Capítulo XVIII · III
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Ciertamente, coronel —exclamó lady Ingram—, ¿no alentará usted a tan vil impostora? ¡Despídala de inmediato, por todos los medios!
—Pero no logro persuadirla de que se marche, mi señora —dijo el lacayo—; ni ninguno de los criados puede: la señora Fairfax está con ella ahora mismo, rogándole que se vaya; pero ha tomado asiento en el rincón del fuego y dice que nada la moverá de allí hasta que obtenga permiso para entrar aquí.
—¿Qué desea? —preguntó la señora Eshton.
—«Decirles la buenaventura a las personas distinguidas», dice, señora; y jura que debe hacerlo y que lo hará.
—¿Cómo es? —inquirieron las señoritas Eshton al unísono.
—Una vieja espantosamente fea, señoritas; casi tan negra como una olla.
—¡Vaya, es una auténtica hechicera! —exclamó Frederick Lynn—. ¡Que pase, por supuesto!
—Desde luego —repuso su hermano—; sería una lástima infinita desperdiciar semejante ocasión de diversión.
—Queridos muchachos, ¿en qué estáis pensando? —exclamó la señora Lynn.
—No puedo tolerar en modo alguno un proceder tan inconsecuente —terció la viuda de Ingram.
—Al contrario, mamá, podéis tolerarlo... y lo haréis —pronunció la altiva voz de Blanche, volviéndose en el taburete del piano, donde hasta entonces había permanecido silenciosa, examinando al parecer varias partituras de música—. Siento curiosidad por que me digan mi buenaventura: de modo que, Sam, haced pasar a la vieja.
—¡Queridísima Blanche! Recuerda...
—Lo recuerdo... recuerdo cuanto puedas sugerirme; y he de salirme con la mía... ¡rápido, Sam!
—¡Sí, sí, sí! —gritaron todos los jóvenes, tanto damas como caballeros—. ¡Que venga... será un pasatiempo magnífico!
El lacayo aún vacilaba. «Tiene un aspecto tan montaraz», dijo.
—¡Vete! —exclamó la señorita Ingram, y el criado partió.
La agitación se apoderó al instante de toda la tertulia: un fuego nutrido de pullas y chanzas proseguía cuando Sam regresó.
—No quiere venir ahora —dijo—. Dice que no es su misión presentarse ante la «caterva vulgar» (esas son sus palabras). Debo conducirla a una habitación a solas, y luego quienes deseen consultarla han de acudir ante ella de uno en uno.
—Ya lo ves ahora, mi regia Blanche —comenzó lady Ingram—, se toma libertades. Sigue mi consejo, ángel mío... y...
—Hacedla pasar a la biblioteca, por supuesto —interrumpió la «muchacha angelical»—. Tampoco forma parte de mi misión escucharla delante de la caterva vulgar: tengo el firme propósito de tenerla enteramente para mí sola. ¿Acaso hay buen fuego encendido en la biblioteca?
—Sí, señorita... pero parece una verdadera gitana andrajosa.
—¡Cállate esa boca, badulaque, y cumple mi mandato!
De nuevo Sam desapareció; y el misterio, la animación y la expectación crecieron en pleno caudal una vez más.
—Ya está lista —dijo el lacayo al reaparecer—. Desea saber quién será su primer visitante.
—Creo que convendría que yo le echase una ojeada antes de que vaya ninguna de las damas —dijo el coronel Dent.
—Dile, Sam, que va un caballero.
Sam fue y regresó.
—Dice, señor, que no recibirá a caballeros; que no se tomen la molestia de acercarse a ella; ni tampoco —añadió reprimiendo con esfuerzo una risita— a señoras, salvo que sean jóvenes y solteras.
—¡Por Júpiter, tiene buen gusto! —exclamó Henry Lynn.
La señorita Ingram se levantó con solemnidad: «Yo voy primero», dijo en un tono que bien hubiese cuadrado al caudillo de una partida intrépida, escalando una brecha a la cabeza de sus hombres.
—¡Oh, primor mío! ¡Oh, queridísima mía! ¡Deténte... reflexiona! —fue el clamor de su mamá; pero ella pasó a su lado con señorial silencio, cruzó la puerta que el coronel Dent sostenía abierta y la oímos entrar en la biblioteca.
Siguió un silencio relativo. Lady Ingram juzgó llegada la ocasión de retorcerse las manos, cosa que hizo en consecuencia. La señorita Mary declaró que sentía, por su parte, no atreverse jamás a aventurarse. Amy y Louisa Eshton reían por lo bajo, con aire un tanto asustado.
Los minutos transcurrían con extrema lentitud: quince se contaron antes de que la puerta de la biblioteca volviese a abrirse. La señorita Ingram regresó hasta nosotros a través del arco.
¿Reiría? ¿Se lo tomaría a broma? Todos los ojos la recibieron con una mirada de vehemente curiosidad, y ella devolvió a todas las miradas una de rechazo y frialdad; no parecía turbada ni alegre: caminó rígidamente hacia su asiento y lo ocupó en silencio.
—Y bien, ¿Blanche? —dijo lord Ingram.
—¿Qué dijo, hermana? —preguntó Mary.
—¿Qué te pareció? ¿Cómo te sientes? ¿Es una adivina auténtica? —demandaron las señoritas Eshton.
—Vamos, vamos, buena gente —repuso la señorita Ingram—, no me acoséis. Ciertamente vuestros órganos de pasmo y credulidad se excitan con facilidad: semejáis, por la importancia que todos vosotros —mi buena mamá incluida— otorgáis a este negocio, creer a pies juntillas que tenemos a una auténtica bruja en la casa, en estrecha alianza con el maligno. He visto a una vagabunda gitana; ha ejercido de modo trillado la ciencia de la quiromancia y me ha dicho lo que semejante ralea suele decir. Mi capricho está colmado; y ahora juzgo que el señor Eshton hará bien en poner a la vieja en el cepo mañana por la mañana, como amenazó.
La señorita Ingram tomó un libro, se recostó en su butaca y declinó de ese modo continuar la conversación. La observé durante casi media hora: a lo largo de todo ese tiempo jamás pasó una página, y su rostro se tornó a cada instante más sombrío, más descontento y más agriamente expresivo de decepción. Evidentemente no había escuchado nada favorable para ella: y me pareció, por su prolongado acceso de melancolía y taciturnidad, que ella misma, a despecho de su profesada indiferencia, concedía excesiva importancia a cuantas revelaciones se le habían hecho.
Durante todo ese tiempo jamás pasó una página.
Entretanto Mary Ingram, Amy y Louisa Eshton declararon no atreverse a ir solas; y sin embargo todas deseaban acudir. Se entabló una negociación por mediación del embajador Sam; y tras muchas idas y venidas, hasta que, según creo, las pantorrillas del antedicho Sam debieron de resentirse por el ejercicio, se obtuvo al cabo con gran dificultad de la rigurosa sibila el permiso para que las tres se presentasen ante ella en corporación.
Su visita no resultó tan sosegada como la de la señorita Ingram: escuchamos risitas histéricas y breves chillidos que procedían de la biblioteca; y al cabo de unos veinte minutos abrieron la puerta con estrépito y cruzaron corriendo el vestíbulo como si hubiesen perdido el juicio del espanto.
—¡Estoy segura de que tiene algo diabólico! —gritaban a una voz—. ¡Nos ha dicho tales cosas! ¡Lo sabe todo acerca de nosotras! —y se dejaron caer sin aliento en los diversos asientos que los caballeros se apresuraron a acercarles.
Apremiadas en demanda de mayores explicaciones, declararon que les había referido cosas que habían dicho e intentado cuando eran meras niñas; descrito libros y adornos que tenían en sus tocadores en casa: recuerdos que diversos parientes les habían obsequiado. Afirmaban que incluso había adivinado sus pensamientos, susurrado al oído de cada una el nombre de la persona que más querían en el mundo y enterádolas de lo que más fervientemente anhelaban.
Aquí intervinieron los caballeros con fervientes ruegos para verse instruidos sobre estos dos últimos puntos; pero solo obtuvieron rubores, exclamaciones, estremecimientos y risillas en recompensa a su insistencia. Las matronas, entretanto, ofrecían frasquitos de sales y agitaban abanicos; reiterando una y otra vez la expresión de su pesadumbre por que su advertencia no se hubiese acogido a tiempo; los caballeros mayores reían y los más jóvenes ofrecían sus servicios a las acongojadas damiselas.
En medio del tumulto, y mientras mis ojos y oídos se hallaban enteramente entregados a la escena ante mí, oí un carraspeo pegado a mi codo: me volví y vi a Sam.
—Si os place, señorita, la gitana afirma que hay otra joven dama soltera en la sala que aún no ha pasado por su presencia, y jura que no se marchará hasta haberlas visto a todas. Pensé que debíais ser vos: no queda nadie más. ¿Qué queréis que le diga?
—¡Oh, iré con mucho gusto! —respondí; y me alegré de la imprevista ocasión de satisfacer mi vivamente excitada curiosidad. Me escurrí de la estancia sin ser advertida por nadie— pues la concurrencia se agolpaba en torno al trémulo trío recién regresado —y cerré la puerta sosegadamente tras de mí.
—Si gustáis, señorita —dijo Sam—, aguardaré en el vestíbulo por vos; y si os asusta, no tenéis más que llamar y entraré.
—No, Sam, regresa a la cocina: no tengo el menor miedo. —Ni lo tenía; pero me sentía sumamente interesada y expectante.
Fin del Episodio 41 · de 91
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