Jane Eyre·Episodio 47

Capítulo XXI · I

~12 min · 2398 palabras

¡Los presentimientos son cosas extrañas! Y también las simpatías; y también las señales; y las tres combinadas componen un misterio para el cual la humanidad no ha hallado aún la clave. Jamás me he burlado de los presentimientos en mi vida, porque he tenido algunos bien extraños propios. Existen simpatías, según creo (por ejemplo, entre parientes lejanos, ausentes largo tiempo y por completo distanciados, que afirman, a pesar de su alejamiento, la unidad del origen de donde cada uno hace derivar su linaje) cuyos mecanismos desconciertan a la comprensión mortal. Y las señales, por lo que sabemos, bien pueden no ser sino las simpatías de la Naturaleza para con el hombre.

Cuando era una niña pequeña, de solo seis años de edad, oí una noche a Bessie Leaven decirle a Martha Abbot que había estado soñando con un niñito; y que soñar con niños era señal segura de pesadumbres, bien para uno mismo o para los parientes de uno. El dicho bien hubiese podido borrarse de mi memoria de no haber seguido inmediatamente una circunstancia que sirvió para fijarlo en ella de modo indeleble. Al día siguiente mandaron llamar a Bessie a su casa junto al lecho de muerte de su hermanita.

Últimamente había recordado a menudo este dicho y este suceso; pues durante la semana pasada apenas había transcurrido una noche sobre mi lecho que no hubiese traído consigo el sueño de una criatura, a la que a veces arrullaba en mis brazos, a veces mecía en mis rodillas, a veces contemplaba jugando con margaritas sobre el césped, o bien chapoteando con las manos en agua corriente. Era un niño lloroso una noche y risueño la siguiente: ahora se acurrucaba junto a mí y luego huía de mí; pero fuera cual fuese el humor que la aparición traslucía, cualquiera que fuese el aspecto que ostentaba, no dejó durante siete noches sucesivas de salirme al paso en el instante en que franqueaba la tierra del sueño.

No me agradaba esta reiteración de una misma idea... esta extraña recurrencia de una misma imagen, y me ponía nerviosa al aproximarse la hora de acostarse y avecinarse la visión. Fue de la compañía de este infante fantasma de donde me habían despertado en aquella noche de luna en que escuché el alarido; y fue en la tarde del día siguiente cuando fui convocada abajo por un recado de que alguien me buscaba en la estancia de la señora Fairfax. Al acudir allí encontré a un hombre que me aguardaba, con porte de criado de caballero: vestía de riguroso luto y el sombrero que sostenía en la mano lucía una cinta de crespón.

—Me atrevería a decir que apenas os acordáis de mí, señorita —dijo levantándose al entrar yo—; pero mi nombre es Leaven: fui cochero de la señora Reed cuando vos estabais en Gateshead, hace ocho o nueve años, y allí continúo todavía.

—¡Oh, Robert! ¿Cómo estáis? Os recuerdo muy bien: solíais darme paseos a veces en el poni castaño de la señorita Georgiana. ¿Y cómo está Bessie? ¿Os casasteis con Bessie?

—Sí, señorita: mi mujer está muy animosa, gracias; me dio otro retoño hace cosa de dos meses —tenemos tres ya— y tanto la madre como la criatura medran con salud.

—¿Y la familia de la casa está bien, Robert?

—Siento no poder daros mejores noticias de ellos, señorita: lo están pasando muy mal en el presente... con grandes pesadumbres.

—Espero que nadie haya muerto —dije mirando su ropa negra. Él también bajó los ojos hacia el crespón de su sombrero y respondió:

—El señorito John murió hace hoy una semana, en sus aposentos de Londres.

—¿El señorito John?

—Sí.

—¿Y cómo lo sobrelleva su madre?

—Pues ya veis, señorita Eyre, no es un percance común: su vida fue muy descarriada; estos últimos tres años se entregó a extrañas andanzas y su muerte fue atroz.

—Supe por Bessie que no le iba bien.

—¡Irle bien! No podía irle peor: arruinó su salud y su patrimonio entre los peores hombres y las peores mujeres. Se llenó de deudas y cayó en la cárcel: su madre lo sacó dos veces, pero tan pronto como se vio libre regresó a sus antiguos camaradas y costumbres. Su cabeza no era firme: los bribones entre quienes vivía lo embaucaron más allá de cuanto he oído en mi vida. Bajó a Gateshead hace unas tres semanas y pretendía que la señora se lo entregase todo. La señora se negó: sus caudales llevan mucho tiempo mermados por las extravagancias de él; de modo que regresó allá, y la siguiente noticia fue que había muerto. Cómo murió, ¡Dios lo sabe!... dicen que se quitó la vida.

Guardé silencio: las nuevas eran espantosas. Robert Leaven prosiguió:

—La señora misma andaba delicada de salud desde hacía algún tiempo: se había puesto muy gruesa, pero no fuerte con ello; y la pérdida de dinero y el temor a la pobreza la estaban abatiendo por completo. La noticia de la muerte del señorito John y el modo de acaecer llegaron con demasiada brusquedad: le sobrevino un ataque de apoplejía. Pasó tres días sin hablar; pero el martes pasado pareció algo mejor: daba la impresión de querer decir algo y no cesaba de hacerle señas a mi mujer y mascullar. Solo ayer por la mañana, sin embargo, comprendió Bessie que pronunciaba vuestro nombre; y al cabo distinguió las palabras: «Traed a Jane... traed a Jane Eyre: quiero hablarle». Bessie no está segura de si se halla en su cabal juicio o si sus palabras encierran sentido; pero se lo dijo a la señorita Reed y a la señorita Georgiana, y les aconsejó que mandasen por vos. Las señoritas lo postergaron al principio; pero su madre se puso tan intranquila y repitió «Jane, Jane» tantas veces, que al cabo consintieron. Salí de Gateshead ayer; y si podéis aprontaros, señorita, me gustaría llevaros conmigo de regreso temprano mañana por la mañana.

—Sí, Robert, estaré lista: me parece que es mi deber ir.

—Así lo creo yo también, señorita. Bessie dijo que estaba segura de que no os negaríais; pero ¿supongo que tendréis que pedir permiso antes de partir?

—Sí; y lo haré ahora mismo —y habiéndolo encaminado al comedor del servicio y encomendado al cuidado de la mujer de John y a las atenciones del propio John, fui en busca del señor Rochester.

No se hallaba en ninguna de las habitaciones bajas; no estaba en el patio, en las caballerizas ni en los jardines. Pregunté a la señora Fairfax si lo había visto; sí: creía que estaba jugando al billar con la señorita Ingram. Hacia la sala de billar me apresuré: el chasquido de las bolas y el murmullo de voces resonaban desde allí; el señor Rochester, la señorita Ingram, las dos señoritas Eshton y sus pretendientes se hallaban entregados al juego. Requería cierto valor importunar a concurrencia tan animada; mi recado, no obstante, era de los que no admiten demora, de suerte que me aproximé al amo allí donde permanecía junto a la señorita Ingram. Ella se volvió al acercarme y me miró con altivez: sus ojos semejaban demandar: «¿Qué querrá ahora esa criatura rastrera?», y cuando dije en voz baja: «Señor Rochester», hizo un movimiento como tentada de ordenarme que me marchase. Recuerdo su estampa en aquel momento: era muy airosa y llamativa; vestía un traje de mañana de crespón azul celeste; una tenue bufanda de gasa azul se hallaba entrelazada en sus cabellos. Había estado entregada al juego con toda animación, y el orgullo irritado no rebajaba la altivez de sus facciones.

—¿Desea algo esa persona de vos? —inquirió ella del señor Rochester; y el señor Rochester se volvió para ver quién era la «persona». Hizo una mueca singular —una de sus extrañas y equívocas demostraciones—, arrojó el taco y me siguió fuera de la estancia.

—Y bien, ¿Jane? —dijo apoyando la espalda contra la puerta del aula de estudio, que había cerrado.

—Si os place, señor, desearía licencia de ausencia durante una semana o dos.

—¿Para hacer qué? ¿Adónde vais?

—A ver a una dama enferma que ha mandado llamarme.

—¿Qué dama enferma? ¿Dónde vive?

—En Gateshead; en el condado de...

—¿En el condado de...? ¡Eso queda a cien millas de distancia! ¿Quién puede ser para mandar llamar a personas desde semejante distancia?

—Se apellida Reed, señor... la señora Reed.

—¿Reed de Gateshead? Hubo un Reed de Gateshead, magistrado.

—Es su viuda, señor.

—¿Y qué tenéis que ver vos con ella? ¿Cómo la conocéis?

—El señor Reed era mi tío... hermano de mi madre.

—¡Qué demonios! Jamás me habíais dicho eso antes: siempre asegurasteis que no teníais parientes.

—Ninguno que me reconociera, señor. El señor Reed ha muerto y su esposa me repudió.

—¿Por qué?

—Porque era pobre y gravosa, y no le era grata.

—¿Pero Reed dejó hijos? ¿Debéis de tener primos? Sir George Lynn hablaba ayer de un Reed de Gateshead, de quien decía que era uno de los mayores calaveras de la capital; e Ingram mencionaba a una tal Georgiana Reed del mismo lugar, muy admirada por su belleza hace una o dos temporadas en Londres.

—John Reed ha muerto también, señor: se arruinó a sí mismo y medio arruinó a su familia, y se supone que se quitó la vida. La noticia conmovió tanto a su madre que le provocó un ataque de apoplejía.

—¿Y qué bien podéis hacerle vos? ¡Tonterías, Jane! Jamás pensaría yo en recorrer cien millas para ver a una anciana que acaso esté muerta antes de que lleguéis: además, decís que os repudió.

—Sí, señor, pero eso fue hace mucho tiempo; y cuando sus circunstancias eran muy distintas: no me sentiría tranquila descuidando sus deseos ahora.

—¿Cuánto tiempo permaneceréis allí?

—El menor tiempo posible, señor.

—Prometedme permanecer tan solo una semana...

—Sería mejor que no empeñase mi palabra: podría verme obligada a faltar a ella.

—En todo caso regresaréis: ¿no os inducirán bajo ningún pretexto a fijar vuestra residencia permanente con ella?

—¡Oh, no! Regresaré con toda certeza si todo va bien.

—¿Y quién va con vos? No viajaréis cien millas a solas.

—No, señor; ha enviado a su cochero.

—¿Una persona de confianza?

—Sí, señor; lleva diez años en la familia.

El señor Rochester meditó. «¿Cuándo deseáis partir?».

—Temprano mañana por la mañana, señor.

—Bueno, debéis llevar algo de dinero; no se puede viajar sin dinero y me atrevería a decir que no tenéis mucho: no os he pagado ningún salario todavía. ¿Cuánto tenéis en el mundo, Jane? —preguntó sonriendo.

Extraje mi portamonedas; una pobre cosa era. «Cinco chelines, señor». Tomó el portamonedas, vació el caudal en su palma y soltó una risita ante él como si su escasez le divirtiese. Al punto sacó su cartera: «Tomad», dijo ofreciéndome un billete; era de cincuenta libras y solo me debía quince. Le dije que no tenía cambio.

—No deseo cambio; bien lo sabéis. Tomad vuestro salario.

Rehusé aceptar más de lo debido. Frunció el ceño al principio; luego, como recordando algo, dijo:

—¡Bien, bien! Mejor no dároslo todo ahora: tal vez os quedaríais tres meses ausente si tuvieseis cincuenta libras. Ahí tenéis diez; ¿no es bastante?

—Sí, señor; pero ahora me debéis cinco.

—Regresad por ellas entonces; soy vuestro banquero por cuarenta libras.

—Señor Rochester, bien podría mencionar otro asunto de negocios con vos mientras tengo la ocasión.

—¿Asunto de negocios? Siento curiosidad por escucharlo.

—¿Me habéis dado a entender, señor, que vais a casaros en breve?

—Sí; ¿y qué con ello?

—En tal caso, señor, Adela debería ir a un internado: estoy segura de que comprenderéis la necesidad de ello.

—¿Para apartarla del paso de mi desposada, que de otro modo podría pasarle por encima con excesiva contundencia? Hay sensatez en la sugerencia; ni duda cabe. Adela, como decís, debe ir a un colegio; y vos, por supuesto, ¿debéis marcharos directamente al diablo?

—Espero que no, señor; pero debo buscarme otra colocación en alguna parte.

—¡Por descontado! —exclamó con un tono de voz y una mueca igualmente fantásticos y risibles. Me miró algunos minutos.

—Y la vieja señora Reed, o las señoritas sus hijas, recibirán vuestros ruegos para buscaros un puesto, supongo.

—No, señor; no mantengo con mis parientes una relación que me autorice a pedirles favores... pero pondré un anuncio.

—¡Antes escalaréis las pirámides de Egipto! —gruñó—. ¡Bajo vuestro riesgo ponéis un anuncio! Ojalá os hubiese ofrecido un soberano en vez de diez libras. Devolvedme nueve libras, Jane; las necesito.

—Y yo también, señor —repliqué poniéndome las manos y el portamonedas a la espalda—. Por nada del mundo podría desprenderme del dinero.

—¡Pequeña usurera! —dijo—, ¡rehusándome una petición pecuniaria! Dadme cinco libras, Jane.

—Ni cinco chelines, señor; ni cinco peniques.

—Dejadme al menos ver el dinero.

—No, señor; no se puede confiar en vos.

—¡Jane!

—¿Señor?

—Prometedme una cosa.

—Os prometeré cualquier cosa, señor, que juzgue probable poder cumplir.

—No poner anuncios: y confiarme a mí la búsqueda de colocación. Os hallaré una a su tiempo.

—Mucho me alegrará hacerlo, señor, si vos a vuestra vez me prometéis que tanto Adela como yo nos hallaremos a salvo fuera de la mansión antes de que vuestra desposada traspase su umbral.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! Empeño mi palabra en ello. ¿Partís mañana, pues?

—Sí, señor; temprano.

—¿Bajaréis al salón después de cenar?

—No, señor; debo preparar el equipaje.

—¿Entonces vos y yo debemos decirnos adiós por un rato?

—Supongo que sí, señor.

—¿Y cómo cumple la gente esa ceremonia de despedida, Jane? Enseñadme; no soy muy diestro en ello.

—Dicen «adiós», o cualquier otra fórmula que prefieran.

—Decidlo entonces.

—Adiós, señor Rochester, por el momento.

—¿Qué debo decir yo?

—Lo mismo, si gustáis, señor.

—Adiós, señorita Eyre, por el momento; ¿eso es todo?

—Sí.

—Se me antoja mezquino, a mi juicio, seco y poco amistoso. Desearía algo más: un pequeño aditamento al rito. Si estrechásemos las manos, por ejemplo; pero no... tampoco eso me contentaría. ¿De suerte que no haréis más que decir adiós, Jane?

—Basta con ello, señor: tanta buena voluntad puede transmitirse en una palabra sincera como en muchas.

—Muy probable; pero resulta desabrido y frío... «Adiós».

«¿Cuánto tiempo va a permanecer apoyado de espaldas contra esa puerta? —me pregunté a mí misma—; deseo comenzar a hacer mi baúl». La campana de la cena sonó y súbitamente salió disparado sin una sílaba más: no lo vi más durante el día, y partí antes de que se hubiese levantado por la mañana.

Fin del Episodio 47 · de 91

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