Jane Eyre·Episodio 79

Capítulo XXXIII · II

~10 min · 2068 palabras

Pero ya os advertí que era un hombre duro —dijo él—, difícil de persuadir.

—Y yo soy una mujer difícil, imposible de postergar.

Y yo soy una mujer difícil, imposible de postergar.

—Y además —prosiguió él—, soy frío: ningún fervor me contagia.

—Mientras que yo soy ardiente, y el fuego disuelve el hielo. La lumbre de ahí ha derretido toda la nieve de vuestra capa; por la misma razón, ha chorreado sobre mi suelo y lo ha dejado como una calle pisoteada. Como esperáis ser perdonado alguna vez, señor Rivers, por el gran crimen y delito de arruinar una cocina enarenada, decidme lo que deseo saber.

—Pues bien —dijo él—, me rindo; si no a vuestra insistencia, a vuestra perseverancia: como la piedra es horadada por el continuo goteo. Además, habréis de saberlo algún día... tan bien ahora como más tarde. ¿Vuestro nombre es Jane Eyre?

—Por supuesto: todo eso quedó aclarado antes.

—¿No sabéis, tal vez, que llevo vuestro mismo apellido?... ¿Que fui bautizado como St. John Eyre Rivers?

—¡No, en verdad! Recuerdo ahora haber visto la letra E comprendida en vuestras iniciales escritas en libros que me habéis prestado en distintas ocasiones; pero nunca pregunté a qué nombre correspondía. ¿Pero qué importa? Seguramente...

Me detuve: no me atrevía a abrigar, y mucho menos a expresar, el pensamiento que se precipitaba sobre mí, que cobraba cuerpo, que en un segundo se erigía en una probabilidad firme y sólida. Las circunstancias se entretejían, se ajustaban, se ordenaban: la cadena que hasta entonces había yacido como un montón informe de eslabones quedaba enderezada por entero; cada anillo era perfecto, la conexión completa. Supe, por instinto, cómo estaban las cosas antes de que St. John pronunciase una sola palabra más; pero no puedo esperar que el lector posea la misma intuición, de modo que debo repetir su explicación.

—El apellido de mi madre era Eyre; tenía dos hermanos: uno clérigo, que se casó con la señorita Jane Reed, de Gateshead; el otro, John Eyre, caballero, comerciante, fallecido en Funchal, Madeira. El señor Briggs, procurador del señor Eyre, nos escribió el pasado agosto para informarnos del fallecimiento de nuestro tío y decir que había dejado sus bienes a la hija huérfana de su hermano el clérigo, relegándonos a nosotros a consecuencia de una disputa, jamás perdonada, entre él y mi padre. Escribió de nuevo hace unas semanas para comunicar que la heredera se había extraviado y preguntando si sabíamos algo de ella. Un nombre escrito casualmente en una tira de papel me ha permitido dar con ella. Vos sabéis el resto. —Nuevamente se disponía a marcharse, pero apoyé mi espalda contra la puerta.

—Dejadme hablar —dije—; concededme un instante para tomar aliento y reflexionar. —Hice una pausa; él permaneció ante mí, con el sombrero en la mano, con aspecto bastante sereno. Reanudé:

—¿Vuestra madre era hermana de mi padre?

—Sí.

—¿Mi tía, por consiguiente?

Hizo una inclinación de cabeza.

—¿Mi tío John era vuestro tío John? ¿Vos, Diana y Mary sois hijos de su hermana, al igual que yo soy hija de su hermano?

—Innegablemente.

—¿Vosotros tres, entonces, sois mis primos hermanos; la mitad de nuestra sangre por cada lado mana de la misma fuente?

—Somos primos, sí.

Lo contemplé. Me parecía haber encontrado a un hermano: uno de quien podía sentirme orgullosa, uno a quien podía amar; y a dos hermanas cuyas prendas eran tales que, cuando las conocía apenas como meras forasteras, me habían inspirado un afecto y una admiración genuinos. Las dos muchachas a quienes, arrodillada en el suelo húmedo y mirando a través de la ventana baja y enrejada de la cocina de Moor House, había contemplado con tan amarga mezcla de interés y desesperanza, eran mis parientes cercanas; y el joven y distinguido caballero que me había hallado casi moribunda en su umbral era mi pariente carnal. ¡Glorioso descubrimiento para una solitaria desdichada! ¡Esto sí era riqueza! ¡Riqueza para el corazón! Una mina de afectos puros y entrañables. Esta era una bendición luminosa, viva y regocijante; no como el gravoso don del oro: bastante rico y bienvenido a su manera, pero abrumador por su propio peso. Aplaudí entonces con súbito gozo; mi pulso saltaba, mis venas vibraban.

—¡Oh, cuánto me alegro!... ¡cuánto me alegro! —exclamé.

St. John sonrió. —¿No os dije que descuidabais los puntos esenciales para perseguir pequeñeces? —preguntó—. Estabais grave cuando os anuncié que habíais obtenido una fortuna; y ahora, por un asunto sin importancia, os excitáis.

—¿Qué queréis decir? Puede no tener importancia para vos: vos tenéis hermanas y no os preocupáis por una prima; pero yo no tenía a nadie; y ahora tres parientes —o dos, si no queréis ser contado— nacen ya crecidos en mi mundo. ¡Digo de nuevo que me alegro!

Caminé deprisa por la habitación; me detuve, casi sofocada por los pensamientos que surgían más rápido de lo que podía acogerlos, comprenderlos, ordenarlos: pensamientos de lo que podía, debía y habría de ser, y ello muy pronto. Miré la pared desnuda: parecía un cielo cuajado de estrellas ascendentes; cada una me alumbraba hacia un propósito o un deleite. A quienes me habían salvado la vida, a quienes hasta aquella hora había amado con esterilidad, podía beneficiar ahora. Se hallaban bajo un yugo: yo podía liberarlos; estaban dispersos: yo podía reunirlos; la independencia, la holgura que era mía, podía ser suya también. ¿No éramos cuatro? Veinte mil libras repartidas en partes iguales serían cinco mil para cada uno: justicia; suficiente y de sobra: se haría justicia, se aseguraría la felicidad mutua. Ahora la riqueza no pesaba sobre mí: ahora no era un mero legado de monedas... era un legado de vida, de esperanza, de dicha.

Qué semblante presentaba mientras estas ideas tomaban mi espíritu por asalto, no sabría decirlo; pero advertí pronto que el señor Rivers había colocado una silla a mis espaldas y trataba suavemente de hacerme sentar en ella. Me aconsejaba también que me serenase; desprecié la insinuación de desamparo y extravío, me desprendí de su mano y me puse a caminar de nuevo.

—Escribid a Diana y a Mary mañana —dije—, y decidles que regresen a casa de inmediato. Diana dijo que ambas se considerarían ricas con mil libras, de modo que con cinco mil les irá maravillosamente bien.

—Decidme dónde puedo conseguiros un vaso de agua —dijo St. John—; debéis hacer un esfuerzo en verdad por sosegar vuestros ánimos.

—¡Tonterías! ¿Y qué efecto producirá la herencia en vos? ¿Os retendrá en Inglaterra, os inducirá a casaros con la señorita Oliver y a estableceros como un mortal ordinario?

—Desvariáis: se os confunde la cabeza. He sido demasiado brusco al comunicaros la noticia; os ha excitado por encima de vuestras fuerzas.

—¡Señor Rivers, me hacéis perder la paciencia por entero! Estoy bastante lúcida; sois vos quien entiende mal, o más bien quien finge entender mal.

—Tal vez si os explicaseis con un poco más de claridad, lo comprendería mejor.

—¿Explicar? ¿Qué hay que explicar? ¿No alcanzáis a ver que veinte mil libras, la suma en cuestión, dividida en partes iguales entre el sobrino y las tres sobrinas de nuestro tío, darán cinco mil a cada uno? Lo que deseo es que escribáis a vuestras hermanas y les participéis la fortuna que les ha correspondido.

—A vos, queréis decir.

—He manifestado mi punto de vista del caso: soy incapaz de adoptar otro. No soy brutalmente egoísta, ciegamente injusta ni diabólicamente ingrata. Además, estoy resuelta a tener un hogar y familia. Me gusta Moor House y viviré en Moor House; me gustan Diana y Mary y me uniré de por vida a Diana y a Mary. Me agradaría y me beneficiaría tener cinco mil libras; me atormentaría y me oprimiría tener veinte mil; las cuales, además, jamás podrían ser mías en justicia, aunque pudiesen serlo según la ley. Os cedo, pues, lo que me resulta absolutamente superfluo. Que no haya oposición ni discusión al respecto; pongámonos de acuerdo entre nosotros y zanjemos la cuestión de una vez.

—Esto es obrar por impulsos iniciales; debéis tomaros días para considerar semejante asunto antes de que vuestra palabra pueda tenerse por válida.

—¡Oh, si todo cuanto dudáis es de mi sinceridad, estoy tranquila! ¿Veis la justicia del caso?

—Veo cierta justicia, ciertamente; pero es contraria a toda costumbre. Además, la fortuna entera os pertenece por derecho: mi tío la ganó con sus propios afanes; era libre de legarla a quien quisiera: os la legó a vos. Al fin y al cabo, la justicia os permite conservarla: podéis, con la conciencia limpia, considerarla absolutamente vuestra.

—Para mí —dije— es un asunto tanto de sentimiento como de conciencia: debo complacer a mis sentimientos; tan rara vez he tenido la ocasión de hacerlo. Aunque discutieseis, os opusieseis y me mortificaseis durante un año, no podría renunciar al delicioso placer que he vislumbrado: el de pagar, en parte, una inmensa deuda de gratitud y granjearme amigos para toda la vida.

—Eso pensáis ahora —replicó St. John—, porque no sabéis lo que es poseer la riqueza ni, por consiguiente, disfrutar de ella; no podéis formaros una idea de la importancia que os conferirían veinte mil libras, de la posición que os permitirían ocupar en la sociedad, de las perspectivas que os abrirían: no podéis...

—Y vos —interrumpí— no podéis imaginar en absoluto el ansia que tengo de afecto fraternal y de hermanas. Jamás tuve un hogar, jamás tuve hermanos ni hermanas; debo tenerlos y los tendré ahora: no sois reacio a acogerme y reconocerme, ¿verdad?

—Jane, seré vuestro hermano... mis hermanas serán vuestras hermanas... sin estipular semejante sacrificio de vuestros justos derechos.

—¿Hermano? ¡Sí, a la distancia de mil leguas! ¿Hermanas? ¡Sí, sirviendo como esclavas entre extraños! ¡Yo, acaudalada, hinchada de un oro que jamás gané y no merezco! ¡Vosotros, sin un céntimo! ¡Hermosa igualdad y fraternidad! ¡Estrecha unión! ¡Íntimo apego!

—Pero, Jane, vuestros anhelos de lazos familiares y dicha doméstica pueden realizarse por otros medios distintos de los que contempláis: podéis casaros.

—¡Tonterías, otra vez! ¡Casarme! No quiero casarme y jamás me casaré.

—Eso es decir demasiado: afirmaciones tan arriesgadas son prueba de la excitación bajo la cual os agitáis.

—No es decir demasiado: sé lo que siento y cuán adversas son mis inclinaciones al simple pensamiento del matrimonio. Nadie me tomaría por amor; y no consentiré en ser mirada bajo el prisma de una mera especulación monetaria. Y no quiero a un extraño, insensible, ajeno, diferente de mí; quiero a los míos: a aquellos con quienes comparto una plena afinidad de sentimientos. Decid de nuevo que seréis mi hermano: cuando pronunciasteis esas palabras me sentí satisfecha, dichosa; repetidlas, si podéis, repetidlas con sinceridad.

—Creo que puedo hacerlo. Sé que siempre he amado a mis propias hermanas; y sé en qué se funda mi afecto por ellas: el respeto por su valía y la admiración por sus talentos. Vos también tenéis principios y entendimiento: vuestros gustos y costumbres se asemejan a los de Diana y Mary; vuestra presencia me resulta siempre grata; en vuestra conversación he encontrado ya desde hace algún tiempo un saludable solaz. Siento que puedo con facilidad y de modo natural hacer un lugar en mi corazón para vos, como mi tercera y menor hermana.

—Gracias: eso me basta por esta noche. Ahora haríais mejor en marcharos; pues si os quedáis más tiempo, tal vez me irritéis de nuevo con algún escrúpulo receloso.

—¿Y la escuela, señorita Eyre? Habrá de cerrarse ahora, supongo.

—No. Conservaré mi puesto de maestra hasta que encontréis a una sustituta.

Sonrió con aprobación: nos estrechamos la mano y se despidió.

No necesito referir en detalle las luchas posteriores que sostuve y los argumentos que empleé para que los asuntos relativos al legado se arreglasen según mi voluntad. Mi tarea fue muy ardua; pero, como yo estaba resuelta de manera absoluta —como mis primos vieron al fin que mi ánimo estaba real e inmutablemente decidido a hacer una división justa de los bienes, como debían sentir en sus propios corazones la equidad de la intención y debían además ser innatamente conscientes de que en mi lugar habrían hecho precisamente lo que yo deseaba hacer—, cedieron al fin hasta el punto de consentir en someter el asunto a arbitraje. Los jueces elegidos fueron el señor Oliver y un abogado competente: ambos coincidieron con mi parecer; me salí con la mía. Se redactaron las escrituras de cesión: St. John, Diana, Mary y yo quedamos en posesión, cada uno, de una posición holgada.

Fin del Episodio 79 · de 91

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