Capítulo XXVII · III
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Un viento fresco de Europa sopló sobre el océano y penetró impetuoso por la ventana abierta: la tormenta estalló, descargó, tronó, resplandeció y el aire se purificó. Formé y fijé entonces una resolución. Mientras caminaba bajo los naranjos goteantes de mi jardín empapado, y entre sus granados y piñas anegadas, y mientras la refulgente alborada del trópico se encendía a mi alrededor... razoné de este modo, Jane... y ahora escuchad; pues fue la verdadera Sabiduría la que me consoló en aquella hora y me mostró la senda recta a seguir.
—El dulce viento de Europa aún susurraba en las hojas refrescadas y el Atlántico tronaba en gloriosa libertad; mi corazón, seco y abrasado durante largo tiempo, se ensanchó ante aquel tono y se llenó de sangre viva... mi ser ansiaba renovación... mi alma tenía sed de un sorbo puro. Vi renacer la esperanza y sentí la regeneración posible. Desde un arco florido al fondo de mi jardín contemplé el mar... más azul que el cielo: el viejo mundo se hallaba más allá; claros horizontes se abrieron así:
—«Parte —dijo la Esperanza— y vive de nuevo en Europa: allí no se sabe qué nombre mancillado llevas, ni qué inmunda carga está atada a ti. Puedes llevarte a la demente contigo a Inglaterra; confínala con los debidos cuidados y precauciones en Thornfield: viaja luego tú mismo al clima que gustes y entabla el nuevo vínculo que desees. Esa mujer, que tanto ha abusado de tu paciencia, que tanto ha mancillado tu nombre, que tanto ha ultrajado tu honor y marchitado tu juventud, no es tu esposa, ni eres tú su esposo. Cuida de que sea atendida como su estado exige, y habrás cumplido cuanto Dios y la humanidad reclaman de ti. Que su identidad, su relación contigo, queden sepultadas en el olvido: a ningún ser viviente estás obligado a revelarlas. Ponla en seguridad y desahogo; cobija su degradación con el secreto y déjala».
—Obré puntualmente según este consejo. Mi padre y mi hermano no habían hecho público mi matrimonio entre sus conocidos; porque, en la mismísima primera carta que les escribí para notificarles la unión —habiendo comenzado ya a experimentar un profundo disgusto por sus consecuencias y viendo abrirse ante mí un espantoso porvenir a causa del carácter y la constitución familiar—, añadí un encargo apremiante de guardarlo en secreto; y muy pronto la infame conducta de la esposa que mi padre me había escogido fue tal que le hizo sonrojarse de reconocerla como nuera. Lejos de desear publicar el enlace, se mostró tan ansioso de ocultarlo como yo mismo.
—A Inglaterra, pues, la trasladé; una travesía espantosa tuve con semejante monstruo a bordo. Gozoso me sentí cuando al fin la tuve en Thornfield y la vi alojada con seguridad en aquella estancia del tercer piso, de cuyo reservado interior ha hecho durante diez años la guarida de una fiera... la celda de un trasgo. Pasé algunos apuros para encontrarle una cuidadora, pues era menester elegir a alguien en cuya fidelidad pudiera confiarse; pues sus desvaríos traicionarían inevitablemente mi secreto: además, tenía intervalos lúcidos de días... a veces semanas... que colmaba de injurias contra mí. Al fin contraté a Grace Poole del asilo de Grimsby. Ella y el cirujano Carter (que vendó las heridas de Mason la noche en que fue apuñalado y mordido) son los dos únicos a quienes he admitido en mi confidencia. La señora Fairfax acaso haya sospechado algo, pero no pudo obtener conocimiento exacto de los hechos. Grace, en conjunto, ha resultado una buena celadora; si bien, debido en parte a una falta suya de la que parece nada puede curarla, y que es propia de su agotadora profesión, su vigilancia ha sido más de una vez burlada y adormecida. La loca es a la vez ladina y maligna; jamás ha dejado de aprovechar los descuidos pasajeros de su guardiana; una vez para esconder el cuchillo con que apuñaló a su hermano, y dos veces para apoderarse de la llave de su celda y salir de ella en horas de la noche. En la primera de estas ocasiones perpetró el intento de quemarme en mi lecho; en la segunda, os hizo aquella visita espectral. Doy gracias a la Providencia, que veló sobre vos, de que entonces descargase su furia sobre vuestro atavío nupcial, que acaso le trajo vagos recuerdos de sus propios días de boda: pero sobre lo que podría haber sucedido, no soporto reflexionar. Cuando pienso en la criatura que se arrojó a mi garganta esta mañana, inclinando su rostro negro y cárdeno sobre el nido de mi paloma, la sangre se me hiela...
—¿Y qué hicisteis, señor —pregunté, mientras él callaba—, cuando la hubisteis instalado aquí? ¿Adónde fuisteis?
—¿Qué hice, Jane? Me transformé en un fuego fatuo. ¿Adónde fui? Me entregué a correrías tan desatadas como las del viento de marzo. Busqué el Continente y anduve errante por todas sus tierras. Mi anhelo constante era buscar y hallar una mujer buena e inteligente a quien poder amar: un contraste con la furia que dejé en Thornfield...
—Pero no podíais casaros, señor.
—Había resuelto y estaba convencido de que podía y debía hacerlo. No fue mi intención inicial engañar, como os he engañado a vos. Pretendía contar mi historia llanamente y hacer mis propuestas a las claras; y me parecía tan absolutamente razonable que se me considerase libre para amar y ser amado, que jamás dudé de que pudiera hallarse alguna mujer dispuesta y capaz de comprender mi caso y aceptarme, a pesar de la maldición con que estaba abrumado.
—¿Y bien, señor?
—Cuando os mostráis curiosa, Jane, siempre me hacéis sonreír. Abrís los ojos como un pájaro anhelante y hacéis de cuando en cuando un movimiento inquieto, como si las respuestas verbales no corriesen con la premura que deseáis y quisierais leer en las tablas del corazón. Pero antes de continuar, decidme qué queréis decir con vuestro «¿Y bien, señor?». Es una pequeña frase harto frecuente en vos, y que muchas veces me ha arrastrado adelante a través de interminables pláticas: no sé muy bien por qué.
—Quiero decir: ¿qué sucedió después? ¿Cómo procedisteis? ¿Qué resultó de aquel trance?
—¡Cabalmente! ¿Y qué deseáis saber ahora?
—Si hallasteis a alguien que os agradase: si le pedisteis que se casase con vos; y qué respondió.
—Puedo deciros si hallé a alguien que me agradase y si le pedí que se casase conmigo: pero lo que respondió está aún por consignarse en el libro del Destino. Durante diez largos años vagué por doquier, residiendo ya en una capital, ya en otra: a veces en San Petersburgo; más a menudo en París; ocasionalmente en Roma, Nápoles y Florencia. Provisto de abundante dinero y del pasaporte de un viejo apellido, podía escoger mi propio círculo: ningún salón me estaba vedado. Busqué mi ideal de mujer entre damas inglesas, condesas francesas, signoras italianas y gräfinnen alemanas. No pude encontrarla. A veces, por un instante fugaz, creí sorprender una mirada, escuchar un acento, contemplar una silueta que anunciaba la realización de mi sueño: pero pronto quedaba desengañado. No habéis de suponer que desease la perfección, ya de espíritu o de persona. Anhelaba tan solo lo que me conviniese... lo opuesto diametralmente a la criolla: y anhelaba en vano. Entre todas ellas no hallé una sola a quien, por libre que hubiese estado yo —advertido como estaba de los riesgos, los horrores y los ascos de las uniones incompatibles—, hubiese pedido que se casase conmigo. El desengaño me tornó temerario. Probé la disipación... jamás el libertinaje: ese lo aborrecía y lo aborrezco. Aquel era el rasgo distintivo de mi Mesalina de las Indias: el arraigado asco hacia ella y hacia eso me contuvo mucho, aun en el placer. Cualquier deleite que rayase en la orgía parecía aproximarme a ella y a sus vicios, y huía de él.
—Con todo, no podía vivir solo; de modo que probé la compañía de amantes. La primera que escogí fue Céline Varens... otro de esos pasos que hacen que un hombre se desprecie a sí mismo cuando los recuerda. Ya sabéis lo que era y cómo concluyó mi relación con ella. Tuvo dos sucesoras: una italiana, Giacinta, y una alemana, Clara; ambas tenidas por singularmente hermosas. ¿Qué valía su hermosura para mí al cabo de unas pocas semanas? Giacinta carecía de principios y era violenta: me cansé de ella en tres meses. Clara era honrada y sosegada; pero pesada, sin luces y apática: nada a mi gusto. Me alegré de entregarle una suma suficiente para que se estableciese en un buen negocio y desembarazarme decorosamente de ella. Pero, Jane, veo por vuestro rostro que no os estáis formando una opinión muy favorable de mí en este instante. Me juzgáis un libertino insensible y sin principios, ¿verdad?
—Ciertamente no me complacéis tanto como a veces lo habéis hecho, señor. ¿No os pareció en lo más mínimo condenable vivir de aquel modo, primero con una amante y luego con otra? Habláis de ello como de una cosa corriente.
—Lo era para mí; y no me agradaba. Era un modo de existencia rastrero: jamás desearía volver a él. Tomar una amante es lo peor después de comprar una esclava: ambas son a menudo por naturaleza, y siempre por posición, inferiores; y convivir con familiaridad con inferiores es degradante. Ahora detesto el recuerdo del tiempo que pasé con Céline, Giacinta y Clara.
Sentí la verdad de aquellas palabras; y deduje de ellas la conclusión indudable de que si me olvidase de mí misma y de todas las enseñanzas que jamás se me habían inculcado, hasta el punto de —bajo cualquier pretexto, con cualquier justificación, por cualquier tentación— convertirme en la sucesora de aquellas pobres muchachas, él me contemplaría un día con el mismo sentimiento que ahora profanaba su memoria en su mente. No di voz a esta convicción: bastaba con sentirla. La grabé en mi corazón para que permaneciese allí y me sirviese de auxilio en la hora de la prueba.
—Ahora, Jane, ¿por qué no decís: «¿Y bien, señor?»? No he terminado. Os mostráis grave. Veo que aún me censuráis. Pero vayamos al grano. En enero pasado, libre de toda amante... con un ánimo áspero y amargo, fruto de una vida inútil, errante y solitaria... corroído por el desengaño, agriado contra todos los hombres y especialmente contra todo el género femenino (pues empezaba a considerar la idea de una mujer inteligente, fiel y amante como una mera quimera), llamado por los negocios, regresé a Inglaterra.
—En una helada tarde de invierno llegué a la vista de Thornfield Hall. ¡Lugar aborrecido! Ninguna paz ni placer aguardaba allí. En una portilla de Hay Lane vi a una figurita tranquila sentada sola. Pasé junto a ella con tanta indiferencia como ante el sauce descabezado de enfrente: ningún presentimiento tuve de lo que habría de ser para mí; ninguna advertencia interior de que la árbitra de mi vida... mi hado para el bien o para el mal... aguardaba allí con humilde apariencia. No lo supe, ni siquiera cuando, con ocasión del tropiezo de Mesrour, se acercó y me ofreció auxilio con gravedad. ¡Criatura aniñada y menuda! Parecía como si un pardillo hubiese saltado hasta mi pie y se propusiese llevarme sobre su diminuta ala. Me mostré huraño; pero la criaturita no se marchaba: permaneció a mi lado con singular perseverancia, y miró y habló con una suerte de autoridad. Debía ser auxiliado, y por aquella mano: y auxiliado fui.
—En cuanto hube apretado aquel hombro frágil, algo nuevo... una savia y un sentido frescos... penetró en mi ser. Menos mal que supe que aquel duendecillo debía regresar a mí... que pertenecía a mi casa de abajo... o no habría podido sentirlo deslizarse de bajo mi mano y verlo desvanecerse tras el seto sombrío sin un pesar singular. Os oí regresar a casa aquella noche, Jane, aunque probablemente no sospechasteis que pensaba en vos o aguardaba por vos. Al día siguiente os observé —sin ser visto yo mismo— durante media hora, mientras jugabais con Adèle en la galería. Era un día de nieve, recuerdo, y no podíais salir. Yo me hallaba en mi habitación; la puerta estaba entreabierta: podía a la vez escuchar y observar. Adèle reclamó vuestra atención exterior durante un rato; y sin embargo me figuré que vuestros pensamientos se hallaban en otra parte: pero os mostrasteis muy paciente con ella, mi pequeña Jane; le hablasteis y la entretuvisteis largo tiempo. Cuando al fin os dejó, caísteis de golpe en honda meditación: os pusisteis a pasear despacio por la galería. De cuando en cuando, al pasar ante un ventanal, mirabais hacia afuera a la nieve que caía espesa; escuchabais el viento quejumbroso, y de nuevo caminabais suavemente y soñabais. Creo que aquellas visiones diurnas no eran sombrías: había una iluminación placentera en vuestros ojos a ratos, una dulce animación en vuestro semblante que no denotaba cavilaciones amargas, biliosas o melancólicas: vuestra mirada revelaba más bien los dulces ensueños de la juventud cuando su espíritu sigue con alas complacientes el vuelo de la Esperanza hacia un cielo ideal. La voz de la señora Fairfax, hablando a un criado en el vestíbulo, os despertó: y ¡qué curiosamente sonreísteis para vos misma y de vos misma, Janet! Había mucha sensatez en vuestra sonrisa: era muy aguda y parecía burlarse de vuestra propia abstracción. Parecía decir: «Mis bellas visiones están muy bien, pero no debo olvidar que son absolutamente irreales. Tengo un cielo rosado y un Edén verde y florido en mi cerebro; pero afuera, bien lo sé, yace a mis pies un camino áspero por recorrer y a mi alrededor se congregan negras tempestades a las que hacer frente». Bajasteis corriendo y pedisteis a la señora Fairfax alguna ocupación: hacer las cuentas semanales de la casa o algo de esa índole, creo recordar. Me irritó que os apartarais de mi vista.
—Con impaciencia aguardé la noche, en que pudiera mandaros llamar a mi presencia. Sospechaba que teníais un carácter insólito... para mí, enteramente nuevo: deseaba escudriñarlo más a fondo y conocerlo mejor. Entrasteis en la habitación con un aspecto y un aire a la vez tímido e independiente: vestíais con sencillez y singularidad... muy semejante a como vestís ahora. Os hice hablar: muy pronto os hallé llena de extraños contrastes. Vuestro atavío y vuestras maneras estaban ceñidos por la regla; vuestro porte era a menudo reservado y, en suma, el de una persona refinada por naturaleza, pero absolutamente desacostumbrada a la sociedad y muy temerosa de hacerse desfavorablemente visible por algún tropiezo o desliz; con todo, al hablaros, alzasteis unos ojos perspicaces, audaces y encendidos hacia el rostro de vuestro interlocutor: había penetración y poder en cada mirada que dirigíais; cuando se os acosaba con preguntas apremiantes, hallabais respuestas prontas y certeras. Muy pronto pareció que os acostumbrabais a mí: creo que sentisteis la existencia de una afinidad entre vos y vuestro ceñudo y áspero amo, Jane; pues resultaba asombroso ver con qué rapidez cierta agradable desenvoltura serenaba vuestro trato: por más que yo refunfuñase, no mostrabais sorpresa, temor, fastidio ni disgusto ante mi aspereza; me observabais y de cuando en cuando me sonreíais con una gracia sencilla pero sagaz que no acierto a describir. Quedé a la vez satisfecho y estimulado con lo que vi: me gustó lo que había visto y deseé ver más. No obstante, durante largo tiempo os traté con distanciamiento y busqué vuestra compañía rara vez. Era yo un sibarita intelectual y deseaba prolongar la satisfacción de hacer aquel trato novedoso y picante: además, me turbó durante algún tiempo el temor obsesivo de que si tocaba la flor con libertad su lozanía se marchitase... el dulce encanto de la frescura la abandonase. No sabía entonces que no era una flor efímera, sino más bien la radiante semejanza de una, tallada en una gema indestructible. Además, deseaba ver si me buscaríais si yo os esquivaba... pero no lo hicisteis; permanecíais en la sala de estudio tan quieta como vuestro propio pupitre y vuestro caballete; si por ventura me cruzaba con vos, pasabais tan pronto y con tan pocas señales de reconocimiento como cuadraba con el respeto. Vuestra expresión habitual en aquellos días, Jane, era una mirada pensativa; no abatida, pues no estabais enferma; pero no risueña, pues teníais escasa esperanza y ningún deleite verdadero. Me preguntaba qué pensaríais de mí, o si alguna vez pensabais en mí, y resolví averiguarlo.
Fin del Episodio 64 · de 91
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