Jane Eyre·Episodio 35

Capítulo XVII · I

~12 min · 2357 palabras

Transcurrió una semana sin que llegasen noticias del señor Rochester: diez días, y todavía no venía. La señora Fairfax dijo que no le extrañaría que marchase directamente desde los Leas a Londres, y de allí al Continente, sin volver a asomar la cara por Thornfield en un año entero; no pocas veces se había ausentado de manera tan brusca e inesperada. Al oír esto, empecé a sentir un extraño frío y desfallecimiento en el corazón. Me estaba permitiendo en verdad experimentar una amarga sensación de desengaño; pero recobrando el juicio y recordando mis principios, llamé al punto al orden a mis sensaciones; y resultó admirable cómo superé aquel traspié pasajero... cómo disipé el error de suponer que los movimientos del señor Rochester fuesen asunto en el que tuviese yo motivo para tomar un interés vital. No es que me humillase con una servil noción de inferioridad: por el contrario, me dije simplemente:

—Nada tenéis que ver con el amo de Thornfield más allá de recibir el salario que os paga por educar a su protegida, y de agradecer el trato respetuoso y bondadoso que, si cumplís con vuestro deber, tenéis derecho a esperar de sus manos. Tened por seguro que ese es el único vínculo que él reconoce seriamente entre vos y él; de modo que no lo convirtáis en objeto de vuestros tiernos afectos, de vuestros arrebatos, congojas y demás devaneos. Él no pertenece a vuestra esfera: permaneced en vuestra condición y tened bastante amor propio para no malgastar el amor de todo el corazón, del alma y de las fuerzas donde semejante ofrenda no es requerida y sería despreciada.

Proseguí con las labores de mi jornada tranquilamente; pero de vez en cuando sugerencias vagas cruzaban por mi cerebro aduciendo razones por las cuales debía abandonar Thornfield; y me sorprendía formulando involuntariamente anuncios y sopesando conjeturas sobre nuevas colocaciones: a tales pensamientos no intenté ponerles freno; que germinaran y dieran fruto si podían.

Llevaba ausente el señor Rochester más de quince días cuando el correo trajo una carta a la señora Fairfax.

—Es del señor —dijo ella al mirar la dirección—. Ahora supongo que sabremos si debemos esperar su regreso o no.

Y mientras rompía el sello y examinaba el pliego, yo continué tomando mi café (estábamos desayunando): estaba caliente, y a esa circunstancia atribuí un vivo rubor que súbitamente me subió al rostro. Por qué me tembló la mano y por qué derramé involuntariamente la mitad del contenido de mi taza en el plato, preferí no considerarlo.

—Bueno, a veces pienso que vivimos demasiado tranquilas; pero corremos el riesgo de estar bastante atareadas ahora... al menos por una temporada —dijo la señora Fairfax, sosteniendo aún la nota ante sus quevedos.

Antes de permitirme solicitar una explicación, até la cinta del delantal de Adela, que se hallaba suelta; sirviéndole asimismo otro panecillo y llenando de nuevo su tazón de leche, dije con fingida indiferencia:

—¿No es probable que regrese pronto el señor Rochester, imagino?

—Al contrario: en tres días, dice: eso será el próximo jueves; y no vendrá solo. No sé cuántas personas distinguidas de los Leas vienen con él: envía instrucciones para que se preparen todos los mejores dormitorios; y la biblioteca y los salones han de limpiarse a fondo; debo conseguir más ayudantes de cocina de la posada George, en Millcote, y de dondequiera que pueda; y las damas traerán a sus doncellas y los caballeros a sus lacayos: de modo que tendremos la casa llena. —Y la señora Fairfax se tragó el desayuno y se apresuró a dar comienzo a las faenas.

Los tres días fueron, como había pronosticado, sumamente ajetreados. Yo había creído que todas las habitaciones de Thornfield estaban primorosamente limpias y bien dispuestas; pero al parecer me equivocaba. Se contrataron tres mujeres de refuerzo; y tal fregar, tal cepillar, tal lavar maderas y sacudir alfombras, tal descolgar y volver a colgar cuadros, tal abrillantar espejos y arañas, tal encender lumbres en los dormitorios, tal ventilar sábanas y colchones de plumas ante las chimeneas, jamás contemplé antes ni después. Adela se desmandó por completo en medio de todo aquello: los preparativos para las visitas y la perspectiva de su llegada semejaban sumirla en éxtasis. Hacía que Sophie revisase todos sus «toilettes», como llamaba a los vestidos; que arreglase los que estaban «passées» y ventilase y dispusiese los nuevos. Por su parte no hacía sino corretear por las estancias principales, saltar arriba y abajo de las camas y tenderse sobre los colchones y los almohadones amontonados ante las enormes lumbres que rugían en las chimeneas. De las tareas escolares quedó eximida: la señora Fairfax me había enrolado a su servicio y me pasaba el día en la despensa, ayudándola (o estorbándola) a ella y a la cocinera; aprendiendo a hacer natillas, tartaletas de queso y hojaldres franceses, a mechar piezas de caza y a guarnecer fuentes de postre.

Se esperaba que la comitiva llegase el jueves por la tarde, a tiempo para cenar a las seis. Durante el período intermedio no tuve tiempo para alimentar quimeras; y creo que me mostré tan activa y alegre como cualquiera... salvo Adela. Con todo, de vez en cuando recibía un frío recordatorio que frenaba mi jovialidad; y me veía, a mi pesar, devuelta a la región de las dudas, los presagios y las sombrías conjeturas. Esto ocurría cuando por casualidad veía la puerta de la escalera del tercer piso (que últimamente se mantenía siempre cerrada con llave) abrirse despacio y dar paso a la figura de Grace Poole, con su rígida cofia, delantal blanco y pañuelo; cuando la observaba deslizarse por la galería, amortiguado su silencioso paso por zapatillas de orillo; cuando la veía asomarse a los revueltos dormitorios... decir tal vez una palabra a la fregona sobre el modo conveniente de abrillantar una reja, limpiar una repisa de mármol o quitar manchas de paredes empapeladas, y luego proseguir su camino. Bajaba así a la cocina una vez al día, comía, fumaba una moderada pipa junto al fogón y regresaba, llevándose su jarro de cerveza negra para su solaz particular en su propio y tétrico cubil superior. Solo una hora de las veinticuatro pasaba con sus compañeras de servidumbre abajo; todo el resto de su tiempo lo pasaba en alguna habitación de techo bajo y artesonado de roble del segundo piso: allí se sentaba a coser —y probablemente se reía con languidez a solas—, tan desprovista de compañía como un cautivo en su mazmorra.

Lo más extraño de todo era que ni un alma en la casa, salvo yo, reparaba en sus costumbres o parecía asombrarse de ellas: nadie discutía su posición o empleo; nadie se compadecía de su soledad o aislamiento. En una ocasión escuché parte de un diálogo entre Leah y una de las fregonas, del que Grace era asunto. Leah había estado diciendo algo que no alcancé a captar, y la fregona observó:

—Cobra buen sueldo, supongo.

—Sí —dijo Leah—; ojalá tuviese yo uno semejante; no es que del mío haya que quejarse... no hay mezquindad en Thornfield; pero no llega ni a la quinta parte de la suma que la señora Poole recibe. Y va ahorrando: acude cada trimestre al banco de Millcote. No me extrañaría que tuviese ahorrado bastante para mantenerse independiente si quisiera marcharse; pero supongo que se ha acostumbrado a la casa; y además aún no tiene cuarenta años y es recia y capaz para todo. Es demasiado pronto para que se retire.

—Es una buena peona, me imagino —dijo la fregona.

—¡Ah! Comprende lo que tiene que hacer... nadie mejor —repuso Leah significativamente—; y no cualquiera podría desempeñar su papel... ni por todo el dinero que ella cobra.

—¡Eso desde luego! —fue la respuesta—. Me pregunto si el amo...

La fregona continuaba hablando; pero en esto Leah se volvió y me vio, dándole al instante un codazo a su compañera.

—¿Acaso no lo sabe ella? —oí susurrar a la mujer.

Leah negó con la cabeza y la conversación, como es natural, se interrumpió. Todo cuanto saqué en limpio se reducía a esto: a que existía un misterio en Thornfield, y a que de la participación en ese misterio se me excluía deliberadamente.

Llegó el jueves: toda la faena se había concluido la noche anterior; se tendieron alfombras, se festonearon cortinajes de cama, se extendieron colchas de blancura radiante, se dispusieron tocadores, se frotaron muebles y se colmaron de flores los jarrones: tanto dormitorios como salones lucían tan frescos y relucientes como manos humanas podían dejarlos. El vestíbulo también fue fregado; y el gran reloj tallado, así como los peldaños y pasamanos de la escalera, quedaron pulimentados con el brillo del cristal; en el comedor, el aparador destellaba resplandeciente de vajilla de plata; en el salón y el gabinete, jarrones de flores exóticas florecían por doquier.

Llegó la tarde: la señora Fairfax vistió su mejor traje de satén negro, sus guantes y su reloj de oro; pues le correspondía a ella recibir a la comitiva... conducir a las damas a sus estancias y demás menesteres. Adela también quiso vestirse: aunque a mi juicio pocas probabilidades tenía de ser presentada a los invitados aquel día, al menos. No obstante, por complacerla, permití que Sophie la ataviase con uno de sus vestidos cortos y anchos de muselina. Por mi parte no necesité mudanza alguna; no se me pediría que abandonase mi santuario del aula de estudio; pues en santuario se había convertido para mí... «un muy grato refugio en tiempos de tribulación».

Había sido un día de primavera templado y sereno... uno de esos días que, hacia finales de marzo o comienzos de abril, despuntan brillantes sobre la tierra como heraldos del estío. Tocaba ya a su fin; pero la tarde era tibia incluso, y yo me sentaba a coser en el aula con la ventana abierta.

—Se hace tarde —dijo la señora Fairfax entrando con crujido solemne de sedas—. Me alegro de haber ordenado la cena una hora después de la que el señor Rochester mencionó; pues ya han dado más de las seis. He mandado a John a las verjas para ver si asoma algo por el camino: desde allí se divisa un buen trecho en dirección a Millcote. —Se acercó a la ventana—. ¡Aquí está! —dijo—. Y bien, John —asomándose—, ¿alguna noticia?

—Ya vienen, señora —fue la respuesta—. Estarán aquí en diez minutos.

Adela voló a la ventana. La seguí, teniendo buen cuidado de ponerme a un lado para que, resguardada por la cortina, pudiese ver sin ser vista.

Los diez minutos que John había calculado parecieron larguísimos, pero al fin se oyeron ruedas; cuatro jinetes subieron al galope por la avenida y tras ellos llegaron dos carruajes abiertos. Velos flotantes y plumas ondeantes colmaban los carruajes; dos de los caballeros eran jóvenes apuestos y gallardos; el tercero era el señor Rochester, en su caballo negro, Mesrour, con Pilot brincando ante él; a su lado cabalgaba una dama, y ellos dos encabezaban la comitiva. El traje de montar morado de ella casi rozaba el suelo; su velo ondeaba largo en la brisa; mezclándose con sus transparentes pliegues y reluciendo a través de ellos, brillaban ricos bucles de azabache.

—¡La señorita Ingram! —exclamó la señora Fairfax, y bajó presurosa a ocupar su puesto abajo.

La cabalgata, siguiendo la curva del camino de entrada, dobló con rapidez la esquina de la casa y la perdí de vista. Adela suplicó entonces que la dejase bajar; pero la senté en mis rodillas y le di a entender que por ningún motivo debía pensar en presentarse ante las damas, ni ahora ni en ningún otro momento, a menos que la mandasen llamar expresamente; que el señor Rochester se enojaría mucho y demás razones. «Algunas lágrimas naturales derramó» al oír esto; pero como comencé a ponerme muy seria, accedió al cabo a secárselas.

Un bullicio alegre se percibía ya en el vestíbulo: tonos graves de caballeros y acentos argentados de damas se mezclaban en grata armonía, y descollando por encima de todos, aunque no en tono alto, resonaba la voz del señor de Thornfield Hall, dando la bienvenida bajo su techo a sus hermosas y gallardas visitas. Luego pasos ligeros subieron la escalera; y hubo un corretear por la galería, risas suaves y alegres, abrirse y cerrarse de puertas y, por un tiempo, silencio.

—Elles changent de toilettes —dijo Adela, que, escuchando atentamente, había seguido cada movimiento; y suspiró.

—Chez maman —dijo ella— quand il y avait du monde, je le suivais partout, au salon et à leurs chambres; souvent je regardais les femmes de chambre coiffer et habiller les dames, et c’était si amusant: comme cela on apprend.

—¿No tienes hambre, Adela?

—Mais oui, mademoiselle: voilà cinq ou six heures que nous n’avons pas mangé.

—Bueno, ahora, mientras las señoras están en sus habitaciones, me aventuraré a bajar a buscarte algo de comer.

Y saliendo de mi asilo con precaución, busqué una escalera de servicio que conducía directamente a la cocina. Todo en aquella región era fuego y conmoción; la sopa y el pescado se hallaban en el último hervor, y la cocinera se inclinaba sobre sus peroles en un estado de cuerpo y alma que amenazaba con la combustión espontánea. En el comedor del servicio dos cocheros y tres lacayos de cámara permanecían de pie o sentados en torno al fuego; las doncellas, supongo, se hallaban arriba con sus señoras; los criados nuevos, contratados en Millcote, iban y venían por doquier. Cruzando aquel caos alcancé al fin la despensa; allí me apoderé de un pollo frío, un panecillo, unas tartas, un plato o dos y un cuchillo y tenedor: con este botín emprendí apresurada retirada. Había ganado la galería y cerraba la puerta trasera tras de mí cuando un redoblado murmullo me advirtió de que las damas estaban a punto de salir de sus aposentos. No podía dirigirme al aula de estudio sin pasar ante algunas de sus puertas, corriendo el riesgo de ser sorprendida con mi cargamento de vituallas; de modo que me quedé quieta en este extremo que, al carecer de ventanas, estaba oscuro: enteramente a oscuras ya, pues el sol se había puesto y el crepúsculo se cerraba.

Fin del Episodio 35 · de 91

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