidad de que mi primera carta se hubiese extraviado. Una renovada esperanza siguió al renovado esfuerzo: brilló como la anterior durante unas semanas, y luego, como ella, palideció y vaciló: ni una línea, ni una palabra me llegaba. Cuando medio año se consumió en vana espera, mi esperanza se extinguió, y entonces me sentí sombría en verdad.
Una hermosa primavera resplandecía a mi alrededor, de la cual no podía gozar. El verano se aproximaba; Diana intentaba animarme: decía que parecía enferma y deseaba acompañarme a la orilla del mar. A esto se opuso St. John; dijo que yo no necesitaba esparcimiento, sino ocupación; que mi vida presente carecía de objeto y requería una meta; y supongo que, a modo de suplir deficiencias, prolongó aún más mis lecciones de indostaní y se volvió más apremiante al exigir su cumplimiento: y yo, como una necia, jamás pensé en resistirme a él; no podía resistirme a él.
Un día había acudido a mis estudios con el ánimo más decaído que de costumbre; el abatimiento era motivado por un desengaño vivamente sentido. Hannah me había dicho por la mañana que había una carta para mí, y cuando bajé a recogerla, casi segura de que las tan anheladas noticias me eran concedidas al fin, solo encontré una nota sin importancia del señor Briggs sobre asuntos de negocios. Aquel amargo desengaño me había arrancado algunas lágrimas; y ahora, mientras permanecía sentada absorta ante los intrincados caracteres y las floridas figuras de un escriba indio, mis ojos volvieron a anegarse.
St. John me llamó a su lado para leer; al intentar hacerlo, la voz me faltó: las palabras se perdieron en sollozos. Él y yo éramos los únicos ocupantes de la sala: Diana ensayaba su música en el salón, Mary se ocupaba en el jardín... era un hermosísimo día de mayo, despejado, soleado y con brisa. Mi compañero no expresó sorpresa alguna ante esta emoción, ni me interrogó respecto a su causa; se limitó a decir:
—Aguardaremos unos minutos, Jane, hasta que estés más serena. —Y mientras yo sofocaba el paroxismo con toda prisa, él permaneció sentado, tranquilo y paciente, apoyado en su pupitre, pareciendo un médico que contempla con ojo científico una crisis esperada y perfectamente comprendida en la enfermedad de un paciente. Habiendo contenido mis sollozos, enjugado mis ojos y murmurado algo acerca de no encontrarme muy bien aquella mañana, reanudé mi tarea y conseguí concluirla. St. John guardó mis libros y los suyos, cerró con llave su escritorio y dijo:
—Ahora, Jane, vas a dar un paseo; y conmigo.
—Llamaré a Diana y a Mary.
—No; solo deseo una compañera esta mañana, y esa has de ser tú. Abrígate; sal por la puerta de la cocina: toma el camino hacia la cabecera de Marsh Glen: me uniré a ti en un momento.
No conozco término medio: jamás en mi vida he conocido término medio en mis relaciones con caracteres autoritarios y duros, opuestos al mío, entre la sumisión absoluta y la rebeldía resuelta. Siempre he observado con fidelidad la primera hasta el mismísimo instante de estallar, a veces con vehemencia volcánica, en la segunda; y como ni las circunstancias presentes lo justificaban ni mi talante actual me inclinaba al motín, guardé cuidadosa obediencia a las instrucciones de St. John; y en diez minutos me hallaba recorriendo el sendero agreste de la garganta, codo con codo con él.
La brisa soplaba del oeste: llegaba sobre las colinas, dulce con los aromas del brezo y del junco; el cielo era de un azul sin mácula; el arroyo que descendía por el barranco, crecido por las pasadas lluvias primaverales, corría caudaloso y límpido, atrapando destellos dorados del sol y tintes de zafiro del firmamento. A medida que avanzábamos y dejábamos el sendero, pisábamos un césped suave, menudo como el musgo y verde como la esmeralda, primorosamente esmaltado de diminutas flores blancas y salpicado de corolas amarillas como estrellas: las colinas, entretanto, nos cercaban por completo; pues la garganta, hacia su cabecera, serpenteaba hasta el mismísimo corazón de aquellas.
Fin del Episodio 81 · de 91
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