Jane Eyre·Episodio 05

Capítulo III · I

~9 min · 1819 palabras

Lo siguiente que recuerdo es haberme despertado con la sensación de haber padecido una espantosa pesadilla, y ver ante mí un resplandor rojizo cruzado por gruesas barras negras. Escuchaba asimismo voces que hablaban con sonido cavernoso, como amortiguadas por el rumor de una ráfaga de viento o de agua: la agitación, la incertidumbre y un sentimiento de pánico absoluto turbaban mis facultades. Al poco rato me percaté de que alguien me sostenía, incorporándome y manteniéndome sentada con mayor ternura de la que jamás me habían dispensado hasta entonces. Apoyé la cabeza contra una almohada o un brazo, y me sentí aliviada.

Cinco minutos después se disipó la nube del aturdimiento: reconocí con certeza que me hallaba en mi propia cama y que el resplandor encarnado era el fuego de la chimenea del cuarto de los niños. Era de noche: una vela ardía sobre la mesa; Bessie permanecía al pie del lecho con un lebrillo en la mano, y un caballero sentado en una silla junto a mi cabecera se inclinaba sobre mí.

Experimenté un alivio indecible, una reconfortante certidumbre de amparo y seguridad al comprender que había un extraño en la habitación, un individuo ajeno a Gateshead y no emparentado con la señora Reed. Apartando la vista de Bessie (aunque su presencia me resultaba mucho menos enojosa de lo que habría sido, por ejemplo, la de Abbot), examiné el semblante del caballero: le conocía; era el señor Lloyd, un boticario al que la señora Reed llamaba de vez en cuando cuando enfermaban los criados: para ella y para sus hijos recurría a un médico titulado.

—Bien, ¿quién soy yo? —preguntó.

Pronuncié su nombre, tendiéndole al propio tiempo la mano: él la tomó, sonriendo y diciendo: «Pronto nos pondremos buenos del todo». Luego me acomodó de nuevo y, dirigiéndose a Bessie, le encargó que cuidase con esmero de que nadie me molestase durante la noche. Tras impartir algunas instrucciones complementarias y manifestar que regresaría al día siguiente, se marchó; con gran pesar mío: sentíame tan protegida y confortada mientras él permanecía sentado en la silla junto a mi almohada... y al cerrar él la puerta tras de sí, toda la estancia pareció oscurecerse y mi ánimo decayó de nuevo, abrumado por una tristeza inexpresable.

—¿Cree que podrá dormir, señorita? —preguntó Bessie con bastante dulzura.

Apenas me atreví a responderle, temiendo que la siguiente frase fuese áspera. «Lo intentaré».

—¿Le gustaría beber algo o podría comer alguna cosa?

—No, gracias, Bessie.

—Entonces creo que me iré a la cama, pues pasan ya de las doce; pero puede llamarme si necesita algo durante la noche.

¡Asombrosa cortesía aquélla! Me infundió valor para formular una pregunta.

—Bessie, ¿qué me ocurre? ¿Estoy enferma?

—Se puso mala de tanto llorar en el cuarto rojo, supongo; pronto mejorará, no lo dude.

Bessie pasó a la alcoba de la doncella, que estaba contigua. La oí decir:

—Sarah, ven a dormir conmigo al cuarto de los niños; no me atrevería por nada del mundo a quedarme sola con esa pobre criatura esta noche: podría morirse; es cosa tan rara que le diera ese ataque... me pregunto si vería algo. La señora se propasó en rigor.

Sarah regresó con ella; acostáronse ambas y estuvieron susurrando durante media hora antes de conciliar el sueño. Capté retazos de su conversación, de los cuales pude colegir con excesiva claridad el tema principal de que trataban.

«Algo pasó a su lado, vestido de blanco, y se desvaneció»... «Un perrazo negro detrás de él»... «Tres aldabonazos fuertes en la puerta de la habitación»... «Una luz en el cementerio, justo sobre su tumba»... etcétera, etcétera.

Por fin ambas se durmieron; el fuego y la vela se extinguieron. Para mí, las horas de aquella larga noche transcurrieron en un desvelo aterrador; oído, vista y mente hallábanse en tensión a causa del miedo: ese miedo que sólo los niños son capaces de sentir.

Ninguna dolencia física grave o prolongada sucedió a aquel lance del cuarto rojo; tan sólo causó a mis nervios una conmoción cuya resonancia percibo hasta el día de hoy. Sí, señora Reed: a vos os debo amargos tormentos de sufrimiento moral, pero debiera perdonaros, pues no sabíais lo que hacíais: mientras desgarrabais las fibras de mi corazón, creíais no hacer otra cosa sino extirpar mis malas propensiones.

Al día siguiente, hacia el mediodía, hallábame ya levantada y vestida, sentada y envuelta en un mantón junto a la chimenea del cuarto de los niños. Sentíame débil y quebrantada de cuerpo; pero mi peor dolencia era una desolación indecible del espíritu: una pesadumbre que me arrancaba lágrimas silenciosas; apenas me enjugaba una gota salada de la mejilla cuando otra acudía a sucederla. Y sin embargo, pensaba yo, debiera haberme sentido dichosa, pues ninguno de los Reed se hallaba en casa: habían salido todos en carruaje con su madre. Abbot hallábase cosiendo en otra pieza, y Bessie, al trajinar de acá para allá recogiendo juguetes y ordenando cajones, me dirigía de tarde en tarde alguna palabra de desacostumbrada bondad. Aquel estado de cosas debiera haber sido para mí un remanso de paz, habituada como estaba a una vida de reprensiones continuas y fatigas ingratas; mas en verdad mis maltrechos nervios se encontraban en tal estado que ninguna quietud lograba serenarlos ni ningún agrado recrearlos con sosiego.

Bessie había bajado a la cocina y traído consigo una tarta en cierto plato de loza pintada con primor, cuya ave del paraíso, acurrucada en una guirnalda de campanillas y capullos de rosa, solía despertar en mí la admiración más entusiasta; plato que a menudo había suplicado que me dejasen tomar en la mano para examinarlo de cerca, habiéndoseme considerado siempre hasta entonces indigna de semejante privilegio. Aquella preciada vajilla fue colocada sobre mis rodillas y se me invitó cordialmente a saborear la delicada rueda de hojaldre dispuesta en ella. ¡Vano favor, que llegaba, como casi todas las gracias largo tiempo postergadas y ardientemente deseadas, demasiado tarde! No pude probar la tarta; y el plumaje del ave y los matices de las flores antojáronsenos extrañamente desvaídos: aparté el plato y el dulce. Bessie me preguntó si deseaba un libro: la palabra libro obró cual estímulo pasajero, y le rogué que me trajese de la biblioteca Los viajes de Gulliver. Era un libro que había leído y releído una y otra vez con delicia. Considerábalo una relación verídica de hechos y descubría en él un venero de interés más hondo que el de los cuentos de hadas; pues en cuanto a los elfos, tras haberlos buscado en vano entre las hojas y corolas de las dedaleras, bajo las setas y al pie de la hiedra rastrera que tapizaba los rincones de los muros viejos, habíame resignado al cabo a la triste verdad de que todos ellos habían abandonado Inglaterra rumbo a algún país salvaje donde los bosques fuesen más cerrados y bravíos y la población más escasa; mientras que Liliput y Brobdingnag constituían, a mi juicio, comarcas firmes de la superficie terrestre, no dudando yo de que algún día, merced a un largo viaje, contemplaría con mis propios ojos los campos, casitas y arboledas diminutas, la gente enana, las vacas, ovejas y avecillas minúsculas del primer reino, así como los trigales altos como selvas, los enormes mastines, los gatos monstruosos y los hombres y mujeres semejantes a torres del segundo. Y no obstante, cuando aquel querido volumen fue puesto en mis manos, cuando pasé sus hojas y busqué en sus maravillosas estampas el encanto que hasta entonces jamás había dejado de hallar, todo me pareció siniestro y desolador: los gigantes antojábanseme espectros descarnados; los pigmeos, duendecillos malévolos y temibles; Gulliver, un desdichado náufrago extraviado en comarcas pavorosas. Cerré el libro, que ya no me atrevía a hojear, y lo deposité sobre la mesa, junto a la tarta intacta.

Bessie había concluido ya de sacudir el polvo y ordenar la estancia y, tras lavarse las manos, abrió cierto cajoncito repleto de vistosos retales de seda y raso y se puso a confeccionar un gorrito nuevo para la muñeca de Georgiana. Entretanto cantaba; su canción decía:

«En los días en que íbamos de gitanería, hace mucho tiempo».

Muchas veces había escuchado aquella canción con anterioridad, y siempre con vivo deleite, pues Bessie poseía una voz muy dulce... o al menos a mí me lo parecía. Pero ahora, aun cuando su acento seguía siendo suave, descubría en su melodía una tristeza indescriptible. A veces, absorta en su labor, entonaba el estribillo muy bajo y con gran lentitud; aquel «hace mucho tiempo» sonaba como la cadencia más fúnebre de un canto mortuorio. Pasó a otra balada, ésta de veras quejumbrosa:

«Mis pies están doloridos y mis miembros fatigados; largo es el camino y bravía la montaña; pronto el crepúsculo se cerrará sin luna y lúgubre sobre la senda de la pobre niña huérfana.

¿Por qué me enviaron tan lejos y tan sola, allí donde los páramos se extienden y se apilan riscos grises? Los hombres son duros de corazón, y sólo los ángeles buenos velan por los pasos de la pobre niña huérfana.

Mas lejana y suave sopla la brisa nocturna, no hay nubes y las claras estrellas brillan apacibles; Dios, en su misericordia, muestra su amparo, consuelo y esperanza a la pobre niña huérfana.

Aun si cayese al cruzar el puente quebrado, o me extraviase en las marismas seducida por luces engañosas, todavía mi Padre, con promesa y bendición, acogerá en su seno a la pobre niña huérfana.

Hay un pensamiento que debe darme fuerzas, aunque de amparo y deudos despojada; el cielo es un hogar y el reposo no me faltará; Dios es amigo de la pobre niña huérfana».

—Vamos, señorita Jane, no llore —dijo Bessie al concluir. Bien habría podido decirle al fuego: «¡no ardas!», pero ¿cómo iba a sospechar ella el padecimiento morboso de que yo era presa? En el transcurso de la mañana el señor Lloyd regresó.

—¡Cómo, levantada ya! —dijo al entrar en el cuarto de los niños—. Bueno, niñera, ¿cómo sigue?

Bessie contestó que me encontraba muy bien.

—Pues debiera tener mejor cara. Venga aquí, señorita Jane: su nombre es Jane, ¿verdad?

—Sí, señor, Jane Eyre.

—Pues bien, ha estado llorando, señorita Jane Eyre; ¿puede decirme por qué? ¿Le duele algo?

—No, señor.

—¡Oh! Me atrevo a decir que llora por no haber podido salir en carruaje con la señora —intervino Bessie.

—¡Seguro que no! Ya es bastante mayor para semejantes berrinches.

Yo pensaba lo mismo; y herido mi amor propio por tan falsa acusación, respondí con presteza: «Jamás he llorado en mi vida por semejante motivo: detesto salir en coche. Lloro porque soy una desdichada».

—¡Vaya, señorita! —exclamó Bessie.

El buen boticario pareció un tanto desconcertado. Yo permanecía en pie ante él; clavó sus ojos en mí fijamente: eran ojos pequeños y grises, no muy vivaces, aunque hoy los juzgaría perspicaces; tenía un rostro de facciones enérgicas y, no obstante, de expresión bondadosa. Tras contemplarme con detenimiento, dijo:

Fin del Episodio 5 · de 91

Capítulo III · I

Siguiente Episodio 6~7 minCapítulo III · II“—No, pero la noche volverá antes de mucho; y además... soy desdichada, muy desdichada por otros motivos.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.