Capítulo XXX · I
~11 min · 2143 palabras
Cuanto más conocía a los moradores de Moor House, más me agradaban. En pocos días me hube restablecido de tal modo que podía permanecer levantada todo el día y salir a pasear a veces. Podía unirme a Diana y Mary en todas sus ocupaciones; conversar con ellas cuanto deseaban y ayudarlas cuando y donde me lo permitían. Había un placer vivificante en aquel trato, de una clase que saboreaba yo por primera vez... el placer nacido de una perfecta afinidad de gustos, sentimientos y principios.
Me gustaba leer lo que a ellas les gustaba leer: lo que disfrutaban me deleitaba; lo que aprobaban lo veneraba. Amaban su retiro apartado. Yo también, en la vieja, pequeña y gris estructura, con su techo bajo, sus ventanas enrejadas, sus muros carcomidos, su hilera de añosos abetos —todos inclinados por la fuerza de los vientos montañeses—; su jardín, sombrío de tejos y acebos —y donde ninguna flor salvo de las especies más resistentes florecía—, hallaba un encanto a la vez poderoso y duradero. Se apegaban a los páramos purpúreos detrás y alrededor de su morada... a la hondonada del valle a la que descendía el pedregoso camino de herradura que partía de su portal, y que serpenteaba primero entre laderas de helechos y luego entre unos pocos pradillos agrestes que bordeaban el yermo de brezo o daban sustento a un rebaño de ovejas grises del páramo, con sus corderitos de hocicos musgosos: se apegaban a este escenario, digo, con un perfecto entusiasmo de afecto. Yo podía comprender el sentimiento y compartir su fuerza y su verdad. Veía la fascinación del lugar. Sentía la consagración de su soledad: mis ojos se recreaban en el contorno de lomas y collados... en la coloración agreste transmitida a crestas y cañadas por el musgo, por la campanilla del brezo, por el césped salpicado de flores, por los brillantes helechos y por el vetusto risco de granito. Estos detalles eran para mí exactamente lo que eran para ellas: puras y dulces fuentes de deleite. El vendaval recio y la brisa suave; el día borrascoso y el apacible; las horas de la salida y la puesta del sol; la noche de luna y la encapotada, desplegaban para mí en estas comarcas la misma atracción que para ellas... tendían sobre mis facultades el mismo hechizo que cautivaba las suyas.
Bajo techo nos aveníamos igualmente bien. Ambas eran más instruidas y más leídas que yo; pero con avidez las seguía por la senda del saber que habían hollado antes que yo. Devoraba los libros que me prestaban: luego era satisfacción cumplida comentar con ellas por la tarde lo que había leído durante el día. Pensamiento cuadraba con pensamiento; parecer se encontraba con parecer: coincidíamos, en suma, a la perfección.
Si en nuestro trío había un superior y un guía, era Diana. Físicamente me aventajaba con creces: era hermosa; era vigorosa. En su vivacidad natural había una abundancia de vida y una seguridad de curso que despertaba mi asombro, al tiempo que desafiaba mi comprensión. Podía hablar un rato al comenzar la velada, pero disipada la primera ráfaga de animación y elocuencia, me sentaba de buen grado en un taburete a los pies de Diana, apoyaba la cabeza en su rodilla y escuchaba alternativamente a ella y a Mary mientras desentrañaban a fondo el tema que yo apenas había rozado. Diana se ofreció a enseñarme alemán. Me complacía aprender de ella: veía que el papel de preceptora le agradaba y le convenía; el de alumna me agradaba y me convenía a mí no menos. Nuestras naturalezas encajaban: un afecto mutuo —del temple más sólido— fue el resultado. Descubrieron que sabía dibujar: sus lápices y cajas de colores estuvieron de inmediato a mi disposición. Mi destreza, superior en este único punto a la suya, las sorprendió y cautivó. Mary se sentaba a mirarme trabajar durante horas enteras: luego tomaba lecciones; y resultó ser una alumna dócil, inteligente y asidua. Así ocupadas y mutuamente entretenidas, los días pasaban como horas y las semanas como días.
En cuanto al señor St. John, la intimidad que había surgido tan natural y rápidamente entre sus hermanas y yo no se extendió a él. Una de las razones del distanciamiento aún observado entre nosotros era que relativamente raras veces se hallaba en casa: una gran parte de su tiempo parecía consagrada a visitar a los enfermos y pobres entre la dispersa población de su feligresía.
Ningún tiempo meteorológico parecía estorbarle en estas excursiones pastorales: lloviese o hiciese bueno, cuando sus horas de estudio matutino concluían, tomaba su sombrero y, seguido por Carlo, el viejo perdiguero de su padre, salía a su misión de amor o de deber... apenas sé bajo cuál de los dos aspectos la consideraba. A veces, cuando el día era muy desapacible, sus hermanas le hacían reparos. Él decía entonces, con una sonrisa peculiar, más solemne que alegre:
—Y si consintiese que una ráfaga de viento o unas gotas de lluvia me apartasen de estas sencillas tareas, ¿qué preparación sería semejante desidia para el futuro que me propongo?
La respuesta general de Diana y Mary a esta pregunta era un suspiro y unos minutos de meditación aparentemente afligida.
Pero además de sus frecuentes ausencias, había otra barrera para la amistad con él: parecía de natural reservado, abstraído y aun taciturno. Celoso en sus labores ministeriales, irreprochable en su vida y costumbres, no parecía, no obstante, gozar de aquella serenidad de espíritu, de aquel sosiego interior que debiera ser el galardón de todo cristiano sincero y filántropo práctico. A menudo, al anochecer, cuando permanecía sentado junto a la ventana, con su pupitre y papeles ante él, cesaba de leer o escribir, apoyaba la barbilla en la mano y se abandonaba a no sé qué curso de pensamientos; pero que este era perturbador y agitado podía apreciarse en el frecuente relampagueo y en la mudable dilatación de su pupila.
Creo, además, que la Naturaleza no constituía para él aquel tesoro de deleites que era para sus hermanas. Manifestó una vez, y solo una en mi presencia, un vivo sentimiento por el áspero encanto de las colinas y un afecto innato por el techo oscuro y los vetustos muros que llamaba su hogar; pero había más sombra que deleite en el tono y en las palabras con que tal sentimiento se expresaba; y jamás parecía recorrer los páramos por amor a su apacible silencio... jamás buscar ni recrearse en los mil deleites de paz que podían brindar.
Incomunicativo como era, pasó algún tiempo antes de que tuviese oportunidad de calibrar su entendimiento. Formé por primera vez idea de su alcance cuando le escuché predicar en su propia iglesia de Morton. Ojalá pudiera describir aquel sermón: pero escapa a mi capacidad. No puedo siquiera reproducir con fidelidad el efecto que produjo en mí.
Comenzó con sosiego... y en verdad, en lo tocante a modulación y tono de voz, fue sosegado hasta el fin: un celo sinceramente sentido, pero estrictamente contenido, respiraba pronto en las claras palabras e inspiraba el enérgico lenguaje. Este fue cobrando fuerza... comprimida, condensada, dominada. El corazón se estremecía, el ánimo quedaba asombrado ante el poder del predicador: ninguno de los dos era ablandado. Por doquier había una extraña amargura; una ausencia de dulzura consoladora; severas alusiones a las doctrinas calvinistas —elección, predestinación, reprobación— eran frecuentes; y cada referencia a estos puntos sonaba como una sentencia pronunciada para condenación. Cuando hubo concluido, en lugar de sentirme mejor, más serena o más iluminada por su discurso, experimenté una tristeza indecible; pues me pareció —no sé si igualmente a los demás— que la elocuencia que había estado escuchando había brotado de una profundidad donde yacían turbios posos de desengaño... donde se agitaban inquietantes impulsos de anhelos insaciables y desasosegadas aspiraciones. Estaba segura de que St. John Rivers —de vida pura, concienzudo y celoso como era— no había hallado aún aquella paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento: no más la había hallado, pensé, de lo que la había encontrado yo con mis ocultos y desgarradores pesares por mi ídolo roto y mi paraíso perdido... pesares a los que últimamente he evitado referirme, pero que me poseían y me tiranizaban sin piedad.
Entretanto había transcurrido un mes. Diana y Mary debían abandonar pronto Moor House y regresar a la vida y al escenario muy distintos que las aguardaban como institutrices en una gran ciudad distinguida del sur de Inglaterra, donde cada una ocupaba un puesto en familias por cuyos acaudalados y altivos miembros solo eran consideradas como humildes dependientes, y quienes ni conocían ni buscaban sus virtudes innatas, apreciando únicamente sus conocimientos adquiridos como apreciaban la destreza de su cocinera o el buen gusto de su doncella. El señor St. John nada me había dicho todavía sobre el empleo que me había prometido conseguir; con todo, se hacía urgente que yo tuviese una ocupación de alguna clase. Una mañana, quedándome a solas con él unos minutos en el salón, me aventuré a acercarme al hueco de la ventana —que su mesa, silla y pupitre consagraban como una suerte de gabinete de estudio— e iba a hablar, aunque sin saber muy bien en qué términos formular mi pregunta —pues siempre resulta difícil romper el hielo de la reserva que vidria naturalezas como la suya—, cuando él me ahorró la molestia siendo el primero en iniciar el diálogo.
Alzando la mirada al aproximarme yo: «¿Tenéis una pregunta que hacerme?», dijo.
—Sí; deseo saber si habéis oído hablar de algún servicio que pueda ofrecerme a desempeñar.
—Hallé o ideé algo para vos hace tres semanas; pero como parecíais a la vez útil y feliz aquí... como mis hermanas os habían cobrado evidente afecto y vuestra compañía les proporcionaba un deleite insólito... juzgué inoportuno interrumpir vuestro mutuo sosiego hasta que su próxima partida de Marsh End hiciese necesaria la vuestra.
—¿Y marcharán dentro de tres días ya? —dije.
—Sí; y cuando marchen, regresaré a la rectoría de Morton: Hannah me acompañará y esta vieja casa quedará cerrada.
Aguardé unos instantes, esperando que continuase con el asunto primeramente abordado: pero parecía haber entrado en otro orden de reflexiones: su mirada denotaba abstracción de mí y de mis asuntos. Me vi obligada a recordarle un tema que por necesidad era de entrañable y angustioso interés para mí.
—¿Cuál es el empleo que teníais en perspectiva, señor Rivers? Confío en que esta demora no habrá acrecentado la dificultad de conseguirlo.
—¡Oh, no!; ya que es un empleo que depende únicamente de mí darlo y de vos aceptarlo.
Hizo de nuevo una pausa: parecía mostrarse reacio a continuar. Me impacienté: un movimiento inquieto o dos, y una mirada anhelante y exigente clavada en su rostro, le comunicaron el sentimiento tan eficazmente como las palabras habrían podido hacerlo y con menos esfuerzo.
—No tenéis por qué apresuraros a oírlo —dijo—: dejadme deciros con franqueza que nada ventajoso ni lucrativo tengo que proponeros. Antes de explicarme, recordad, por favor, mi advertencia, claramente formulada, de que si os ayudaba, había de ser como el ciego ayuda al cojo. Soy pobre; pues descubro que, cuando haya pagado las deudas de mi padre, todo el patrimonio que me restará será esta vieja heredad desmoronada, la hilera de abetos castigados a la espalda y la parcela de suelo de páramo, con los tejos y acebos al frente. Soy oscuro: Rivers es un viejo apellido; pero de los tres únicos descendientes de la estirpe, dos ganan el mendrugo de la dependencia entre extraños, y el tercero se considera a sí mismo un desterrado de su patria nativa... no solo en la vida, sino en la muerte. Sí, y juzga, y está obligado a juzgarse honrado por semejante suerte, y no aspira sino al día en que la cruz de la separación de los lazos terrenales sea puesta sobre sus hombros, y cuando el Guía de esa iglesia militante de cuyos más humildes miembros es uno de ellos pronuncie la palabra: «¡Levántate, sígueme!».
St. John pronunció estas palabras como pronunciaba sus sermones, con voz pausada y profunda; con la mejilla descolorida y un fulgor resplandeciente en la mirada. Reanudó:
—Y puesto que yo mismo soy pobre y oscuro, no puedo ofreceros sino una ocupación de pobreza y oscuridad. Vos acaso la juzguéis degradante... pues veo ahora que vuestros hábitos han sido lo que el mundo llama distinguidos: vuestros gustos se inclinan a lo ideal y vuestro trato ha sido al menos entre gentes instruidas; pero yo considero que ningún trabajo degrada si sirve para mejorar a nuestra especie. Sostengo que cuanto más árido y agreste sea el suelo donde la labor de siembra del labrador cristiano le es asignada... cuanto más escasa la recompensa que rinde su fatiga... más alto es el honor. La suya, en tales circunstancias, es la suerte del pionero; y los primeros pioneros del Evangelio fueron los Apóstoles... su capitán fue Jesús, el Redentor Mismo.
Fin del Episodio 72 · de 91
Capítulo XXX · I
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