Jane Eyre·Episodio 76

Capítulo XXXII · I

~13 min · 2685 palabras

Continué las labores de la escuela del pueblo con tanta actividad y fidelidad como me fue posible. Al principio fue en verdad una tarea dura. Pasó algún tiempo antes de que, con todos mis esfuerzos, lograse comprender a mis alumnas y su naturaleza. Enteramente faltas de instrucción, con las facultades del todo aletargadas, me parecían irremediablemente torpes; y, a primera vista, todas torpes por igual: pero pronto descubrí que me equivocaba. Había entre ellas diferencias como entre las gentes educadas; y cuando llegué a conocerlas, y ellas a mí, estas diferencias se manifestaron con rapidez. Una vez apaciguado su asombro ante mi persona, mi lenguaje, mis normas y mis maneras, encontré que algunas de aquellas rústicas campesinas de mirada pesada y boca abierta despertaban convertidas en muchachas bastante despabiladas. Muchas se mostraron serviciales y asimismo amables; y descubrí entre ellas no pocos ejemplos de cortesía natural y de innato respeto propio, así como de excelente capacidad, que se ganaron tanto mi buena voluntad como mi admiración. Estas pronto sintieron placer en hacer bien su trabajo, en mantener sus personas aseadas, en aprender con regularidad sus tareas y en adquirir modales sosegados y ordenados. La rapidez de su progreso fue, en algunos casos, verdaderamente sorprendente; y sentí por ello un orgullo sincero y dichoso: además, comencé a cobrar afecto personal a algunas de las mejores muchachas, y ellas me cobraron afecto a mí. Tenía entre mis alumnas a varias hijas de granjeros: mujeres jóvenes ya formadas, casi por entero. Sabían ya leer, escribir y coser; y a ellas les enseñé los rudimentos de la gramática, la geografía, la historia y las labores de aguja más delicadas. Hallé entre ellas caracteres estimables —caracteres deseosos de instrucción y dispuestos al perfeccionamiento— con quienes pasé muchas horas apacibles al anochecer en sus propios hogares. Sus padres entonces (el granjero y su esposa) me colmaban de atenciones. Había un gozo en aceptar su sencilla bondad y en corresponder a ella mediante una consideración —un escrupuloso miramiento por sus sentimientos— al que quizá no estaban acostumbrados en todo momento, y que tanto los cautivaba como los beneficiaba; pues mientras los ennoblecía a sus propios ojos, los estimulaba a emularse para merecer el trato deferente que recibían.

Sentí que me convertía en una predilecta en el vecindario. Siempre que salía, oía por todas partes cordiales salutaciones y era recibida con sonrisas amistosas. Vivir rodeada de la estima general, aunque solo sea la estima de gente trabajadora, es como «sentarse bajo el sol, sereno y dulce»; serenos sentimientos interiores brotan y florecen bajo ese rayo. En este periodo de mi vida, mi corazón se ensanchaba de agradecimiento con mucha mayor frecuencia de la que se abatía de desaliento; y sin embargo, lector, para contártelo todo, en medio de esta existencia sosegada y útil —tras una jornada pasada en honrado empeño entre mis alumnas y una velada consagrada a dibujar o a leer contenta y a solas—, solía sumergirme de noche en extraños sueños: sueños abigarrados, agitados, llenos de lo ideal, de lo turbador, de lo tempestuoso; sueños donde, en medio de escenas insólitas, cargadas de aventura, de agitado riesgo y de romántico azar, volvía a encontrarme una y otra vez con el señor Rochester, siempre en alguna crisis emocionante; y entonces la sensación de estar en sus brazos, de oír su voz, de encontrar su mirada, de tocar su mano y su mejilla, de amarlo y de ser amada por él —la esperanza de pasar toda una vida a su lado—, renacía con toda su prístina fuerza y fuego. Luego despertaba. Luego recordaba dónde estaba y cuál era mi situación. Entonces me incorporaba en mi lecho sin cortinas, temblando y estremeciéndome; y entonces la noche callada y oscura presenciaba la convulsión de la desesperación y escuchaba el estallido de la pasión. Hacia las nueve de la mañana siguiente ya me hallaba abriendo puntualmente la escuela: tranquila, sosegada, dispuesta para los firmes deberes del día.

Rosamond Oliver cumplió su palabra de venir a visitarme. Su visita a la escuela solía tener lugar durante su paseo a caballo matutino. Llegaba al trote hasta la puerta en su jaca, seguida de un criado con librea montado a caballo. Difícilmente cabe imaginar algo más primoroso que su aspecto en su hábito de amazona de color púrpura, con su birrete de terciopelo negro graciosamente colocado sobre los largos rizos que besaban su mejilla y flotaban sobre sus hombros; y era así como entraba en el rústico edificio y se deslizaba a través de las hileras deslumbradas de las niñas de la aldea. Por lo general llegaba a la hora en que el señor Rivers se ocupaba de impartir su lección diaria de catecismo. Agudamente, me temo, atravesaban los ojos de la visitante el corazón del joven pastor. Una suerte de instinto parecía advertirle de su entrada aun cuando no la viese; y cuando miraba hacia un lado completamente opuesto a la puerta, si ella asomaba en el umbral, su mejilla se encendía, y sus facciones semejantes al mármol, aunque se negaban a relajarse, cambiaban de un modo indescriptible y, en su mismo reposo, se volvían expresivas de un fervor reprimido más poderoso de lo que un músculo en tensión o una mirada fulgurante habrían podido indicar.

Por supuesto, ella conocía su poder: en verdad, él no lo ocultaba de ella, porque no podía. A despecho de su estoicismo cristiano, cuando ella se acercaba y le dirigía la palabra y le sonreía alegre, animosa y aun tiernamente a la cara, la mano de él temblaba y sus ojos ardían. Parecía decir con su mirada triste y resuelta, si no lo decía con los labios: «Os amo, y sé que me preferís a mí. No es la desesperanza del triunfo lo que me mantiene mudo. Si os ofreciese mi corazón, creo que lo aceptaríais. Pero ese corazón ya está depositado sobre un altar sagrado: el fuego está dispuesto a su alrededor. Pronto no será más que un sacrificio consumido».

Y entonces ella hacía pucheros como una niña contrariada; una nube pensativa suavizaba su radiante vivacidad; retiraba la mano con presteza de la de él y se apartaba con pasajera petulancia de aquel aspecto a la vez tan heroico y tan digno de un mártir. St. John, sin duda, habría dado el mundo por seguirla, por llamarla, por retenerla cuando así lo dejaba; pero no daría ni una sola oportunidad del cielo, ni abandonaría, por el elíseo de su amor, una sola esperanza del verdadero y eterno Paraíso. Además, no podía encadenar todo cuanto había en su naturaleza —el errante, el aspirante, el poeta, el sacerdote— dentro de los confines de una sola pasión. No podía —no quería— renunciar a su agreste campo de combate misionero por los salones y la paz de Vale Hall. Tanto supe por boca de él mismo en una incursión que una vez, pese a su reserva, tuve el atrevimiento de hacer en su confianza.

La señorita Oliver ya me honraba con frecuentes visitas a mi casita. Había llegado a conocer todo su carácter, que carecía de misterio o disfraz: era coqueta pero no desalmada; exigente, pero no ruinmente egoísta. Había sido mimada desde la cuna, pero no estaba absolutamente consentida. Era arrebatada, mas de buen humor; vanidosa (no podía evitarlo, cuando cada mirada al espejo le devolvía tan radiante lozanía), pero no afectada; de mano abierta; ajena al orgullo de la riqueza; ingenua; suficientemente inteligente; alegre, vivaracha y despreocupada: era muy encantadora, en suma, incluso para una observadora desapasionada de su propio sexo como yo; pero no era profundamente interesante ni enteramente cautivadora. La suya era una índole mental muy distinta de la de las hermanas de St. John, por ejemplo. Con todo, la apreciaba casi como apreciaba a mi pupila Adèle; salvo que por una criatura a la que hemos cuidado y enseñado se engendra un afecto más estrecho del que podemos tributar a una conocida adulta de atractivos semejantes.

Había cobrado un afectuoso capricho hacia mí. Decía que yo me parecía al señor Rivers, solo que, desde luego, admitía: «no una décima parte tan hermosa, si bien era yo un alma bastante aseada y agradable, pero él era un ángel». Yo era, sin embargo, virtuosa, lista, sosegada y firme como él. Yo era un lusus naturæ, afirmaba, como maestra de escuela de aldea: estaba segura de que mi historia previa, si se conociese, compondría una deliciosa novela.

Una tarde, mientras con su habitual viveza infantil y su curiosidad irreflexiva pero no ofensiva registraba la alacena y el cajón de la mesa de mi pequeña cocina, descubrió primero dos libros franceses, un volumen de Schiller, una gramática y un diccionario alemanes, y luego mis materiales de dibujo y algunos bocetos, entre ellos una cabeza a lápiz de una bonita niñita como un querubín, una de mis alumnas, y varios paisajes del natural tomados en el valle de Morton y en los páramos circundantes. Al principio se quedó petrificada de sorpresa, y luego electrizada de deleite.

—¿Había hecho yo aquellos dibujos? ¿Sabía francés y alemán? ¡Qué encanto, qué milagro era yo! Dibujaba mejor que su maestro en la primera escuela de S——. ¿Querría hacer un boceto de un retrato suyo para enseñárselo a papá?

—Con mucho gusto —respondí; y sentí una emoción de deleite artístico ante la idea de copiar de un modelo tan perfecto y radiante. Llevaba puesto entonces un vestido de seda azul oscuro; sus brazos y su cuello estaban descubiertos; su único adorno eran sus trenzas castañas, que ondeaban sobre sus hombros con toda la agreste gracia de los rizos naturales. Tomé una hoja de cartulina fina y tracé un contorno cuidadoso. Me prometí el placer de colorearlo; y como se hacía tarde ya, le dije que debía venir a posar otro día.

Dio tales noticias de mí a su padre, que el propio señor Oliver la acompañó a la tarde siguiente: un hombre alto, de facciones macizas, de mediana edad y pelo canoso, a cuyo lado su hermosa hija parecía una flor brillante junto a un torrejón vetusto. Parecía un personaje taciturno y tal vez orgulloso; pero fue muy bondadoso conmigo. El boceto del retrato de Rosamond le complació en extremo: dijo que debía hacer de él una pintura acabada. Insistió también en que fuese al día siguiente a pasar la tarde en Vale Hall.

Fui. Encontré una residencia grande y hermosa, que mostraba abundantes pruebas de la riqueza del propietario. Rosamond estuvo llena de regocijo y placer durante todo el tiempo que permanecí allí. Su padre se mostró afable; y cuando entabló conversación conmigo tras el té, expresó en términos enérgicos su aprobación por lo que yo había hecho en la escuela de Morton, y dijo que solo temía, por lo que veía y oía, que yo fuese demasiado buena para el puesto y que pronto lo abandonaría por otro más adecuado.

—En verdad —exclamó Rosamond—, tiene talento bastante para ser institutriz en una encumbrada familia, papá.

Pensé que preferiría con mucho estar donde estaba antes que en cualquier familia encumbrada del país. El señor Oliver habló del señor Rivers —de la familia Rivers— con gran respeto. Dijo que era un apellido muy antiguo en aquel vecindario; que los antepasados de la casa habían sido acaudalados; que todo Morton les había pertenecido en otro tiempo; que aun ahora consideraba que el representante de aquella casa podía, si quería, concertar una alianza con lo más granado. Consideraba una lástima que un joven tan distinguido y talentoso hubiese concebido el propósito de marchar como misionero; era desperdiciar por completo una vida valiosa. Parecía, pues, que su padre no opondría obstáculo alguno a la unión de Rosamond con St. John. El señor Oliver consideraba evidentemente la buena cuna, el antiguo linaje y la sagrada profesión del joven clérigo como compensación suficiente por la falta de fortuna.

Era el cinco de noviembre y día festivo. Mi pequeña sirvienta, tras ayudarme a limpiar la casa, se había marchado muy satisfecha con la recompensa de un penique por su ayuda. Todo a mi alrededor estaba reluciente y sin mácula: el suelo fregado, la reja de la chimenea bruñida y las sillas bien frotadas. Me había aseado asimismo con esmero, y disponía ahora de la tarde ante mí para pasarla como quisiera.

La traducción de unas pocas páginas de alemán me ocupó una hora; luego tomé mi paleta y mis pinceles y me consagré a la tarea más sedante, por más sencilla, de concluir la miniatura de Rosamond Oliver. La cabeza ya estaba acabada: solo faltaba matizar el fondo y difuminar los drapeados; añadir un toque de carmín a los labios lozanos, un suave rizo aquí y allá en las trenzas y un matiz más hondo a la sombra de las pestañas bajo el párpado azulado. Me hallaba absorta en la ejecución de estos primorosos detalles cuando, tras un rápido golpe, mi puerta se abrió y dio paso a St. John Rivers.

—Vengo a ver cómo pasáis vuestro día festivo —dijo—. ¿No será en cavilaciones, confío? No, eso está bien: mientras dibujáis no os sentiréis sola. Ya veis que desconfío de vos todavía, a pesar de que habéis resistido maravillosamente hasta ahora. Os he traído un libro para consuelo de la velada —y depositó sobre la mesa una nueva publicación: un poema, una de aquellas producciones auténticas tan a menudo concedidas al afortunado público de aquellos días: la edad dorada de la literatura moderna. ¡Ay! Los lectores de nuestra época son menos favorecidos. ¡Pero valor! No me detendré a acusar ni a lamentarme. Sé que la poesía no ha muerto, ni el genio se ha perdido; ni Mammón ha adquirido poder sobre ninguno de los dos para atarlos o darles muerte: ambos harán valer de nuevo su existencia, su presencia, su libertad y su fuerza algún día. ¡Poderosos ángeles, a salvo en el cielo! Sonríen cuando las almas sórdidas triunfan y las débiles lloran sobre su destrucción. ¿La poesía destruida? ¿El genio desterrado? ¡No! Mediocridad, no: no dejéis que la envidia os sugiera tal pensamiento. No; no solo viven, sino que reinan y redimen; y sin su divina influencia derramada por doquier, estaríais en el infierno: el infierno de vuestra propia mezquindad.

Mientras contemplaba con avidez las brillantes páginas de «Marmion» (pues era «Marmion»), St. John se inclinó para examinar mi dibujo. Su alta figura se enderezó de pronto con un sobresalto: no dijo nada. Alcé la mirada hacia él: evitó mis ojos. Conocía bien sus pensamientos y podía leer con claridad en su corazón; en aquel momento me sentía más tranquila y serena que él: gozaba temporalmente de ventaja sobre él y concebí la inclinación de hacerle algún bien, si me era posible.

«Con toda su firmeza y dominio de sí —pensé—, se exige demasiado a sí mismo: encierra todo sentimiento y punzada en su interior; nada expresa, nada confiesa, nada comparte. Estoy segura de que le haría bien hablar un poco de esta dulce Rosamond, con quien cree que no debe casarse: haré que hable».

Dije primero: «Tomad asiento, señor Rivers». Pero respondió, como siempre hacía, que no podía quedarse. «Muy bien —respondí para mis adentros—, quedaos de pie si gustáis; pero no os marcharéis todavía, lo he decidido: la soledad es al menos tan perjudicial para vos como para mí. Probaré si no puedo descubrir el resorte secreto de vuestra confianza y hallar una abertura en ese pecho de mármol a través de la cual pueda derramar una gota del bálsamo de la compasión».

—¿Se parece este retrato? —pregunté sin rodeos.

—¿Parecerse? ¿A quién ha de parecerse? No lo he observado de cerca.

—Sí lo habéis hecho, señor Rivers.

Casi se sobresaltó ante mi repentina y extraña brusquedad; me miró atónito. «¡Oh, esto no es nada todavía! —murmuré para mis adentros—. No pienso dejarme desconcertar por un poco de rigidez de vuestra parte; estoy dispuesta a llegar muy lejos». Y continué: —Lo habéis observado de cerca y con claridad; pero no tengo inconveniente en que lo miréis de nuevo —y me levanté y se lo puse en la mano.

—Un cuadro bien ejecutado —dijo—; colorido muy suave y limpio; dibujo muy gracioso y correcto.

Fin del Episodio 76 · de 91

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