Jane Eyre·Episodio 73

Capítulo XXX · II

~8 min · 1550 palabras

—¿Y bien? —dije, al detenerse él de nuevo—. Continuad.

Me miró antes de proseguir: en verdad pareció leer con calma mi rostro, como si sus facciones y líneas fuesen caracteres sobre una página. Las conclusiones deducidas de este escrutinio las expresó parcialmente en sus observaciones siguientes.

—Creo que aceptaréis el puesto que os ofrezco —dijo—, y lo conservaréis por un tiempo: no permanentemente, no obstante; no más de lo que yo podría conservar de continuo el cargo estrecho y empequeñecedor... el tranquilo y oculto oficio de párroco rural inglés; pues en vuestra naturaleza hay una mezcla tan perjudicial para el reposo como la que hay en la mía, aunque de distinta especie.

—Explicaos, os lo ruego —insistí, cuando calló una vez más.

—Lo haré; y oiréis cuán humilde es la propuesta... cuán modesta... cuán constreñida. No permaneceré mucho tiempo en Morton ahora que mi padre ha muerto y soy dueño de mí mismo. Abandonaré el lugar probablemente en el curso de un año; pero mientras permanezca aquí, me esforzaré al máximo por su mejora. Morton, cuando llegué hace dos años, no tenía escuela: los hijos de los pobres estaban excluidos de toda esperanza de progreso. Fundé una para muchachos: me propongo ahora abrir una segunda escuela para niñas. He alquilado un edificio para tal fin, con una cabaña de dos piezas aneja para vivienda de la maestra. Su sueldo será de treinta libras al año: su casa se halla ya amueblada, muy sencillamente pero de modo suficiente, merced a la bondad de una dama, la señorita Oliver; la única hija del único hombre acaudalado de mi parroquia... el señor Oliver, propietario de una fábrica de agujas y de una fundición de hierro en el valle. La misma dama costea la educación y el vestido de una huérfana del hospicio, a condición de que asista a la maestra en aquellas tareas domésticas vinculadas a su casa y a la escuela que su ocupación docente no le permita cumplir en persona. ¿Queréis ser vos esa maestra?

Formuló la pregunta con cierta prisa; parecía aguardar a medias un rechazo indignado o al menos desdeñoso de la oferta: no conociendo todos mis pensamientos y sentimientos, aunque adivinando algunos, no podía saber bajo qué luz me aparecería semejante suerte. En verdad era humilde... pero era resguardada, y yo precisaba un refugio seguro: era modesta... pero en comparación con la de institutriz en una casa rica, era independiente; y el temor a la servidumbre entre extraños entraba en mi alma como un hierro candente: no era innoble... no era indigna... no era mentalmente degradante; tomé mi decisión.

—Os agradezco la propuesta, señor Rivers, y la acepto de todo corazón.

—Pero ¿me comprendéis? —dijo—. Es una escuela de aldea: vuestras alumnas solo serán pobres muchachas... hijas de campesinos... a lo sumo, hijas de labradores. Tejer, coser, leer, escribir y contar será todo cuanto tendréis que enseñar. ¿Qué haréis con vuestros talentos? ¿Qué con la mayor parte de vuestro entendimiento, sentimientos y gustos?

—Guardarlos hasta que sean necesarios. No se echarán a perder.

—¿Sabéis lo que emprendéis entonces?

—Lo sé.

Sonrió entonces: y no con una sonrisa amarga ni triste, sino muy complacida y hondamente satisfecha.

—¿Y cuándo comenzaréis el ejercicio de vuestras funciones?

—Iré a mi casa mañana y abriré la escuela, si os agrada, la semana próxima.

—Muy bien: sea así.

Se levantó y paseó por la habitación. Deteniéndose de nuevo, me miró. Movió la cabeza.

—¿Qué desaprobáis, señor Rivers? —pregunté.

—No os quedaréis en Morton mucho tiempo: ¡no, no!

—¿Por qué? ¿Qué motivo tenéis para decir tal cosa?

—Lo leo en vuestros ojos; no son de los que prometen el mantenimiento de un curso uniforme en la vida.

—No soy ambiciosa.

Se sobresaltó ante la palabra «ambiciosa». Repitió: «No. ¿Qué os hizo pensar en ambición? ¿Quién es ambicioso? Sé que yo lo soy: pero ¿cómo lo descubristeis vos?».

—Hablaba de mí misma.

—Bien, si no sois ambiciosa, sois... —hizo una pausa.

—¿Qué?

—Iba a decir apasionada: pero acaso habríais malinterpretado la palabra y os habríais ofendido. Quiero decir que los afectos y simpatías humanas ejercen un dominio poderosísimo sobre vos. Estoy seguro de que no podréis contentaros mucho tiempo con pasar vuestro ocio en soledad y consagrar vuestras horas de trabajo a una labor monótona enteramente desprovista de incentivos: no más de lo que yo puedo contentarme —añadió con énfasis— con vivir aquí sepultado en el cenagal, encajonado entre montañas... contrariada mi naturaleza, que Dios me dio; paralizadas e inutilizadas mis facultades, concedidas por el cielo. Ya veis cómo me contradigo a mí mismo. Yo, que prediqué la conformidad con una suerte humilde y justifiqué la vocación incluso de los leñadores y aguadores en el servicio divino... yo, Su ministro ordenado, casi deliro en mi inquietud. Bien, inclinaciones y principios deben conciliarse de algún modo.

Abandonó la habitación. En esta breve hora había aprendido más sobre él que en todo el mes precedente: y con todo, aún me intrigaba.

Diana y Mary Rivers se volvieron más tristes y silenciosas a medida que se aproximaba el día de separarse de su hermano y de su hogar. Ambas procuraban mostrarse como de costumbre; pero el pesar contra el que tenían que luchar era de los que no pueden vencerse ni ocultarse por entero. Diana dio a entender que esta sería una despedida distinta a cuantas habían conocido jamás. Probablemente, en lo tocante a St. John, sería una separación por años: acaso una separación para toda la vida.

—Lo sacrificará todo a sus resoluciones largamente meditadas —dijo ella—: afectos naturales y sentimientos más poderosos todavía. St. John parece sosegado, Jane; pero oculta una fiebre en sus entrañas. Le creeríais apacible y sin embargo en ciertas cosas es inexorable como la muerte; y lo peor del caso es que mi conciencia apenas me permite disuadirle de su severa decisión: ciertamente no puedo censurarle por ella ni por un momento. ¡Es justa, noble, cristiana... y sin embargo me parte el corazón! Y las lágrimas brotaron de sus hermosos ojos. Mary inclinó la cabeza muy baja sobre su labor.

—Ahora estamos sin padre: pronto nos quedaremos sin hogar y sin hermano —murmuró.

En aquel momento sobrevino un pequeño incidente que pareció dispuesto por el destino expresamente para demostrar la verdad del refrán de que «las desdichas nunca vienen solas», y añadir a sus penas la enojosa contrariedad de quedarse con la miel en los labios. St. John pasó ante la ventana leyendo una carta. Entró.

—Nuestro tío John ha muerto —dijo.

Ambas hermanas parecieron impresionadas: no aterradas ni consternadas; la noticia pareció a sus ojos más trascendental que dolorosa.

—¿Muerto? —repitió Diana.

—Sí.

Ella clavó una mirada inquisitiva en el rostro de su hermano. «¿Y qué hay entonces?», demandó en voz baja.

—¿Qué hay, Die? —respondió él, manteniendo una marmórea inmovilidad en sus facciones—. ¿Qué hay? Nada. Leed.

Arrojó la carta sobre su regazo. Ella la recorrió con la vista y se la pasó a Mary. Mary la leyó en silencio y se la devolvió a su hermano. Los tres se miraron y los tres sonrieron... una sonrisa bastante lúgubre y meditabunda.

—¡Amén! Aún podemos vivir —dijo Diana al fin.

—En cualquier caso, no nos deja peor de lo que estábamos antes —observó Mary.

—Solo que impone con cierta fuerza en la mente la estampa de lo que pudo haber sido —dijo el señor Rivers—, y la contrasta un tanto demasiado vivamente con lo que es.

Dobló la carta, la guardó bajo llave en su pupitre y volvió a salir.

Durante algunos minutos nadie habló. Diana se volvió entonces hacia mí.

—Jane, os extrañaréis de nosotros y de nuestros misterios —dijo—, y nos creeréis seres desalmados por no conmovernos más ante la muerte de un pariente tan cercano como un tío; pero jamás le hemos visto ni conocido. Era hermano de mi madre. Mi padre y él riñeron hace mucho tiempo. Fue por consejo suyo por lo que mi padre arriesgó la mayor parte de sus bienes en la especulación que le arruinó. Mutuas recriminaciones cruzaron entre ellos: se separaron enconados y jamás se reconciliaron. Mi tío emprendió después negocios más prósperos: parece ser que reunió una fortuna de veinte mil libras. Jamás se casó y no tenía parientes cercanos fuera de nosotros y de otra persona, no más cercanamente emparentada que nosotros. Mi padre siempre acarició la idea de que expiaría su falta legándonos sus bienes; esa carta nos informa de que ha legado hasta el último penique a ese otro pariente, con excepción de treinta guineas para repartir entre St. John, Diana y Mary Rivers destinadas a la compra de tres sortijas de luto. Tenía derecho, por supuesto, a obrar a su antojo: y con todo, se arroja un frío pasajero sobre el ánimo al recibir semejante noticia. Mary y yo nos habríamos considerado ricas con mil libras cada una; y para St. John semejante suma habría sido valiosa por el bien que le habría permitido hacer.

Dada esta explicación, el asunto se abandonó y ninguna otra referencia hicieron a él ni el señor Rivers ni sus hermanas. Al día siguiente dejé Marsh End para marchar a Morton. Al otro día, Diana y Mary partieron hacia la distante B——. En una semana, el señor Rivers y Hannah se trasladaron a la rectoría: y así la vieja heredad quedó abandonada.

Fin del Episodio 73 · de 91

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