Capítulo XX · III
~6 min · 1275 palabras
Decidle que sea cauto, señor: hacedle saber lo que teméis y mostradle cómo conjurar el peligro.
Se rio sardónicamente, tomó con presteza mi mano y con igual presteza la arrojó de sí.
—Si pudiera hacer eso, inocente criatura, ¿dónde estaría el peligro? Aniquilado en un instante. Desde que conozco a Mason, no he tenido más que decirle: «Haz eso», y la cosa se ha hecho. Pero no puedo darle órdenes en este caso: no puedo decirle: «Guárdate de perjudicarme, Richard»; pues es imperativo que lo mantenga ignorante de que dañarme sea posible. Ahora parecéis perpleja; y voy a dejaros más perpleja todavía. Sois mi pequeña amiga, ¿verdad?
—Me complace serviros, señor, y obedeceros en todo lo que es justo.
—Cabalmente: veo que es así. Veo sincero contento en vuestro paso y ademán, en vuestro mirar y semblante, cuando me ayudáis y me complacéis... trabajando para mí y conmigo en, como característicamente decís, «todo lo que es justo»: pues si os mandase hacer lo que juzgaseis malo, no habría pies ligeros, ni presteza hacendosa, ni mirada vivaz ni semblante encendido. Mi amiga se volvería entonces hacia mí, quieta y pálida, y diría: «No, señor; eso es imposible: no puedo hacerlo porque está mal»; y se volvería inmutable como estrella fija. Bien, vos también tenéis poder sobre mí y podéis dañarme: y sin embargo no me atrevo a mostraros dónde soy vulnerable, no sea que, fiel y amiga como sois, me traspaséis de parte a parte en el acto.
—Si no tenéis más que temer del señor Mason de lo que tenéis de mí, señor, estáis muy seguro.
—¡Quiera Dios que así sea! Aquí, Jane, hay una glorieta; sentaos.
La glorieta era un arco en el muro tapizado de hiedra; contenía un banco rústico. El señor Rochester tomó asiento, dejando sitio, no obstante, para mí: pero yo permanecí de pie ante él.
—Sentaos —dijo—; el banco es bastante largo para dos. No vaciláis en ocupar un lugar a mi lado, ¿verdad? ¿Acaso está mal eso, Jane?
Le respondí tomando asiento: rehusar habría sido, según sentí, imprudente.
—Ahora, mi pequeña amiga, mientras el sol bebe el rocío... mientras todas las flores de este viejo huerto despiertan y se abren, y las aves buscan el desayuno para sus polluelos fuera de Thornfield, y las tempranas abejas rinden su primera faena... voy a plantearos un caso que debéis procurar imaginar como propio: pero primero, miradme y decidme que os sentís a vuestras anchas, y sin temor de que yo yerre al reteneros, o de que vos erréis al quedaros.
—No, señor; estoy contenta.
—Bien entonces, Jane, convocad en vuestro auxilio a la fantasía: suponed que ya no sois una muchacha bien criada y disciplinada, sino un muchacho montaraz mimado desde la infancia; imaginaos en una tierra remota y extranjera; concebid que cometéis allí un error capital, no importa de qué naturaleza ni por qué motivos, pero cuyas consecuencias han de perseguiros a lo largo de la vida y manchar toda vuestra existencia. Advertid que no digo un crimen; no hablo de derramamiento de sangre ni de ningún otro acto culpable que hiciese al autor responsable ante la ley: mi palabra es error. Los resultados de lo que habéis hecho se os tornan con el tiempo del todo insoportables; adoptáis medidas para obtener alivio: medidas insólitas, pero ni ilícitas ni culpables. Con todo, sois desdichada; pues la esperanza os ha abandonado en los confines mismos de la vida: vuestro sol de mediodía se oscurece en un eclipse que sentís no lo dejará hasta la hora del ocaso. Asociaciones amargas y viles se han convertido en el único alimento de vuestra memoria: vagáis de un lado a otro buscando reposo en el destierro; felicidad en el placer... me refiero al placer sensual, desalmado, que embota el intelecto y marchita el sentimiento. Harta de corazón y con el alma marchita, regresáis al hogar tras años de destierro voluntario: trabáis un nuevo trato... cómo o dónde no importa: halláis en esa persona desconocida gran parte de las prendas buenas y luminosas que habéis buscado durante veinte años sin haberlas encontrado jamás antes; y son todas frescas, sanas, sin mancha ni tacha. Semejante sociedad reanima, regenera: sentís regresar mejores días... anhelos más nobles, sentimientos más puros; deseáis recomenzar vuestra vida y pasar lo que os resta de días de un modo más digno de un ser inmortal. Para alcanzar este fin, ¿estáis justificada en franquear un obstáculo de la costumbre... un mero impedimento convencional que ni vuestra conciencia santifica ni vuestro juicio aprueba?
Se detuvo aguardando respuesta: ¿y qué había de decir yo? ¡Ojalá algún buen espíritu me sugiriese una respuesta sensata y satisfactoria! ¡Vana aspiración! El viento de poniente susurraba en la hiedra a mi alrededor; pero ningún dulce Ariel tomó su aliento como medio de expresión: las aves cantaban en las copas de los árboles; pero su canto, por dulce que fuese, resultaba inarticulado.
De nuevo el señor Rochester formuló su pregunta:
—¿Está el hombre errante y pecador, pero ahora anhelante de reposo y penitente, justificado en desafiar la opinión del mundo a fin de unir a sí para siempre a esta dulce, graciosa y afable desconocida, asegurando con ello su propia paz de espíritu y la regeneración de su vida?
—Señor —respondí—, el reposo de un errante o la enmienda de un pecador jamás deberían depender de una criatura mortal. Hombres y mujeres mueren; los filósofos flaquean en sabiduría y los cristianos en bondad: si alguien a quien conocéis ha sufrido y errado, que alce los ojos más arriba de sus iguales en demanda de fuerzas para enmendarse y consuelo para sanar.
—¡Pero el instrumento... el instrumento! Dios, que obra la labor, dispone el instrumento. Yo mismo he sido —os lo digo sin parábolas— un hombre mundano, disoluto e intranquilo; y creo haber encontrado el instrumento para mi cura en...
Hizo una pausa: las aves continuaron gorjeando, las hojas susurrando suavemente. Casi me maravilló que no contuviesen sus cantos y susurros para captar la revelación suspendida; pero habrían tenido que aguardar muchos minutos, tan largo fue el silencio. Al fin alcé la vista hacia el tardo orador: me miraba con vehemencia.
—Pequeña amiga —dijo en un tono del todo mudado, mientras su rostro mudaba también, perdiendo toda su suavidad y gravedad para volverse áspero y sarcástico—, habréis reparado en mi tierna inclinación hacia la señorita Ingram: ¿no creéis que si me casase con ella me regeneraría de firme?
Se levantó al instante, fue hasta el otro extremo del sendero y cuando regresó venía tarareando una melodía.
—Jane, Jane —dijo deteniéndose ante mí—, estáis enteramente pálida con vuestras vigilias: ¿no me maldecís por perturbar vuestro reposo?
—¿Maldeciros? No, señor.
—Estrechadme la mano en confirmación de la palabra. ¡Qué dedos tan fríos! Más calientes estaban anoche cuando los toqué a la puerta de la estancia misteriosa. Jane, ¿cuándo velaréis conmigo de nuevo?
—Siempre que pueda ser útil, señor.
—¡Por ejemplo, la noche anterior a mi boda! Estoy seguro de que no podré dormir. ¿Me prometéis quedaros levantada conmigo para hacerme compañía? Con vos puedo hablar de mi amada, pues ahora la habéis visto y la conocéis.
—Sí, señor.
—Es extraordinaria, ¿verdad, Jane?
—Sí, señor.
—Una mujer imponente... verdaderamente imponente, Jane: grande, morena y lozana; con cabellos como los que debieron de lucir las damas de Cartago. ¡Válgame Dios! ¡Ahí están Dent y Lynn en las caballerizas! Entrad por la arboleda, por aquel portillo.
Al marchar yo por un lado, él tomó por otro, y le oí en el patio decir alegremente:
—Mason os tomó la delantera a todos esta mañana; partió antes de la salida del sol: me levanté a las cuatro para despedirlo.
Fin del Episodio 46 · de 91
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