Capítulo XVIII · II
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Porque, cuando ella fracasaba, yo veía cómo habría podido triunfar. Flechas que rebotaban continuamente en el pecho del señor Rochester y caían inofensivas a sus pies habrían podido, bien lo sabía yo, de ser disparadas por una mano más certera, vibrar hondamente en su corazón orgulloso... despertar amor en su ojo severo y ternura en su semblante sardónico; o, mejor todavía, sin armas se habría podido alcanzar una muda conquista.
—¿Por qué no puede ella influir más en él, cuando tiene el privilegio de aproximarse tanto a su persona? —me preguntaba a mí misma—. ¡A buen seguro no puede quererle verdaderamente, o no quererle con verdadero afecto! De ser así, no necesitaría acuñar sus sonrisas con tanta prodigalidad, despedir miradas tan incesantes ni fabricar dengues tan rebuscados y composturas tan multitudinarias. Me parece que con solo sentarse tranquilamente a su lado, diciendo poco y mirando menos, se acercaría más a su corazón. He visto en su rostro una expresión muy distinta de la que lo endurece ahora mientras ella se le dirige con tanta vivacidad; pero entonces brotaba por sí sola: no era provocada por artes artificiosas ni maniobras calculadas; y bastaba aceptarla... responder a lo que preguntaba sin pretensiones, hablarle cuando era preciso sin melindres... para que aumentase y se volviese más bondadosa y afable, reconfortando a uno como un rayo de sol bienhechor. ¿Cómo se las arreglará para complacerle cuando estén casados? No creo que lo consiga; y sin embargo podría conseguirse; y su esposa podría, creo firmemente, ser la mujer más dichosa sobre la que brilla el sol.
No he dicho todavía nada condenatorio sobre el proyecto del señor Rochester de casarse por interés y conveniencias. Me asombró cuando descubrí por vez primera que tal era su intención: lo había creído un hombre poco propenso a dejarse guiar por motivos tan comunes en la elección de esposa; pero cuanto más consideraba la posición, educación y demás circunstancias de las partes, menos justificada me sentía para juzgar y censurar a él o a la señorita Ingram por obrar en conformidad con ideas y principios inculcados en ellos, sin duda, desde su infancia. Toda su clase profesaba estos principios: supuse, pues, que tendrían razones para mantenerlos que yo no alcanzaba a sondear. Me parecía que, de ser yo un caballero como él, solo recibiría en mi seno a una esposa a quien pudiese amar; pero la obviedad misma de las ventajas que para la propia dicha del marido ofrecía este plan me convenció de que debían de existir argumentos contra su adopción general de los cuales yo era por entero ignorante: de otro modo estaba segura de que todo el mundo obraría como yo deseaba obrar.
Pero en otros puntos, así como en este, me volvía sumamente indulgente hacia mi amo: iba olvidando todas sus faltas, sobre las que antaño había mantenido una atenta guardia. Con anterioridad había sido mi empeño estudiar todos los costados de su carácter: tomar lo malo con lo bueno; y del justo sopesar de ambos forjar un juicio equitativo. Ahora no veía nada malo. El sarcasmo que me había repelido, la aspereza que me había sobrecogido antaño, semejaban ahora sazonados condimentos en un plato exquisito: su presencia resultaba picante, pero su ausencia se habría sentido como algo comparativamente insípido. Y en cuanto a aquel algo vago —fuera siniestra o apesadumbrada, maquinadora o desalentada la expresión— que se abría ante un observador atento de vez en cuando en sus ojos, y se cerraba de nuevo antes de que se pudiese sondear la extraña profundidad parcialmente descubierta; aquel algo que solía infundirme temor y hacerme estremecer, como si hubiese estado deambulando entre colinas volcánicas y de pronto hubiese sentido temblar el suelo y contemplado abrirse una sima: aquel algo, a intervalos, aún lo divisaba; y con corazón palpitante, pero no con nervios paralizados. En vez de desear rehuirlo, anhelaba únicamente atreverme... descifrarlo; y consideraba dichosa a la señorita Ingram, porque algún día podría contemplar el abismo a su sabor, explorar sus secretos y analizar su naturaleza.
Entretanto, mientras yo solo pensaba en mi amo y en su futura desposada —solo los veía a ellos, solo oía su plática y consideraba únicamente sus movimientos de importancia—, los restantes miembros de la tertulia se hallaban entregados a sus propios intereses y entretenimientos particulares. Las señoras Lynn e Ingram continuaban departiendo en solemnes conferencias, donde inclinaban sus dos turbantes la una hacia la otra y alzaban sus cuatro manos en enfrentados ademanes de sorpresa, misterio u horror, conforme al tema sobre el que versaba su chismorreo, a semejanza de dos títeres agigantados. La suave señora Dent conversaba con la bondadosa señora Eshton; y ambas me dispensaban a veces una palabra o sonrisa de cortesía. Sir George Lynn, el coronel Dent y el señor Eshton discutían de política, de asuntos del condado o de negocios judiciales. Lord Ingram flirteaba con Amy Eshton; Louisa tocaba y cantaba ante y con uno de los señores Lynn; y Mary Ingram escuchaba con languidez las galanterías del otro. A veces todos, como de común acuerdo, suspendían sus conversaciones secundarias para observar y escuchar a los protagonistas principales: pues, a fin de cuentas, el señor Rochester y —por hallarse íntimamente ligada a él— la señorita Ingram eran el alma y la vida de la tertulia. Si él se ausentaba de la estancia una hora, una perceptible pesadez parecía deslizarse sobre el ánimo de sus invitados; y su regreso aseguraba un nuevo impulso a la vivacidad del diálogo.
La falta de su influjo animador se dejó sentir de modo peculiar un día en que había sido llamado a Millcote por negocios, sin probabilidades de regresar hasta tarde. La tarde se presentó lluviosa: un paseo que la comitiva había proyectado dar para visitar un campamento de gitanos, instalado recientemente en un ejido más allá de Hay, fue en consecuencia aplazado. Algunos de los caballeros habían bajado a las caballerizas: los más jóvenes, junto con las damas más jóvenes, jugaban al billar en la sala respectiva. Las viudas Ingram y Lynn buscaron consuelo en una sosegada partida de naipes. Blanche Ingram, tras haber repelido con altanero desdén algunas tentativas de la señora Dent y de la señora Eshton por incorporarla a la conversación, había tarareado primero algunas melodías sentimentales al piano y luego, habiendo ido a buscar una novela a la biblioteca, se había arrojado con displicente indolencia sobre un sofá, dispuesta a engañar con el hechizo de la ficción las tediosas horas de ausencia. La estancia y la casa permanecían en silencio: solo de cuando en cuando el alborozo de los jugadores de billar se dejaba oír desde arriba.
Pardiscaba la tarde y el reloj ya había anunciado la hora de vestirse para la cena, cuando la pequeña Adela, que permanecía arrodillada junto a mí en el alféizar del salón, exclamó de improviso:
—Voilà Monsieur Rochester, qui revient!
Me volví, y la señorita Ingram saltó de su sofá: los demás también alzaron la vista de sus respectivas ocupaciones; pues al mismo tiempo un crujido de ruedas y un salpicar de cascos de caballos sobre la grava mojada se hicieron audibles. Una silla de posta se aproximaba.
—¿Qué puede haberle dado para volver a casa de ese modo? —dijo la señorita Ingram—. Montaba en Mesrour (el caballo negro), ¿verdad?, cuando salió; y Pilot iba con él: ¿qué habrá hecho con los animales?
Al decir esto, aproximó su alta figura y sus amplios ropajes tan cerca de la ventana que me vi forzada a arquearme hacia atrás casi hasta quebrarme el espinazo: en su vehemencia no reparó en mí al principio, pero cuando lo hizo, torció el labio y se trasladó a otro ventanal. La silla de posta se detuvo; el postillón tocó la campanilla de la puerta y un caballero apeó ataviado con traje de viaje; pero no era el señor Rochester: era un hombre alto, de aire distinguido, un desconocido.
—¡Qué fastidio! —exclamó la señorita Ingram—. ¡Monita insoportable! —apostrofando a Adela—, ¿quién te subió a la ventana para dar falsas noticias? —Y me lanzó una mirada furibunda, como si yo tuviese la culpa.
Cierto parlamento se escuchó en el vestíbulo y al poco el recién llegado entró. Hizo una inclinación ante lady Ingram, considerándola la dama de mayor edad allí presente.
—Parece que llego en momento inoportuno, señora —dijo—, cuando mi amigo, el señor Rochester, se halla fuera de casa; pero llego de un viaje larguísimo, y creo que puedo presumir de un antiguo e íntimo trato para instalarme aquí hasta su regreso.
Sus modales eran corteses; su acento al hablar me pareció un tanto insólito: no precisamente extranjero, pero tampoco enteramente inglés: su edad rondaría la del señor Rochester... entre los treinta y los cuarenta; su tez era singularmente cetrina: por lo demás era un hombre apuesto, a primera vista en especial. Al examinarlo más de cerca, se descubría algo en su rostro que desagradaba, o más bien que dejaba de agradar. Sus facciones eran regulares, pero demasiado flojas: sus ojos grandes y bien rasgados, pero la vida que asomaba en ellos era una vida apagada y vacía... al menos así me lo pareció.
El tañido de la campana de vestir dispersó a la concurrencia. No fue sino después de la cena cuando volví a verlo: parecía entonces completamente a sus anchas. Pero su fisonomía me agradó todavía menos que antes: me causó la impresión de ser a la par inestable e inanimada. Su mirada vagaba sin rumbo y carecía de sentido en su extravío: esto le confería un aspecto extraño, cual jamás recordaba haber visto. Para ser un hombre bien parecido y de aire no antipático, me causaba un profundo rechazo: no había fuerza en aquel rostro de piel lisa y óvalo completo; ninguna firmeza en aquella nariz aguileña y pequeña boca color cereza; no había pensamiento en la frente baja y pareja; ningún mando en aquel ojo castaño y desierto.
Sentada en mi rincón habitual y contemplándolo con la luz de los candelabros de la chimenea bañándolo de lleno —pues ocupaba un sillón arrimado a la lumbre y continuaba encogiéndose más cerca, como si sintiese frío—, lo comparé con el señor Rochester. Creo (dicho sea con el debido respeto) que el contraste no podría ser mucho mayor entre un ganso lustroso y un halcón fiero: entre una mansa oveja y el perro de pelo áspero y mirada penetrante, su guardián.
Había hablado del señor Rochester como de un viejo amigo. Una curiosa amistad debió de ser la suya: una elocuente ilustración, en verdad, del viejo adagio de que «los extremos se tocan».
Dos o tres de los caballeros se sentaban cerca de él y yo captaba a ratos retazos de su conversación a través de la sala. Al principio no alcanzaba a entender gran cosa de cuanto oía, pues la charla de Louisa Eshton y Mary Ingram, que estaban sentadas más cerca de mí, confundía las frases fragmentarias que me llegaban a intervalos. Estas últimas comentaban sobre el desconocido: ambas lo llamaban «un hombre hermoso». Louisa decía que era «un encanto de criatura» y que «lo adoraba»; y Mary ponía como ejemplo su «boquita tan linda y su hermosa nariz» como su ideal de lo encantador.
—¡Y qué frente tan dulce tiene! —exclamó Louisa—, tan lisa... nada de esas irregularidades ceñudas que tanto detesto; ¡y qué mirada y sonrisa tan apacibles!
Y luego, para gran alivio mío, el señor Henry Lynn las llamó al otro lado de la estancia para resolver cierto punto sobre la aplazada excursión al ejido de Hay.
Pude entonces concentrar mi atención en el grupo junto a la lumbre, y pronto colegí que el recién llegado se llamaba señor Mason; luego supe que acababa de desembarcar en Inglaterra y que procedía de algún país cálido: razón por la cual, sin duda, su rostro era tan cetrino, se sentaba tan cerca del fuego y vestía un sobretodo dentro de casa. Poco después las palabras Jamaica, Kingston y Spanish Town señalaron las Indias Occidentales como su lugar de residencia; y fue con no poco asombro como descubrí, al poco rato, que allí había conocido y entablado amistad con el señor Rochester. Habló de la aversión de su amigo hacia los calores abrasadores, los huracanes y las estaciones lluviosas de aquella región. Yo sabía que el señor Rochester había sido viajero: la señora Fairfax me lo había dicho; pero creía que el continente europeo había marcado el límite de sus andanzas; hasta entonces jamás había escuchado la menor insinuación sobre visitas a costas más remotas.
Cavilaba sobre estas cosas cuando un incidente, y un incidente un tanto imprevisto, quebró el hilo de mis reflexiones. El señor Mason, temblando al abrir alguien casualmente la puerta, pidió que echaran más carbón al fuego, cuyas llamas se habían apagado, si bien la masa de ascuas aún brillaba roja y ardiente. El lacayo que trajo el carbón, al salir, se detuvo junto a la silla del señor Eshton y le dijo algo en voz baja, de lo cual solo alcancé a percibir las palabras «anciana» y «bastante molesta».
—Decidle que se la pondrá en el cepo si no se marcha —respondió el magistrado.
—¡No... deteneos! —interrumpió el coronel Dent—. No la despidáis, Eshton; podríamos sacar partido del asunto; mejor consultemos a las damas. —Y hablando en voz alta, prosiguió—: Señoras, hablabais de ir al ejido de Hay a visitar el campamento gitano; Sam dice aquí que una de las viejas adivinas se encuentra en el comedor de la servidumbre en este momento, y se empeña en comparecer ante las personas de calidad para echarles la buenaventura. ¿Gustaríais de verla?
Fin del Episodio 40 · de 91
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