Capítulo XVII · II
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Pronto las habitaciones dejaron salir a sus hermosas ocupantes una tras otra: cada una salía alegre y airosa, con vestidos que centelleaban relucientes a través de la penumbra. Por un instante permanecieron agrupadas en el otro extremo de la galería, departiendo en un tono de dulce y sosegada vivacidad: luego descendieron la escalera casi tan silenciosamente como una niebla luminosa se desliza colina abajo. Su apariencia colectiva me dejó una impresión de distinción y noble alcurnia, cual jamás antes había contemplado.
Encontré a Adela atisbando por la puerta del aula de estudio, que sostenía entornada. «¡Qué señoras tan hermosas!», exclamó en inglés. «¡Oh, ojalá pudiera bajar con ellas! ¿Cree que el señor Rochester mandará por nosotras luego, después de la cena?».
—No, ciertamente, no lo creo; el señor Rochester tiene otras cosas en qué pensar. No te preocupes por las señoras esta noche; tal vez las veas mañana: aquí tienes tu cena.
Tenía hambre de veras, de suerte que el pollo y las tartas sirvieron para distraer su atención por un rato. Bien estuvo que me procurase estas vituallas, o tanto ella como yo y Sophie, a quien llevé una porción de nuestra merienda, habríamos corrido el riesgo de quedarnos sin cena alguna: todos abajo estaban demasiado atareados para acordarse de nosotras. El postre no se sirvió hasta pasadas las nueve; y a las diez los lacayos aún iban y venían con bandejas y tazas de café. Permití a Adela quedarse levantada mucho más tarde de lo habitual; pues declaró que le era del todo imposible conciliar el sueño mientras las puertas continuaran abriéndose y cerrándose abajo y la gente bullera de un lado a otro. Además, añadió, cabía la posibilidad de que llegara un recado del señor Rochester cuando estuviese desvestida; «et alors quel dommage!».
Le conté cuentos mientras quiso escucharlos; y luego, por variar, la llevé a la galería. La lámpara del vestíbulo estaba encendida ya, y le divertía asomarse a la balaustrada y contemplar a los criados cruzando de un lado a otro. Cuando la velada estuvo muy avanzada, resonó música desde el salón, adonde habían trasladado el piano; Adela y yo nos sentamos en el escalón superior de la escalera para escuchar. Al poco rato una voz se unió a las ricas notas del instrumento: era una dama la que cantaba, y sumamente dulces eran sus notas. Concluido el solo siguió un dúo, y luego un coro; un alegre murmullo de conversación llenaba los intervalos. Escuché largamente: de repente descubrí que mi oído se hallaba enteramente dedicado a analizar los sonidos mezclados, procurando discriminar entre la confusión de acentos los del señor Rochester; y cuando los captó, lo cual no tardó en suceder, encontró una nueva tarea en articular aquellas inflexiones, apagadas por la distancia, en palabras.
El reloj dio las once. Miré a Adela, cuya cabeza se apoyaba en mi hombro; sus ojos comenzaban a ponerse pesados, de modo que la tomé en mis brazos y la llevé a la cama. Pasaba de la una antes de que los caballeros y las damas se retirasen a sus aposentos.
El día siguiente se presentó tan apacible como el anterior: fue dedicado por la comitiva a una excursión a algún paraje de la vecindad. Partieron temprano por la mañana, unos a caballo y el resto en carruajes; presencié tanto la partida como el regreso. La señorita Ingram, como antes, fue la única dama amazona; y, como antes, el señor Rochester galopaba a su lado; ambos cabalgaban un poco apartados del resto. Señalé esta circunstancia a la señora Fairfax, que se hallaba asomada a la ventana conmigo:
—Dijisteis que no era probable que pensaran en casarse —dije—; pero ya veis que el señor Rochester evidentemente la prefiere a ella por encima de cualquier otra dama.
—Sí, me lo imagino: sin duda la admira.
—Y ella a él —añadí—; mirad cómo inclina la cabeza hacia él como si conversaran en confidencia; ojalá pudiera verle el rostro; jamás he podido vislumbrarlo todavía.
—La veréis esta noche —respondió la señora Fairfax—. Casualmente le comenté al señor Rochester cuánto deseaba Adela ser presentada a las damas, y él dijo: «¡Oh, que baje al salón después de cenar, y rogad a la señorita Eyre que la acompañe!».
—Sí; dijo eso por pura cortesía: no es menester que vaya yo, estoy segura —respondí.
—Bueno, le hice notar que, como no estabais acostumbrada a la sociedad, no creía que os agradase comparecer ante una comitiva tan alegre... todos extraños; y él replicó, con su habitual premura: «¡Tonterías! Si pone reparos, decidle que es mi deseo particular; y si se resiste, decidle que iré yo mismo a buscarla en caso de contumacia».
—No le daré esa molestia —respondí—. Iré, si no queda más remedio; pero no me complace. ¿Estaréis vos allí, señora Fairfax?
—No; me excusé y él admitió mi excusa. Os diré cómo arreglároslas para evitar el apuro de hacer una entrada formal, que es la parte más enojosa del asunto. Debéis entrar en el salón mientras esté vacío, antes de que las señoras se levanten de la mesa; elegid asiento en cualquier rincón tranquilo que gustéis; no necesitáis permanecer mucho tiempo después de que entren los caballeros, a menos que os plazca: basta con que el señor Rochester vea que estáis allí y luego os escurrís... nadie reparará en vos.
—¿Permanecerá mucho tiempo esta gente, creéis?
—Acaso dos o tres semanas, ciertamente no más. Pasadas las vacaciones de Pascua, sir George Lynn, que fue elegido recientemente diputado por Millcote, tendrá que trasladarse a la capital y ocupar su escaño; imagino que el señor Rochester lo acompañará: me extraña que haya hecho ya una estancia tan dilatada en Thornfield.
Fue con cierta inquietud como vi aproximarse la hora en que debía acudir con mi pupila al salón. Adela se había pasado el día en un estado de éxtasis tras saber que sería presentada a las damas por la noche; y solo se sosegó cuando Sophie dio comienzo a la operación de vestirla. Entonces la trascendencia del proceso la calmó prontamente, y para cuando tuvo sus bucles dispuestos en suaves y caídos racimos, puesto el vestido de satén rosa, atada la ancha cinta y ajustados los mitones de encaje, lucía tan circunspecta como un magistrado. No hubo necesidad de advertirle que no desarreglase su tocado: una vez vestida, se sentó con formalidad en su sillita, cuidando previamente de levantarse la falda de satén por temor a arrugarla, y me aseguró que no se movería de allí hasta que yo estuviese lista. Pronto lo estuve: mi mejor vestido —aquel gris perla comprado para la boda de la señorita Temple y jamás usado desde entonces— quedó puesto en breve; mi cabello peinado; mi único adorno, el broche de perlas, prendido. Descendimos.
Por fortuna existía otra entrada al salón además de la que cruzaba el comedor donde todos estaban sentados a la mesa. Hallamos la estancia desierta; un gran fuego ardía silencioso en la chimenea de mármol y las velas de cera resplandecían en luminosa soledad entre las exquisitas flores con que se hallaban adornadas las mesas. La cortina carmesí colgaba ante el arco: por leve que fuese la separación que este cortinaje formaba respecto a la concurrencia del comedor vecino, hablaban en un tono tan bajo que nada de su conversación podía distinguirse más allá de un plácido murmullo.
Adela, que parecía hallarse todavía bajo el influjo de una solemnidad absoluta, se sentó sin pronunciar palabra sobre el taburete que le señalé. Me retiré al alféizar de una ventana y, tomando un libro de una mesa cercana, procuré leer. Adela arrastró su banqueta hasta mis pies; al poco rato me tocó la rodilla.
—¿Qué ocurre, Adela?
—Est-ce que je ne puis pas prendre une seule de ces fleurs magnifiques, mademoiselle? Seulement pour compléter ma toilette.
—Piensas demasiado en tu «toilette», Adela; pero puedes tomar una flor. —Y tomé una rosa de un jarrón y se la prendí en la cinta del talle. Exhaló un suspiro de inefable contento, como si su copa de dicha colmara al fin. Volví la cara para ocultar una sonrisa que no pude reprimir: había algo risible a la par que conmovedor en la devoción ferviente e innata de la pequeña parisina hacia las galas del atuendo.
Un suave rumor de sillas corriendo se dejó oír entonces; la cortina fue descorrida del arco; a través de él apareció el comedor, con su encendida araña derramando torrentes de luz sobre la plata y el cristal de un magnífico servicio de postre que cubría una larga mesa; un grupo de damas apareció en el vano; entraron y el cortinaje cayó tras ellas.
No eran más que ocho; pero de algún modo, al penetrar en tropel, producían la impresión de un número mucho mayor. Algunas eran sumamente altas; muchas vestían de blanco; y todas lucían una fastuosa amplitud de ropajes que parecía agigantar sus figuras como la niebla agiganta la luna. Me levanté y les hice una reverencia: una o dos inclinaron la cabeza en respuesta; las restantes se limitaron a mirarme de hito en hito.
Se dispersaron por la estancia, recordándome, por la ligereza y soltura de sus movimientos, a una bandada de aves de plumaje blanco. Algunas se arrojaron en posturas recostadas sobre los sofás y otomanas; algunas se inclinaron sobre las mesas examinando flores y libros; las restantes se congregaron en corro junto a la lumbre: todas hablaban en un tono bajo pero claro que les era habitual. Supe sus nombres más tarde, y bien puedo referirlos ahora.
Primero estaba la señora Eshton y dos de sus hijas. Había sido evidentemente una mujer hermosa, y aún se conservaba bien. De sus hijas, la mayor, Amy, era menudita: candorosa e infantil de rostro y modales, y pizpireta de figura; su vestido de muselina blanca con lazo azul le sentaba a maravilla. La segunda, Louisa, era más alta y más esbelta de porte, con un rostro muy lindo, de esa estirpe que los franceses llaman minois chiffonné: ambas hermanas eran blancas como lirios.
Lady Lynn era un personaje corpulento y fornido de unos cuarenta años, muy erguida, de aspecto sumamente altivo, vestida con un traje de satén de cambiantes reflejos: sus cabellos oscuros brillaban lustrosos bajo la sombra de una pluma azul y dentro del cerco de una diadema de pedrería.
La señora del coronel Dent era menos vistosa; pero, a mi parecer, de modales más distinguidos. Poseía una figura menuda, rostro pálido y suave, y cabellos claros. Su vestido de satén negro, su mantilla de ricos encajes extranjeros y sus adornos de perlas me agradaron más que el resplandor irisado de la dama titulada.
Pero las tres más distinguidas —en parte, acaso, por ser las figuras más altas del grupo— eran la señora vizcondesa viuda de Ingram y sus hijas, Blanche y Mary. Las tres poseían la estatura más elevada entre las mujeres. La viuda rondaría entre los cuarenta y los cincuenta: su talle era aún fino; sus cabellos (a la luz de las velas al menos) todavía negros; sus dientes, al parecer, perfectos todavía. La mayoría la habría considerado una mujer espléndida para su edad; y así era, sin duda, físicamente hablando; pero había una expresión de altivez casi insoportable en su porte y semblante. Poseía facciones romanas y papada, que se perdía en un cuello como una columna: estas facciones se me antojaron no solo hinchadas y adustas, sino incluso surcadas por el orgullo; y la barbilla se sostenía por el mismo principio en una postura de rigidez casi preternatural. Tenía, asimismo, unos ojos fieros y duros: me recordaba a la señora Reed; silabeaba las palabras al hablar; su voz era profunda, sus inflexiones sumamente pomposas, dogmáticas... intolerables, en suma. Un vestido de terciopelo carmesí y un turbante confeccionado con alguna tela india tejida en oro la investían —así lo juzgaba ella, imagino— de una majestad verdaderamente imperial.
Blanche y Mary eran de igual estatura... erguidas y altas como álamos. Mary resultaba demasiado enjuta para su talla, pero Blanche estaba esculpida como una Diana. La contemplé, como es natural, con particular interés. Primero, deseaba ver si su estampa se correspondía con la descripción de la señora Fairfax; segundo, si se parecía en algo a la miniatura imaginaria que yo había pintado de ella; y tercero —¡habrá de salir a la luz!— si era tal como para encajar en el gusto del señor Rochester.
En lo que al cuerpo atañe, respondía punto por punto tanto a mi retrato como a la descripción de la señora Fairfax. El noble busto, los hombros inclinados, el cuello esbelto, los ojos oscuros y los negros bucles estaban todos allí... ¿pero su rostro? Su rostro se parecía al de su madre: un retrato juvenil y sin arrugas; la misma frente baja, las mismas altas facciones, el mismo orgullo. ¡No era, sin embargo, un orgullo tan taciturno! Reía de continuo; su risa era satírica, como lo era la habitual expresión de su labio arqueado y desdeñoso.
Dicen que el genio es pagado de sí mismo. No sé si la señorita Ingram era un genio, pero pagada de sí misma sí lo era... extraordinariamente pagada de sí misma en verdad. Entabló una plática de botánica con la afable señora Dent. Parecía que la señora Dent no había cursado esa ciencia: aunque, según dijo, le gustaban las flores, «en especial las silvestres»; la señorita Ingram sí, y desgranó el vocabulario con suficiencia. Pronto advertí que estaba burlándose de la señora Dent; es decir, jugando con su ignorancia: su treta podía resultar ingeniosa, pero decididamente carecía de bondad. Tocó el piano: su ejecución era brillante; cantó: su voz era hermosa; habló francés a solas con su madre, y lo habló con soltura, fluidez y buena pronunciación.
Fin del Episodio 36 · de 91
Capítulo XVII · II
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