Jane Eyre·Episodio 74

Capítulo XXXI · I

~9 min · 1811 palabras

Mi hogar, pues, cuando al fin encuentro un hogar, es una casita de campo; una pequeña pieza con paredes encaladas y suelo arenado, que contiene cuatro sillas pintadas y una mesa, un reloj, un vasar con dos o tres platos y fuentes, y un juego de té de loza ordinaria. Arriba, una habitación de las mismas dimensiones que la cocina, con un lecho de pino y una cómoda; pequeña, y no obstante demasiado espaciosa para ser colmada por mi escaso guardarropa: aunque la generosidad de mis dulces y nobles amigos lo ha incrementado con un modesto surtido de cosas indispensables.

Es el atardecer. He despedido, con la recompensa de una naranja, a la pequeña huérfana que me sirve de ayudante. Me hallo sentada sola junto al hogar. Esta mañana se abrió la escuela de la aldea. Tuve veinte alumnas. Pero tres del número saben leer: ninguna escribir o contar. Varias hacen punto y unas pocas cosen un poco. Hablan con el acento más cerrado de la comarca. Por el momento, ellas y yo tenemos dificultad para entendernos en el habla. Algunas de ellas son descomedidas, rudas, intratables además de ignorantes; pero otras son dóciles, tienen deseos de aprender y muestran una disposición que me agrada. No debo olvidar que estas campesinitas toscamente vestidas son de carne y hueso tan buenas como los vástagos de la más encumbrada alcurnia; y que los gérmenes de la bondad innata, del refinamiento, de la inteligencia y de los nobles sentimientos son tan susceptibles de existir en sus corazones como en los de los mejor nacidos. Mi deber consistirá en desarrollar esos gérmenes: a buen seguro hallaré alguna felicidad en el desempeño de ese oficio. Gran deleite no espero en la vida que se abre ante mí: mas sin duda, si gobierno mi ánimo y ejercito mis facultades como debo, me brindará lo suficiente para vivir de un día para otro.

¿Me sentí muy alegre, asentada y satisfecha durante las horas que pasé en aquella humilde y desnuda sala de escuela esta mañana y esta tarde? Para no engañarme a mí misma, debo responder: No; me sentí desolada en sumo grado. Me sentí —sí, necia de mí— me sentí degradada. Dudé de si no habría dado un paso que me rebajaba en lugar de elevarme en la escala de la existencia social. Me acobardaban débilmente la ignorancia, la pobreza y la rudeza de cuanto oía y veía a mi alrededor. Pero no me odie ni me desprecie en demasía por tales sentimientos; reconozco que son censurables... eso ya es un gran paso ganado; lucharé por vencerlos. Mañana confío en sobreponerme a ellos en parte; y dentro de unas pocas semanas acaso queden del todo dominados. En pocos meses es posible que la dicha de ver progresos y una muda para bien en mis discípulas reemplace la desazón por el contento.

Entretanto, déjeseme formularme una pregunta: ¿qué es mejor?... ¿Haber sucumbido a la tentación; escuchado a la pasión; no haber hecho esfuerzo doloroso alguno... ninguna contienda; sino haberse deslizado en el lazo de seda; haberse dormido sobre las flores que lo cubrían; haber despertado en un clima meridional, entre los lujos de una villa de recreo: estar viviendo ahora en Francia, amante del señor Rochester; delirante con su amor la mitad del tiempo... pues él me habría amado... ¡oh, sí, me habría amado tiernamente por una temporada! Me amaba... nadie volverá a amarme así jamás. Ya no conoceré el dulce tributo rendido a la hermosura, a la juventud y a la gracia... pues para ningún otro pareceré poseer tales encantos. Estaba encariñado y orgulloso de mí... es lo que ningún otro hombre jamás estará... Pero ¿adónde voy a parar, y qué estoy diciendo, y sobre todo, sintiendo? ¿Qué es mejor, pregunto: ser una esclava en un paraíso de oropel en Marsella... afiebrada de deleite engañoso una hora y ahogada en las más amargas lágrimas de remordimiento y vergüenza a la siguiente... o ser la maestra de una escuela de aldea, libre y honrada, en un rincón montañés y venteado en el corazón saludable de Inglaterra?

Sí; siento ahora que obré con rectitud cuando me aferré a los principios y a la ley, y desprecié y aplasté las sugerencias insensatas de un instante de frenesí. ¡Dios me encaminó a una acertada elección: doy gracias a Su providencia por la guía!

Habiendo llevado mis meditaciones vespertinas hasta este punto, me levanté, fui a la puerta y contemplé la puesta de sol de aquel día de siega y los campos silenciosos ante mi cabaña, la cual, junto con la escuela, distaba media milla de la aldea. Las aves cantaban sus últimas coplas:

«El aire era templado, el rocío era un bálsamo».

Mientras miraba me creí dichosa, y me sorprendió hallarme poco después llorando... ¿y por qué? Por el destino que me había arrancado del lado de mi amo: por aquel a quien no había de volver a ver; por el desesperado dolor y la fatal furia —consecuencias de mi partida— que acaso estuviesen arrastrándole ahora lejos del camino del bien, demasiado lejos para dejar esperanza de su restitución final. Ante este pensamiento aparté el rostro del bello cielo del atardecer y del solitario valle de Morton... digo solitario porque en aquel meandro visible para mí no había edificio aparente alguno salvo la iglesia y la rectoría, medio ocultas entre árboles, y, en el extremo mismo, el tejado de Vale Hall, donde vivían el acaudalado señor Oliver y su hija. Oculté mis ojos y apoyé la cabeza contra el marco de piedra de mi puerta; pero pronto un leve ruido junto a la portilla que cerraba mi diminuto jardín frente al prado me hizo alzar la mirada. Un perro —el viejo Carlo, el perdiguero del señor Rivers, como advertí al instante— empujaba la cancela con el hocico, y el propio St. John permanecía apoyado en ella con los brazos cruzados; el entrecejo fruncido, su mirada, grave casi hasta el enojo, clavada en mí. Le invité a entrar.

—No, no puedo quedarme; solo os he traído un pequeño paquete que mis hermanas dejaron para vos. Creo que contiene una caja de colores, lápices y papel.

Me acerqué a recibirlo: fue un regalo muy bienvenido. Examinó mi rostro, según juzgué, con austeridad al aproximarme: las huellas de las lágrimas eran sin duda muy visibles en él.

—¿Habéis hallado vuestro primer día de trabajo más duro de lo que esperabais? —preguntó.

—¡Oh, no! Por el contrario, creo que con el tiempo me entenderé muy bien con mis alumnas.

—Pero ¿acaso vuestro aposento... vuestra casa... vuestro ajuar... han defraudado vuestras expectativas? Son, en verdad, bastante modestos; pero... —le interrumpí:

—Mi casita es limpia y abrigada; mis muebles suficientes y cómodos. Cuanto veo me ha hecho sentirme agradecida, no abatida. No soy tan necia ni sensual para lamentar la ausencia de una alfombra, un sofá y vajilla de plata; además, hace cinco semanas nada tenía... era una proscrita, una mendiga, una vagabunda; ahora tengo conocidos, un hogar, una ocupación. Me asombro de la bondad de Dios, de la generosidad de mis amigos y de la ventura de mi suerte. No me quejo.

—Pero ¿sentís que la soledad es una opresión? La casita ahí detrás de vos está oscura y vacía.

—Apenas he tenido tiempo aún de gozar de una sensación de sosiego, y menos todavía de impacientarme bajo la soledad.

—Muy bien; espero que sintáis la satisfacción que expresáis: en cualquier caso, vuestro buen juicio os dirá que es demasiado pronto todavía para ceder a los temores vacilantes de la mujer de Lot. Lo que dejasteis atrás antes de que os viese, por supuesto no lo sé; pero os aconsejo que resistáis firmemente toda tentación que os incline a mirar atrás: proseguid vuestro rumbo actual con constancia, durante algunos meses al menos.

—Es lo que me propongo hacer —respondí. St. John continuó:

—Es ardua tarea dominar los impulsos de la inclinación y doblegar la tendencia de la naturaleza; pero que puede lograrse lo sé por experiencia. Dios nos ha concedido, en cierta medida, el poder de forjar nuestro propio destino; y cuando nuestras energías parecen exigir un sustento que no pueden obtener... cuando nuestra voluntad pugna por una senda que no nos está permitido seguir... no necesitamos ni morir de inanición ni detenernos desesperanzados: no tenemos sino que buscar otro alimento para el alma, tan vigoroso como el manjar vedado que ansiaba gustar... y acaso más puro; y abrir para el pie audaz un camino tan recto y ancho como el que la Fortuna nos ha cegado, aunque sea más áspero.

—Hace un año me sentía yo intensamente desdichado porque creí haberme equivocado al ingresar en el ministerio: sus uniformes deberes me fatigaban hasta la muerte. Ardía por la vida más activa del mundo... por las fatigas más estimulantes de una carrera literaria... por el destino de un artista, un escritor, un orador; cualquier cosa antes que la de un clérigo: sí, el corazón de un político, de un soldado, de un devoto de la gloria, de un amante del renombre, de un codicioso de poder, latía bajo mi sobrepelliz de vicario. Reflexioné: mi vida era tan miserable que debía cambiar o debía morir. Tras un tiempo de oscuridad y de lucha, la luz despuntó y el alivio sobrevino: mi estrecha existencia se ensanchó de golpe en una llanura sin límites... mis facultades escucharon una llamada celestial para levantarse, reunir toda su fuerza, desplegar las alas y elevarse más allá de la mirada humana. Dios tenía una misión para mí; para llevarla a tierras lejanas y cumplirla bien se precisaban destreza y fortaleza, valor y elocuencia, las más excelsas cualidades del soldado, del estadista y del orador: pues todas ellas se concentran en el buen misionero.

—Misionero resolví ser. Desde aquel instante mi estado de ánimo mudó; las cadenas se disolvieron y cayeron de cada una de mis facultades, no dejando de la servidumbre sino su doloroso escozor... que solo el tiempo puede curar. Mi padre, ciertamente, se oponía a la resolución, pero desde su muerte no tengo un obstáculo legítimo contra el que contender; arreglados algunos asuntos, provisto un sucesor para Morton, rotos o cortados uno o dos lazos del sentimiento... un último combate con la flaqueza humana, en el cual sé que venceré, porque he jurado que venceré... y dejaré Europa rumbo a Oriente.

Dijo esto con su voz peculiar, contenida y sin embargo enfática; mirando, al dejar de hablar, no hacia mí, sino hacia el sol poniente, al que yo miraba también. Tanto él como yo dábamos la espalda al sendero que subía por el prado hacia la cancela. No habíamos oído paso alguno sobre aquella senda cubierta de hierba; el agua que corría por el valle era el único son adormecedor de la hora y del paisaje; bien podíamos sobresaltarnos entonces cuando una voz alegre, dulce como una campanilla de plata, exclamó:

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