Jane Eyre·Episodio 23

Capítulo XI · II

~12 min · 2428 palabras

Cruzando la larga galería alfombrada con esteras, descendí los resbaladizos peldaños de roble y alcancé el vestíbulo: me detuve allí un minuto; contemplé varios cuadros en las paredes (uno, recuerdo, representaba a un hombre adusto con coraza, y otro a una dama de cabellos empolvados y collar de perlas), una lámpara de bronce suspendida del techo y un gran reloj cuya caja era de roble primorosamente tallado y ennegrecida por los años y el frote. Todo me parecía sumamente majestuoso e imponente; pero es que yo estaba tan poco avezada a la grandeza... La puerta del zaguán, cuya mitad superior era de cristal, permanecía abierta; crucé el umbral. Era una hermosa mañana otoñal; el sol matinal brillaba sereno sobre arboledas doradas y campos aún verdes; avanzando hacia el césped, alcé la vista y contemplé la fachada de la mansión. Tenía tres pisos de altura, de proporciones no desmedidas, si bien considerables: la casa solariega de un caballero rural, no la residencia de un noble; las almenas que coronaban la parte superior le conferían un aspecto pintoresco. Su fachada gris resaltaba con fuerza sobre el fondo de una grajera cuyos ruidosos pobladores se hallaban ahora en vuelo: cruzaban sobre el césped y los jardines para posarse en una vasta pradera de la que aquéllos se hallaban separados por un foso ha-ha, y donde una hilera de viejos y colosales espinos, vigorosos, nudosos y anchos como robles, explicaban al punto la etimología del nombre de la mansión. Más lejos se extendían colinas: no tan altas como las de los contornos de Lowood, ni tan escarpadas, ni tan semejantes a murallas que nos aislasen del mundo vivo; pero sí colinas bastante silenciosas y solitarias, que parecían abrazar Thornfield con un retiro que no esperaba hallar tan cerca de la populosa localidad de Millcote. Una pequeña aldea cuyos tejados se confundían con los árboles trepaba por la ladera de una de estas colinas; la iglesia de la parroquia se alzaba más cerca de Thornfield: su vieja torre asomaba sobre un montículo entre la mansión y las cancelas de entrada.

Aún disfrutaba de la plácida perspectiva y del grato aire fresco, deleitándome con el graznido de las grajas, contemplando la ancha y vetusta fachada de la casa y pensando en qué gran morada era aquélla para ser habitada por una ancianita tan sola como la señora Fairfax, cuando dicha dama asomó por la puerta.

—¡Cómo! ¿Ya fuera? —dijo ella—. Veo que es madrugadora. —Me acerqué a ella y fui acogida con un afable beso y un cordial apretón de manos.

—¿Qué le parece Thornfield? —preguntó. Le contesté que me agradaba muchísimo.

—Sí —dijo ella—; es una hermosa finca; pero me temo que acabará descuidándose a menos que al señor Rochester le dé por venir a residir aquí de forma permanente, o al menos visitarla más a menudo: las grandes mansiones y los hermosos parques exigen la presencia del propietario.

—¡El señor Rochester! —exclamé—. ¿Quién es?

—El dueño de Thornfield —respondió ella sosegadamente—. ¿No sabía que se llamaba Rochester?

Desde luego que no: jamás había oído hablar de él; pero la anciana parecía considerar su existencia como un hecho universalmente sabido, con el que todo el mundo debía estar familiarizado por instinto.

—Pensaba —continué— que Thornfield le pertenecía a usted.

—¿A mí? ¡Válgame Dios, hija! ¡Qué ocurrencia! ¡A mí! Sólo soy el ama de llaves, la gobernanta. Claro que guardo un lejano parentesco con los Rochester por parte de madre, o al menos mi marido lo guardaba; él era clérigo, párroco de Hay —esa aldehuela que se divisa allá en la colina—, y esa iglesia cerca de las cancelas era la suya. La madre del actual señor Rochester era una Fairfax y prima segunda de mi esposo: pero jamás presumo de dicho parentesco; de hecho no significa nada para mí; me considero a todos los efectos una gobernanta ordinaria: mi patrón se muestra siempre cortés y no espero nada más.

—¿Y la niña, mi alumna?

—Es la pupila del señor Rochester: me encargó que le buscase una institutriz. Tenía intención de que se educase en este condado, según creo. Aquí viene con su «bonne», como llama a su niñera. —El enigma quedaba entonces aclarado: esta viuda afable y bondadosa no era una gran señora, sino una dependiente como yo misma. No me agradó menos por ello; al contrario, me sentí más complacida que nunca. La igualdad entre ella y yo era real, no el mero fruto de la condescendencia por su parte: tanto mejor; mi posición resultaba mucho más libre.

Mientras meditaba sobre este descubrimiento, una niña pequeña seguida de su cuidadora subió corriendo por el césped. Miré a mi alumna, quien al principio no pareció reparar en mí: era una chiquilla menuda, acaso de siete u ocho años, de complexión delicada, rostro pálido de facciones menudas y una copiosa cabellera que le caía en rizos hasta la cintura.

—Buenos días, señorita Adela —dijo la señora Fairfax—. Venga a hablar con la señorita que va a enseñarle y a hacer de usted una mujer instruida algún día. —La niña se aproximó.

—¡C’est là ma gouvernante! —dijo señalándome y dirigiéndose a su niñera; quien contestó:

—Mais oui, certainement.

—¿Son extranjeras? —inquirí asombrada al escuchar la lengua francesa.

—La niñera es extranjera y Adela nació en el continente; y creo que jamás salió de allí hasta hace unos seis meses. Cuando llegó por vez primera no sabía hablar una palabra de inglés; ahora se las apaña para chapurrearlo un poco: yo no la entiendo, lo mezcla tanto con el francés; pero usted comprenderá lo que dice perfectamente, me atrevo a asegurar.

Por fortuna había tenido la ventaja de recibir lecciones de francés de una dama francesa; y como siempre me había esmerado en conversar con madame Pierrot tan a menudo como me era posible, y además durante los últimos siete años había aprendido de memoria un pasaje en francés a diario —esforzándome en cuidar mi acento e imitando lo más fielmente posible la pronunciación de mi maestra—, había adquirido cierto grado de soltura y corrección en el idioma y no era probable que me sintiese muy desconcertada con mademoiselle Adela. Vino y me estrechó la mano al enterarse de que yo era su institutriz; y al conducirla al interior para desayunar, le dirigí algunas frases en su propia lengua: contestó brevemente al principio, pero una vez sentadas a la mesa y tras examinarme durante unos diez minutos con sus grandes ojos color avellana, comenzó de pronto a charlar con fluidez.

—¡Ah! —exclamó en francés—: ¡habla usted mi idioma tan bien como el señor Rochester! Puedo hablar con usted como lo hago con él, y también Sophie. Se alegrará mucho: nadie aquí la comprende; madame Fairfax es enteramente inglesa. Sophie es mi niñera; vino conmigo a través del mar en un gran barco con una chimenea que echaba humo... ¡cuánto humo echaba! Y me puse enferma, y también Sophie, y también el señor Rochester. El señor Rochester se acostó en un sofá en una hermosa estancia llamada el salón, y Sophie y yo teníamos camitas en otro sitio. Casi me caigo de la mía; parecía un estante. Y mademoiselle... ¿cómo se llama usted?

—Eyre; Jane Eyre.

—¿Aire? ¡Bah! No sé pronunciarlo. Bueno, nuestro barco se detuvo por la mañana, antes de que fuese de día del todo, en una gran ciudad, una inmensa ciudad de casas muy oscuras y enteramente llena de humo; nada parecida a la hermosa y limpia ciudad de donde yo venía; y el señor Rochester me llevó en brazos sobre un tablón hasta la orilla, y Sophie venía detrás, y todos subimos a un carruaje que nos llevó a una hermosa y gran mansión, más grande que ésta y más elegante, llamada hotel. Permanecimos allí cerca de una semana: Sophie y yo salíamos a pasear todos los días por un gran prado verde lleno de árboles llamado el Parque; y había muchos niños además de mí, y un estanque con hermosas aves a las que daba de comer migajas de pan.

—¿Alcanza a entenderla cuando habla con tanta rapidez? —preguntó la señora Fairfax.

La comprendía muy bien, pues me hallaba avezada a la fluida lengua de madame Pierrot.

—Desearía —continuó la buena dama— que le hiciese una o dos preguntas acerca de sus padres: me pregunto si los recordará.

—Adela —le pregunté—, ¿con quién vivías cuando estabas en esa hermosa y limpia ciudad de la que has hablado?

—Vivía hace mucho tiempo con mamá; pero se ha ido con la Santísima Virgen. Mamá solía enseñarme a bailar y a cantar, y a recitar versos. Venían muchísimos caballeros y damas a ver a mamá, y yo solía bailar ante ellos, o sentarme en sus rodillas y cantarles: me gustaba mucho. ¿Quiere que le cante algo ahora?

Había concluido su desayuno, de suerte que le permití darnos una muestra de sus habilidades. Bajando de su silla, vino y se acomodó sobre mis rodillas; luego, juntando sus manitas con modestia ante sí, echando hacia atrás sus bucles y alzando los ojos hacia el techo, comenzó a entonar una melodía de alguna ópera. Era la queja de una dama abandonada que, tras deplorar la perfidia de su amante, llama al orgullo en su auxilio; pide a su doncella que la engalane con sus joyas más relucientes y sus más ricos vestidos, y resuelve acudir esa noche al baile para encontrarse con el desleal y demostrarle, con la alegría de su porte, cuán poco la ha afectado su abandono.

El asunto parecía singularmente escogido para una cantante infantil; mas supongo que la gracia de la exhibición radicaba en escuchar las notas del amor y de los celos gorgeadas con el ceceo de la niñez; y de muy mal gusto resultaba semejante gracia: al menos así lo juzgué yo.

Adela cantó la cancioncilla con bastante afinación y con la ingenuidad propia de su edad. Concluido el trance, saltó de mis rodillas y dijo: «Ahora, mademoiselle, le recitaré unos versos».

Adoptando una pose teatral, comenzó: «La Ligue des Rats: fable de La Fontaine». Declamó entonces la pequeña pieza con una atención a las pausas y al énfasis, una flexibilidad en la voz y una propiedad en los ademanes verdaderamente insólitas a su edad, demostrando haber sido cuidadosamente instruida.

—¿Fue tu mamá quien te enseñó esa poesía? —pregunté.

—Sí, y solía recitarla justo de este modo: «Qu’avez vous donc? lui dit un de ces rats; parlez!». Me hacía alzar la mano, así, para recordarme que subiese la voz en la pregunta. ¿Quiere ahora que baile para usted?

—No, ya es suficiente; pero después de que tu mamá se fuese con la Santísima Virgen, como dices, ¿con quién viviste entonces?

—Con madame Frédéric y su esposo: ella cuidaba de mí, pero no es pariente mía en absoluto. Creo que es pobre, pues no tenía una casa tan hermosa como mamá. No estuve mucho tiempo allí. El señor Rochester me preguntó si me gustaría ir a vivir con él a Inglaterra y le dije que sí; pues conocía al señor Rochester antes de conocer a madame Frédéric, y él siempre era cariñoso conmigo y me regalaba hermosos vestidos y juguetes: pero ya ve que no ha cumplido su palabra, pues me ha traído a Inglaterra y ahora se ha marchado él de nuevo y no lo veo jamás.

Tras el desayuno, Adela y yo nos retiramos a la biblioteca, estancia que, según parecía, el señor Rochester había dispuesto que sirviese de sala de estudio. La mayoría de los libros permanecían bajo llave tras puertas de cristal; pero había una librería que se hallaba abierta conteniendo cuanto podía precisarse en materia de obras elementales, amén de varios volúmenes de literatura amena, poesía, biografías, viajes, algunas novelas, etcétera. Supongo que él consideró que aquello era todo cuanto la institutriz precisaría para su lectura particular; y en verdad me colmaron con creces por el momento: comparados con las magras espigas que de tarde en tarde había logrado cosechar en Lowood, parecían brindar una abundante mies de recreo e instrucción. En esta habitación había asimismo un piano vertical, completamente nuevo y de excelente sonoridad; amén de un caballete para pintar y un par de globos terráqueos.

Encontré a mi alumna bastante dócil, aunque poco inclinada a la aplicación: no estaba acostumbrada a ninguna clase de ocupación regular. Sentí que resultaría imprudente exigirle demasiado al principio; de suerte que, tras hablar largo rato con ella y lograr que aprendiese un poco, cuando la mañana hubo avanzado hacia el mediodía, le permití regresar con su niñera. Me propuse entonces ocuparme hasta la hora de comer en trazar algunos dibujitos para su uso.

Cuando subía las escaleras en busca de mi cartapacio y lápices, la señora Fairfax me llamó: «Sus clases de la mañana habrán concluido ya, supongo», dijo. Se encontraba en una estancia cuyas puertas dobles permanecían abiertas de par en par: entré cuando me dirigió la palabra. Era un aposento vasto y señorial, con sillas y cortinajes purpúreos, una alfombra de Turquía, paredes paneladas de nogal, una inmensa vidriera de ricos colores y un techo elevado de noble moldura. La señora Fairfax quitaba el polvo a unos jarrones de fino espato purpúreo colocados sobre un aparador.

—¡Qué habitación tan hermosa! —exclamé mirando alrededor; pues jamás había visto ninguna ni la mitad de imponente.

—Sí; éste es el comedor. Acabo de abrir la ventana para dejar entrar un poco de aire y de sol; pues todo se humedece tanto en estancias que rara vez se habitan... El salón de allá parece una cripta.

Señaló un ancho arco que correspondía a la ventana y cubierto al igual que ella por un cortinaje teñido de púrpura de Tiro, ahora recogido con lazos. Subiendo a él por dos anchos peldaños y mirando a través, creí vislumbrar un rincón feérico, tan deslumbrante se ofreció a mis ojos inexpertos la perspectiva interior. Sin embargo, no era más que un salón muy hermoso y dentro de él un tocador, cubiertos ambos con alfombras blancas sobre las cuales parecían tenderse brillantes guirnaldas de flores; entrambos techados con níveas molduras de uvas blancas y hojas de parra, bajo las cuales resplandecían en rico contraste canapés y otomanas carmesíes; mientras los adornos sobre la pálida repisa de mármol de Paros eran de reluciente cristal de Bohemia, rojo rubí; y entre las ventanas grandes espejos repetían la conjunción general de nieve y fuego.

—¡Qué orden tan admirable mantiene en estas salas, señora Fairfax! —dije yo—. Ni una mota de polvo, ninguna funda de lona: salvo por el aire frío que se respira, cualquiera diría que se habitan a diario.

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