Jane Eyre·Episodio 70

Capítulo XXIX · I

~13 min · 2503 palabras

El recuerdo de unos tres días y tres noches que siguieron a esto es muy borroso en mi mente. Puedo evocar algunas sensaciones experimentadas en aquel intervalo; pero pocos pensamientos formulados y ninguna acción cumplida. Sabía que me hallaba en una habitación pequeña y en una cama estrecha. A aquella cama parecía haber quedado pegada; yacía en ella inmóvil como una piedra; y haberme arrancado de allí habría sido casi matarme. No reparaba en el transcurso del tiempo... en el cambio de la mañana al mediodía, del mediodía a la tarde. Advertía cuando alguien entraba o salía de la estancia: podía incluso distinguir quiénes eran; comprendía lo que se decía cuando quien hablaba se hallaba cerca de mí; pero no podía responder; abrir los labios o mover los miembros me resultaba igualmente imposible. Hannah, la criada, era mi visitante más frecuente. Su venida me turbaba. Tenía la sensación de que deseaba que me marchase: de que no me comprendía a mí ni a mis circunstancias; de que estaba prevenida contra mí. Diana y Mary aparecían por la alcoba una o dos veces al día. Susurraban frases de este tenor junto a mi lecho:

—Hicimos muy bien en acogerla.

—Sí; ciertamente la habrían encontrado muerta a la puerta por la mañana de haber quedado fuera toda la noche. Me pregunto por qué habrá pasado.

—Extrañas penalidades, imagino... ¡pobre, enflaquecida y pálida caminante!

—No es persona inculta, diría yo, por su modo de hablar; su acento era muy fino; y las ropas de que se despojó, aunque salpicadas y húmedas, estaban poco gastadas y eran de buena calidad.

—Tiene un rostro peculiar; descarnado y demacrado como está, me agrada bastante; y con buena salud y animación imagino que su fisonomía sería agradable.

Ni una sola vez en sus diálogos escuché una sílaba de pesar por la hospitalidad que me habían brindado, ni de sospecha o de aversión hacia mí. Quedé consolada.

El señor St. John vino una sola vez: me miró y dijo que mi estado de letargo era el resultado de una reacción por fatiga excesiva y prolongada. Declaró innecesario llamar a un médico: la naturaleza, de ello estaba seguro, obraría mejor dejada a sí misma. Dijo que cada nervio había sufrido una tensión excesiva de algún modo, y que todo el sistema debía permanecer aletargado un tiempo. No había enfermedad. Imaginaba que mi restablecimiento sería bastante rápido una vez comenzase. Estas opiniones las emitió en pocas palabras, en voz baja y sosegada; y añadió tras una pausa, en el tono de un hombre poco acostumbrado a comentarios prolijos: «Una fisonomía bastante singular; ciertamente no indicativa de vulgaridad o degradación».

—Lejos de ello —respondió Diana—. A decir verdad, St. John, mi corazón se inclina hacia esta pobre almita. Desearía que pudiésemos beneficiarla de modo permanente.

—Eso es poco probable —fue la respuesta—. Descubriréis que es alguna señorita que ha tenido un desacuerdo con sus amigos y que probablemente los ha dejado con poca prudencia. Acaso logremos restituirla a ellos si no es obstinada; pero observo líneas de firmeza en su rostro que me hacen dudar de su docilidad. Permaneció considerándome algunos minutos; luego añadió—: Parece sensata, pero de ningún modo hermosa.

—Está tan enferma, St. John.

—Enferma o sana, siempre sería insignificante. La gracia y la armonía de la belleza faltan por completo en esas facciones.

Al tercer día me hallé mejor; al cuarto pude hablar, moverme, incorporarme en la cama y volverme. Hannah me había traído unas gachas y pan tostado, hacia la hora, según supuse, de la comida. Había comido con apetito: el alimento era bueno... desprovisto del regusto febril que hasta entonces había emponzoñado cuanto tragaba. Cuando me dejó, me sentí comparativamente fuerte y reanimada; muy pronto la saciedad del reposo y el deseo de acción se despertaron en mí. Deseaba levantarme; pero ¿qué podía ponerme? Solo mis vestidos húmedos y enfangados con los que había dormido en el suelo y caído en la marisma. Sentí vergüenza de presentarme ante mis benefactores vestida de aquel modo. Se me ahorró la humillación.

Sobre una silla junto al lecho estaban todas mis prendas, limpias y secas. Mi vestido de seda negra colgaba de la pared. Las huellas del lodo habían sido eliminadas; las arrugas dejadas por la humedad, alisadas: lucía perfectamente decente. Mis zapatos y medias habían sido lavados y dejados presentables. Había útiles de aseo en la estancia y un peine y cepillo para arreglarme el cabello. Tras un proceso fatigoso, descansando cada cinco minutos, logré vestirme. La ropa me venía holgada, pues me había consumido mucho, pero cubrí las deficiencias con un chal, y una vez más con aspecto limpio y respetable —sin una mota de polvo ni rastro alguno del desorden que tanto detestaba y que parecía degradarme tanto—, bajé por una escalera de piedra con ayuda de la barandilla hasta un pasillo bajo y estrecho, y di al poco rato con la cocina.

Estaba llena de la fragancia del pan recién horneado y del calor de un fuego generoso. Hannah cocía pan. Los prejuicios, bien es sabido, son los más difíciles de erradicar del corazón cuyo suelo jamás ha sido labrado o fertilizado por la educación: crecen allí firmes como malas hierbas entre las piedras. Hannah se había mostrado fría y rígida, ciertamente, al principio; últimamente había empezado a ablandarse un poco; y cuando me vio entrar aseada y bien vestida, llegó a sonreír.

—¡Cómo, os habéis levantado! —dijo—. Estáis mejor entonces. Podéis sentaros en mi sillón junto al fuego si queréis.

Me señaló la mecedora: la ocupé. Anduvo atareada de un lado a otro, examinándome de vez en cuando por el rabillo del ojo. Volviéndose hacia mí, mientras sacaba unas hogazas del horno, preguntó con franqueza:

—¿Habíais andado mendigando antes de llegar aquí?

Me indigné por un instante; pero recordando que el enojo estaba fuera de lugar, y que ciertamente me había presentado como una mendiga ante ella, respondí con calma, aunque no sin cierta firmeza marcada:

—Os equivocáis al suponerme una mendiga. No soy mendiga; no más que vos misma o vuestras señoritas.

Tras una pausa dijo: «No entiendo eso: no tenéis casa, ni dinero, me parece».

—La falta de casa o de dinero no hace a una mendiga en el sentido que dais a la palabra.

—¿Tenéis instrucción de libros? —inquirió poco después.

—Sí, mucha.

—Pero ¿no habéis estado jamás en un internado?

—Estuve en un internado ocho años.

Abrió los ojos desmesuradamente. «¿Por qué no podéis manteneros vos misma entonces?».

—Me he mantenido a mí misma; y confío en mantenerme de nuevo. ¿Qué vais a hacer con esas grosellas? —inquirí, mientras sacaba una cesta de aquella fruta.

—Hacerlas empanadas.

—Dádmelas y las limpiaré.

—No; no quiero que hagáis nada.

—Pero debo hacer algo. Dejádmelas.

Consintió; e incluso me trajo un paño limpio para extenderlo sobre mi vestido, «no fuese —como dijo— que me manchase».

—No habéis estado acostumbrada a la faena de criada, ya lo veo por vuestras manos —observó—. ¿Acaso habéis sido modista?

—No, os equivocáis. Y ahora no os preocupéis de lo que he sido: no os devanéis los sesos más por mí; decidme el nombre de la casa donde nos hallamos.

—Unos la llaman Marsh End y otros Moor House.

—¿Y el caballero que vive aquí se llama el señor St. John?

—No; él no vive aquí: solo se halla de paso un tiempo. Cuando está en su casa, reside en su propia parroquia de Morton.

—¿Aquella aldea a pocas millas de aquí?

—Sí.

—¿Y qué es él?

—Es clérigo.

Recordé la respuesta de la anciana sirvienta en la rectoría cuando pedí ver al clérigo. «¿Esta era entonces la residencia de su padre?».

—Sí; el anciano señor Rivers vivió aquí, y su padre, su abuelo y su bisabuelo antes que él.

—El nombre entonces de ese caballero es el señor St. John Rivers, ¿verdad?

—Sí; St. John es su nombre de pila.

—¿Y sus hermanas se llaman Diana y Mary Rivers?

—Sí.

—¿Su padre ha muerto?

—Murió hace tres semanas de un ataque.

—¿No tienen madre?

—La señora falleció hace muchos años.

—¿Habéis vivido mucho tiempo con la familia?

—He vivido aquí treinta años. Los crie a los tres.

—Eso prueba que debéis de haber sido una criada honrada y fiel. Tanto diré en vuestro favor, aunque hayáis tenido la descortesía de llamarme mendiga.

Me miró de nuevo con asombro. «Creo —dijo ella— que me equivoqué por completo en mis juicios sobre vos; pero andan tantos embusteros por ahí que debéis perdonarme».

—Y aunque —proseguí con cierta severidad— deseabais echarme de la puerta en una noche en que no debierais haber dejado fuera a un perro.

—Bueno, fue duro: pero ¿qué puede hacer una? Pensé más en las criaturas que en mí misma: ¡pobres seres! No tienen a nadie que cuide de ellos salvo yo. Tengo que andar con ojo avizor.

Mantuve un grave silencio durante algunos minutos.

—No debéis juzgarme con excesiva severidad —volvió a observar.

—Pero sí os juzgo con severidad —dije—; y os diré por qué: no tanto porque os negaseis a darme asilo o me consideraseis una impostora, sino porque hace un instante me hicisteis una suerte de reproche de que careciese de dinero y de casa. Algunas de las mejores personas que jamás han vivido han estado tan desvalidas como yo; y si sois cristiana no deberíais considerar la pobreza un delito.

—Ni debería hacerlo —dijo ella—: el señor St. John me lo dice también; y veo que andaba errada... pero ahora tengo una idea muy distinta de vos a la que tenía. Parecéis una personita bien decente.

—Basta con eso... os perdono ahora. Chocad la mano.

Puso su mano harinosa y encallecida en la mía; una sonrisa más franca y cordial iluminó su rudo semblante, y desde aquel instante fuimos amigas.

Hannah era manifiestamente aficionada a la charla. Mientras yo limpiaba la fruta y ella preparaba la masa para las empanadas, procedió a darme diversos pormenores sobre sus difuntos amos y «las criaturas», como llamaba a los jóvenes.

El anciano señor Rivers, dijo, era un hombre bastante sencillo, pero un caballero y de tan antiguo linaje como pudiera hallarse. Marsh End había pertenecido a los Rivers desde que era casa; y tenía, afirmaba ella, más de doscientos años... aunque pareciese un lugar modesto y pequeño, en nada comparable con la gran mansión del señor Oliver allá abajo en Morton Vale. Pero ella recordaba al padre de Bill Oliver como peón fabricante de agujas; y los Rivers eran hidalgos en los viejos tiempos de los Enriques, como cualquiera podía ver examinando los registros en la sacristía de la iglesia de Morton. Con todo, reconocía que el viejo amo era como los demás... nada fuera de lo común: loco por la caza, la agricultura y cosas semejantes. La señora era distinta. Era gran lectora y estudiaba mucho; y los hijos habían salido a ella. No había nada semejante a ellos en estas comarcas, ni lo había habido jamás; a los tres les había gustado el estudio casi desde que empezaron a hablar; y siempre habían sido de una estirpe muy peculiar. El señor St. John, al crecer, marchó a la universidad y se ordenó clérigo; y las muchachas, en cuanto salieron del colegio, buscaron colocación como institutrices: pues le habían dicho que su padre había perdido años atrás mucho dinero por un hombre en quien había confiado y que se declaró en quiebra; y como ahora no era bastante rico para dotarlas con fortunas, debían proveerse ellas mismas. Habían vivido muy poco en casa durante mucho tiempo, y solo habían acudido ahora a pasar unas pocas semanas a causa de la muerte de su padre; pero querían tanto a Marsh End y a Morton y a todos aquellos páramos y colinas de alrededor. Habían estado en Londres y en muchas otras grandes ciudades; pero siempre decían que ningún lugar era como el hogar; y además se avenían tan bien entre sí... jamás reñían ni disputaban. No sabía ella de otra familia tan unida.

Habiendo concluido mi tarea de despalillar las grosellas, pregunté dónde se encontraban las dos señoritas y su hermano en aquel momento.

—Han ido a Morton a dar un paseo; pero volverán en media hora a tomar el té.

Regresaron en el plazo que Hannah les había fijado: entraron por la puerta de la cocina. El señor St. John, al verme, limitóse a inclinarse e inclinó la cabeza y pasó; las dos señoritas se detuvieron: Mary, en pocas palabras, amable y sosegadamente expresó el placer que sentía de verme bastante recuperada para haber podido bajar; Diana tomó mi mano: movió la cabeza mirándome.

—Debisteis haber aguardado mi permiso para bajar —dijo—. Todavía parecéis muy pálida... ¡y tan delgada! ¡Pobre criatura!... ¡pobre muchacha!

Diana tenía una voz timbrada, para mi oído, como el arrullo de una paloma. Poseía unos ojos cuya mirada me deleitaba encontrar. Su rostro entero me parecía lleno de encanto. El semblante de Mary era igualmente inteligente... sus facciones igualmente bonitas; pero su expresión era más reservada y sus maneras, aunque dulces, más distantes. Diana miraba y hablaba con cierta autoridad: tenía voluntad propia, evidentemente. Era propio de mi naturaleza sentir placer en someterme a una autoridad apoyada como la suya, y doblegarme, donde mi conciencia y mi respeto propio lo consentían, a una voluntad activa.

—¿Y qué asunto tenéis aquí? —prosiguió—. No es este vuestro sitio. Mary y yo nos sentamos en la cocina a veces, porque en casa nos gusta estar libres, aun hasta el desenfado... pero vos sois una huésped y debéis pasar al salón.

—Estoy muy bien aquí.

—En absoluto, con Hannah trajinando de acá para allá y cubriéndoos de harina.

—Además el fuego es demasiado fuerte para vos —intervino Mary.

—Por supuesto —añadió su hermana—. Vamos, debéis ser obediente. Y aún sujetando mi mano me hizo levantar y me condujo a la habitación interior.

—Sentaos allí —dijo, acomodándome en el sofá— mientras nos quitamos las ropas y preparamos el té; es otro privilegio que ejercemos en nuestro pequeño hogar del páramo: preparar nuestras propias comidas cuando nos sentimos inclinadas a ello, o cuando Hannah está cociendo pan, lavando o planchando.

Cerró la puerta, dejándome a solas con el señor St. John, que permanecía sentado enfrente con un libro o periódico en la mano. Examiné primero el salón y luego a su ocupante.

El salón era una pieza más bien pequeña, amueblada con mucha sencillez, y sin embargo acogedora por limpia y ordenada. Las sillas a la antigua usanza estaban muy lustrosas y la mesa de nogal parecía un espejo. Unos pocos retratos antiguos y singulares de hombres y mujeres de otros tiempos decoraban las paredes enteladas; un armario con puertas acristaladas contenía algunos libros y un juego antiguo de porcelana. No había adorno superfluo alguno en la habitación... ni una sola pieza moderna de mobiliario, salvo un par de costureros y un escritorio de señora de palisandro que reposaba sobre un velador: todo —incluidas la alfombra y las cortinas— parecía a la vez muy usado y muy bien conservado.

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