Jane Eyre·Episodio 07

Capítulo IV · I

~11 min · 2217 palabras

De mi conversación con el señor Lloyd y del diálogo entre Bessie y Abbot antes referido, cobré bastantes esperanzas como para encontrar en ellas un motivo que me impulsara a desear sanar: un cambio parecía inminente; lo anhelaba y lo aguardaba en silencio. Tardó en llegar, sin embargo: transcurrieron días y semanas; recobré mi estado normal de salud, pero no volvió a hacerse alusión alguna al asunto que me reconcomía. La señora Reed me examinaba a veces con mirada severa, pero rara vez me dirigía la palabra: desde mi enfermedad, había trazado una línea divisoria más marcada que nunca entre mí y sus propios hijos; me había asignado un cuartucho para dormir a solas, condenándome a comer en soledad y a pasar todo el tiempo en el cuarto de los niños, mientras mis primos permanecían de continuo en el salón. Ni una sola insinuación, no obstante, dejó caer acerca de mandarme a la escuela: aun así, sentía la certeza instintiva de que no me toleraría por mucho tiempo bajo su mismo techo; pues su mirada, ahora más que nunca al posarse en mí, revelaba una aversión insuperable y arraigada.

Eliza y Georgiana, actuando a todas luces según las órdenes recibidas, me hablaban lo menos posible: John me sacaba la lengua cada vez que me veía, y en una ocasión intentó golpearme; pero como me revolví al instante contra él, espoleada por el mismo sentimiento de viva cólera y desesperada rebelión que ya antes había sacudido mi ánimo, juzgó más prudente desistir y huyó de mí lanzando imprecaciones y jurando que le había partido la nariz. En verdad le había asestado en tan prominente rasgo un puñetazo tan recio como mis nudillos pudieron descargar; y cuando vi que aquello o mi mirada le amedrentaban, sentí los mayores deseos de aprovechar mi ventaja; pero él ya corría junto a su mamá. Le oí comenzar a relatar, entre sollozos, cómo «esa asquerosa Jane Eyre» se le había abalanzado encima como una gata rabiosa: fue atajado con aspereza:

—No me hables de ella, John: ya te advertí que no te acercaras; no merece la menor atención; no consiento que ni tú ni tus hermanas tengáis trato con ella.

Aquí, asomándome a la barandilla, exclamé de súbito y sin meditar en absoluto mis palabras:

—¡Ellos no son dignos de tener trato conmigo!

La señora Reed era una mujer bastante gruesa; pero, al oír tan extraña y audaz declaración, subió con presteza las escaleras, me arrastró como un torbellino al cuarto de los niños y, aplastándome contra el borde de mi cuna, me prohibió con voz tajante levantarme de aquel sitio o pronunciar una sola sílaba durante el resto del día.

—¿Qué te diría el tío Reed si estuviese vivo? —fue mi pregunta, apenas voluntaria. Digo apenas voluntaria, porque parecía como si mi lengua pronunciase palabras sin que mi voluntad consintiera en emitirlas: algo hablaba desde mi interior sobre lo cual no ejercía ningún control.

—¿Qué? —dijo la señora Reed en un susurro: sus ojos grises, de ordinario fríos y serenos, se turbaron con una expresión semejante al espanto; retiró su mano de mi brazo y me miró fijamente, como si en verdad no supiese si yo era una niña o un demonio. Ahora ya no había vuelta atrás.

—Mi tío Reed está en el cielo y puede ver todo lo que haces y piensas; y también papá y mamá: saben cómo me tienes encerrada todo el día y cómo deseas que me muera.

La señora Reed no tardó en recobrar el ánimo: me sacudió con suma violencia, me propinó sendas bofetadas en ambas mejillas y luego me dejó sin mediar palabra. Bessie suplió aquel silencio con una homilía de una hora entera, en la que demostró sin lugar a dudas que yo era la criatura más perversa y descarriada que jamás se hubiese criado bajo un techo. La creí a medias; pues en verdad sólo sentía malos sentimientos agitarse en mi pecho.

Transcurrieron noviembre, diciembre y la mitad de enero. La Navidad y el Año Nuevo se habían celebrado en Gateshead con la acostumbrada alegría festiva; se habían intercambiado regalos y ofrecido cenas y veladas. De todo disfrute me vi, por descontado, excluida: mi parte en el regocijo consistió en contemplar los atavíos diarios de Eliza y Georgiana, y verlas bajar al salón engalanadas con vestidos de fina muselina y lazos escarlata, con el cabello primorosamente rizado; y más tarde, en escuchar los sones del piano o del arpa que tocaban abajo, el ir y venir del mayordomo y del lacayo, el tintineo de copas y porcelanas mientras se servían refrigerios, y el rumor entrecortado de las conversaciones al abrirse y cerrarse la puerta del salón. Cansada de semejante distracción, me retiraba del rellano de la escalera a la soledad y el silencio del cuarto de los niños: allí, aunque un tanto triste, no me sentía desdichada. A decir verdad, no abrigaba el menor deseo de mezclarme con la concurrencia, pues en sociedad muy rara vez reparaban en mí; y si Bessie hubiese sido cariñosa y complaciente, habría tenido por un deleite pasar las veladas en calma a su lado, en vez de transcurrir bajo la imponente mirada de la señora Reed en una estancia colmada de damas y caballeros. Pero Bessie, en cuanto acababa de vestir a las señoritas, solía marcharse a las animadas dependencias de la cocina y de la estancia de la gobernanta, llevándose casi siempre la vela consigo. Me quedaba entonces sentada con mi muñeca sobre las rodillas hasta que el fuego declinaba, lanzando de vez en cuando miradas a mi alrededor para cerciorarme de que nada peor que yo misma rondaba por la penumbra del aposento; y cuando los rescoldos se apagaban en un apagado rojizo, me desnudaba a toda prisa, forcejeando con nudos y cintas lo mejor que podía, y buscaba refugio del frío y la oscuridad en mi cuna. A esa cuna me llevaba siempre mi muñeca; los seres humanos necesitan amar algo y, a falta de objetos de afecto más dignos, me las ingeniaba para hallar placer en querer y mimar una descolorida figurilla, desvencijada como un espantapájaros en miniatura. Me asombra ahora recordar con qué absurda devoción adoraba aquel juguete, imaginándolo casi vivo y capaz de sentir. No podía conciliar el sueño si no estaba envuelto en mi camisón; y cuando descansaba allí, al abrigo y caliente, me sentía comparativamente dichosa, creyendo que ella también lo era.

Largas parecían las horas mientras aguardaba la partida de las visitas y escuchaba atenta los pasos de Bessie en la escalera: a veces subía en ese intervalo en busca de su dedal o de sus tijeras, o acaso para traerme algo a modo de cena —un bollo o una tarta de queso—; se sentaba entonces en la cama mientras yo comía, y cuando concluía, me arropaba con esmero, me besaba un par de veces y decía: «Buenas noches, señorita Jane». Cuando se mostraba así de dulce, Bessie me parecía el ser más bondadoso, hermoso y tierno del mundo; y deseaba con fervor infinito que siempre fuese tan grata y afable, y que jamás me diera empujones, ni me riñera, ni me impusiera tareas desmedidas, como con harta frecuencia solía hacer. Bessie Lee debía de ser, a mi juicio, una muchacha de buen talento natural, pues demostraba destreza en cuanto hacía y poseía un don admirable para relatar historias; al menos así lo juzgo por la impresión que me causaban sus cuentos de nursery. Era bonita además, si el recuerdo que guardo de su rostro y de su persona no me engaña. La recuerdo como una mujer joven y esbelta, de pelo negro, ojos oscuros, facciones muy agraciadas y un cutis limpio y sonrosado; mas tenía un genio caprichoso y pronto a la ira, y nociones muy vagas de principios o de justicia: aun así, tal como era, la prefería a cualquier otra persona de Gateshead Hall.

Era el quince de enero, hacia las nueve de la mañana: Bessie había bajado a desayunar; mis primos aún no habían sido llamados ante su mamá; Eliza se ponía su sombrero y su abrigo grueso de paseo para ir a dar de comer a sus aves de corral, ocupación por la que sentía gran afición, y no menos por vender los huevos a la gobernanta y atesorar el dinero que de tal guisa obtenía. Tenía dotes para el comercio y una marcada propensión al ahorro; demostrada no sólo en la venta de huevos y pollos, sino también en regatear tenazmente con el jardinero el precio de raíces, semillas y esquejes de flores; pues aquel empleado tenía órdenes de la señora Reed de comprar a la señorita cuantas cosechas de su arriate deseara vender: y Eliza habría vendido hasta los cabellos de su cabeza de haber podido sacar con ello un buen provecho. En cuanto a sus caudales, primero los ocultaba en rincones insólitos, envueltos en un trapo o en un viejo papel de rizar; pero habiendo descubierto la doncella algunos de estos escondrijos, Eliza, temerosa de perder un día su preciado tesoro, consintió en confiárselo a su madre a un interés usurario del cincuenta o sesenta por ciento; réditos que exigía cada trimestre, llevando sus cuentas en un cuadernillo con escrupulosa exactitud.

Georgiana estaba sentada en un taburete alto, peinándose ante el espejo y entrelazando sus rizos con flores artificiales y plumas descoloridas que había encontrado en un cajón del desván. Yo hacía mi cama, tras haber recibido órdenes estrictas de Bessie de dejarla arreglada antes de su regreso (pues Bessie solía emplearme con frecuencia como una suerte de ayudante de niñera para ordenar el cuarto, sacudir las sillas, etcétera). Una vez extendida la colcha y doblado mi camisón, me acerqué al alféizar de la ventana para ordenar unos libros de estampas y los muebles de una casa de muñecas allí desperdigados; una brusca orden de Georgiana de que dejase en paz sus juguetes (pues las diminutas sillas y espejos, los platos y tazas feéricos eran de su propiedad) detuvo mi labor; y entonces, a falta de otra ocupación, me dediqué a exhalar mi aliento sobre las escarchadas flores que adornaban el cristal de la ventana, despejando así un círculo a través del cual contemplar el parque, donde todo yacía inmóvil y petrificado bajo el influjo de una severa helada.

Desde aquella ventana se divisaban la cancela del guarda y el camino de carruajes, y apenas hube disuelto bastante follaje blanco y plateado que velaba los cristales para poder mirar hacia fuera, vi abrirse de par en par los portones y entrar un coche. Lo observé avanzar por la avenida con indiferencia; solían llegar carruajes a Gateshead, pero ninguno traía jamás visitas que a mí me importaran; se detuvo frente a la mansión, el timbre resonó fuertemente y el recién llegado fue recibido en el zaguán. No significando todo aquello nada para mí, mi ociosa atención pronto halló un atractivo más vivo en el espectáculo de un pequeño petirrojo hambriento, que vino a posarse y gorjear en las ramas del cerezo deshojado y claveteado contra el muro, cerca de la ventana. Los restos de mi desayuno de leche y pan estaban sobre la mesa, y tras desmigajar un trozo de panecillo, forcejeaba con el marco para colocar las migas en el alféizar cuando Bessie entró presurosa en el cuarto de los niños.

—Señorita Jane, quítese el delantal. ¿Qué está haciendo ahí? ¿Se ha lavado ya la cara y las manos esta mañana? —Di otro tirón antes de responder, pues deseaba asegurar el pan para el pájaro: el bastidor cedió; esparcí las migajas, unas cuantas en el alféizar de piedra y otras sobre la rama del cerezo; luego, cerrando la ventana, respondí:

—No, Bessie; apenas acabo de terminar de quitar el polvo.

—¡Niña impertinente y descuidada! ¿Y qué hace ahora? Está completamente encendida, como si anduviese tramando alguna travesura: ¿para qué abría la ventana?

Se me ahorró la molestia de contestar, pues Bessie parecía tener demasiada prisa para prestar oídos a explicaciones; me arrastró hasta el lavabo, me infligió una friega despiadada, aunque por fortuna breve, en la cara y las manos con agua, jabón y una toalla áspera; domeñó mi pelo con un cepillo de cerdas duras, me despojó del delantal y, llevándome apresuradamente hasta lo alto de las escaleras, me ordenó que bajase de inmediato, pues me reclamaban en el comedor de diario.

Habría preguntado quién me reclamaba: habría querido saber si la señora Reed estaba allí; pero Bessie ya se había marchado y cerrado tras de mí la puerta del cuarto de los niños. Descendí lentamente. Durante casi tres meses no había sido convocada ante la presencia de la señora Reed; confinada tanto tiempo en el cuarto de los niños, el comedor de diario, el comedor principal y los salones se habían convertido para mí en recintos temibles a los que me aterraba entrar.

Me hallaba ahora en el vestíbulo desierto; ante mí se alzaba la puerta del comedor de diario, y me detuve, intimidada y temblorosa. ¡En qué miserable cobardica me había transformado en aquellos días el miedo engendrado por los castigos injustos! Temía regresar al cuarto de los niños y temía avanzar hacia el salón; permanecí diez minutos presa de una turbada vacilación; el vehemente repiqueteo de la campana del comedor decidió mi suerte: debía entrar.

Fin del Episodio 7 · de 91

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