Capítulo XVII · IV
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Flor de lirio mía, tenéis razón ahora, como siempre.
—Entonces no se hable más: cambiad de asunto.
Amy Eshton, sin oír o sin atender a este mandato, intervino con su tono suave e infantil: «Louisa y yo solíamos burlarnos de nuestra institutriz también; pero era tan buena criatura que lo aguantaba todo: nada la sacaba de quicio. Jamás se enfadaba con nosotras; ¿verdad, Louisa?».
—No, jamás: podíamos hacer lo que nos viniese en gana; registrarle el escritorio y el costurero, y revolverle los cajones de arriba abajo; y era tan bondadosa que nos daba cuanto le pedíamos.
—Imagino —dijo la señorita Ingram torciendo el labio sarcásticamente— que ahora tendremos un compendio de las memorias de todas las institutrices habidas y por haber: con objeto de conjurar semejante plaga, propongo de nuevo la adopción de un tema nuevo. Señor Rochester, ¿secundáis mi propuesta?
—Señora, os apoyo en este punto como en cualquier otro.
—Entonces recaiga sobre mí la carga de promoverlo. Signor Eduardo, ¿estáis en voz esta noche?
—Donna Bianca, si lo ordenáis, lo estaré.
—Entonces, signor, os impongo mi soberano mandato de limpiar vuestros pulmones y demás órganos vocales, puesto que habrán de ser requeridos para mi regio servicio.
—¿Quién no sería el Rizzio de tan divina María?
—¡Un comino por Rizzio! —exclamó ella, sacudiendo la cabeza con todos sus bucles mientras se dirigía al piano—. En mi opinión, el violinista David debió de ser un sujeto bastante insípido; prefiero al moreno Bothwell: a mi juicio un hombre no es nada sin una pizca de demonio en el cuerpo; y diga la historia lo que quiera de James Hepburn, pero tengo para mí que era cabalmente la clase de héroe montaraz, fiero y bandolero a quien yo habría consentido otorgar mi mano.
—¡Caballeros, ya oís! Ahora bien, ¿cuál de vosotros se parece más a Bothwell? —exclamó el señor Rochester.
—Diría que la preferencia recae en vos —respondió el coronel Dent.
—Por mi honor que os quedo sumamente agradecido —fue la respuesta.
La señorita Ingram, que ya se había sentado con altiva gracia al piano, desplegando sus ropajes níveos con majestad de reina, comenzó un brillante preludio; conversando entretanto. Parecía subida a sus laureles aquella noche; tanto sus palabras como sus modales semejaban destinados a excitar no solo la admiración, sino el pasmo de sus oyentes: estaba empeñada evidentemente en impresionarles como algo sumamente audaz y resuelto en verdad.
—¡Oh, estoy tan harta de los jóvenes de la actualidad! —exclamó, aporreando el instrumento—. Pobres criaturas enclenques, incapaces de dar un paso más allá de las verjas del parque de papá, ¡y de ir siquiera tan lejos sin el permiso y tutela de mamá! Criaturas tan embebidas en el cuidado de sus lindas caras, de sus blancas manos y de sus menudos pies, ¡como si un hombre tuviese algo que ver con la belleza! ¡Como si la hermosura no fuese la prerrogativa privativa de la mujer... su legítimo patrimonio y heredad! Admito que una mujer fea es un borrón sobre la faz de la creación; pero en cuanto a los caballeros, que procuren poseer únicamente fuerza y valor: que su lema sea: montear, cazar y combatir: lo demás no vale un ardite. Esa sería mi divisa si fuese hombre.
—Cada vez que me case —continuó tras una pausa que nadie interrumpió—, estoy resuelta a que mi marido no sea un rival, sino un contraste para mí. No toleraré competidor cerca del trono; exigiré un homenaje indiviso: sus devociones no habrán de repartirse entre mi persona y la figura que contempla en su espejo. Señor Rochester, cantad ahora y tocaré para vos.
—Soy todo obediencia —fue la respuesta.
—He aquí entonces una canción de corsarios. Sabed que me chiflan los corsarios; y por esa razón, cantadla con spirito.
—Los mandatos de labios de la señorita Ingram infundirían espíritu a una taza de leche con agua.
—Tened cuidado entonces: si no me complacéis, os avergonzaré mostrándoos cómo deben hacerse tales cosas.
—Eso es ofrecer un premio a la incapacidad: me esforzaré ahora por fracasar.
—¡Gardez-vous en bien! Si erráis deliberadamente, idearé un castigo proporcionado.
—La señorita Ingram debería ser clemente, pues está en su poder infligir un escarmiento superior a la humana resistencia.
—¡Ja! ¡Explicaos! —ordenó la dama.
—Perdonadme, señora: huelga toda explicación; vuestro propio fino seso ha de informaros de que uno de vuestros ceños constituiría sustituto sobrado de la pena capital.
—¡Cantad! —dijo ella, y acariciando de nuevo las teclas del piano, comenzó un acompañamiento de estilo fogoso.
«Ahora es mi momento de escabullirme», pensé; pero las notas que rasgaron entonces el aire me detuvieron. La señora Fairfax había dicho que el señor Rochester poseía una hermosa voz: en efecto, un bajo pastoso y potente en el que volcaba su propio sentimiento, su propia fuerza; hallando camino a través del oído hasta el corazón y despertando allí sensaciones de un modo extraño. Aguardé a que la última vibración honda y plena se extinguiese... a que la marea de la conversación, frenada un instante, reanudase su curso; salí entonces de mi rincón protegido y gané la puerta lateral, que por fortuna quedaba cerca. De allí un angosto pasillo conducía al vestíbulo: al cruzarlo advertí que se me había soltado la sandalia; me detuve a atarla, arrodillándome sobre la estera al pie de la escalera con tal objeto. Oí abrirse la puerta del comedor; un caballero salió; levantándome con premura, me hallé cara a cara con él: era el señor Rochester.
—¿Cómo estáis? —preguntó.
—Estoy muy bien, señor.
—¿Por qué no vinisteis a hablarme en la sala?
Pensé que bien habría podido devolverle la pregunta a quien me la formulaba; pero no me tomé tal libertad. Respondí:
—No quise importunarle, pues parecía ocupado, señor.
—¿Qué habéis estado haciendo durante mi ausencia?
—Nada en particular; enseñar a Adela como de costumbre.
—Y poniéndoos bastante más pálida de lo que estabais... según vi a primera vista. ¿Qué os ocurre?
—Nada en absoluto, señor.
—¿Cogisteis frío la noche en que casi me ahogáis?
—En lo más mínimo.
—Regresad al salón: estáis desertando demasiado pronto.
—Estoy cansada, señor.
Me miró durante un minuto.
—Y un poco abatida —dijo—. ¿Por qué causa? Decídmelo.
—Por nada... por nada, señor. No estoy abatida.
—Pero afirmo que lo estáis: tan abatida que unas pocas palabras más os arrancarían lágrimas de los ojos... en verdad ya están ahí, asomando y nadando; y una gota se ha desprendido de las pestañas y ha caído sobre la losa. Si tuviese tiempo, y no temiese mortalmente que pasase algún criado impertinente y chismoso, sabría lo que todo esto significa. Bueno, por esta noche os disculpo; pero entended bien que mientras permanezcan mis visitas, espero que comparezcáis en el salón todas las noches: es mi voluntad; no la descuidéis. Ahora marchaos y enviad a Sophie por Adela. Buenas noches, mi... —Se detuvo, se mordió el labio y me dejó bruscamente.
Fin del Episodio 38 · de 91
Capítulo XVII · IV
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