Capítulo XXI · IV
~5 min · 1025 palabras
Estoy muy enferma, lo sé —dijo al poco rato—. Intentaba darme la vuelta hace unos minutos y veo que no puedo mover un miembro. Más vale que desahogue mi conciencia antes de morir: aquello en lo que poco reparamos en la salud nos abruma en una hora como la presente para mí. ¿Está la enfermera aquí? ¿O no hay nadie en la estancia salvo vos?
Le aseguré que nos hallábamos a solas.
—Bueno, dos veces os infligí un mal que lamento ahora. Uno fue quebrantar la promesa que le hice a mi marido de educaros como a una hija propia; el otro... —se detuvo—. «A fin de cuentas, tal vez no tenga gran importancia», murmuró para sí: «y además puedo mejorar; y humillarme así ante ella resulta penoso».
Hizo un esfuerzo por mudar de postura, pero fracasó: su semblante cambió; pareció experimentar alguna punzada interna... precursora, acaso, del último trance.
—En fin, debo terminar con esto. La eternidad se abre ante mí: mejor será decírselo. Id a mi neceser, abridlo y sacad una carta que veréis allí.
Obedecí sus instrucciones. «Leed la carta», dijo.
Era breve, y así concebida:
«SEÑORA: ¿Tendréis la bondad de enviarme las señas de mi sobrina, Jane Eyre, y decirme cómo se encuentra? Es mi intención escribirle en breve rogándole que venga a mi lado a Madeira. La Providencia ha bendecido mis afanes por procurarme una desahogada fortuna; y como permanezco soltero y sin hijos, deseo adoptarla durante mi vida y legarle a mi muerte cuanto pueda dejar.
Quedo de vos, señora, etc., etc., JOHN EYRE, Madeira».
Llevaba fecha de hacía tres años.
—¿Por qué jamás supe de esto? —pregunté.
—Porque os detestaba de un modo demasiado firme y arraigado para tender jamás una mano que os elevase a la prosperidad. No podía olvidar vuestra conducta conmigo, Jane... la furia con que una vez os revolvisteis contra mí; el tono en que declarasteis que me aborrecíais más que a nadie en el mundo; la mirada y la voz nada infantiles con que afirmasteis que el mero pensamiento de mi persona os causaba náuseas, asegurando que os había tratado con miserable crueldad. No podía olvidar mis propias sensaciones cuando os alzasteis así y derramasteis el veneno de vuestro espíritu: sentí espanto como si un animal al que hubiese golpeado o empujado me hubiese mirado con ojos humanos y me hubiese maldecido con voz de hombre. ¡Traedme un poco de agua! ¡Oh, daos prisa!
—Querida señora Reed —dije ofreciéndole el trago que pedía—, no penséis más en todo eso, apartadlo de vuestra mente. Perdonadme por mi lenguaje apasionado: yo era una niña entonces; ocho, nueve años han transcurrido desde aquel día.
Ningún caso hizo de mis palabras; pero cuando hubo probado el agua y cobrado aliento, prosiguió de este modo:
—Os digo que no podía olvidarlo; y me tomé la revancha: que fueseis adoptada por vuestro tío y situada en una condición de holgura y comodidad era cosa que no podía tolerar. Le escribí; le dije que lamentaba su desengaño, pero que Jane Eyre había muerto: que había muerto de fiebre tifoidea en Lowood. Ahora obrad como gustéis: escribid y desmentid mi aserción... descubrid mi falsedad tan pronto como queráis. Nacisteis, creo yo, para ser mi tormento: mi última hora se ve desgarrada por el recuerdo de una acción que, de no ser por vos, jamás me habría sentido tentada de cometer.
—Si tan solo pudieseis convenceros de no pensar más en ello, tía, y de mirarme con bondad y perdón...
—Tenéis un carácter muy malo —dijo ella—, y que hasta el día de hoy me resulta imposible comprender: cómo durante nueve años pudisteis permanecer paciente y sumisa bajo cualquier trato, y en el décimo estallar toda fuego y violencia, jamás alcanzaré a entenderlo.
—Mi carácter no es tan malo como creéis: soy apasionada, pero no vengativa. Muchas veces, siendo niña pequeña, me habría alegrado de amaros si me lo hubieseis permitido; y anhelo ardientemente reconciliarme con vos ahora: concededme un beso, tía.
Aproximé mi mejilla a sus labios: no quiso tocarla. Dijo que la sofocaba inclinándome sobre el lecho y pidió agua de nuevo. Al recostarla —pues la había incorporado y sostenido en mi brazo mientras bebía— cubrí su mano helada y pegajosa con la mía: los débiles dedos retrocedieron ante mi contacto... los ojos vidriados esquivaron mi mirada.
—Amadme, pues, u odiadme, según gustéis —dije al cabo—; tenéis mi pleno y libre perdón: pedid ahora el de Dios y quedaos en paz.
¡Pobre mujer doliente! Demasiado tarde era para que hiciese ahora el esfuerzo de mudar su habitual disposición de ánimo: en vida siempre me había odiado... al morir forzosamente debía odiarme aún.
La enfermera entró entonces, seguida de Bessie. Me demoré todavía media hora más, esperando advertir alguna señal de concordia: pero ninguna dio. Se hundía rápidamente en el estupor; y su razón no volvió a despejarse: a las doce de la noche murió. No me hallé presente para cerrarle los ojos, ni tampoco ninguna de sus hijas. Vinieron a decirnos a la mañana siguiente que todo había concluido. Se hallaba para entonces amortajada. Eliza y yo fuimos a verla: Georgiana, que había roto en amargo llanto, dijo que no se atrevía a ir. Allí yacía tendida la otrora robusta y activa estampa de Sarah Reed, rígida e inmóvil: su ojo de pedernal estaba cubierto por su frío párpado; su ceño y recios trazos ostentaban aún la impronta de su alma inexorable. Un objeto extraño y solemne era aquel cadáver para mí. Lo contemplé con tristeza y dolor: nada dulce, nada tierno, nada compasivo, esperanzador o apacible inspiraba; tan solo una desgarradora angustia por sus pesares —no por mi pérdida— y un sombrío y seco sobrecogimiento ante la pavorosa majestad de la muerte bajo semejante forma.
Eliza contempló a su madre serenamente. Al cabo de unos minutos de silencio observó:
—Con su naturaleza debió de haber alcanzado una avanzada ancianidad: su vida fue acortada por las tribulaciones. —Y luego un espasmo le contrajo la boca por un instante: conforme se disipó se volvió y abandonó la estancia, y yo hice lo propio. Ninguna de las dos había derramado una lágrima.
Fin del Episodio 50 · de 91
Capítulo XXI · IV
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