Jane Eyre·Episodio 06

Capítulo III · II

~7 min · 1403 palabras

—¿Qué te puso enferma ayer?

—Se cayó —dijo Bessie, volviendo a meter baza.

—¡Una caída! ¡Vaya, eso es propio de un bebé! ¿Acaso no sabe andar a su edad? Debe de tener ocho o nueve años.

—Me tiraron al suelo —fue la brusca explicación, arrancada de mí por otra punzada de orgullo herido—; pero no fue eso lo que me puso enferma —añadí, mientras el señor Lloyd se servía una pizca de rapé.

Mientras devolvía la cajita al bolsillo de su chaleco, sonó con fuerza la campana que llamaba a comer a la servidumbre; él supo de qué se trataba. «Eso es para ti, niñera —dijo él—; puedes bajar; yo le daré un sermón a la señorita Jane hasta que regreses».

Bessie habría preferido quedarse, pero se vio obligada a marchar, pues en Gateshead Hall la puntualidad en las comidas se exigía con rigurosa severidad.

—La caída no te puso enferma; ¿qué fue entonces? —prosiguió el señor Lloyd una vez que Bessie se hubo marchado.

—Me encerraron hasta entrada la noche en una habitación donde hay un fantasma.

Vi al señor Lloyd sonreír y fruncir el ceño al mismo tiempo.

—¡Un fantasma! ¡Vaya, de modo que eres un bebé después de todo! ¿Le temes a los fantasmas?

—Al fantasma del señor Reed sí: él murió en esa habitación y allí fue donde estuvo de cuerpo presente. Ni Bessie ni nadie entraría en ella de noche si pudiera evitarlo; y fue cruel encerrarme allí a solas y sin una vela, tan cruel que creo que jamás lo olvidaré.

—¡Tonterías! ¿Y es eso lo que te hace sentir tan desdichada? ¿Acaso tienes miedo ahora, a plena luz del día?

—No, pero la noche volverá antes de mucho; y además... soy desdichada, muy desdichada por otros motivos.

—¿Qué otros motivos? ¿Puedes contarme alguno de ellos?

¡Cuánto deseaba responder con franqueza a semejante pregunta! ¡Qué difícil resultaba articular una respuesta! Los niños pueden sentir, mas no saben analizar sus sentimientos; y si el análisis se efectúa en parte en su mente, no saben cómo expresar el resultado con palabras. Temerosa, no obstante, de perder esta primera y única oportunidad de aliviar mi dolor compartiéndolo, logré articular, tras una turbada pausa, una contestación escueta, aunque veraz en la medida en que alcanzaba.

—Para empezar, no tengo padre ni madre, ni hermanos ni hermanas.

—Tienes una tía bondadosa y unos primos.

Vacilé de nuevo; luego articulé torpemente:

—Pero John Reed me tiró al suelo, y mi tía me encerró en la habitación roja.

El señor Lloyd sacó por segunda vez su tabaquera.

—¿No crees que Gateshead Hall es una casa hermosísima? —preguntó—. ¿No estás muy agradecida por disponer de un sitio tan magnífico donde vivir?

—No es mi casa, señor; y Abbot dice que tengo menos derecho a estar aquí que una sirvienta.

—¡Bah! ¡No serás tan insensata como para desear marcharte de un sitio tan espléndido!

—Si tuviera cualquier otro sitio adonde ir, me alegraría mucho de dejarlo; pero jamás podré marcharme de Gateshead hasta que sea una mujer.

—Tal vez puedas, ¿quién sabe? ¿Tienes algún pariente además de la señora Reed?

—Creo que no, señor.

—¿Ninguno por parte de tu padre?

—No lo sé: una vez se lo pregunté a mi tía Reed, y me contestó que era posible que tuviera algunos parientes pobres y vulgares llamados Eyre, pero que ella no sabía nada de ellos.

—Si los tuvieras, ¿te gustaría irte con ellos?

Reflexioné. La pobreza parece sombría a los adultos, y más aún a los niños: éstos apenas tienen noción de una pobreza hacendosa, laboriosa y respetable; sólo asocian la palabra a ropas raídas, comida escasa, hogares sin lumbre, modales groseros y vicios degradantes: para mí, la pobreza era sinónimo de envilecimiento.

—No; no me gustaría pertenecer a gente pobre —fue mi respuesta.

—¿Ni siquiera si fuesen cariñosos contigo?

Negué con la cabeza: no alcanzaba a comprender cómo la gente pobre podía tener medios para ser cariñosa; y luego, tener que aprender a hablar como ellos, adoptar sus modales, carecer de educación, crecer como una de esas pobres mujeres a las que a veces veía amamantando a sus hijos o lavando la ropa a las puertas de las cabañas de la aldea de Gateshead... No, no era lo bastante heroica para comprar la libertad al precio del rango social.

—Pero ¿son tan pobres tus parientes? ¿Pertenecen a la clase trabajadora?

—No sabría decirlo; mi tía Reed dice que, si tengo alguno, deben de ser una ralea de pordioseros: y a mí no me gustaría mendigar.

—¿Te gustaría ir a la escuela?

Volví a reflexionar: apenas sabía lo que era una escuela. A veces Bessie hablaba de ella como de un lugar donde las señoritas se sentaban en cepos ortopédicos, llevaban tablillas para enderezar la espalda y debían ser sumamente distinguidas y remilgadas; John Reed detestaba su colegio e insultaba a su maestro; pero los gustos de John Reed no servían de pauta para los míos, y si bien los relatos de Bessie acerca de la disciplina escolar (recogidos de las señoritas de una familia con la que había convivido antes de llegar a Gateshead) resultaban en cierto modo aterradores, los detalles sobre ciertas habilidades adquiridas por aquellas mismas señoritas eran, a mi juicio, igualmente atrayentes. Se jactaba de los hermosos cuadros de paisajes y flores que pintaban; de las canciones que sabían cantar y las piezas que tocaban, de las bolsas de malla que tejían, de los libros franceses que traducían; tanto que, al escucharla, mi espíritu se encendía en afán de emulación. Además, la escuela supondría un cambio absoluto: implicaba un largo viaje, una separación total de Gateshead, la entrada a una vida nueva.

—En verdad me gustaría ir a la escuela —fue la conclusión en voz alta de mis cavilaciones.

—¡Bien, bien! ¿Quién sabe lo que ocurrirá? —dijo el señor Lloyd al ponerse en pie—. La niña necesita un cambio de aires y de ambiente —añadió, hablando para sí—; los nervios no están en buen estado.

Bessie regresó entonces; en ese mismo instante se oyó el carruaje rodar por el camino de grava.

—¿Es ésa tu señora, niñera? —preguntó el señor Lloyd—. Me gustaría hablar con ella antes de marcharme.

Bessie le invitó a pasar al comedor de diario y le guio hacia la salida. En la entrevista que siguió entre él y la señora Reed, supongo, por lo que aconteció después, que el boticario se aventuró a recomendar que me enviasen a la escuela; y la sugerencia fue acogida sin duda de muy buen grado; pues como dijo Abbot comentando el asunto con Bessie mientras ambas cosían una noche en el cuarto de los niños, cuando yo ya estaba acostada y, según creían ellas, dormida: «La señora, se atrevía a jurar, estaba bien contenta de librarse de una niña tan fastidiosa y de tan malas mañas, que siempre parecía estar espiando a todo el mundo y urdiendo tramas por lo bajo». Abbot, creo yo, me atribuía el papel de una suerte de Guy Fawkes infantil.

En aquella misma ocasión me enteré por vez primera, por confidencias de la señorita Abbot a Bessie, de que mi padre había sido un clérigo pobre; que mi madre se había casado con él contra el parecer de sus allegados, quienes consideraban aquel enlace indigno de ella; que mi abuelo Reed se irritó tanto ante su desobediencia que la desheredó sin dejarle un solo chelín; que cuando mis padres llevaban un año de casados, mi padre contrajo el tifus mientras visitaba a los pobres de una populosa ciudad fabril donde se hallaba su curato y donde hacía estragos la epidemia; y que mi madre se contagió de él, falleciendo entrambos con un mes de diferencia.

Bessie, al escuchar este relato, suspiró y dijo: «La pobre señorita Jane también es digna de lástima, Abbot».

—Sí —respondió Abbot—; si fuera una niña bonita y simpática, una podría compadecerse de su desamparo; pero en verdad resulta imposible encariñarse con un sapito como ése.

—No mucho, desde luego —asintió Bessie—; en todo caso, una preciosidad como la señorita Georgiana resultaría más conmovedora en semejante situación.

—¡Sí, adoro a la señorita Georgiana! —exclamó la ferviente Abbot—. ¡Pequeño cielo!... ¡Con sus largos bucles y sus ojos azules, y ese color tan sonrosado que tiene, tal como si estuviese pintada!... Bessie, me apetecería una tostada de queso fundido para cenar.

—A mí también, con una cebolla asada. Vamos, bajemos —dijo Bessie. Y se marcharon.

Fin del Episodio 6 · de 91

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