Capítulo XXIV · II
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Creo que pensaba que yo había olvidado mi posición y la vuestra, señor.
—¡Posición! ¡Posición! Vuestra posición está en mi corazón y sobre la cerviz de cuantos pretendan insultaros, ahora o en lo porvenir... Id.
Pronto estuve vestida; y cuando oí al señor Rochester salir de la salita de la señora Fairfax, bajé presurosa a ella. La anciana señora había estado leyendo su porción matutina de las Escrituras... la lección del día; su Biblia yacía abierta ante ella y sus gafas reposaban encima. Su ocupación, suspendida por el anuncio del señor Rochester, parecía ahora olvidada: sus ojos, fijos en la pared desnuda de enfrente, expresaban la sorpresa de un ánimo sosegado y conmovido por noticias insólitas. Al verme, salió de su ensimismamiento: hizo una suerte de esfuerzo por sonreír y articuló unas pocas palabras de felicitación; pero la sonrisa se extinguió y la frase quedó inconclusa. Guardó las gafas, cerró la Biblia y apartó su sillón de la mesa.
—Me siento tan atónita —empezó diciendo— que apenas sé qué deciros, señorita Eyre. A buen seguro que no he estado soñando, ¿verdad? A veces me quedo medio dormida cuando estoy sentada sola e imagino cosas que jamás han sucedido. Me ha parecido en más de una ocasión, hallándome traspuesta, que mi querido esposo, fallecido hace quince años, entraba y se sentaba a mi lado; y hasta he creído oírle llamarme por mi nombre, Alice, como solía hacer. Ahora bien, ¿podéis decirme si es verdaderamente cierto que el señor Rochester os ha pedido que os caséis con él? No os riáis de mí. Pero realmente creí que entró aquí hace cinco minutos y dijo que dentro de un mes seríais su esposa.
—Me ha dicho lo mismo a mí —respondí.
—¡Lo ha hecho! ¿Le creéis? ¿Le habéis aceptado?
—Sí.
Me miró desconcertada.
—Jamás lo hubiera creído. Es un hombre orgulloso: todos los Rochester eran orgullosos; y a su padre, al menos, le gustaba el dinero. A él también siempre se le ha tenido por prudente. ¿Se propone casarse con vos?
—Así me lo dice.
Examinó toda mi persona: en sus ojos leí que no habían hallado allí encanto alguno lo bastante poderoso para descifrar el enigma.
—¡Me sobrepasa! —continuó—; pero sin duda es verdad, ya que vos lo decís. Cómo resultará, no sabría decirlo: en verdad no lo sé. La igualdad de posición y de fortuna suele ser aconsejable en tales casos; y hay veinte años de diferencia entre vuestras edades. Casi podría ser vuestro padre.
—¡No, en verdad, señora Fairfax! —exclamé, picada—; ¡no se parece en nada a mi padre! Nadie que nos viese juntos lo supondría por un instante. El señor Rochester parece tan joven, y es tan joven, como algunos hombres a los veinticinco años.
—¿Es realmente por amor por lo que va a casarse con vos? —preguntó.
Tan dolida me sentí por su frialdad y su escepticismo que las lágrimas acudieron a mis ojos.
—Lamento apenaros —prosiguió la viuda—; pero sois tan joven y conocéis tan poco a los hombres, que deseaba poneros sobre aviso. Es un viejo refrán que «no es oro todo lo que reluce»; y en este caso temo en verdad que se descubra algo muy distinto de lo que vos o yo esperamos.
—¿Por qué?... ¿Acaso soy un monstruo? —dije—. ¿Es imposible que el señor Rochester sienta un sincero afecto por mí?
—No: sois muy agradable, y habéis mejorado mucho últimamente; y el señor Rochester, me atrevería a decir, os tiene ley. Siempre he advertido que erais una especie de predilecta suya. Hay momentos en que, por vuestro propio bien, he sentido cierta inquietud ante su marcada preferencia y he deseado preveniros; pero no quería sugerir siquiera la posibilidad del mal. Sabía que semejante idea os escandalizaría, tal vez os ofendería; y erais tan discreta y tan sumamente modesta y sensata que confiaba en que se podía esperar que os defendierais sola. Anoche no sabría deciros lo que sufrí cuando os busqué por toda la casa y no pude encontraros en ninguna parte, ni tampoco al amo; y luego, a las doce de la noche, os vi entrar con él.
—Bien, no os preocupéis por eso ahora —interrumpí con impaciencia—; basta con que todo estuviera bien.
—Espero que todo salga bien al final —dijo ella—: pero creedme, nunca se es bastante precavida. Procurad mantener al señor Rochester a distancia: desconfiad de vos misma tanto como de él. Los caballeros de su posición no acostumbran a casarse con sus institutrices.
Empezaba a sentirme verdaderamente irritada: por fortuna, Adèle entró corriendo.
—¡Dejadme ir... dejadme ir a Millcote a mí también! —gritó—. El señor Rochester no quiere, aunque hay tanto sitio en el nuevo carruaje. Rogadle que me deje ir, mademoiselle.
—Eso haré, Adèle —y me apresuré a marchar con ella, gozosa de dejar a mi sombría consejera. El carruaje estaba listo: lo conducían hacia la fachada principal, y mi amo se paseaba por el enlosado, seguido de cerca por Pilot.
—Adèle puede acompañarnos, ¿verdad, señor?
—Le dije que no. ¡No quiero chiquillos!... Solo os quiero a vos.
—Dejadla venir, señor Rochester, por favor: sería mejor.
—De ningún modo: será un estorbo.
Se mostró completamente tajante, tanto en la mirada como en la voz. El frío de las advertencias de la señora Fairfax y la humedad de sus dudas pesaban sobre mí: una sensación de inconsistencia e incertidumbre se había adueñado de mis esperanzas. Perdí a medias el sentimiento de dominio sobre él. Me disponía a obedecerle maquinalmente, sin más réplicas; pero al ayudarme a subir al carruaje, me miró a la cara.
—¿Qué ocurre? —preguntó—; toda la alegría se ha desvanecido. ¿De verdad deseáis que venga la criatura? ¿Os disgustará que se quede atrás?
—Preferiría con mucho que viniese, señor.
—¡Pues a por tu sombrero y vuelve como un relámpago! —gritó a Adèle.
Ella le obedeció con toda la presteza de que fue capaz.
—Después de todo, la interrupción de una sola mañana no importará mucho —dijo él—, cuando me propongo en breve reclamaros... vuestros pensamientos, conversación y compañía... de por vida.
Adèle, al ser subida, empezó a besarme en señal de gratitud por mi intercesión: al punto fue acomodada en un rincón al otro lado de él. Se asomó entonces hacia donde yo estaba sentada; un vecino tan severo resultaba excesivamente cohibidor: a él, en su actual humor irritable, no se atrevía a susurrarle observación alguna ni a pedirle informes.
—Dejad que se siente a mi lado —supliqué—: tal vez os moleste, señor; hay bastante sitio a este lado.
Me la pasó como si hubiese sido un perrillo faldero. «La enviaré al colegio sin tardanza», dijo, pero ahora sonreía.
Adèle le oyó y preguntó si iría a la escuela «sans mademoiselle».
—Sí —respondió él—, absolutamente sans mademoiselle; pues me llevaré a mademoiselle a la luna, y allí buscaré una caverna en uno de los valles blancos entre las cimas de los volcanes, y mademoiselle vivirá allí conmigo, y solo conmigo.
—No tendrá nada que comer: la mataréis de hambre —observó Adèle.
—Recogeré maná para ella mañana y tarde: las llanuras y laderas de la luna están blanqueadas de maná, Adèle.
—Querrá calentarse: ¿qué hará para tener fuego?
—El fuego brota de las montañas lunares: cuando tenga frío, la subiré a una cumbre y la recostaré en el borde de un cráter.
—¡Oh, qué mal lo pasará allí, qué poco cómoda! Y sus ropas se gastarán: ¿cómo podrá conseguir vestidos nuevos?
El señor Rochester fingió sentirse perplejo. «¡Hum! —dijo—. ¿Qué harías tú, Adèle? Exprímete la cabeza en busca de un arbitrio. ¿Qué tal vendría una nube blanca o rosada por vestido, qué te parece? Y se podría cortar una hermosa bufanda de un arco iris».
—Está mucho mejor como está —concluyó Adèle tras meditar un momento—; además, se cansaría de vivir solo con vos en la luna. Si yo fuese mademoiselle, jamás consentiría en marchar con vos.
—Ella ha consentido: ha empeñado su palabra.
—Pero no podéis llevarla allí; no hay camino hacia la luna: todo es aire; y ni vos ni ella podéis volar.
—Adèle, mira aquel campo —nos encontrábamos ya fuera de las verjas de Thornfield, rodando suavemente por el camino allanado hacia Millcote, donde el polvo había sido bien asentado por la tormenta, y donde los bajos setos y los corpulentos árboles a cada lado relucían verdes y refrescados por la lluvia.
—En aquel campo, Adèle, paseaba yo a última hora de una tarde hace unas dos semanas... la tarde del día en que me ayudaste a recoger el heno en las praderas del huerto; y como estaba fatigado de rastrillar las hileras, me senté a descansar en una portilla; y allí saqué un librito y un lápiz, y empecé a escribir sobre una desdicha que me aconteció hace mucho tiempo y un deseo que tenía de días felices por venir: escribía muy deprisa, aunque la luz del día se desvanecía del papel, cuando algo subió por el sendero y se detuvo a dos yardas de mí. Lo miré. Era una pequeña criatura con un velo de gasa sobre la cabeza. Le hice señas de que se acercase; al punto se detuvo junto a mi rodilla. Jamás le hablé, ni ella me habló a mí con palabras; pero leí en sus ojos y ella leyó en los míos; y nuestro mudo coloquio fue en este tenor:
—Era un hada y venía del país de los elfos, según dijo; y su misión era hacerme feliz: debía partir con ella fuera del mundo ordinario hacia un lugar solitario... como la luna, por ejemplo; e inclinaba la cabeza hacia su media luna, que asomaba sobre Hay-hill; me habló de la cueva de alabastro y del valle de plata donde podríamos vivir. Le dije que me gustaría ir; pero le recordé, como tú a mí, que carecía de alas para volar.
—«¡Oh! —respondió el hada—, ¡eso nada importa! Aquí hay un talismán que allanará todas las dificultades»; y extendió un bonito anillo de oro. «Ponedlo —dijo— en el anular de mi mano izquierda, y seré vuestra y vos seréis mío; y dejaremos la tierra y construiremos nuestro propio paraíso allá arriba». Señaló de nuevo a la luna. El anillo, Adèle, está en el bolsillo de mi calzón, bajo el disfraz de un soberano; pero pronto pienso devolverle la forma de anillo.
—Pero ¿qué tiene que ver mademoiselle con eso? A mí no me importa el hada: ¿no decíais que era a mademoiselle a quien llevaríais a la luna?
—Mademoiselle es un hada —dijo él, susurrando con misterio. Con lo cual le dije que no prestase oídos a sus burlas; y ella, por su parte, demostró un fondo de auténtico escepticismo francés: calificando al señor Rochester de «un vrai menteur» y asegurándole que no hacía el menor caso de sus «contes de fée», y que «du reste, il n’y avait pas de fées, et quand même il y en avait», estaba segura de que jamás se le aparecerían a él, ni le darían anillos, ni le ofrecerían vivir con él en la luna.
La hora pasada en Millcote fue un tanto abrumadora para mí. El señor Rochester me obligó a entrar en cierto almacén de sedas: allí se me ordenó elegir media docena de vestidos. Detestaba el trance; supliqué que se aplazara: de ningún modo... debía llevarse a cabo ahora. A fuerza de súplicas formuladas en enérgicos susurros, reduje la media docena a dos: estos, sin embargo, juró que los escogería él mismo. Con zozobra contemplé cómo sus ojos recorrían el vistoso surtido: se fijó en una rica seda del más brillante tinte amatista y en un soberbio raso rosado. Le dije en una nueva serie de murmullos que bien podría comprarme al punto un sayo de oro y un sombrero de plata: de seguro jamás me atrevería a lucir su elección. Con infinita dificultad, pues era obstinado como una piedra, le persuadí de aceptar un cambio en favor de un sobrio raso negro y una seda gris perla. «Podría pasar por el momento —dijo él—; pero aún me vería relucir como un parterre».
Gozo sentí al sacarle del almacén de sedas y luego de una joyería: cuanto más me compraba, más me ardían las mejillas con un sentimiento de enojo y degradación. Al subir de nuevo al carruaje y reclinarme febril y fatigada, recordé lo que, en el torbellino de los acontecimientos, sombríos y luminosos, había olvidado por completo: la carta de mi tío, John Eyre, a la señora Reed; su intención de adoptarme y hacerme su heredera. «Sería en verdad un alivio —pensé— tener la más mínima independencia; jamás podré soportar ser vestida como una muñeca por el señor Rochester, o sentarme como una segunda Dánae con la lluvia de oro cayendo a diario a mi alrededor. Escribiré a Madeira en cuanto llegue a casa y le comunicaré a mi tío John que voy a casarme y con quién: con solo tener la perspectiva de aportar un día al señor Rochester un incremento de hacienda, podría sobrellevar mejor el ser mantenida por él ahora». Y algo aliviada por esta idea (que no dejé de poner por obra aquel mismo día), me aventuré una vez más a cruzar la mirada con mi amo y amante, que buscaba con empeño los míos, aunque yo apartaba tanto el rostro como la vista. Sonrió; y juzgué que su sonrisa era semejante a la que un sultán pudiera, en un momento dichoso y enamorado, dedicar a una esclava a la que su oro y sus gemas hubiesen enriquecido: estreché su mano, que perseguía siempre la mía, con firmeza, y se la devolví enrojecida por la vehemente presión.
—No tenéis por qué mirar de ese modo —dije—; si lo hacéis, no vestiré más que mis viejos trajes de Lowood hasta el fin del capítulo. Me casaré con este guinga lila: vos podréis haceros una bata de estar por casa con la seda gris perla y una serie infinita de chalecos con el raso negro.
Se rio entre dientes y se frotó las manos. «¡Oh, qué delicia es verla y oírla! —exclamó—. ¿Acaso no es original? ¿No es picante? ¡No cambiaría a esta pequeña muchacha inglesa por todo el serrallo del Gran Turco, ojos de gacela, formas de hurí y cuanto encierra!».
La alusión oriental volvió a irritarme. «No os serviré de sustituta de un serrallo en lo más mínimo —dije—; así que no me tengáis por equivalente de semejante cosa. Si tenéis afición a algo por el estilo, partid al punto, señor, hacia los bazares de Estambul sin tardanza, y emplead en nutridas compras de esclavas parte de ese dinero suelto que parecéis no acertar a gastar de manera satisfactoria aquí».
—¿Y qué haréis vos, Janet, mientras regateo por tantas arrobas de carne y semejante surtido de ojos negros?
—Me prepararé para salir como misionera a predicar la libertad a los cautivos... a las moradoras de vuestro harén entre los demás. Me haré admitir allí y fomentaré el motín; y vos, bajá de tres colas como sois, señor, os veréis en un santiamén encadenado en nuestras manos; ni consentiré yo, por mi parte, en cortar vuestros lazos hasta que hayáis firmado una carta de libertades, la más generosa que déspota alguno haya otorgado jamás.
—Consentiría en quedar a vuestra merced, Jane.
—No tendría merced alguna, señor Rochester, si suplicaseis por ella con semejante mirada. Mientras miraseis así, estaría segura de que, fuese cual fuese la carta que otorgaseis bajo coacción, vuestro primer acto, una vez libre, sería quebrantar sus cláusulas.
Fin del Episodio 56 · de 91
Capítulo XXIV · II
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