Jane Eyre·Episodio 62

Capítulo XXVII · I

~12 min · 2404 palabras

Avanzada la tarde levanté la cabeza, y al mirar en torno mío y ver al sol de poniente dorar la señal de su declive en la pared, pregunté: «¿Qué he de hacer?».

Pero la respuesta que mi mente dictó —«Abandonar Thornfield al instante»— fue tan pronta y tan terrible que me tapé los oídos. Me dije que no podía tolerar semejantes palabras entonces. «El no ser la esposa de Edward Rochester es la menor parte de mi cuita —alegué—: haber despertado de los más gloriosos ensueños para hallarlos todos vanos y vacíos es un horror que podría sobrellevar y vencer; pero tener que dejarle decididamente, al instante, por entero, resulta intolerable. No puedo hacerlo».

Mas luego una voz en mi interior afirmó que podía hacerlo y pronosticó que habría de hacerlo. Luché contra mi propia resolución: deseaba ser débil para poder eludir el tremendo trance de mayor sufrimiento que veía trazado ante mí; y la Conciencia, trocada en tirana, atenazó a la Pasión por la garganta, diciéndole con sorna que hasta entonces apenas había mojado su delicado pie en el fango, y juró que con aquel brazo de hierro la hundiría hasta insondables profundidades de agonía.

—¡Que me arranquen de él entonces! —clamé—. ¡Que otro me ayude!

—No; tú misma habrás de arrancarte, nadie te prestará auxilio: tú misma te sacarás el ojo derecho; tú misma te cortarás la mano derecha: tu corazón será la víctima y tú el sacerdote que lo traspase.

Me levanté de improviso, sobrecogida por la soledad que tan despiadado juez frecuentaba... por el silencio que tan tremenda voz colmaba. La cabeza me dio vueltas al ponerme en pie. Advertí que desfallecía de agitación e inanición; ni comida ni bebida habían pasado por mis labios aquel día, pues no había tomado desayuno alguno. Y con una extraña punzada, reflexioné entonces en que, a pesar de haber permanecido tanto tiempo encerrada aquí, ningún recado se había enviado para preguntar cómo me hallaba o para invitarme a bajar: ni siquiera la pequeña Adèle había tocado a la puerta; ni siquiera la señora Fairfax me había buscado. «Los amigos siempre olvidan a aquellos a quienes la fortuna desampara», murmuré, mientras descorría el cerrojo y salía. Tropecé con un obstáculo: mi cabeza aún se hallaba turbada, mi vista estaba nublada y mis miembros débiles. No pude rehacerme pronto. Caí, pero no al suelo: un brazo tendido me sostuvo. Alcé la mirada: me sostenía el señor Rochester, sentado en una silla ante el umbral de mi estancia.

—Salís al fin —dijo—. Bueno, llevo mucho tiempo aguardándoos y escuchando; y sin embargo no he oído el menor movimiento, ni un solo sollozo: cinco minutos más de ese silencio de muerte y habría forzado la cerradura como un ladrón. ¿De modo que me rehuís?... ¡Os encerráis y sufrís a solas! Preferiría que hubieseis venido a increparme con vehemencia. Sois apasionada: esperaba una escena de alguna clase. Estaba preparado para una ardiente lluvia de lágrimas; solo que deseaba que se derramasen sobre mi pecho: ahora un suelo insensible las ha recibido, o vuestro pañuelo empapado. Pero me equivoco: ¡no habéis llorado en absoluto! Veo una mejilla lívida y unos ojos apagados, pero ningún rastro de llanto. ¿Supongo, entonces, que vuestro corazón ha estado sangrando lágrimas de sangre?

—¡Bien, Jane! ¿Ni una palabra de reproche? ¿Nada amargo... nada punzante? ¿Nada que hiera un sentimiento o aguijonee una pasión? Os sentáis apaciblemente donde os he colocado y me miráis con semblante fatigado y sumiso.

—Jane, jamás pretendí heriros de este modo. Si el hombre que no tenía más que una ovejita que le era cara como una hija, que comía de su pan y bebía de su copa y dormía en su seno, por algún error la hubiese degollado en el matadero, no habría lamentado su sangriento desatino más de lo que yo lamento ahora el mío. ¿Habréis de perdonarme jamás?

Lector, le perdoné en aquel momento y en aquel mismo lugar. Había tan profundo remordimiento en sus ojos, tan sincera piedad en su tono, tan varonil energía en sus maneras; y además, había un amor tan inalterable en todo su semblante y ademán... le perdoné todo: si bien no con palabras, no exteriormente; solo en lo más íntimo de mi corazón.

—¿Sabéis que soy un canalla, Jane? —inquirió poco después con tristeza... admirado, supongo, de mi continuo silencio y docilidad, fruto antes de la debilidad que de la voluntad.

—Sí, señor.

—Entonces decídmelo redonda y asperamente... no tengáis miramientos conmigo.

—No puedo: me hallo rendida y enferma. Deseo un poco de agua. Lanzó una especie de suspiro estremecido y, tomándome en sus brazos, me llevó escaleras abajo. Al principio no supe a qué habitación me había conducido; todo era brumoso para mi vista empañada: al poco rato sentí el calor vivificante de un fuego; pues, verano como era, me había quedado helada en mi habitación. Me acercó vino a los labios; lo probé y me reanimé; luego comí algo que me ofreció y pronto volví en mí. Me encontraba en la biblioteca... sentada en su sillón... él estaba muy cerca. «Si pudiera abandonar la vida ahora, sin una punzada demasiado aguda, sería una ventura para mí —pensé—; entonces no tendría que hacer el esfuerzo de desgarrar las fibras de mi corazón al arrancarlas de entre las del señor Rochester. Debo dejarle, según parece. No deseo dejarle... no puedo dejarle».

—¿Cómo os encontráis ahora, Jane?

—Mucho mejor, señor; pronto estaré bien.

—Probad el vino otra vez, Jane.

Le obedecí; luego él puso la copa sobre la mesa, se detuvo ante mí y me contempló atentamente. De pronto se apartó con una exclamación inarticulada, henchida de apasionada emoción; caminó rápidamente por la estancia y regresó; se inclinó hacia mí como para besarme; pero recordé que las caricias estaban ahora vedadas. Volví la cara y aparté la suya.

—¡Cómo!... ¿Qué significa esto? —exclamó con presteza—. ¡Ah, ya sé! ¿No besaréis al esposo de Bertha Mason? ¿Consideráis mis brazos ocupados y mis abrazos ajenos?

—En cualquier caso, no hay lugar ni derecho para mí, señor.

—¿Por qué, Jane? Os ahorraré la molestia de hablar mucho; responderé por vos: «Porque ya tengo una esposa», replicaríais. ¿Acierto?

—Sí.

—Si tal pensáis, debéis de tener una extraña opinión de mí; debéis considerarme como un libertino conspirador... un seductor vil y rastrero que ha fingido amor desinteresado con el fin de atraeros a una trampa deliberadamente urdida, despojaros del honor y robaros el respeto de vos misma. ¿Qué decís a eso? Veo que nada podéis decir: en primer lugar, estáis débil aún y apenas tenéis fuerzas para cobrar aliento; en segundo lugar, no podéis acostumbraros aún a acusarme e injuriarme, y además las compuertas de las lágrimas están abiertas y brotarían a raudales si hablaseis mucho; y no tenéis deseo de reconvenir, de reprochar, de armar una escena: estáis pensando en cómo obrar... juzgáis que hablar es inútil. Os conozco... estoy sobre aviso.

—Señor, no deseo obrar contra vos —dije; y mi voz trémula me advirtió que abreviase mi respuesta.

—No en vuestro sentido de la palabra, pero en el mío estáis maquinando mi ruina. Poco menos habéis dicho que soy un hombre casado... como a hombre casado me rehuiréis, os apartaréis de mi camino: hace un instante os habéis negado a besarme. Os proponéis convertiros en una completa extraña para mí: vivir bajo este techo únicamente como la institutriz de Adèle; si alguna vez os dirijo una palabra amistosa, si alguna vez un sentimiento de amistad os inclina de nuevo hacia mí, os diréis: «Ese hombre estuvo a punto de hacerme su barragana: debo ser hielo y roca para él»; y hielo y roca os volveréis en consecuencia.

Aclaré y afirmé la voz para responder: «Todo ha cambiado a mi alrededor, señor; yo debo cambiar también... de ello no cabe duda; y para evitar fluctuaciones de sentimientos y continuos combates con recuerdos y asociaciones, no hay más que un camino: Adèle debe tener una nueva institutriz, señor».

—¡Oh, Adèle irá a un internado... ya he dispuesto eso!; ni me propongo atormentaros con las espantosas asociaciones y recuerdos de Thornfield Hall... este lugar maldito... esta tienda de Acán... esta cripta insolente que ofrece el horror de una muerte viva a la luz del cielo despejado... este estrecho infierno de piedra con su demonio verdadero, peor que una legión de los que imaginamos. Jane, no os quedaréis aquí, ni me quedaré yo. Hice mal en traeros jamás a Thornfield Hall, sabiendo como sabía lo embrujado que estaba. Les ordené que os ocultasen, antes de veros jamás, todo conocimiento de la maldición del lugar; sencillamente porque temía que Adèle jamás tendría una institutriz que se quedara si sabía con qué moradora compartía techo, y mis planes no me consentían trasladar a la demente a otra parte... si bien poseo una vieja mansión, Ferndean Manor, aún más retirada y oculta que esta, donde habría podido aposentarla con bastante seguridad, si un escrúpulo sobre la insalubridad del sitio, en el corazón de un bosque, no hubiese hecho retroceder mi conciencia ante tal arreglo. Probablemente aquellos muros húmedos pronto me habrían aliviado de su carga: pero a cada villano su propio vicio; y el mío no es la propensión al asesinato indirecto, ni siquiera de lo que más aborrezco.

—Ocultaros la vecindad de la loca, no obstante, fue algo semejante a cubrir a un niño con una capa y acostarlo cerca del árbol del veneno: la cercanía de ese demonio está emponzoñada, y siempre lo estuvo. Pero cerraré Thornfield Hall: clavaré la puerta principal y cegaré con tablas las ventanas bajas; daré a la señora Poole doscientas libras al año para que viva aquí con mi esposa, como vos llamáis a esa espantosa bruja: Grace hará mucho por dinero, y tendrá a su hijo, el celador del manicomio de Grimsby, para hacerle compañía y tenerlo a mano para que le preste auxilio en los accesos de furia, cuando mi esposa se ve instigada por su espíritu familiar a quemar a la gente en sus camas de noche, a apuñalarla, a desgarrarles la carne de los huesos a mordiscos y cosas por el estilo...

—Señor —le interrumpí—, sois inexorable con esa infortunada señora: habláis de ella con odio... con rencorosa aversión. Es cruel... ella no puede evitar estar loca.

—Jane, cariño mío (pues así os llamaré, ya que lo sois), no sabéis de qué estáis hablando; me juzgáis mal de nuevo: no es porque esté loca por lo que la odio. Si vos estuvieseis loca, ¿creéis que os odiaría?

—En verdad lo creo, señor.

—Entonces os equivocáis y no sabéis nada de mí, ni nada de la clase de amor de que soy capaz. Cada átomo de vuestra carne me es tan querido como la mía propia: en el dolor y en la enfermedad seguiría siéndolo. Vuestra mente es mi tesoro, y si se quebrantase, seguiría siendo mi tesoro: si deliraseis, mis brazos os contendrían y no una camisa de fuerza... vuestro forcejeo, aun en la furia, tendría un encanto para mí: si os arrojaseis sobre mí con tanta saña como esa mujer lo hizo esta mañana, os recibiría en un abrazo al menos tan amoroso como restrictivo. No retrocedería ante vos con repugnancia como lo hice ante ella: en vuestros momentos de sosiego no tendríais otro vigía ni enfermero que yo; y podría inclinarme sobre vos con incansable ternura, aunque no me dedicaseis una sola sonrisa en correspondencia; y jamás me cansaría de contemplar vuestros ojos, aunque ya no tuviesen un rayo de reconocimiento para mí... Pero ¿por qué sigo ese curso de ideas? Hablaba de sacaros de Thornfield. Todo, ya lo sabéis, está dispuesto para una pronta partida: mañana partiréis. Solo os pido que soportéis una noche más bajo este techo, Jane; ¡y luego, adiós a sus miserias y terrores para siempre! Tengo un lugar al que acogerme que será un refugio seguro contra recuerdos odiosos, contra intrusiones importunas... incluso contra la falsedad y la calumnia.

—Y llevad a Adèle con vos, señor —interrumpí—; será una compañera para vos.

—¿Qué queréis decir, Jane? Os dije que enviaría a Adèle al colegio; ¿y para qué quiero a una criatura por compañera, y que no es hija mía... la bastarda de una bailarina francesa? ¿Por qué me importunáis con ella? Digo, ¿por qué me asignáis a Adèle como compañera?

—Hablasteis de un retiro, señor; y el retiro y la soledad son tediosos: harto tediosos para vos.

—¡Soledad! ¡Soledad! —reiteró con enojo—. Veo que debo llegar a una explicación. No sé qué expresión de esfinge se está dibujando en vuestro semblante. Sois vos quien ha de compartir mi soledad. ¿Comprendéis?

Moví la cabeza: requería una dosis de valor, excitado como se estaba poniendo, arriesgar siquiera ese mudo signo de discrepancia. Había estado caminando aprisa por la habitación y se detuvo, como repentinamente clavado en un punto. Me miró largo y tendido: aparté mis ojos de él, los fijé en el fuego y procuré asumir y mantener un aspecto sosegado y sereno.

—¡Ahora viene el tropiezo en el carácter de Jane! —dijo al fin, hablando con más calma de lo que por su aspecto había esperado—. La madeja de seda ha corrido bastante suavemente hasta ahora; pero siempre supe que vendría un nudo y una perplejidad: aquí está. ¡Ahora vienen el despecho, la exasperación y las cuitas sin fin! ¡Por Dios! ¡Anhelo desplegar una fracción de la fuerza de Sansón y romper la maraña como estopa!

Reanudó su paseo, pero pronto volvió a detenerse, y esta vez justo ante mí.

—¡Jane! ¿Queréis atender a razones? —se inclinó y acercó sus labios a mi oído—; porque, si no queréis, emplearé la violencia. Su voz era ronca; su mirada la de un hombre a punto de romper un lazo insufrible y precipitarse de cabeza en el desenfreno más salvaje. Vi que en otro instante, y con un solo impulso más de frenesí, ya no podría hacer nada con él. El presente... el fugaz segundo de tiempo... era todo cuanto tenía para dominarle y contenerle: un movimiento de repulsión, de huida o de miedo habría sellado mi perdición... y la suya. Pero no tuve miedo: ni el más mínimo. Sentí un poder interior; una sensación de ascendiente que me sostuvo. La crisis era peligrosa; pero no exenta de encanto: semejante al que el indio acaso siente cuando se desliza sobre el rápido en su canoa. Tomé su mano cerrada, aflojé los dedos crispados y le dije con dulzura:

Fin del Episodio 62 · de 91

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