Jane Eyre·Episodio 24

Capítulo XI · III

~8 min · 1508 palabras

Pues verá, señorita Eyre: aunque las visitas del señor Rochester aquí son raras, resultan siempre repentinas e inesperadas; y como observé que le disgustaba hallar todo enfundado y presenciar un ajetreo de arreglos a su llegada, juzgué preferible mantener las estancias siempre a punto.

—¿Es el señor Rochester un hombre exigente y quisquilloso?

—No particularmente; pero tiene los gustos y costumbres de un caballero y espera que las cosas se gobiernen con arreglo a ellos.

—¿Le agrada a usted? ¿Goza por lo común de la estimación de la gente?

—¡Oh, sí! La familia ha sido siempre muy respetada por estos contornos. Casi todas las tierras de los alrededores, hasta donde alcanza la vista, han pertenecido a los Rochester desde tiempos inmemoriales.

—Bien, pero dejando a un lado sus tierras: ¿le agrada a usted? ¿Es querido por sí mismo?

—Yo no tengo motivo para hacer otra cosa que apreciarlo; y creo que sus arrendatarios lo consideran un propietario justo y generoso: pero jamás ha vivido mucho tiempo entre ellos.

—Pero ¿no tiene rarezas? En suma, ¿cuál es su carácter?

—¡Oh! Su carácter es intachable, según supongo. Es algo peculiar, acaso: ha viajado muchísimo y conocido mucho mundo, a mi juicio. Me atrevo a decir que es un hombre despierto, pero jamás he tenido mucha conversación con él.

—¿En qué sentido es peculiar?

—No lo sé; no es fácil de describir: nada llamativo, pero una lo percibe cuando él le habla; no siempre se puede estar segura de si habla en broma o en serio, de si está complacido o al contrario; en resumen, una no llega a comprenderlo del todo... al menos yo no lo consigo: pero no tiene importancia; es un patrón excelente.

Ésta fue toda la relación que obtuve de la señora Fairfax acerca de su amo y del mío. Hay personas que parecen carecer de toda noción para esbozar un carácter o para observar y describir los rasgos salientes de individuos o cosas: la buena dama pertenecía patentemente a esta clase; mis pesquisas la desconcertaban, mas no lograban sonsacarla. El señor Rochester era el señor Rochester a sus ojos: un caballero rural, un propietario de tierras, nada más; no indagaba ni escudriñaba más allá, y a todas luces se maravillaba de mi afán de adquirir una noción más definida de su personalidad.

Cuando abandonamos el comedor, me propuso mostrarme el resto de la casa; y la seguí escaleras arriba y escaleras abajo, admirando cuanto veía al pasar; pues todo se hallaba bien dispuesto y lucía con prestancia. Las grandes alcobas de la fachada me parecieron en especial magníficas; y algunas de las estancias del tercer piso, aunque oscuras y bajas de techo, resultaban interesantes por su aire de antigüedad. El mobiliario antaño destinado a las habitaciones inferiores había sido trasladado aquí de cuando en cuando según mudaban las modas; y la escasa luz que penetraba por sus estrechas celosías dejaba ver armaduras de cama de un siglo de antigüedad; arcones de roble o de nogal que semejaban, con sus extrañas tallas de palmas y cabezas de querubines, arquetipos del arca hebrea; hileras de venerables sillas de alto respaldo y angosto asiento; taburetes más antiguos aún sobre cuyas almohadillas eran todavía visibles las huellas de bordados medio desvanecidos, labrados por dedos que desde hacía dos generaciones eran ceniza de sepultura. Todas estas reliquias conferían al tercer piso de Thornfield Hall el aspecto de una morada del pasado: un santuario de la memoria. Me agradaba la quietud, la penumbra y lo arcaico de aquellos retiros durante el día; pero de ningún modo habría codiciado el descanso nocturno sobre una de aquellas camas pesadas y anchas, cerradas algunas con puertas de roble y cubiertas otras con antiguos cortinajes ingleses labrados con tupidos bordados que representaban figuras de flores extrañas, aves más singulares aún y seres humanos inverosímiles, todo lo cual habría resultado ciertamente espeluznante al pálido resplandor de la luna.

—¿Duermen los criados en estas habitaciones? —pregunté.

—No; ocupan una serie de aposentos más pequeños hacia la parte trasera; nadie duerme jamás aquí: casi se diría que, si hubiese un fantasma en Thornfield Hall, éste sería su refugio.

—Eso mismo pienso yo: de modo que no tienen ningún fantasma, ¿verdad?

—Ninguno del que yo haya oído hablar jamás —repuso la señora Fairfax sonriendo.

—¿Ni leyendas de alguno? ¿Ningún cuento de aparecidos ni historias de espectros?

—Creo que no. Y sin embargo se cuenta que los Rochester fueron una estirpe más violenta que pacífica en su tiempo: acaso sea ése el motivo por el cual descansan tan tranquilos en sus tumbas hoy en día.

—Sí... «Tras la fiebre espasmódica de la vida, duermen en paz» —musité—. ¿Adónde va ahora, señora Fairfax? —pues se alejaba.

—A la techumbre de plomo: ¿quiere venir a contemplar las vistas desde allí? —La seguí todavía, subiendo por una angosta escalera hasta los desvanes y de allí, por una escalerilla de mano y a través de una trampilla, hasta el tejado de la mansión. Me hallaba ahora a la altura de la colonia de grajas y alcanzaba a ver el interior de sus nidos. Asomándome sobre las almenas y mirando hacia abajo, divisé las tierras extendidas como un mapa: el césped fino y aterciopelado ciñendo estrechamente la base gris del edificio; la pradera, ancha como un parque, salpicada de su arbolado secular; el bosque pardo y reseco dividido por una senda invadida por la maleza, más verde de musgo que los árboles de follaje; la iglesia junto a las cancelas, el camino, las colinas apacibles, reposando todo bajo el sol otoñal; y el horizonte ceñido por un cielo propicio, azul y veteado de un blanco perla. Ningún rasgo del paisaje resultaba extraordinario, pero todo resultaba deleitoso. Cuando me aparté de allí y crucé de nuevo la trampilla, apenas alcanzaba a distinguir los peldaños de la escalerilla: el desván parecía oscuro como una cripta comparado con aquella bóveda de aire azul hacia la que había alzado la vista y con aquel escenario soleado de arboledas, pastos y verdes colinas del que la mansión era el centro y sobre el cual me había recreado con deleite.

La señora Fairfax se quedó rezagada un momento para asegurar la trampilla; yo, a fuerza de tantear en la penumbra, di con la salida del desván y procedí a bajar la estrecha escalera de la buhardilla. Me demoré en el largo pasillo al que conducía, que separaba las estancias delanteras y traseras del tercer piso: angosto, bajo y tenebroso, con una sola ventanita en el extremo más apartado y semejante, con sus dos hileras de pequeñas puertas negras todas cerradas, al corredor de algún castillo de Barba Azul.

Mientras caminaba con paso sordo, el último sonido que esperaba escuchar en recinto tan quieto, una risa, hirió mis oídos. Era una risa singular: clara, formal, desprovista de alegría. Me detuve: el ruido cesó, mas sólo por un instante; recomenzó con mayor fuerza, pues al principio, aunque nítido, había sido muy tenue. Concluyó en una clamorosa carcajada que pareció despertar un eco en cada cámara solitaria; si bien se originaba en una sola estancia y yo habría podido señalar con el dedo la puerta de donde brotaban aquellos acentos.

—¡Señora Fairfax! —exclamé, pues la oía descender por la escalera principal—. ¿Ha oído esa risa tan fuerte? ¿Quién es?

—Alguna de las criadas, muy probablemente —contestó ella—: tal vez Grace Poole.

—¿La ha oído usted? —inquirí de nuevo.

—Sí, con claridad: la oigo a menudo; cose en una de estas habitaciones. A veces Leah está con ella; suelen ser alborotadoras cuando se juntan.

La risa se repitió en su tono bajo y silábico, rematando en un murmullo insólito.

—¡Grace! —exclamó la señora Fairfax.

En verdad no esperaba que ninguna Grace contestase; pues aquella risa resultaba tan trágica y sobrenatural como cualquiera que hubiese escuchado jamás; y a no ser porque era pleno mediodía y ninguna circunstancia espectral acompañaba a la singular carcajada, y porque ni el escenario ni la hora invitaban al pavor, me habría sentido presa de un terror supersticioso. Sin embargo, los hechos me demostraron que era una necia por abrigar siquiera un sentimiento de asombro.

La puerta más próxima a mí se abrió y salió una criada: una mujer de entre treinta y cuarenta años; de complexión cuadrada y recia, pelo rojizo y rostro duro y vulgar: difícilmente cabía imaginar una aparición menos romántica o menos fantasmal.

—Demasiado ruido, Grace —dijo la señora Fairfax—. ¡Recuerde las órdenes! —Grace hizo una reverencia en silencio y volvió a entrar.

—Es una persona a la que tenemos para coser y ayudar a Leah en sus faenas de doncella —continuó la viuda—; no del todo intachable en ciertos puntos, pero cumple bien su cometido. Dicho sea de paso, ¿cómo le ha ido con su nueva alumna esta mañana?

La conversación, encauzada así hacia Adela, continuó hasta que alcanzamos la luminosa y apacible planta baja. Adela vino corriendo a nuestro encuentro en el vestíbulo exclamando:

—¡Mesdames, vous êtes servies! —añadiendo—: J’ai bien faim, moi!

Encontramos la comida lista y aguardándonos en la salita de la señora Fairfax.

Fin del Episodio 24 · de 91

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