Capítulo XXIV · III
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Vamos, Jane, ¿qué queréis? Me temo que me obligaréis a pasar por una ceremonia matrimonial privada, además de la celebrada ante el altar. Estipularéis, ya lo veo, condiciones muy singulares... ¿cuáles serán?
—Solo deseo tranquilidad de espíritu, señor; no verme abrumada por una multitud de obligaciones. ¿Recordáis lo que dijisteis de Céline Varens?... ¿de los diamantes y los cachemires que le disteis? No seré vuestra Céline Varens inglesa. Continuaré desempeñando el papel de institutriz de Adèle; con eso ganaré mi sustento y aposento, y treinta libras al año además. Me procuraré mi propio guardarropa con ese dinero, y vos no me daréis más que...
—Bien, ¿más que qué?
—Vuestro aprecio; y si os devuelvo el mío en correspondencia, la deuda quedará saldada.
—Bueno, en desparpajo natural e innato orgullo no tenéis rival —dijo él. Nos aproximábamos ya a Thornfield—. ¿Os complacerá cenar conmigo hoy? —preguntó al franquear de nuevo las verjas.
—No, gracias, señor.
—¿Y por qué razón «no, gracias», si se puede inquirir?
—Jamás he cenado con vos, señor; y no veo motivo por el que deba hacerlo ahora: hasta que...
—¿Hasta qué? Os deleitáis en frases a medias.
—Hasta que no pueda remediarlo.
—¿Suponéis que como como un ogro o un vampiro, que teméis ser la compañera de mi mesa?
—No me he formado suposición alguna al respecto, señor; pero deseo continuar como de costumbre durante un mes más.
—Abandonaréis la esclavitud de institutriz al instante.
—En verdad, pidiéndoos perdón, señor, no lo haré. Continuaré con ella como de costumbre. Me mantendré apartada de vos todo el día, como he tenido por costumbre; podréis mandar a buscarme por la noche, cuando os sintáis inclinado a verme, y entonces acudiré; pero en ningún otro momento.
—Necesito fumar, Jane, o una pizca de rapé, para consolarme de todo esto, ’pour me donner une contenance’, como diría Adèle; y por desgracia no tengo ni mi petaca de puros ni mi tabaquera. Pero escuchad... un susurro. Es vuestro turno ahora, pequeño tirano, pero en breve será el mío; y en cuanto os haya tomado francamente para teneros y reteneros, sencillamente —en sentido figurado— os sujetaré a una leontina como esta —dijo, tocando la cadena de su reloj—. Sí, linda criaturita, os llevaré en mi pecho, no sea que pierda mi joya.
Dijo esto mientras me ayudaba a apearme del carruaje, y mientras bajaba luego a Adèle, entré en la casa y aseguré mi retirada al piso superior.
Me mandó llamar puntualmente a su presencia por la tarde. Yo le había preparado una ocupación, pues estaba resuelta a no pasar todo el tiempo en una conversación a solas. Recordaba su hermosa voz; sabía que le gustaba cantar... a los buenos cantantes suele gustarles. Yo no era cantante y, a su juicio exigente, tampoco música; pero me deleitaba escuchar cuando la interpretación era buena. Apenas el crepúsculo, esa hora de romance, empezó a arriar su estandarte azul y estrellado sobre la celosía, me levanté, abrí el piano y le supliqué, por el amor del cielo, que me regalase una canción. Dijo que yo era una hechicera caprichosa y que preferiría cantar en otra ocasión; pero sostuve que ningún momento era como el presente.
—¿Me agradaba su voz? —preguntó.
—Muchísimo. No era yo muy aficionada a mimar su vanidad susceptible; pero por una vez, y por motivos de conveniencia, quise calmarla y estimularla.
—Entonces, Jane, tendréis que tocar el acompañamiento.
—Muy bien, señor, lo intentaré.
Lo intenté, pero pronto fui apartada del taburete y calificada de «pequeña torpe». Habiendo sido empujada sin miramientos a un lado —lo cual era precisamente lo que yo deseaba—, él usurpó mi lugar y procedió a acompañarse a sí mismo: pues sabía tañer tan diestramente como cantar. Me retiré al hueco de la ventana. Y mientras permanecía allí sentada, contemplando los árboles inmóviles y el césped sombrío, entonó con voz pastosa y dulce melodía la siguiente copla:
«El amor más leal que en corazón ardió / con llama inextinguible y verdadera, / por cada vena en raudo curso derramó / la marea vital de su ribera.
Su llegada era mi diaria confianza, / mi dolor su partida y mi quebranto; / si el azar demoraba su mudanza, / en hielo convertía mi quebranto.
Soñé que dicha sin igual sería, / siendo amado, querer como quería; / y hacia este bien corrí con osadía, / tan ciego como lleno de porfía.
Mas ancho cual sendero sin destino / el abismo entre vidas se extendía, / y fiero cual oleaje campesino / que en verdes tumbas de la mar bramaba.
Cual paso de bandidos acechado / entre selvas y riscos sin bonanza; / que la Fuerza y la Ley, Furia y Pecado, / cerraban a las almas la esperanza.
Desprecié los presagios y el rigor; / desafié los peligros sin quebranto: / cuanto me amenazó con su terror / crucé impetuoso sin verter un llanto.
Cual luz cruzó mi arco de ventura; / volé como en ensueño soberano; / que radiante brilló sobre la altura / la hija de la lluvia y del verano.
Aún brilla en densa nube de dolor / aquel solemne gozo y su dulzura; / poco me importa ya con qué furor / se alce el desastre en noche tan oscura.
Nada me importa en este instante grato, / si cuanto atrás dejé con paso fiero / torna en aladas sombras de arrebato / clamando por castigo justiciero:
Aunque el Odio altanero me derribe, / la Ley me niegue paso y compañía, / y el Poder implacable me proscriba / jurándome su eterna alevosía.
Mi amor ha puesto su pequeña mano / con noble fe en la mía y su lealtad, / y juró que del lazo soberano / fundiremos la entera voluntad.
Juró mi amor con beso de sellar / vivir y morir juntos sin quebranto; / tengo mi dicha al fin que celebrar: / ¡amo como me aman en encanto!».
Se levantó y vino hacia mí, y vi su rostro todo encendido, su penetrante ojo de halcón chispeante, y ternura y pasión en cada una de sus facciones. Me estremecí momentáneamente; luego cobré aliento. Ni tiernas escenas ni atrevidas demostraciones estaba dispuesta a admitir; y me hallaba en riesgo de ambas: era menester preparar un arma defensiva; agucé la lengua: al llegar junto a mí, le pregunté con aspereza «con quién pensaba casarse ahora».
—Extraña pregunta para ser formulada por su querida Jane.
—¡En verdad! La consideraba muy natural y necesaria: habíais hablado de que vuestra futura esposa moriría con vos. ¿Qué queríais decir con semejante idea pagana? Yo no tenía intención alguna de morir con vos... de eso podíais estar seguro.
—¡Oh, cuanto ansiaba, cuanto rogaba, era que vivieseis conmigo! La muerte no era para seres como vos.
—En verdad sí lo era: tenía tanto derecho a morir cuando llegase mi hora como vos; pero aguardaría a ese momento y no me dejaría arrastrar a una inmolación.
—¿Le perdonaría por aquella idea egoísta y demostraría mi perdón con un beso reconciliador?
—No: preferiría que me disculpase.
Aquí me oí increpada como «pequeña criatura insensible»; y añadió que «cualquier otra mujer se habría derretido hasta la médula al oír tales estrofas cantadas en su alabanza».
Le aseguré que por naturaleza era dura... muy de pedernal, y que a menudo me encontraría así; y que, además, estaba resuelta a mostrarle diversos asperezas de mi carácter antes de que transcurriesen las cuatro semanas venideras: debía conocer cabalmente qué clase de trato había hecho, mientras aún hubiese tiempo de rescindirlo.
—¿Iba a estarme quieta y hablar razonablemente?
—Estaría quieta si a él le complacía; y en cuanto a hablar con cordura, me lisonjeaba de estar haciéndolo en aquel instante.
Se impacientó, bufó y rezongó. «Muy bien —pensé—; podéis enojaros e inquietaros cuanto os plazca: pero este es el mejor método que seguir con vos, de ello estoy segura. Os aprecio más de lo que puedo decir; pero no me hundiré en un mar de sentimentalismo: y con esta aguja de agudezas os mantendré también lejos del borde del abismo; y, lo que es más, sostendré con su punzante auxilio esa distancia entre vos y yo más conducente a nuestro verdadero provecho mutuo».
De menos a más, le llevé a una irritación considerable; luego, cuando se hubo retirado, mohíno, al otro extremo de la habitación, me levanté y diciendo: «Os deseo buenas noches, señor», con mi natural y acostumbrado tono respetuoso, me escurrí por la puerta lateral y me alejé.
El sistema así emprendido lo mantuve durante todo el periodo de prueba; y con el mejor de los éxitos. Se le mantuvo, ciertamente, algo avinagrado y brusco; pero en conjunto pude ver que se hallaba excelentemente entretenido, y que una sumisión de cordero y una sensibilidad de tórtola, al paso que habrían fomentado más su despotismo, habrían complacido menos su juicio, satisfecho menos su sentido común y cuadrado menos aún con su gusto.
En presencia de otras personas me mostraba, como antaño, deferente y sosegada; cualquier otra línea de conducta resultaba innecesaria: solo en las entrevistas vespertinas le contrariaba y afligía de aquel modo. Continuó mandando a buscarme con puntualidad en cuanto el reloj daba las siete; aunque al presentarme ante él ahora, no tenía términos melosos como «amor» y «cielo» en los labios: las mejores palabras a mi servicio eran «marioneta impertinente», «duende malicioso», «trasgo», «engendro», etcétera. Por caricias, además, obtenía ahora muecas; por un apretón de manos, un pellizco en el brazo; por un beso en la mejilla, un tirón severo de orejas. Todo marchaba a pedir de boca: en aquel entonces prefería con mucho aquellos favores bravíos a cualquier cosa más tierna. La señora Fairfax, según vi, me aprobaba: su desasosiego por mi causa se desvaneció; por consiguiente, estaba segura de que obraba bien. Entretanto, el señor Rochester afirmaba que le estaba dejando en los huesos y amenazaba con una terrible venganza por mi proceder actual en algún momento muy próximo. Me reía para mis adentros de sus amenazas. «Puedo teneros a raya razonablemente ahora —reflexioné—; y no dudo de ser capaz de hacerlo en lo porvenir: si un recurso pierde su virtud, otro habrá de idearse».
Con todo, después de todo mi tarea no era sencilla; a menudo habría preferido complacerle antes que mortificarle. Mi futuro esposo se estaba convirtiendo para mí en mi mundo entero; y más que el mundo: casi mi esperanza del cielo. Se interponía entre mí y todo pensamiento religioso, como un eclipse se interpone entre el hombre y el sol dilatado. No podía, en aquellos días, ver a Dios a causa de su criatura: de quien me había forjado un ídolo.
Fin del Episodio 57 · de 91
Capítulo XXIV · III
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