Jane Eyre·Episodio 25

Capítulo XII · I

~12 min · 2468 palabras

La promesa de una andadura apacible que mi primera y sosegada llegada a Thornfield Hall parecía augurar no fue desmentida con un trato más prolongado con la finca y con sus moradores. La señora Fairfax resultó ser lo que aparentaba: una mujer de temple plácido y naturaleza bondadosa, de educación cabal y mediana inteligencia. Mi alumna era una niña vivaz que había sido mimada y consentida, y por consiguiente resultaba a veces caprichosa; mas hallándose encomendada enteramente a mi cuidado sin que ninguna imprudente intromisión desbaratase jamás mis planes para su provecho, pronto olvidó sus pequeños desabrimientos y se tornó dócil y aplicada. No poseía grandes dotes, ni rasgos marcados de carácter, ni un desarrollo singular de sentimientos o gustos que la elevasen un ápice por encima del nivel habitual de la niñez; pero tampoco albergaba defecto o vicio alguno que la situase por debajo. Hacía progresos razonables, abrigaba hacia mí un afecto risueño, si bien acaso no muy hondo; y con su sencillez, su alegre parloteo y sus afanes por agradar, me inspiró en correspondencia un apego suficiente para que ambas nos sintiésemos contentas en mutua compañía.

Esto, dicho entre paréntesis, se considerará un lenguaje desapasionado por personas que profesan solemnes doctrinas acerca de la naturaleza angelical de los niños y sobre la obligación de quienes tienen encomendada su crianza de concebir por ellos una devoción idólatra; mas no escribo para halagar el egoísmo de los padres ni para hacer eco a gazmoñerías o apuntalar patrañas: me limito a relatar la verdad. Sentía una escrupulosa solicitud por el bienestar y el progreso de Adela y un sincero cariño por su personita; del mismo modo que abrigaba hacia la señora Fairfax gratitud por sus atenciones y placer en su trato, en proporción al tranquilo aprecio que me dispensaba y a la templanza de su ánimo y carácter.

Cualquiera puede censurarme si le place cuando añado además que, de tarde en tarde, al pasear a solas por el parque; al bajar hasta las cancelas y mirar a través de los barrotes a lo largo del camino; o cuando, mientras Adela jugaba con su niñera y la señora Fairfax elaboraba jaleas en la despensa, subía los tres tramos de escaleras, alzaba la trampilla del desván y, alcanzando la techumbre de plomo, oteaba a lo lejos campos y colinas solitarios y la difusa línea del horizonte... que entonces anhelaba una facultad de visión que superase semejante confín; que alcanzase el mundo bullicioso, las ciudades y regiones colmadas de vida de las que había oído hablar pero que jamás había contemplado; que entonces ansiaba más experiencia práctica de la que poseía; un mayor trato con mis semejantes y un conocimiento más variado de caracteres del que aquí se hallaba a mi alcance. Apreciaba lo bueno que había en la señora Fairfax y lo bueno que había en Adela; pero creía en la existencia de otras modalidades más vivas de bondad, y lo que creía anhelaba contemplarlo.

¿Quién me censura? Muchos, sin duda; y se me tachará de inconforme. No podía evitarlo: la inquietud formaba parte de mi naturaleza; me agitaba a veces hasta el dolor. Entonces mi único alivio consistía en recorrer el corredor del tercer piso de un lado a otro, segura en el silencio y la soledad del recinto, consintiendo a los ojos de mi imaginación demorarse en cuantas brillantes visiones desfilaban ante ellos —y ciertamente eran muchas y resplandecientes—; dejando a mi corazón conmoverse por aquel oleaje de gozo que, al tiempo que lo turbaba en su inquietud, lo dilataba de vida; y, lo mejor de todo, prestando mi oído interior a un relato inacabable: una historia que mi fantasía urdía y narraba de continuo; animada con todos los lances, la vida, el fuego y el sentimiento que anhelaba y de los que carecía en mi existencia real.

Es vano afirmar que los seres humanos deben conformarse con la tranquilidad: precisan de acción; y la crearán si no la encuentran. Millones de personas están condenadas a un destino más quieto aún que el mío, y millones se hallan en sorda rebelión contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones, además de las políticas, fermentan en las masas de vida que pueblan la tierra. Se supone que las mujeres son sumamente apacibles por lo común; pero las mujeres sienten exactamente igual que los hombres; necesitan ejercitar sus facultades y un campo para sus esfuerzos tanto como sus hermanos; sufren por una contención demasiado rígida, por un estancamiento demasiado absoluto, de forma idéntica a como sufrirían los varones; y resulta una estrechez de miras en sus congéneres más privilegiados sostener que deben limitarse a hacer pasteles y hacer calceta, a tocar el piano y bordar carteras. Es una ligereza censurarlas o burlarse de ellas si aspiran a hacer más o a aprender más de lo que la costumbre ha declarado indispensable para su sexo.

Encontrándome así sola, escuchaba con harta frecuencia la risa de Grace Poole: la misma carcajada, aquel mismo ja, ja bajo y lento que, al oírlo por vez primera, me había estremecido; escuchaba también sus excéntricos murmullos, más insólitos aún que su risa. Había días en que guardaba absoluto silencio; pero había otros en que me resultaba imposible explicarme los ruidos que profería. A veces la divisaba: salía de su habitación con una jofaina, un plato o una bandeja en la mano, bajaba a la cocina y regresaba al poco, trayendo por lo común (¡oh lector romántico, perdóneme por manifestar la pura verdad!) una jarra de cerveza negra. Su presencia obraba siempre como un jarro de agua fría sobre la curiosidad suscitada por sus singularidades vocales: de facciones duras y porte reposado, carecía de todo rasgo al que pudiese adherirse el menor interés. Hice algunas tentativas por entablar conversación con ella, pero parecía mujer de pocas palabras: una contestación monosilábica solía cortar en seco cualquier tentativa de esa laya.

Los demás miembros de la servidumbre, a saber, John y su esposa, Leah la doncella y Sophie la niñera francesa, eran personas decentes pero en nada singulares; con Sophie solía hablar en francés y en ocasiones le formulaba preguntas acerca de su tierra natal; mas no poseía dotes descriptivas ni narrativas y por lo común daba respuestas tan insípidas y confusas que tendían más bien a atajar que a estimular mis indagaciones.

Transcurrieron octubre, noviembre y diciembre. Una tarde de enero la señora Fairfax solicitó vacación para Adela porque la niña estaba resfriada; y como Adela secundó la petición con un entusiasmo que me recordó cuán preciosos habían sido los asuetos ocasionales para mí en mi propia infancia, accedí a ello, juzgando que obraba bien mostrando condescendencia en ese punto. Era un día hermoso y apacible, si bien rigurosamente frío; me sentía cansada de permanecer sentada en la biblioteca a lo largo de toda una prolongada mañana: la señora Fairfax acababa de escribir una carta que aguardaba para ser llevada al correo, de suerte que me puse el sombrero y la capa y me ofrecí voluntaria para llevarla a Hay; la distancia, dos millas, supondría un grato paseo en una tarde de invierno. Tras dejar a Adela cómodamente sentada en su sillita junto al fuego de la salita de la señora Fairfax y haberle entregado su mejor muñeca de cera (que solía guardar envuelta en papel plateado en un cajón) para que jugase con ella, amén de un libro de cuentos para variar de entretenimiento; y tras contestar con un beso a su «Revenez bientôt, ma bonne amie, ma chère Mdlle. Jeannette», me puse en camino.

El suelo estaba duro, el aire inmóvil, mi senda solitaria; caminé deprisa hasta entrar en calor y luego reduje el paso para gozar y analizar la suerte de deleite que se cernía sobre mí en aquella hora y en aquel paraje. Eran las tres; la campana de la iglesia dobló al cruzar bajo el campanario: el encanto de la hora radicaba en su penumbra naciente, en el sol que declinaba bajo y de pálido resplandor. Me hallaba a una milla de Thornfield, en un sendero afamado por sus rosas silvestres en verano, por sus avellanas y moras en otoño, y que incluso ahora ostentaba unos cuantos tesoros de coral en escaramujos y bayas de espino, mas cuyo mejor atractivo invernal residía en su absoluta soledad y en su quietud despojada de hojas. Si una ráfaga de aire se agitaba, no producía rumor alguno aquí; pues no había un solo acebo ni una mata de hoja perenne que susurrase, y los desnudos matorrales de espino y avellano se mostraban tan inmóviles como las blancas y gastadas piedras que empedraban el centro del camino. A lo lejos, a ambos lados, sólo se extendían campos donde ya ningún ganado pastaba; y los pajarillos pardos que revoloteaban de tarde en tarde en el seto semejaban hojas rojizas sueltas que hubiesen olvidado desprenderse.

Este camino ascendía en cuesta todo el trayecto hacia Hay; alcanzada la mitad del repecho, me senté sobre un portillo de estacas que conducía desde allí a un prado. Ceñí mi capa en torno a mí y resguardé mis manos en el manguito; no sentía el frío, aun cuando helaba con rigor, como atestiguaba una capa de hielo que cubría la calzada donde un arroyuelo, ahora congelado, se había desbordado tras un rápido deshielo hacía pocos días. Desde mi asiento alcanzaba a divisar Thornfield: la mansión gris y almenada constituía el objeto principal en el valle a mis pies; sus arboledas y su oscura grajera se recortaban contra el poniente. Me demoré hasta que el sol se ocultó entre los árboles hundiéndose purpúreo y nítido tras ellos. Me volví entonces hacia el este.

En lo alto de la colina sobre mi cabeza brillaba la luna naciente; pálida aún como una nube, pero cobrando brillo por momentos, contemplaba a Hay, que, semiescondida entre los árboles, despedía un humo azulado por sus escasas chimeneas: distaba todavía una milla, pero en la calma absoluta alcanzaba a percibir con claridad sus leves rumores de vida. Mi oído sentía también el curso de las corrientes; en qué cañadas y profundidades no sabría decirlo: mas mediaban muchas colinas más allá de Hay y sin duda muchos arroyos surcaban sus gargantas. Aquella calma vespertina delataba por igual el murmullo de los arroyos más cercanos y el susurro apagado de los más remotos.

Un áspero ruido quebró aquellos delicados murmullos y susurros, a un tiempo tan lejanos y tan nítidos: un resuelto trote, un metálico entrechocar que borró los suaves vaivenes de las aguas; tal como en un cuadro la masa sólida de un risco o los toscos troncos de un gran roble, dibujados en tonos oscuros y vigorosos en primer término, eclipsan la lejanía etérea de colinas azuladas, horizontes soleados y nubes difuminadas donde los matices se funden unos en otros.

El estrépito resonaba sobre la calzada: se aproximaba un caballo; los meandros del camino aún lo ocultaban, pero se acercaba. Me disponía a dejar el portillo; sin embargo, como la senda era angosta, permanecí quieta para dejarlo pasar. En aquellos días yo era joven y toda suerte de fantasías luminosas y sombrías poblaban mi mente: los recuerdos de cuentos de nursery se hallaban allí entre otros despojos; y cuando resurgían, la juventud naciente les confería un vigor y una viveza superiores a cuanto la infancia podía conceder. Al acercarse aquel caballo y mientras aguardaba a que asomase a través de la penumbra, recordé ciertos relatos de Bessie en los que figuraba un espíritu del norte de Inglaterra llamado «Gytrash», que bajo la figura de caballo, mula o perro descomunal rondaba las sendas solitarias y a veces asaltaba a los viajeros rezagados, tal como aquel caballo avanzaba ahora hacia mí.

Se hallaba ya muy cerca, mas no a la vista todavía; cuando, además del trote, trote resonante, escuché un frufrú bajo el seto y junto a los tallos de los avellanos se deslizó un perro inmenso cuyo pelaje blanco y negro lo convertía en un blanco visible contra los árboles. Era con exactitud una de las formas del Gytrash de Bessie: una criatura de traza leonina con largo pelaje y una cabeza descomunal: pasó a mi lado, no obstante, con bastante calma; sin detenerse a mirarme a la cara con extraños ojos sobrehumanos, como a medias esperaba que hiciese. Siguió el caballo: un corcel corpulento y sobre sus lomos un jinete. El hombre, el ser humano, deshizo el encanto al instante. Nada cabalgaba jamás sobre el Gytrash: aparecía siempre solo; y los espectros, a mi entender, aunque pudiesen alojarse en las mudas carcasas de las bestias, difícilmente habrían de codiciar albergue en la prosaica figura humana. Ningún Gytrash era aquél: sólo un viajero que tomaba el atajo hacia Millcote. Pasó de largo y continué mi camino; unos pocos pasos y me volví: un ruido de resbalón, una exclamación de «¡Qué demonios pasa ahora!» y una ruidosa caída detuvieron mi atención. Caballo y jinete estaban en el suelo: habían resbalado sobre la capa de hielo que esmaltaba la calzada. El perro regresó dando saltos y, al ver a su amo en apuros y escuchar el gemido del caballo, ladró hasta que las colinas del anochecer devolvieron el eco de su aullido, tan profundo como correspondía a su corpulencia. Olfateó alrededor del grupo caído y luego corrió hacia mí; era todo cuanto podía hacer: no había ningún otro socorro al alcance. Le obedecí y bajé hacia el viajero, que forcejeaba a esas alturas por librarse de su montura. Sus esfuerzos eran tan vigorosos que pensé que no debía de hallarse muy malherido; pero le formulé la pregunta:

—¿Se ha hecho daño, señor?

Creo que estaba maldiciendo, mas no estoy segura; con todo, pronunciaba alguna fórmula que le impedía contestarme de inmediato.

—¿Puedo ayudarle en algo? —pregunté de nuevo.

—Debe apartarse a un lado —respondió al levantarse, primero sobre sus rodillas y luego sobre sus pies. Así lo hice; tras lo cual dio comienzo un forcejeo de tirones, pataleos y estrépito acompañado de ladridos y aullidos que me apartó eficazmente a varias yardas de distancia; pero no quise alejarme del todo hasta ver el desenlace. Éste resultó finalmente favorable: el caballo se incorporó y el perro fue acallado con un «¡Abajo, Pilot!». El viajero entonces, inclinándose, se palpó el pie y la pierna como tanteando si estaban sanos; al parecer algo le dolía, pues cojeó hacia el portillo del que yo acababa de levantarme y se sentó.

Me hallaba con ánimo de ser útil, o al menos comedida, según creo; pues me acerqué de nuevo a él.

—Si está herido y precisa auxilio, señor, puedo ir a buscar a alguien a Thornfield Hall o a Hay.

—Gracias; me las arreglaré: no tengo huesos rotos, sólo una torcedura —y de nuevo se puso en pie y probó el pie, pero el resultado le arrancó un involuntario «¡Uf!».

Fin del Episodio 25 · de 91

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