Jane Eyre·Episodio 31

Capítulo XV · I

~15 min · 3015 palabras

El señor Rochester, en una ocasión posterior, lo explicó. Fue una tarde en que tropezó por casualidad conmigo y con Adela en los jardines: y mientras ella jugaba con Pilot y su volante de plumas, él me pidió que paseáramos arriba y abajo por una larga alameda de hayas a la vista de la niña.

Dijo entonces que era hija de una bailarina de la ópera francesa, Céline Varens, hacia quien antaño había abrigado lo que llamaba una «grande passion». Esta pasión aseguraba Céline corresponderla con ardor todavía superior. Él se consideraba su ídolo, feo como era: creía, según dijo, que ella prefería su «taille d’athlète» a la elegancia del Apolo de Belvedere.

—Y, señorita Eyre, tan lisonjeado me sentí por esta preferencia de la sílfide gala hacia su gnomo británico, que la instalé en un palacete; le puse servidumbre completa, carruaje, cachemiras, diamantes, encajes y demás zarandajas. En suma, emprendí el proceso de arruinarme según el estilo consagrado, como cualquier otro mentecato. Carecí, según parece, de la originalidad precisa para trazar un rumbo inédito hacia la vergüenza y la destrucción, y hollé la vieja senda con estúpida exactitud para no desviarme un ápice del trillado centro. Tuve —como merecía— la suerte de todos los demás bobos. Habiendo ido una noche en que Céline no me aguardaba, me encontré con que había salido; pero era una noche tibia y yo estaba fatigado de pasear por París, de modo que tomé asiento en su tocador, dichoso de respirar el aire consagrado tan recientemente por su presencia. No... exagero: jamás creí que hubiese en ella virtud consagradora alguna; era más bien una suerte de perfume de pebetero lo que había dejado; un aroma de almizcle y ámbar, más que olor de santidad. Empezaba ya a asfixiarme con las emanaciones de flores de invernadero y esencias pulverizadas cuando se me ocurrió abrir la ventana y salir al balcón. Hacía claro de luna y además alumbraba el gas, y todo respiraba calma y serenidad. El balcón estaba provisto de una o dos sillas; me senté y saqué un cigarro... fumaré uno ahora, si me disculpáis.

Aquí se produjo una pausa, ocupada en sacar y encender un cigarro; tras habérselo llevado a los labios y exhalado una estela de incienso habano en el aire gélido y sin sol, prosiguió:

—También me gustaban los bombones en aquellos días, señorita Eyre, y me hallaba masticando —perdonad el galicismo— comiendo confites de chocolate y fumando alternativamente, mientras contemplaba los carruajes que rodaban por las elegantes calles hacia el vecino teatro de la ópera, cuando en una elegante berlina cerrada, tirada por un hermoso tiro de caballos ingleses y vista con nitidez en la brillante noche urbana, reconocí el carruaje que yo le había regalado a Céline. Regresaba: por supuesto, mi corazón latió con impaciencia contra la barandilla de hierro sobre la que me apoyaba. El carruaje se detuvo, como esperaba, ante la puerta del hotel; mi llama —esa es la palabra exacta para una enamorada de la ópera— apeó: aunque envuelta en una capa —un estorbo innecesario, a propósito, en una noche tan cálida de junio—, la reconocí al instante por su menudo pie, asomando bajo el borde del vestido al descender del estribo. Inclinándome sobre el balcón, estaba a punto de murmurar «Mon ange» —en un tono, claro está, que solo fuera audible para el oído del amor—, cuando una figura saltó del coche tras ella; embozada también; pero era un talón con espuela el que resonó en el pavimento, y era una cabeza con sombrero la que ahora franqueaba la portalada del hotel.

—Jamás habéis sentido celos, ¿verdad, señorita Eyre? Por supuesto que no: no necesito preguntároslo, porque jamás habéis sentido amor. Tenéis ambos sentimientos aún por experimentar: vuestra alma duerme; aún ha de sobrevenir la sacudida que la despierte. Creéis que toda la existencia transcurre en un curso tan sosegado como aquel en que vuestra juventud se ha deslizado hasta ahora. Flotando a la deriva con ojos cerrados y oídos tapados, ni veis los escollos que erizan las aguas no lejos en el lecho del torrente, ni oís hervir las rompientes en su base. Pero os digo —y podéis recordar mis palabras— que algún día llegaréis a un paso escarpado en el cauce, donde toda la corriente de la vida se quebrará en remolinos y tumulto, espuma y estrépito: o bien seréis despedazada en átomos contra los picos de las peñas, o alzada y llevada por alguna ola soberana hacia un remanso más calmo... como lo estoy yo ahora.

—Me gusta este día; me gusta ese firmamento de acero; me gusta la severidad y la quietud del mundo bajo esta helada. Me gusta Thornfield, su antigüedad, su retiro, sus viejos árboles de grajas y sus espinos, su fachada gris y sus hileras de ventanas oscuras que reflejan esa bóveda metálica: y sin embargo, ¡cuánto tiempo aborrecí el mero recuerdo de este lugar, rehuyéndolo como a un lazareto de peste! Cómo aborrezco todavía...

Rechinó los dientes y guardó silencio: detuvo su paso y golpeó el suelo endurecido con la bota. Algún pensamiento odioso parecía atenazarlo, reteniéndolo con tanta fuerza que no podía avanzar.

Subíamos por la alameda cuando así se detuvo; la mansión quedaba ante nosotros. Alzando los ojos hacia sus almenas, arrojó sobre ellas una mirada fulgurante como jamás vi antes ni después. Dolor, vergüenza, ira, impaciencia, asco y aversión parecieron librar por un instante un trémulo combate en la ancha pupila dilatada bajo su negra ceja. Feroz fue la lucha por cuál prevalecería; pero otro sentimiento se alzó y triunfó: algo duro y cínico, obstinado y resuelto: aplacó su pasión y petrificó su semblante. Prosiguió:

—Durante el momento en que guardé silencio, señorita Eyre, estuve zanjando un punto con mi destino. Se hallaba allí, junto al tronco de esa haya... una bruja semejante a las que se le aparecieron a Macbeth en el páramo de Forres. «¿Te gusta Thornfield?», dijo levantando el dedo; y luego trazó en el aire una sentencia que corría en siniestros jeroglíficos a todo lo largo de la fachada, entre la hilera superior y la inferior de las ventanas: «¡Que te guste si puedes! ¡Que te guste si te atreves!».

—«Me gustará», respondí yo; «me atrevo a que me guste»; y —añadió sombríamente— cumpliré mi palabra; derribaré los obstáculos a la felicidad, a la bondad... sí, a la bondad. Deseo ser mejor hombre de lo que he sido, de lo que soy; y así como el leviatán de Job quebrantaba la lanza, el dardo y la coraza, los impedimentos que otros consideran hierro y bronce, yo los tendré por paja y madero carcomido.

Adela corrió entonces ante él con su volante de plumas. «¡Fuera!», gritó con aspereza; «¡mantente a distancia, niña; o vete adentro con Sophie!». Continuando luego su paseo en silencio, me aventuré a devolverlo al punto de donde se había apartado tan bruscamente:

—¿Abandonó usted el balcón, señor —pregunté—, cuando entró mademoiselle Varens?

Casi esperaba un desaire por aquella pregunta apenas oportuna; pero, por el contrario, saliendo de su tétrica abstracción, volvió los ojos hacia mí y la sombra pareció disiparse de su frente. «¡Oh, me había olvidado de Céline! Bien, prosigamos. Cuando vi a mi hechicera entrar así acompañada por un caballero, me pareció oír un silbido, y la verde sierpe de los celos, alzándose en ondulantes anillos desde el balcón iluminado por la luna, se deslizó bajo mi chaleco y se abrió camino en dos minutos hasta lo más profundo de mi corazón. ¡Qué extraño! —exclamó, apartándose de nuevo de repente del asunto—. ¡Qué extraño que os elija a vos por confidente de todo esto, jovencita; sumamente extraño que me escuchéis con sosiego, como si fuese la cosa más habitual del mundo que un hombre como yo le cuente historias de sus queridas de la ópera a una muchacha singular e inexperta como vos! Pero esta última rareza explica la primera, como os insinué en otra ocasión: vos, con vuestra gravedad, consideración y cautela, fuisteis hecha para depositaria de secretos. Además, sé qué clase de mente he puesto en comunicación con la mía: sé que no es propensa a contagiarse; es un espíritu peculiar: es único. Por fortuna no tengo intención de dañarlo; pero aunque lo intentara, ningún daño recibiría de mí. Cuanto más conversemos vos y yo, mejor; pues mientras yo no puedo marchitaros, vos podéis refrescarme». Tras esta digresión, prosiguió:

—Permanecí en el balcón. «Vendrán a su tocador, sin duda», pensé: «preparemos una emboscada». De modo que, metiendo la mano por la ventana abierta, corrí la cortina por delante, dejando solo una abertura a través de la cual pudiese observar; luego cerré la vidriera, salvo una rendija apenas lo bastante ancha como para dar salida a los susurros de los amantes: luego regresé sigilosamente a mi asiento; y cuando volví a acomodarme, la pareja entró. Mi ojo se pegó al instante a la abertura. La doncella de Céline entró, encendió una lámpara, la dejó sobre la mesa y se retiró. La pareja quedó así revelada ante mí con toda claridad: ambos se quitaron las capas, y allí estaba «la Varens», resplandeciente de raso y pedrería —mis regalos, claro está—, y allí estaba su acompañante con uniforme de oficial; y lo reconocí como un joven calavera con título de vizconde... un mozo desprovisto de seso y de moral a quien había tratado en ocasiones en sociedad, y a quien jamás se me había ocurrido odiar porque lo despreciaba de modo absoluto. Al reconocerlo, el colmillo de la serpiente de los Celos se quebró al instante; porque en ese mismo momento mi amor por Céline se extinguió como bajo un apagador. Una mujer capaz de traicionarme por semejante rival no merecía disputa alguna; solo merecía desprecio; menos, no obstante, del que merecía yo, que había sido su juguete.

—Comenzaron a hablar; su plática me devolvió por completo la calma: frívola, interesada, desalmada e insensata, estaba más calculada para hastiar que para enfurecer a quien la escuchase. Una tarjeta mía se hallaba sobre la mesa; al verla, salió a relucir mi nombre. Ninguno de los dos poseía arrestos ni ingenio para vapulearme a fondo, pero me insultaron tan groseramente como pudieron en su mezquina medida: en especial Céline, que incluso se mostró bastante brillante a propósito de mis defectos corporales... deformidades los llamó. Ahora bien, ella había tenido por costumbre deshacerse en fervientes elogios hacia lo que denominaba mi «beauté mâle»: en lo cual discrepaba diametralmente de vos, que me dijisteis a quemarropa, en la segunda entrevista, que no me considerabais apuesto. El contraste me llamó la atención entonces y...

Adela se acercó de nuevo corriendo.

—Monsieur, John acaba de llegar para decir que su administrador ha venido y desea verlo.

—¡Ah, en tal caso debo abreviar! Abriendo la ventana, irrumpí en la habitación; liberé a Céline de mi protección; le di orden de desalojar la casa; le ofrecí una bolsa para gastos inmediatos; desoí alaridos, ataques de histeria, ruegos, protestas y convulsiones; y concerté una cita con el vizconde en el bosque de Boulogne. A la mañana siguiente tuve el placer de batirme con él; le dejé una bala en uno de sus pobres brazos desmedrados, débil como ala de pollo enfermo, y creí haber zanjado el asunto con toda la caterva. Pero por desgracia la Varens, seis meses antes, me había adjudicado esta hijita, Adela, de quien aseguraba que era hija mía; y tal vez lo sea, aunque no veo pruebas de tan adusta paternidad impresas en su semblante: Pilot se me parece más que ella. Algunos años después de romper con la madre, esta abandonó a su hija y huyó a Italia con un músico o cantante. No reconocí derecho natural alguno por parte de Adela a ser sustentada por mí, ni reconozco ninguno ahora, pues no soy su padre; pero enterándome de que se hallaba en el mayor desamparo, saqué a la pobre criatura del fango y del lodo de París y la trasplanté aquí, para que creciese limpia en el suelo saludable de un huerto campestre inglés. La señora Fairfax os encontró a vos para educarla; pero ahora que sabéis que es la prole ilegítima de una bailarina francesa de la ópera, tal vez juzguéis de otro modo vuestro puesto y a vuestra protegida: vendréis a mí cualquier día con la noticia de que habéis hallado otra colocación... suplicándome que busque una nueva institutriz, y demás. ¿Eh?

—No: Adela no es responsable ni de las faltas de su madre ni de las de usted: le tengo afecto; y ahora que sé que, en cierto modo, carece de padres —desamparada por su madre y desconocida por usted, señor—, me apegaré a ella con mayor fuerza que antes. ¿Cómo podría preferir a la consentida mimada de una familia opulenta, que detestaría a su institutriz como a un estorbo, por encima de una huerfanita solitaria que busca en ella a una amiga?

—¡Oh, conque en ese prisma lo contempláis! Bien, debo entrar ahora; y vos también: está oscureciendo.

Pero me quedé afuera unos minutos más con Adela y Pilot: corrí una carrera con ella y eché una partida al volante. Cuando entramos y le hube quitado el sombrero y el abrigo, la senté en mis rodillas; la retuve allí una hora, permitiéndole charlar a su antojo: sin reprenderla siquiera por ciertas libertades y frivolidades en las que solía incurrir cuando se le prestaba mucha atención, y que traslucían en ella una ligereza de carácter heredada probablemente de su madre, apenas compatible con el temperamento inglés. Con todo, tenía sus prendas; y yo estaba dispuesta a apreciar todo lo bueno que había en ella hasta el máximo extremo. Busqué en su semblante y facciones algún parecido con el señor Rochester, pero no hallé ninguno: ningún rasgo, ningún aire de familia revelaba parentesco. Era una lástima: si tan solo se hubiese podido demostrar que se le parecía, él la habría tenido en mayor aprecio.

No fue sino tras haberme retirado a mi propia estancia para pasar la noche cuando repasé con sosiego el relato que el señor Rochester me había referido. Como él había dicho, probablemente no había nada extraordinario en la sustancia de la narración en sí: la pasión de un inglés acaudalado por una bailarina francesa y la traición de esta eran asuntos harto cotidianos en sociedad, sin duda alguna; pero había algo decididamente insólito en el paroxismo de emoción que lo había asaltado súbitamente mientras manifestaba el contento actual de su ánimo y el renovado deleite que encontraba en la vieja mansión y sus contornos. Medité con asombro sobre este incidente; pero apartándome poco a poco de él, al considerarlo por el momento inexplicable, pasé a examinar el trato que mi amo me dispensaba. La confianza que había tenido a bien depositar en mí semejaba un tributo a mi discreción: la consideré y la acepté como tal. Su comportamiento hacia mí llevaba varias semanas siendo más uniforme que al principio. Jamás parecía yo estar de más; no le daban accesos de gélida altivez: cuando tropezaba conmigo de improviso, el encuentro parecía grato; siempre tenía una palabra y a veces una sonrisa para mí: cuando me convocaba mediante formal invitación a su presencia, me distinguía una cordialidad de acogida que me hacía sentir que en verdad poseía el don de entretenerlo, y que aquellas pláticas vespertinas se procuraban tanto para recreo suyo como para provecho mío.

Yo, en verdad, hablaba relativamente poco, pero lo escuchaba departir con delectación. Era propio de su genio ser comunicativo; gustaba de abrir ante un espíritu ajeno al mundo vislumbres de sus escenarios y costumbres (no me refiero a sus escenas corruptas y perversas andanzas, sino a aquellas que extraían su interés de la gran escala en que se desenvolvían y de la extraña novedad que las caracterizaba); y yo experimentaba un vivo deleite en acoger las ideas nuevas que me brindaba, en imaginar los nuevos cuadros que retrataba y en seguirle con el pensamiento por las ignotas regiones que descubría, sin verme jamás sobresaltada o turbada por una sola alusión malsana.

La llaneza de su trato me libraba de penosas coacciones: la amistosa franqueza, tan correcta como cordial, con que me trataba, me atraía hacia él. Sentía a veces como si fuese mi pariente más que mi amo; y sin embargo se mostraba imperioso todavía en ocasiones; pero aquello no me importaba: comprendía que era su modo de ser. Tan feliz, tan satisfecha llegué a sentirme con este nuevo interés añadido a la vida, que cesé de añorar a parientes: mi tenue media luna de destino pareció ensancharse; los vacíos de la existencia se colmaron; mi salud corporal mejoró; gané carnes y vigor.

¿Y resultaba ahora el señor Rochester feo a mis ojos? No, lector: la gratitud y multitud de asociaciones, todas gratas y apacibles, hacían de su rostro el objeto que más me deleitaba contemplar; su presencia en una estancia resultaba más reconfortante que la lumbre más viva. Y sin embargo no había olvidado sus faltas; en verdad no podía, pues él mismo las ponía con frecuencia ante mis ojos. Era orgulloso, sardónico, severo ante la inferioridad de toda condición: en lo recóndito de mi alma sabía que su gran bondad para conmigo se contrapesaba con injusto rigor hacia muchos otros. Era desigual de humor, asimismo; inexplicablemente desigual: en más de una ocasión, al ser llamada para leerle, lo encontré sentado solo en su biblioteca, con la cabeza inclinada sobre los brazos cruzados; y al alzar los ojos, un ceño sombrío, casi maligno, ensombrecía sus facciones. Pero creía yo que su mudanza de humor, su aspereza y sus antiguos deslices morales (digo antiguos, pues ahora parecía corregido de ellos) tenían su origen en algún cruel revés del destino. Creía que era por naturaleza un hombre de mejores inclinaciones, más elevados principios y gustos más puros que cuantos las circunstancias habían desarrollado, la educación inculcado o el hado fomentado. Pensaba que había en él excelentes materiales, aunque de momento se hallasen un tanto maleados y embrollados. No puedo negar que me dolía su pesar, fuera cual fuese, y que habría dado mucho por mitigarlo.

Fin del Episodio 31 · de 91

Capítulo XV · I

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