Capítulo XXVII · II
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Sentaos; hablaré con vos todo el tiempo que gustéis y escucharé cuanto tengáis que decir, sea razonable o irrazonable.
Se sentó: pero no se le permitió hablar de inmediato. Yo había estado luchando con las lágrimas durante algún tiempo: me había esforzado mucho por reprimirlas porque sabía que a él no le gustaría verme llorar. Ahora, sin embargo, juzgué conveniente dejarlas correr tan libre y prolongadamente como quisieran. Si la corriente le incomodaba, tanto mejor. De modo que me abandoné al llanto y lloré con desahogo.
Pronto le oí suplicarme con fervor que me calmase. Le dije que no podía hacerlo mientras él estuviese presa de semejante arrebato.
—Pero si no estoy enojado, Jane: solo os amo con demasía; y habíais endurecido vuestro pálido rostro con una expresión tan decidida y gélida que no pude soportarlo. Calmaos ahora y enjugaos los ojos.
Su voz dulcificada anunció que estaba aplacado; de modo que yo, por mi parte, recobré la serenidad. Intentó entonces apoyar la cabeza en mi hombro, pero no se lo permití. Quiso luego atraerme hacia sí: me negué.
—¡Jane! ¡Jane! —dijo, con un acento de amarga tristeza que estremeció cada uno de mis nervios—; ¿no me amáis entonces? ¿Acaso era solo mi posición y el rango de mi esposa lo que apreciabais? Ahora que me juzgáis descalificado para ser vuestro esposo, ¿retrocedéis ante mi contacto como si fuese un sapo o un simio?
Aquellas palabras me hirieron: mas ¿qué podía hacer o decir? Debí probablemente no haber hecho ni dicho nada; pero tan atormentada me sentí por el remordimiento de lastimar sus sentimientos que no pude dominar el deseo de verter bálsamo donde había herido.
—Os amo —dije— más que nunca: pero no debo manifestar ni consentir ese sentimiento; y esta es la última vez que debo expresarlo.
—¡La última vez, Jane! ¡Cómo! ¿Creéis que podéis vivir conmigo y verme a diario y, no obstante, si aún me amáis, mostraros siempre fría y distante?
—No, señor; de eso estoy segura de que no podría; y por consiguiente veo que no hay más que un camino: pero os pondréis furioso si lo menciono.
—¡Oh, mencionadlo! Si me enfurezco, tenéis el arte de llorar.
—Señor Rochester, debo dejaros.
—¿Por cuánto tiempo, Jane? ¿Por unos minutos, mientras os arregláis el cabello... que está algo desgreñado; y os laváis la cara... que parece afiebrada?
—Debo dejar a Adèle y a Thornfield. Debo separarme de vos para toda mi vida: debo comenzar una nueva existencia entre rostros extraños y escenarios desconocidos.
—Por supuesto: ya os dije que lo haríais. Paso por alto la locura de separaros de mí. Queréis decir que debéis convertiros en parte de mí. En cuanto a la nueva existencia, no hay reparo: seréis aún mi esposa; no estoy casado. Seréis la señora Rochester... tanto de hecho como de nombre. Me consagraré solo a vos mientras vos y yo vivamos. Iréis a un lugar que poseo en el sur de Francia: una villa encalada a orillas del Mediterráneo. Allí viviréis una vida feliz, protegida y enteramente inocente. No temáis jamás que desee induciros al error... haceros mi amante. ¿Por qué movéis la cabeza? Jane, debéis ser razonable, o en verdad volveré a perder el juicio.
Su voz y su mano temblaban: sus anchas ventanas de la nariz se dilataban; sus ojos ardían: aun así me atreví a hablar.
—Señor, vuestra esposa vive: ese es un hecho reconocido esta mañana por vos mismo. Si viviese con vos como deseáis, sería entonces vuestra amante: decir lo contrario es sofistería... es falsedad.
—Jane, no soy un hombre de temperamento apacible... olvidáis eso: no soy paciente; no soy frío ni desapasionado. Por piedad de mí y de vos misma, poned el dedo en mi pulso, sentid cómo palpita y... ¡guardaos!
Se desnudó la muñeca y me la ofreció: la sangre abandonaba sus mejillas y sus labios, que se volvían lívidos; me sentí desolada por todas partes. Agitarle tan hondamente con una resistencia que él tanto aborrecía era cruel; ceder estaba fuera de toda consideración. Hice lo que los seres humanos hacen instintivamente cuando se ven llevados al extremo límite... busqué auxilio en Alguien superior al hombre: las palabras «¡Dios me ayude!» brotaron involuntariamente de mis labios.
—¡Soy un necio! —exclamó el señor Rochester de pronto—. No ceso de decirle que no estoy casado y no le explico por qué. Olvido que nada sabe del carácter de esa mujer ni de las circunstancias que rodearon mi infernal unión con ella. ¡Oh, estoy seguro de que Jane coincidirá con mi opinión cuando sepa cuanto yo sé! Poned tan solo vuestra mano en la mía, Janet... para que tenga el testimonio del tacto además del de la vista, que me demuestre que estáis cerca de mí... y en pocas palabras os expondré el verdadero estado del caso. ¿Podéis escucharme?
—Sí, señor; durante horas si gustáis.
—Solo pido minutos. Jane, ¿oísteis o supisteis alguna vez que yo no era el primogénito de mi casa: que tuve una vez un hermano mayor que yo?
—Recuerdo que la señora Fairfax me lo dijo una vez.
—¿Y oísteis alguna vez que mi padre era un hombre avaro y codicioso?
—He entendido algo en ese sentido.
—Bien, Jane, siendo así, era su resolución mantener el patrimonio unido; no podía soportar la idea de dividir sus bienes y dejarme una porción equitativa: todo, resolvió, debía ser para mi hermano Rowland. Con todo, tampoco podía tolerar que un hijo suyo fuese un hombre pobre. Debía proveérseme mediante un matrimonio acaudalado. Me buscó una compañera a tiempo. El señor Mason, hacendado y comerciante de las Antillas, era un viejo conocido suyo. Tenía la certeza de que sus posesiones eran reales y vastas: hizo averiguaciones. El señor Mason, descubrió, tenía un hijo y una hija; y supo por él que podía y quería dotar a esta última con una fortuna de treinta mil libras: aquello bastaba. Cuando dejé la universidad, fui enviado a Jamaica para desposar a una prometida que ya había sido cortejada para mí. Mi padre nada dijo de su dinero; pero me aseguró que la señorita Mason era el orgullo de Spanish Town por su hermosura: y esto no era mentira. La encontré una mujer hermosa, al estilo de Blanche Ingram: alta, morena y majestuosa. Su familia deseaba asegurarse mi enlace porque yo era de buen linaje; y lo mismo ella. Me la mostraron en fiestas, espléndidamente ataviada. Rara vez la vi a solas y tuve muy escasa conversación privada con ella. Me adulaba y desplegaba pródigamente para mi deleite sus encantos y habilidades. Todos los hombres de su círculo parecían admirarla y envidiarme. Quedé deslumbrado, excitado: mis sentidos se encendieron; y siendo ignorante, bisoño e inexperto, creí amarla. No hay insensatez tan necia a cuya comisión las rivalidades idiotas de la sociedad, la liviandad, la temeridad y la ceguera de la juventud no arrastren a un hombre. Sus parientes me alentaron; los competidores me picaron; ella me sedujo: el matrimonio se consumó casi antes de que me diese cuenta de dónde estaba. ¡Oh, no siento el menor respeto por mí mismo cuando pienso en aquel acto!... Una agonía de desprecio interior se adueña de mí. Jamás la amé, jamás la estimé, ni siquiera la conocía. No estaba seguro de la existencia de una sola virtud en su naturaleza: no había advertido modestia, ni benevolencia, ni franqueza, ni delicadeza en su espíritu o en sus maneras... y me casé con ella: ¡grosero, rastrero y ciego topo de mí! Con menos pecado habría podido... Pero déjeseme recordar con quién estoy hablando.
—A la madre de mi esposa jamás la había visto: entendí que había fallecido. Concluida la luna de miel, supe de mi error; no estaba sino loca, y recluida en un manicomio. Había un hermano menor también... un perfecto idiota mudo. El mayor, a quien habéis visto (y a quien no puedo odiar, al paso que aborrezco a toda su parentela, porque conserva algunos granos de afecto en su débil mente, demostrados en el continuo interés que muestra por su desdichada hermana, y también en un apego canino que una vez me profesó), probablemente se hallará en el mismo estado algún día. Mi padre y mi hermano Rowland sabían todo esto; pero solo pensaron en las treinta mil libras y se confabularon contra mí.
—Estos fueron viles descubrimientos; pero salvo por la alevosía de la ocultación, no los habría convertido en motivo de reproche para mi esposa, ni aun cuando hallé su naturaleza enteramente ajena a la mía, sus gustos aborrecibles para mí, su temple ordinario, bajo, estrecho y singularmente incapaz de ser guiado hacia nada más elevado ni ensanchado hacia nada más noble... cuando descubrí que no podía pasar una sola tarde, ni siquiera una sola hora del día con ella en sosiego; que ninguna conversación cordial podía sostenerse entre nosotros, porque cualquier tema que yo iniciase recibía al instante de su parte un giro a la vez grosero y trillado, perverso e imbécil... cuando advertí que jamás tendría un hogar tranquilo ni ordenado, porque ningún criado toleraría los continuos estallidos de su genio violento e irrazonable, o las vejaciones de sus órdenes absurdas, contradictorias y exigentes... aun entonces me contuve: evité los reproches, acorté las quejas; procuré devorar mi arrepentimiento y disgusto en secreto; reprimí la honda aversión que sentía.
—Jane, no os importunaré con detalles abominables: unas pocas palabras enérgicas expresarán lo que tengo que decir. Conviví con esa mujer de ahí arriba cuatro años, y antes de ese tiempo me puso ciertamente a prueba: su carácter maduró y se desarrolló con espantosa rapidez; sus vicios brotaron veloces y lozanos: eran tan poderosos que solo la crueldad habría podido atajarlos, y yo no quise emplear la crueldad. ¡Qué mezquino entendimiento tenía y qué desmedidas propensiones! ¡Qué espantosas fueron las maldiciones que aquellas propensiones me acarrearon! Bertha Mason, digna hija de una madre infame, me arrastró por todas las odiosas y degradantes agonías que han de acompañar a un hombre atado a una esposa a la vez desmedida y deshonesta.
—Mi hermano entretanto había muerto, y al cabo de los cuatro años mi padre murió también. Yo era bastante rico ahora... y sin embargo pobre hasta la más espantosa indigencia: una naturaleza la más grosera, impura y depravada que jamás vi estaba unida a la mía y era llamada por la ley y por la sociedad una parte de mí. Y no podía librarme de ella mediante proceso judicial alguno: pues los médicos descubrieron entonces que mi esposa estaba loca... sus excesos habían desarrollado prematuramente los gérmenes de la demencia. Jane, no os agrada mi narración; parecéis casi desfallecida... ¿debo aplazar el resto para otro día?
—No, señor, terminadlo ahora; me compadezco de vos... en verdad me compadezco de vos.
—La piedad, Jane, procedente de algunas gentes es una especie de tributo nocivo e insultante que uno está justificado en arrojar al rostro de quienes lo ofrecen; pero esa es la clase de piedad propia de corazones callosos y egoístas; es un pesar híbrido y vanidoso al enterarse de desdichas ajenas, cruzado con un ignorante desprecio hacia quienes las han padecido. Pero esa no es vuestra piedad, Jane; no es el sentimiento del que vuestro rostro entero está colmado en este instante... con el que vuestros ojos están casi desbordando... con el que vuestro pecho se agita... con el que vuestra mano tiembla en la mía. Vuestra piedad, cariño mío, es la madre doliente del amor: su angustia es el mismísimo dolor de parto de la pasión divina. La acepto, Jane; permitid a la hija un libre advenimiento... mis brazos aguardan para recibirla.
—Ahora, señor, continuad: ¿qué hicisteis cuando descubristeis que estaba loca?
—Jane, me acerqué al borde de la desesperación; un resto de amor propio era todo lo que mediaba entre el abismo y yo. A los ojos del mundo estaba sin duda cubierto de sórdida deshonra; pero resolví mantenerme limpio ante mis propios ojos... y hasta el fin rechacé el contagio de sus crímenes y me arranqué de todo vínculo con sus taras mentales. Con todo, la sociedad asociaba mi nombre y mi persona con los suyos; aún la veía y la oía a diario: algo de su aliento (¡bah!) se mezclaba con el aire que respiraba; y además, recordaba que una vez había sido su marido... aquel recuerdo era entonces, y es ahora, inexpresablemente odioso para mí; más aún, sabía que mientras viviese jamás podría ser el esposo de otra mujer mejor; y, si bien cinco años mayor que yo (su familia y su padre me habían mentido incluso en el particular de su edad), era probable que viviese tanto como yo, siendo tan robusta de complexión como quebrantada de mente. Así, a la edad de veintiséis años, me hallaba sin esperanza.
—Una noche me despertaron sus aullidos... (desde que los facultativos la declararon loca, había sido, por supuesto, encerrada)... era una ardiente noche antillana; una de las que preceden con frecuencia a los huracanes de aquellos climas. Incapaz de conciliar el sueño en la cama, me levanté y abrí la ventana. El aire semejaba vahos de azufre... no hallaba alivio en parte alguna. Los mosquitos entraban zumbando y giraban sombríamente por la estancia; el mar, que podía escuchar desde allí, bramaba sordo como un terremoto... nubes negras se alzaban sobre él; la luna se ponía en las olas, ancha y roja como una bala de cañón al rojo vivo... arrojaba su última mirada sanguinolenta sobre un mundo estremecido por el hervor de la tempestad. La atmósfera y el escenario me afectaban físicamente, y mis oídos estaban llenos de las maldiciones que la demente seguía profiriendo a voz en cuello; en las cuales a cada momento mezclaba mi nombre con un acento de odio infernal, ¡con un lenguaje tal!... ninguna ramera de oficio tuvo jamás un vocabulario más inmundo que el suyo: aunque a dos habitaciones de distancia, oía cada palabra... las delgadas divisiones de la casa antillana oponían escaso obstáculo a sus aullidos lupinos.
—«Esta vida —me dije al fin— es el infierno: este es el aire... aquellos son los ruidos del pozo sin fondo. Me asiste el derecho de librarme de ella si puedo. Los sufrimientos de este estado mortal me abandonarán con la pesada carne que ahora apesadumbra mi alma. A la eternidad ardiente del fanático ningún temor le tengo: no hay estado futuro peor que este presente... ¡rompamos las ataduras y regresemos a Dios!».
—Dije esto mientras me arrodillaba ante un baúl que contenía un par de pistolas cargadas y lo abría: me proponía pegarme un tiro. Solo acaricié la intención durante un instante; pues, no estando loco, la crisis de exquisita y pura desesperación que había originado el deseo y designio de autodestrucción, pasó en un segundo.
Fin del Episodio 63 · de 91
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