Capítulo XIV · II
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Y vos también podéis tenerlos», pensé. Mi mirada se cruzó con la suya cuando la idea cruzó por mi mente: pareció descifrar el ademán, respondiendo como si su sentido hubiese sido pronunciado además de imaginado:
—Sí, sí, tenéis razón —dijo—; tengo abundantes faltas propias: lo sé y no deseo atenuarlas, os lo aseguro. Dios sabe que no necesito ser demasiado severo con los demás; tengo una existencia pasada, una serie de hechos, un cariz vital que contemplar en mi propio pecho, que bien podrían desviar mis burlas y censuras de mis vecinos hacia mí mismo. Empecé, o más bien (pues como a otros pecadores me place cargar la mitad de la culpa a la mala fortuna y a las circunstancias adversas) fui arrojado a un rumbo erróneo a la edad de veintiún años, y jamás he recobrado el rumbo recto desde entonces: pero pude haber sido muy diferente; pude haber sido tan bueno como vos... más sabio... casi tan limpio de mancha. Os envidio vuestra paz de espíritu, vuestra conciencia limpia, vuestra memoria incontaminada. Muchacha, una memoria sin mancha ni contaminación debe de ser un tesoro exquisito... una fuente inagotable de puro refrigerio: ¿no es así?
—¿Cómo era vuestra memoria cuando teníais dieciocho años, señor?
—Del todo pura entonces; límpida, saludable: ningún torrente de agua de sentina la había convertido en charca fétida. Yo era vuestro igual a los dieciocho... del todo vuestro igual. La Naturaleza dispuso que yo fuera, en conjunto, un hombre bueno, señorita Eyre; de la mejor estirpe, y ya veis que no lo soy. Diríais que no lo veis; al menos me lisonjeo de leer tanto en vuestros ojos (cuidaos, a propósito, de lo que expresáis con ese órgano; soy rápido interpretando su lenguaje). Creed entonces en mi palabra: no soy un villano; no debéis suponer eso... ni atribuirme tan nefasta preeminencia; pero, debido, según creo firmemente, más a las circunstancias que a mi inclinación natural, soy un pecador común y trillado, avezado en todas las pobres y mezquinas disipaciones con que los ricos y ociosos intentan sobrellevar la vida. ¿Os asombra que os confiese esto? Sabed que en el curso de vuestra vida futura os veréis a menudo elegida como involuntaria confidente de los secretos de vuestros conocidos: la gente descubrirá por instinto, como yo lo he hecho, que no es vuestro fuerte hablar de vos misma, sino escuchar mientras los demás hablan de sí; sentirán asimismo que escucháis sin desdén malévolo hacia sus indiscreciones, sino con una suerte de simpatía innata; no por discreta en sus manifestaciones menos reconfortante y alentadora.
—¿Cómo sabéis... cómo podéis adivinar todo esto, señor?
—Lo sé muy bien; por consiguiente procedo con casi tanta libertad como si estuviese escribiendo mis pensamientos en un diario íntimo. Diríais que debí haber sido superior a las circunstancias; debí haberlo sido... debí haberlo sido; pero ya veis que no lo fui. Cuando el destino me agravió, no tuve la prudencia de conservar la calma: me desesperé; luego degeneré. Ahora, cuando cualquier necio vicioso excita mi repugnancia con sus mezquinas groserías, no puedo lisonjearme de ser mejor que él: me veo forzado a confesar que él y yo estamos al mismo nivel. ¡Ojalá me hubiese mantenido firme... Dios sabe que así es! Temed el remordimiento cuando os veáis tentada a errar, señorita Eyre; el remordimiento es el veneno de la vida.
—Dicen que el arrepentimiento es su cura, señor.
—No es su cura. La enmienda puede ser su cura; y yo podría enmendarme... aún tengo fuerzas para ello... si... pero ¿de qué sirve pensar en ello, atado, abrumado, maldito como estoy? Por lo demás, puesto que la felicidad me está irrevocablemente negada, tengo derecho a obtener placer de la vida: y lo obtendré, cueste lo que cueste.
—Entonces degeneraréis todavía más, señor.
—Posiblemente: y sin embargo, ¿por qué habría de hacerlo, si puedo alcanzar un placer dulce y fresco? Y puedo alcanzarlo tan dulce y fresco como la miel silvestre que la abeja liba en el páramo.
—Picará... tendrá sabor amargo, señor.
—¿Cómo lo sabéis?... jamás lo habéis probado. ¡Qué seria... qué solemne os mostráis! Y sois tan ignorante en la materia como esta cabeza de camafeo —tomando una de la repisa de la chimenea—. No tenéis derecho a predicarme, vos, neófita que aún no habéis cruzado el pórtico de la vida y sois por completo ajena a sus misterios.
—Solo os recuerdo vuestras propias palabras, señor: dijisteis que el error traía el remordimiento, y calificasteis al remordimiento de veneno de la existencia.
—¿Y quién habla de error ahora? Apenas creo que la noción que revoloteó por mi mente fuese un error. Creo que fue una inspiración más que una tentación: era muy grata, muy balsámica... eso lo sé bien. ¡Helo aquí de nuevo! No es ningún demonio, os lo aseguro; o de serlo, se ha revestido con las galas de un ángel de luz. Creo que debo acoger a tan hermoso huésped cuando pide entrada en mi corazón.
—Desconfiad de él, señor; no es un ángel verdadero.
—Una vez más, ¿cómo lo sabéis? ¿Por qué instinto pretendéis distinguir entre un serafín caído del abismo y un mensajero del trono eterno... entre un guía y un seductor?
—Juzgué por vuestro semblante, señor, que se turbó cuando dijisteis que la sugerencia había vuelto a asaltaros. Estoy segura de que os acarreará mayor desdicha si le prestáis oídos.
—En absoluto... es portador del mensaje más bienaventurado del mundo: por lo demás, vos no sois la guardiana de mi conciencia, de modo que no os inquietéis. ¡Ven, entra, hermoso vagabundo!
Dijo esto como si hablara con una visión, invisible a todo ojo salvo al suyo propio; luego, cruzando los brazos, que a medias había extendido, sobre el pecho, pareció estrechar en su abrazo al ser invisible.
—Ahora —continuó, dirigiéndose de nuevo a mí—, he acogido al peregrino... una deidad disfrazada, según creo firmemente. Ya me ha hecho bien: mi corazón era una especie de osario; ahora será un santuario.
—A decir verdad, señor, no os entiendo en absoluto: no puedo mantener la conversación, porque ha rebasado mi entendimiento. Solo sé una cosa: dijisteis que no erais tan bueno como desearíais ser, y que lamentabais vuestras propias imperfecciones; una cosa alcanzo a comprender: disteis a entender que poseer una memoria mancillada constituía una perpetua pesadumbre. Me parece que si os esforzaseis con ahínco, hallaríais con el tiempo la posibilidad de llegar a ser lo que vos mismo aprobarais; y que si desde este día comenzarais con firme resolución a corregir vuestros pensamientos y acciones, habríais atesorado en pocos años un caudal nuevo y limpio de recuerdos al cual podríais regresar con placer.
—Justamente pensado; rectamente dicho, señorita Eyre; y, en este momento, estoy empedrando el infierno con vigor.
—¿Señor?
—Estoy sentando buenas intenciones, que considero duraderas como el pedernal. Desde luego, mis compañías y empeños serán distintos de lo que han sido.
—¿Y mejores?
—Y mejores... tan mejores como el mineral puro lo es respecto a la vil escoria. Parecéis dudar de mí; yo no dudo de mí mismo: sé cuál es mi propósito, cuáles son mis motivos; y en este instante promulgo una ley, inalterable como la de los medos y los persas, de que ambos son justos.
—No pueden serlo, señor, si requieren de un nuevo estatuto para legitimarlos.
—Lo son, señorita Eyre, aunque requieran forzosamente de un nuevo estatuto: combinaciones inauditas de circunstancias exigen reglas inauditas.
—Esa parece una máxima peligrosa, señor; porque se aprecia de inmediato que se halla expuesta al abuso.
—¡Sentenciosa sabia! Así es: pero juro por mis dioses lares no abusar de ella.
—Sois humano y falible.
—Lo soy: vos también lo sois... ¿y qué con ello?
—El humano y falible no debería arrogarse un poder que únicamente al divino y perfecto puede confiarse con seguridad.
—¿Qué poder?
—El de decir respecto a cualquier línea de conducta extraña y no consagrada: «Que sea justa».
—«Que sea justa»... las mismas palabras: vos misma las habéis pronunciado.
—Que lo sea entonces —dije, levantándome, al considerar inútil proseguir un discurso que para mí era todo tinieblas; y, además, consciente de que el carácter de mi interlocutor rebasaba mi penetración, al menos su alcance actual; y sintiendo la incertidumbre, la vaga sensación de inseguridad que acompaña al convencimiento de la propia ignorancia.
—¿Adónde vais?
—A acostar a Adela: ya ha pasado su hora de dormir.
—Tenéis miedo de mí, porque hablo como una Esfinge.
—Vuestro lenguaje es enigmático, señor; pero aunque estoy desconcertada, ciertamente no tengo miedo.
—Tenéis miedo... vuestro amor propio teme dar un paso en falso.
—En ese sentido sí siento aprensión: no tengo deseos de decir insensateces.
—Si las dijerais, sería de un modo tan grave y sosegado que las tomaría por juicio cabal. ¿Nunca os reís, señorita Eyre? No os molestéis en responder: veo que os reís rara vez; pero sabéis reír con gran alegría: creedme, no sois naturalmente austera, como tampoco yo soy naturalmente perverso. La coacción de Lowood todavía se aferra a vos en parte; gobernando vuestras facciones, apagando vuestra voz y cohibiendo vuestros miembros; y teméis en presencia de un hombre y de un hermano —o padre, o amo, o lo que gustéis— sonreír con demasiada alegría, hablar con demasiada libertad o moveros con excesiva presteza: pero, con el tiempo, creo que aprenderéis a ser natural conmigo, puesto que a mí me resulta imposible ser convencional con vos; y entonces vuestras miradas y movimientos tendrán más vivacidad y variedad de la que se atreven a ofrecer ahora. Distingo a intervalos la mirada de una singular ave a través de los tupidos barrotes de una jaula: una cautiva viva, inquieta y resuelta habita allí; ¡si tan solo fuese libre, remontaría el vuelo hasta las nubes! ¿Todavía tenéis empeño en marcharos?
—Han dado las nueve, señor.
—No importa... aguardad un minuto: Adela no está lista para irse a la cama todavía. Mi posición, señorita Eyre, de espaldas al fuego y de cara a la estancia, favorece la observación. Mientras hablaba con vos, he observado asimismo a ratos a Adela (tengo mis propias razones para considerarla un estudio curioso... razones que tal vez, no, que habré de confiaros algún día). Sacó de su caja, hace unos diez minutos, un vestidito de seda rosa; el arrebato iluminó su rostro al desplegarlo; la coquetería corre por sus venas, se mezcla con su seso y sazona la médula de sus huesos. «¡Il faut que je l’essaie!», exclamó, «¡et à l’instant même!», y salió disparada de la habitación. Ahora se halla con Sophie, sometida al proceso de ataviarse: en pocos minutos volverá a entrar; y sé lo que habré de ver: una miniatura de Céline Varens, tal como solía aparecer sobre las tablas al levantarse el... Pero no importa eso. En fin, mis más tiernos sentimientos están a punto de recibir una sacudida: tal es mi presentimiento; quedaos ahora para ver si se cumple.
Al poco rato, se escuchó el menudo paso de Adela correteando por el vestíbulo. Entró, transformada tal como su tutor había pronosticado. Un vestido de satén color de rosa, sumamente corto y con la falda tan fruncida como era posible ajustarla, sustituía al vestido marrón que antes llevaba; una corona de capullos de rosa ceñía su frente; sus pies lucían medias de seda y pequeñas sandalias de satén blanco.
—Est-ce que ma robe va bien? —exclamó dando saltos hacia delante—; et mes souliers? et mes bas? Tenez, je crois que je vais danser!
Y desplegando su vestido hizo un chassé por la estancia hasta que, habiendo alcanzado al señor Rochester, giró con ligereza sobre las puntas de los pies ante él, cayendo luego sobre una rodilla a sus pies mientras exclamaba:
—Monsieur, je vous remercie mille fois de votre bonté. —Luego, levantándose, añadió—: C’est comme cela que maman faisait, n’est-ce pas, monsieur?
—¡Exac-ta-men-te! —fue la respuesta—; y «comme cela» extrajo mi oro inglés de los bolsillos de mis calzones británicos. Yo también he sido bisoño, señorita Eyre... sí, verde como la hierba: ningún tinte más primaveral os refresca ahora de lo que antaño me refrescó a mí. Mi primavera se ha ido, no obstante, pero me ha dejado esta florecilla francesa entre las manos, de la cual, en ciertos momentos, de buena gana me desprendería. No estimando ahora la raíz de donde brotó, tras descubrir que era de una estirpe que nada salvo el polvo de oro podía abonar, apenas siento aprecio por el capullo, máxime cuando luce tan artificial como en este instante. La conservo y la educo más bien bajo el principio católico de expiar numerosos pecados, grandes o pequeños, mediante una buena obra. Os explicaré todo esto algún día. Buenas noches.
Fin del Episodio 30 · de 91
Capítulo XIV · II
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