Jane Eyre·Episodio 48

Capítulo XXI · II

~13 min · 2633 palabras

Llegué a la portería de Gateshead cerca de las cinco de la tarde del primer día de mayo: entré allí antes de subir a la mansión. Estaba muy limpia y recogida: las ventanas primorosas tenían puestas cortinillas blancas; el suelo estaba inmaculado; la chimenea y sus hierros relucían abrillantados y el fuego ardía claro. Bessie se sentaba junto al hogar arrullando a su recién nacido, y Robert y su hermana jugaban tranquilamente en un rincón.

—¡Dios os bendiga!... ¡sabía que vendríais! —exclamó la señora Leaven al entrar yo.

—Sí, Bessie —dije tras haberla besado—; y confío en no llegar demasiado tarde. ¿Cómo está la señora Reed? Viva aún, espero.

—Sí, está viva; y más lúcida y sosegada de lo que estaba. El médico dice que tal vez languidezca una semana o dos todavía; pero apenas cree que llegue a restablecerse al final.

—¿Ha hablado de mí últimamente?

—Hablaba de vos esta misma mañana, deseando que vinieseis; pero duerme ahora, o dormía hace diez minutos cuando subí a la casa. Por lo general permanece en una suerte de letargo toda la tarde y despierta hacia las seis o las siete. ¿Queréis descansar aquí una hora, señorita, y luego subiré con vos?

Robert entró en esto, y Bessie acostó a su hijo dormido en la cuna y fue a recibirlo: después insistió en que me quitara el sombrero y tomase un poco de té, pues decía que me veía pálida y fatigada. Me alegré de aceptar su hospitalidad; y me sometí a que me despojase de mi atuendo de viaje con tanta pasividad como solía dejar que me desvistiera cuando era niña.

Los viejos tiempos regresaron en tropel a mi memoria mientras la contemplaba trajinar: disponiendo la bandeja del té con su mejor vajilla, cortando pan con mantequilla, tostando un panecillo y, entretanto, propinando al pequeño Robert o a Jane un empujón o golpecito ocasional, tal como solía darme a mí en tiempos pasados. Bessie había conservado su vivo genio tanto como su paso ligero y su buen parecer.

Listo el té, me disponía a acercarme a la mesa; pero me ordenó quedarme quieta, con sus antiguos tonos perentorios. Debía ser servida junto al fuego, dijo; y colocó ante mí un velador redondo con mi taza y un plato de tostadas, exactamente como solía agasajarme con alguna golosina hurtada en una sillita del cuarto de los niños: y sonreí y la obedecí como en días lejanos.

Quería saber si era feliz en Thornfield Hall y qué clase de persona era la señora; y cuando le dije que solo había un amo, si era un caballero agradable y si me gustaba. Le dije que era un hombre más bien feo, pero todo un caballero; y que me trataba con bondad y que yo estaba satisfecha. Luego pasé a describirle la alegre comitiva que últimamente se alojaba en la mansión; y a estos detalles escuchaba Bessie con interés: eran cabalmente de la especie que a ella le deleitaba.

En tal plática transcurrió pronto una hora: Bessie me devolvió el sombrero y demás prendas, y acompañada por ella abandoné la caseta camino de la mansión. También acompañada por ella había descendido, casi nueve años atrás, por el sendero que ahora remontaba. En una mañana oscura, brumosa y cruda de enero, había abandonado un techo hostil con el corazón desesperado y amargado —una sensación de proscripción y casi de reprobación— para buscar el gélido refugio de Lowood: aquel confín tan lejano e inexplorado. El mismo techo hostil se alzaba ahora de nuevo ante mí: mis perspectivas eran dudosas aún; y aún tenía un corazón dolorido. Me sentía todavía como una errante sobre la faz de la tierra; pero experimentaba una confianza más firme en mí misma y en mis propias fuerzas, y un temor menos marchitador a la opresión. La llaga abierta de mis agravios, además, se hallaba ya enteramente cicatrizada; y extinguida la llama del rencor.

—Iréis a la sala del desayuno primero —dijo Bessie precediéndome por el vestíbulo—; las señoritas estarán allí.

Al instante siguiente me hallaba dentro de aquella estancia. Allí estaba cada mueble luciendo exactamente como la mañana en que fui presentada por vez primera al señor Brocklehurst: la misma alfombrilla sobre la que él había permanecido en pie cubría aún el hogar. Mirando las estanterías, creí distinguir los dos volúmenes de las Aves británicas de Bewick ocupando su antiguo sitio en el tercer anaquel, y los Viajes de Gulliver y Las mil y una noches dispuestos justo encima. Los objetos inanimados no habían cambiado; pero los seres vivos habían mudado más allá de todo reconocimiento.

Dos jóvenes damas aparecieron ante mí; una muy alta, casi tan alta como la señorita Ingram... muy delgada también, de rostro cetrino y severo continente. Había algo ascético en su semblante, aumentado por la extrema sencillez de un vestido de paño negro de falda recta, cuello de lino almidonado, cabellos peinados apartados de las sienes y el adorno monjil de un rosario de cuentas de ébano con crucifijo. Estaba segura de que esta era Eliza, aunque apenas alcanzaba a descubrir semejanza alguna con su antiguo ser en aquel semblante alargado y descolorido.

La otra era con igual certeza Georgiana: pero no la Georgiana que yo recordaba... la muchacha esbelta y feérica de once años. Esta era una moza desarrollada, sumamente rolliza, blanca como cera, de facciones hermosas y regulares, lánguidos ojos azules y cabellera rubia en bucles. El color de su vestido era negro también; pero su corte difería tanto del de su hermana —mucho más vaporoso y favorecedor— que lucía tan elegante como puritano parecía el de la otra.

En cada una de las hermanas había un rasgo de la madre... y solo uno; la hija mayor, delgada y pálida, tenía los ojos de piedra de cuarzo de su madre: la muchacha menor, florida y lozana, tenía su contorno de quijada y barbilla... un tanto suavizado tal vez, pero confiriendo aún una dureza indescriptible a un semblante por lo demás tan voluptuoso y lozano.

Ambas damas, al avanzar yo, se levantaron a recibirme, y ambas me llamaron por el nombre de «señorita Eyre». El saludo de Eliza fue pronunciado con voz seca y brusca, sin una sonrisa; y luego se sentó de nuevo, clavó los ojos en el fuego y pareció olvidarse de mí. Georgiana añadió a su «¿Cómo estáis?» varios tópicos sobre mi viaje, el tiempo y demás lindezas, proferidos en un tono bastante cansino y acompañados de varias miradas de reojo que me medían de pies a cabeza... recorriendo ahora los pliegues de mi capa de merino grisáceo y deteniéndose ahora en el modesto adorno de mi sombrero campesino. Las jóvenes señoritas tienen una forma notable de haceros saber que os consideran una birria sin pronunciar realmente las palabras. Cierta altanería en la mirada, frialdad de modales y desdén en el tono expresan cumplidamente sus sentimientos al respecto, sin comprometerlas con ninguna grosería manifiesta de palabra o de obra.

Una burla, no obstante, encubierta o manifiesta, carecía ya sobre mí del poder que antaño poseía: sentada entre mis primas, me asombró comprobar qué tranquila me sentía ante el total desdén de la una y las atenciones semisarcásticas de la otra... Eliza no me mortificaba ni Georgiana me alteraba. El hecho era que tenía otras cosas en qué pensar; durante los últimos meses se habían agitado en mí sentimientos mucho más poderosos que cuantos ellas podían suscitar... dolores y placeres mucho más agudos y exquisitos habían sido excitados que cuantos estaba en su mano infligir o brindar: de modo que sus dengues no me causaban desvelo alguno ni en bien ni en mal.

—¿Cómo está la señora Reed? —pregunté al poco rato, mirando con calma a Georgiana, que juzgó oportuno envararse ante la interpelación directa, como si fuese una libertad imprevista.

—¿La señora Reed? ¡Ah, mamá, queréis decir! Está sumamente mal: dudo que podáis verla esta noche.

—Si tuvieseis la bondad —dije— de subir y decirle que he llegado, os quedaría sumamente agradecida.

Georgiana casi dio un respingo y abrió sus ojos azules desmesuradamente. «Sé que tenía un deseo particular de verme —añadí—, y no querría demorar atender a su deseo más de lo estrictamente necesario».

—A mamá le desagrada que la molesten por la noche —observó Eliza. Me levanté al punto, me quité tranquilamente el sombrero y los guantes sin que me lo pidieran y dije que me acercaría a ver a Bessie— que estaría en la cocina, me atrevería a decir —y le rogaría que averiguase si la señora Reed se hallaba dispuesta a recibirme o no esta noche. Fui, y habiendo encontrado a Bessie y despachádola con mi recado, procedí a tomar mayores disposiciones. Hasta entonces había sido mi costumbre retraerme ante la arrogancia: acogida como lo había sido hoy, un año antes habría resuelto marcharme de Gateshead a la mañana siguiente; ahora se me reveló de pronto que semejante plan resultaría insensato. Había hecho un viaje de cien millas para ver a mi tía, y debía permanecer con ella hasta que mejorase... o muriese: en cuanto al orgullo o necedad de sus hijas, debía ponerlos a un lado y hacerme independiente de ellos. De modo que me dirigí al ama de llaves; le pedí que me mostrase una habitación, le dije que probablemente sería huésped aquí durante una semana o dos, hice subir mi baúl a mi aposento y lo seguí yo misma: me encontré con Bessie en el descansillo.

—La señora está despierta —dijo—; le he dicho que estáis aquí: venid y veamos si os reconoce.

No necesité que me guiasen hacia la conocida estancia, a la que tan a menudo había sido convocada para castigos o reprimendas en tiempos pasados. Me adelanté a Bessie; abrí suavemente la puerta: una luz velada ardía sobre la mesa, pues comenzaba a oscurecer. Allí estaba la gran cama de cuatro columnas con colgaduras amarillas como antaño; allí el tocador, el sillón y el taburete ante el cual cien veces había sido condenada a arrodillarme para pedir perdón por faltas jamás cometidas por mí. Miré hacia cierto rincón cercano, medio esperando ver el delgado contorno de una antaño temida vara que solía acechar allí, aguardando saltar como un duendecillo para cruzar mi trémula palma o mi cuello encogido. Me acerqué al lecho; descorrí las cortinas y me incliné sobre los altos almohadones.

Recordaba muy bien el rostro de la señora Reed y busqué con afán la estampa familiar. Es cosa dichosa que el tiempo apague los anhelos de venganza y acalle las incitaciones de la cólera y la aversión. Había dejado a esta mujer en la amargura y el odio, y regresaba ahora a ella sin otra emoción que una suerte de piedad por sus grandes padecimientos, y un vivo anhelo de olvidar y perdonar todas las ofensas... de reconciliarme y estrechar las manos en amistad.

El conocido rostro estaba allí: severo, implacable como siempre; allí estaba aquel ojo peculiar que nada lograba ablandar, y la ceja despótica, imperiosa, un tanto alzada. ¡Cuántas veces había fulminado sobre mí amenazas y rencor! ¡Y cómo revivía el recuerdo de los terrores y pesares de la infancia al contemplar sus duros trazos ahora! Y sin embargo me incliné y la besé: me miró.

—¿Es esta Jane Eyre? —dijo.

—Sí, tía Reed. ¿Cómo estáis, querida tía?

Había jurado una vez que jamás volvería a llamarla tía: no juzgué pecado olvidar y quebrantar aquel juramento ahora. Mis dedos se habían posado sobre su mano que yacía fuera de la sábana: de haber estrechado la mía con bondad, habría experimentado en aquel momento un verdadero consuelo. Pero las naturalezas impermeables no se ablandan tan pronto, ni las antipatías connaturales se desarraigan tan fácilmente. La señora Reed apartó su mano y, volviendo el rostro hacia otro lado, observó que la noche era cálida. De nuevo me contempló tan gélidamente que comprendí al punto que su opinión sobre mí —su sentimiento hacia mi persona— permanecía inalterado e inalterable. Supe por su mirada de pedernal —opaca a la ternura, insoluble para las lágrimas— que estaba resuelta a considerarme mala hasta el fin; porque creerme buena no le reportaría ningún generoso placer: tan solo una sensación de mortificación.

Sentí dolor, y luego sentí cólera; y luego sentí la resolución de doblegarla... de ser su dueña a despecho tanto de su naturaleza como de su voluntad. Mis lágrimas habían acudido, tal como en la infancia: las obligué a regresar a su origen. Acerqué una silla a la cabecera: me senté y me incliné sobre la almohada.

—Mandasteis por mí —dije—, y aquí estoy; y es mi intención permanecer hasta ver cómo seguís.

—¡Oh, por supuesto! ¿Habéis visto a mis hijas?

—Sí.

—Bueno, podéis decirles que deseo que os quedéis hasta que pueda tratar con vos ciertas cosas que tengo en el pensamiento: esta noche es demasiado tarde y me cuesta recordarlas. Pero había algo que deseaba deciros... dejadme ver...

La mirada extraviada y la alterada dicción revelaban qué ruina se había consumado en su otrora vigorosa complexión. Revolviéndose inquieta, se arropó con la ropa de cama; mi codo, apoyado en una esquina de la colcha, la sujetaba: se irritó al instante.

—¡Incorporaos! —dijo—; no me importunéis sujetando la ropa. ¿Sois Jane Eyre?

—Soy Jane Eyre.

—He tenido más pesadumbres con esa niña de las que nadie creería. Semejante carga dejada en mis manos... y tantas molestias como me causaba, diaria y horariamente, con su incomprensible carácter, sus repentinos accesos de genio y su continua, antinatural vigilancia de los movimientos ajenos. Declaro que me habló una vez como una criatura enajenada, o como un demonio... jamás ningún niño habló ni miró como ella; me alegré de quitarla de la casa. ¿Qué hicieron con ella en Lowood? La fiebre estalló allí y muchas alumnas murieron. Ella, con todo, no murió: pero yo dije que había muerto... ¡ojalá hubiese muerto!

—Un extraño deseo, señora Reed; ¿por qué la odiáis tanto?

—Siempre sentí aversión hacia su madre; pues era la única hermana de mi marido, y su gran predilecta: él se opuso a que la familia la repudiase cuando contrajo su vil matrimonio; y cuando llegó la noticia de su muerte, lloró como un tonto. Quiso mandar por el bebé, aunque yo le rogué más bien que lo pusiese a nodriza y pagase su manutención. Lo odié desde la primera vez que le puse los ojos encima: ¡un bicho enfermizo, quejumbroso y lánguido! Lloraba en su cuna la noche entera... no gritando con ganas como cualquier otro niño, sino gimoteando y quejándose. Reed se apiadó de él; y solía acunarlo y atenderlo como si hubiese sido suyo propio: más, en verdad, de lo que jamás atendió a los suyos a esa edad. Procuraba que mis hijos fuesen amables con la pordioserita: los primores no podían soportarlo y él se enfadaba con ellos cuando mostraban su antipatía. En su última enfermedad hacía que se la llevasen continuamente junto a su lecho; y apenas una hora antes de morir, me ató mediante juramento a conservar a la criatura. Con igual gusto me habría hecho cargo de un huérfano mendigo sacado del hospicio: pero él era débil, débil por naturaleza. John no se parece en nada a su padre, y me alegro de ello: John es como yo y como mis hermanos... es todo un Gibson. ¡Oh, ojalá cesase de atormentarme con cartas pidiendo dinero! No tengo más dinero que darle: nos estamos empobreciendo. Debo despedir a la mitad de la servidumbre y clausurar parte de la casa, o alquilarla. Jamás podré consentir en hacer eso... y sin embargo, ¿cómo salir adelante? Dos tercios de mis rentas se van en pagar los intereses de las hipotecas. John juega espantosamente, y siempre pierde... ¡pobre muchacho! Está rodeado de tahúres: John está hundido y degradado... su aspecto da miedo... siento vergüenza por él cuando lo veo.

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