Jane Eyre·Episodio 78

Capítulo XXXIII · I

~13 min · 2684 palabras

Cuando el señor St. John se marchó, empezaba a nevar; la tormenta arremolinada continuó durante toda la noche. Al día siguiente un viento cortante trajo nevadas frescas y cegadoras; hacia el crepúsculo el valle quedó bloqueado por ventisqueros y casi intransitable. Había cerrado los postigos, colocado una estera ante la puerta para impedir que la nieve entrase por debajo, avivado el fuego y, tras permanecer sentada casi una hora junto al hogar escuchando la amortiguada furia de la tempestad, encendí una vela, descolgué «Marmion» y, comenzando:

«El día declinaba sobre el empinado castillo de Norham, y el hermoso Tweed fluía ancho y hondo, y las montañas de Cheviot se alzaban solitarias; las macizas torres, la torre del homenaje, los muros flanqueantes que en torno se extienden, brillaban con un lustre dorado»...

Pronto olvidé la tormenta en la música.

Oí un ruido: el viento, pensé, sacudía la puerta. No; era St. John Rivers quien, levantando el pestillo, entraba desde el huracán helado —la aullante oscuridad— y se detenía ante mí: la capa que cubría su alta figura estaba blanca como un glaciar. Me quedé casi consternada, tan poco esperaba a huésped alguno del valle bloqueado aquella noche.

—¿Malas noticias? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—No. ¡Con qué facilidad os alarmáis! —respondió él quitándose la capa y colgándola tras la puerta, hacia la cual empujó de nuevo con frialdad la estera que su entrada había descolocado. Sacudió la nieve de sus botas.

—Mancharé la pureza de vuestro suelo —dijo—; pero debéis perdonarme por esta vez. —Luego se acercó al fuego—. Me ha costado mucho llegar aquí, os lo aseguro —observó mientras calentaba sus manos sobre la llama—. Un ventisquero me llegó a la cintura; por fortuna la nieve está aún muy blanda.

—¿Pero a qué habéis venido? —no pude evitar decir.

—Pregunta un tanto inhospitalaria para dirigir a un visitante; pero ya que la hacéis, os respondo sencillamente que a conversar un poco con vos; me cansé de mis mudos libros y mis habitaciones vacías. Además, desde ayer he experimentado la agitación de una persona a quien se le ha contado un relato a medias y que está impaciente por conocer la continuación.

Se sentó. Recordé su extraña conducta del día anterior, y en verdad empecé a temer que su juicio estuviese trastornado. Si estaba loco, con todo, la suya era una locura muy fría y dueña de sí: nunca había visto aquel rostro de hermosas facciones parecerse más a mármol esculpido de lo que parecía en este momento, mientras apartaba de su frente su cabello húmedo de nieve y dejaba que la lumbre brillase libremente sobre su pálida frente y sobre sus mejillas tan pálidas, donde me entristecía descubrir la honda huella de la preocupación o la pena grabada ahora con tanta claridad. Aguardé, esperando que dijese algo que al menos pudiese comprender; pero su mano estaba ahora en su barbilla, su dedo sobre su labio: meditaba. Me pareció que su mano se veía demacrada como su rostro. Una oleada de compasión tal vez inoportuna inundó mi corazón; me sentí impulsada a decir:

—Desearía que Diana o Mary viniesen a vivir con vos: es lamentable que estéis enteramente solo; y sois temerariamente imprudente con vuestra salud.

—En modo alguno —dijo él—: me cuido cuando es necesario. Ahora me encuentro bien. ¿Qué veis de malo en mí?

Esto fue dicho con una indiferencia descuidada y distraída que demostraba que mi solicitud era, al menos en su opinión, del todo superflua. Me callé.

Continuó moviendo lentamente el dedo sobre el labio superior y su mirada siguió fija soñadoramente en la reja encendida; creyendo urgente decir algo, le pregunté al cabo de un instante si sentía alguna corriente fría procedente de la puerta, que quedaba a sus espaldas.

—¡No, no! —respondió con brevedad y con cierto enojo.

«Bueno —reflexioné—, si no queréis hablar, podéis callar; os dejaré en paz ahora y volveré a mi libro».

De modo que despabilé la vela y reanudé la lectura de «Marmion». Pronto se movió; mi mirada fue atraída al instante hacia sus movimientos; solo sacó una cartera de marroquí, extrajo de ella una carta que leyó en silencio, la dobló, la guardó de nuevo y recayó en su meditación. Era vano intentar leer con semejante estatua indescifrable ante mí; tampoco podía yo, en mi impaciencia, resignarme a permanecer muda: podía rechazarme si gustaba, pero yo hablaría.

—¿Habéis tenido noticias de Diana y Mary recientemente?

—No desde la carta que os mostré hace una semana.

—¿No se ha producido ningún cambio en vuestros planes? ¿No seréis llamado a abandonar Inglaterra antes de lo que esperabais?

—Me temo que no, en verdad: semejante dicha es demasiado buena para que me ocurra a mí. —Desconcertada hasta aquí, cambié de terreno. Se me ocurrió hablar de la escuela y de mis alumnas.

—La madre de Mary Garrett está mejor, y Mary regresó a la escuela esta mañana, y tendré cuatro niñas nuevas la próxima semana procedentes de Foundry Close; habrían venido hoy de no ser por la nieve.

—¡En verdad!

—El señor Oliver paga por dos de ellas.

—¿Lo hace?

—Tiene intención de ofrecer a toda la escuela un agasajo en Navidad.

—Lo sé.

—¿Fue sugerencia vuestra?

—No.

—¿De quién entonces?

—De su hija, creo.

—Es propio de ella: tiene tan buen corazón.

—Sí.

De nuevo sobrevino el vacío de una pausa: el reloj dio las ocho campanadas. Aquello lo despertó; descruzó las piernas, se sentó erguido y se volvió hacia mí.

—Dejad vuestro libro un momento y acercaos un poco al fuego —dijo.

Asombrada, y sin hallar fin a mi asombro, obedecí.

—Hace media hora —prosiguió él— hablé de mi impaciencia por conocer la continuación de un relato: bien mirado, considero que el asunto se manejará mejor si asumo el papel de narrador y os convierto en oyente. Antes de empezar, es justo advertiros que la historia os sonará algo trillada; pero los detalles manidos a menudo recobran cierto grado de frescura al pasar por labios nuevos. Por lo demás, ya sea trivial o novedosa, es breve.

»Hace veinte años, un pobre coadjutor —no importa su nombre en este momento— se enamoró de la hija de un hombre rico; ella se enamoró de él y se casó con él contra el consejo de todos sus amigos, quienes por consiguiente la repudiaron inmediatamente después de la boda. Antes de transcurridos dos años, la temeraria pareja había muerto y yacía plácidamente uno al lado del otro bajo una misma losa. (He visto su tumba: formaba parte del pavimento de un inmenso cementerio que rodeaba la adusta y tiznada catedral vieja de una populosa ciudad fabril de ——shire). Dejaron una hija a la que, en su mismo nacimiento, la Caridad acogió en su regazo: tan frío como el del ventisquero en el que casi me quedo atascado esta noche. La Caridad llevó a la criatura desamparada a casa de sus ricos parientes maternos; fue criada por una tía política llamada (paso a los nombres ahora) la señora Reed de Gateshead. Os sobresaltáis... ¿oísteis un ruido? Me atrevo a decir que no es más que una rata correteando por las vigas de la escuela contigua: era un granero antes de que lo hiciese reparar y reformar, y los graneros suelen estar frecuentados por ratas... Para proseguir: la señora Reed conservó a la huérfana diez años; si fue feliz o no con ella, no sabría decirlo, no habiéndome sido referido jamás; pero al cabo de ese tiempo la trasladó a un lugar que conocéis: nada menos que la escuela de Lowood, donde vos misma residisteis tanto tiempo. Parece que su andadura allí fue muy honrosa: de alumna se convirtió en maestra, como vos; en verdad se me ocurre que hay puntos paralelos en su historia y en la vuestra; lo abandonó para ser institutriz: allí, de nuevo, vuestros destinos fueron análogos; emprendió la educación de la pupila de un tal señor Rochester.

—¡Señor Rivers! —interrumpí.

—Puedo adivinar vuestros sentimientos —dijo—, pero refrenadlos por un momento: casi he terminado; escuchadme hasta el final. Del carácter del señor Rochester nada sé, salvo el único hecho de que profesó ofrecer matrimonio honorable a esta joven muchacha, y que en el mismo altar descubrió ella que él tenía una esposa aún viva, aunque lunática. Cuáles fueron su conducta y sus propuestas posteriores es asunto de pura conjetura; pero cuando aconteció un suceso que hizo necesaria la pesquisa de la institutriz, se descubrió que había desaparecido: nadie supo decir cuándo, adónde ni cómo. Había abandonado Thornfield Hall en la noche; cuantas indagaciones se hicieron tras su rastro resultaron vanas: el país entero fue recorrido a lo largo y a lo ancho; no se pudo reunir el menor vestigio de información respecto a ella. Sin embargo, el encontrarla se ha convertido en un asunto de apremiante urgencia: se han publicado anuncios en todos los periódicos; yo mismo he recibido una carta de un tal señor Briggs, procurador, comunicándome los detalles que os acabo de confiar. ¿No es un relato singular?

—Decidme solo esto —dije—, y puesto que sabéis tanto, sin duda podéis decírmelo: ¿qué hay del señor Rochester? ¿Cómo y dónde está? ¿Qué hace? ¿Se encuentra bien?

—Ignoro todo lo concerniente al señor Rochester: la carta jamás lo menciona salvo para narrar el intento fraudulento e ilegal al que he aludido. Deberíais preguntar antes bien el nombre de la institutriz... la naturaleza del suceso que requiere su comparecencia.

—¿Nadie fue a Thornfield Hall, entonces? ¿Nadie vio al señor Rochester?

—Supongo que no.

—¿Pero le escribieron?

—Por supuesto.

—¿Y qué dijo él? ¿Quién tiene sus cartas?

—El señor Briggs da a entender que la respuesta a su solicitud no procedía del señor Rochester, sino de una dama: viene firmada como «Alice Fairfax».

Sentí frío y consternación: mis peores temores eran probablemente ciertos entonces; con toda probabilidad él había abandonado Inglaterra y corrido en temeraria desesperación hacia algún antiguo refugio en el Continente. ¿Y qué lenitivo para sus severos sufrimientos —qué objeto para sus apasionados desvelos— había buscado allí? No me atrevía a responder a la pregunta. ¡Oh, mi pobre amo —en otro tiempo casi mi esposo— a quien tantas veces había llamado «¡mi querido Edward!».

—Debió de ser un hombre perverso —observó el señor Rivers.

—No lo conocéis... no pronunciéis un juicio sobre él —dije con ardor.

—Muy bien —respondió con serenidad—; y en verdad mi cabeza está ocupada en otra cosa que en él: tengo mi relato por concluir. Puesto que no queréis preguntar el nombre de la institutriz, debo decíroslo por propia iniciativa. ¡Aguardad! Aquí lo tengo: siempre resulta más satisfactorio ver los puntos importantes consignados por escrito, fielmente fijados en negro sobre blanco.

Y la cartera de marroquí fue sacada nuevamente con deliberación, abierta, registrada; de uno de sus compartimentos fue extraída una ajada tira de papel, arrancada con prisa: reconocí en su textura y en sus manchas de azul de ultramar, de laca y de bermellón el margen arrebatado de la cubierta del retrato. Se levantó, lo sostuvo ante mis ojos y leí, trazadas en tinta china con mi propia letra, las palabras «JANE EYRE»: obra sin duda de algún momento de distracción.

—Briggs me escribió acerca de una Jane Eyre —dijo—; los anuncios solicitaban el paradero de una Jane Eyre; yo conocía a una Jane Elliott... Confieso que tenía mis sospechas, pero fue solo ayer por la tarde cuando se convirtieron de pronto en certidumbre. ¿Reconocéis el nombre y renunciáis al alias?

—Sí... sí; ¿pero dónde está el señor Briggs? Tal vez él sepa más del señor Rochester que vos.

—Briggs está en Londres. Dudaría de que supiese nada en absoluto sobre el señor Rochester; no es en el señor Rochester en quien está interesado. Entretanto, olvidáis los puntos esenciales en pos de nimiedades: no preguntáis por qué el señor Briggs os buscaba... qué deseaba de vos.

—Bueno, ¿qué deseaba?

—Simplemente deciros que vuestro tío, el señor Eyre de Madeira, ha muerto; que os ha dejado todos sus bienes y que ahora sois rica... simplemente eso... nada más.

—¿Yo?... ¿rica?

—Sí, vos, rica... toda una heredera.

Siguió el silencio.

—Debéis probar vuestra identidad, por supuesto —reanudó St. John poco después—: un trámite que no ofrecerá dificultades; podréis entonces tomar posesión inmediata. Vuestra fortuna está invertida en los fondos públicos ingleses; Briggs tiene el testamento y los documentos necesarios.

¡He aquí una nueva carta destapada! Es algo espléndido, lector, verse elevado en un instante de la indigencia a la riqueza; algo muy espléndido; pero no un asunto que uno pueda comprender o, por consiguiente, disfrutar todo a la vez. Y luego hay otros azares en la vida mucho más emocionantes y que infunden mayor arrebato: este es sólido, un asunto del mundo tangible, nada ideal en él; todas sus asociaciones son sólidas y sobrias, y sus manifestaciones son idénticas. Uno no salta ni brinca ni grita ¡hurra! al enterarse de que ha recibido una fortuna; uno comienza a considerar responsabilidades y a sopesar negocios; sobre una base de constante satisfacción se levantan ciertas graves preocupaciones, y nos contenemos y meditamos sobre nuestra dicha con semblante solemne.

Además, las palabras Legado y Herencia marchan codo a codo con las palabras Muerte y Funeral. Mi tío, según había oído, estaba muerto: mi único pariente; desde que tuve noticia de su existencia, había abrigado la esperanza de verlo algún día; ahora jamás lo vería. Y luego este dinero venía solo a mí: no a mí y a una familia jubilosa, sino a mi aislado ser. Era un gran beneficio sin duda; y la independencia sería gloriosa... sí, sentía eso... aquel pensamiento ensanchaba mi corazón.

—Despejáis la frente al fin —dijo el señor Rivers—. Creí que Medusa os había mirado y que os estabais convirtiendo en piedra. ¿Quizá ahora preguntéis cuánto valéis?

—¿Cuánto valgo?

—¡Oh, una fruslería! Nada digno de mención, por supuesto... veinte mil libras, creo que dicen... ¿pero qué es eso?

—¿Veinte mil libras?

He aquí un nuevo asombro: yo había calculado cuatro o cinco mil. Esta noticia en verdad me cortó la respiración por un instante; el señor St. John, a quien nunca antes había oído reír, rio ahora.

—Bien —dijo—, si hubieseis cometido un asesinato y yo os hubiese dicho que vuestro crimen fue descubierto, apenas podríais parecer más espantada.

—Es una suma enorme... ¿no creéis que hay una equivocación?

—Ninguna equivocación en absoluto.

—¡Quizá hayáis leído mal las cifras... pueden ser dos mil!

—Está escrito en letras, no en cifras: veinte mil.

Me sentí de nuevo como un individuo de facultades gastronómicas ordinarias sentándose a un banquete a solas ante una mesa provista de vituallas para un centenar. El señor Rivers se levantó entonces y se puso la capa.

—Si no fuese una noche tan desapacible —dijo—, enviaría a Hannah aquí abajo para haceros compañía: tenéis un aspecto demasiado desesperadamente desdichado para quedar sola. Pero Hannah, ¡pobre mujer!, no podría vadear los ventisqueros tan bien como yo: sus piernas no son tan largas; de modo que debo dejaros con vuestras pesadumbres. Buenas noches.

Estaba levantando el pestillo: un pensamiento repentino acudió a mí.

—¡Aguardad un minuto! —exclamé.

—¿Qué ocurre?

—Me desconcierta saber por qué el señor Briggs os escribió a vos acerca de mí; o cómo os conocía, o cómo pudo figurarse que vos, viviendo en un lugar tan apartado, teníais el poder de contribuir a mi hallazgo.

—¡Oh! Soy clérigo —dijo—; y a los clérigos a menudo se recurre para asuntos extraños. —De nuevo traqueteó el pestillo.

—¡No; eso no me satisface! —exclamé; y en verdad había algo en aquella respuesta presurosa y carente de explicación que, en vez de apaciguar, picaba mi curiosidad más que nunca.

—Es un asunto harto singular —añadí—; debo saber más sobre él.

—En otra ocasión.

—¡No; esta noche!... ¡esta noche! —y al apartarse él de la puerta, me interpuse entre ella y su paso. Pareció un tanto desconcertado.

—Ciertamente no os marcharéis hasta habérmelo contado todo —dije.

—Preferiría no hacerlo en este momento.

—¡Lo haréis!... ¡debéis hacerlo!

—Preferiría que Diana o Mary os informasen.

Por supuesto, estas objeciones llevaron mi afán al colmo: debía quedar satisfecho, y ello sin dilación; y así se lo hice saber.

Fin del Episodio 78 · de 91

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