Jane Eyre·Episodio 20

Capítulo X · I

~13 min · 2522 palabras

Hasta aquí he consignado con detalle los acontecimientos de mi insignificante existencia: a los diez primeros años de mi vida he dedicado casi otros tantos capítulos. Pero esto no pretende ser una autobiografía al uso: sólo me veo en la obligación de invocar a la Memoria cuando sé que sus respuestas atesoran algún grado de interés; por tanto, paso ahora sobre un intervalo de ocho años casi en silencio: apenas unas cuantas líneas resultan necesarias para mantener los eslabones del enlace.

Cuando la epidemia de tifus hubo consumado su misión de devastación en Lowood, fue desapareciendo paulatinamente de allí; mas no antes de que su virulencia y el número de sus víctimas hubiesen atraído la atención pública sobre la escuela. Se practicaron pesquisas sobre el origen del flagelo, y por grados salieron a la luz diversos hechos que suscitaron la indignación general en grado sumo. La insalubridad del emplazamiento, la cantidad y calidad de los alimentos de las alumnas, el agua salobre y fétida empleada en su preparación y el mísero atuendo y acomodo de las pupilas: todo ello fue descubierto, y el descubrimiento produjo un resultado mortificante para el señor Brocklehurst, pero altamente provechoso para la institución.

Varios hacendados y personas benéficas del condado aportaron generosas sumas para la edificación de un edificio más adecuado en mejor emplazamiento; se redactaron nuevos reglamentos y se introdujeron mejoras en la dieta y en el vestido; los fondos del colegio fueron confiados a la administración de un comité. El señor Brocklehurst, a quien por su riqueza y sus vínculos familiares no se podía excluir, retuvo todavía el cargo de tesorero; pero fue asistido en el desempeño de sus deberes por caballeros de criterio más amplio y sentimientos más compasivos; su cargo de inspector fue compartido asimismo por quienes sabían aunar la sensatez con la severidad, el desahogo con la economía y la piedad con la rectitud. La escuela, así renovada, se convirtió con el tiempo en una institución verdaderamente noble y provechosa. Permanecí como moradora dentro de sus muros tras su regeneración durante ocho años: seis como alumna y dos como maestra; y en ambos cometidos doy testimonio de su valor y de su importancia.

Durante estos ocho años mi vida fue uniforme, pero no desdichada, pues no careció de actividad. Tuve a mi alcance los medios para adquirir una educación excelente; la afición por algunos de mis estudios y el deseo de sobresalir en todos, junto con el vivo deleite de complacer a mis maestras, en especial a aquellas a quienes amaba, me impulsaron hacia adelante: aproveché con plenitud las ventajas que se me ofrecían. Con el tiempo ascendí hasta convertirme en la primera alumna de la primera clase; luego fui investida con el cargo de maestra, que desempeñé con celo durante dos años: mas al término de ese tiempo cambié.

La señorita Temple, a través de todas las vicisitudes, había continuado hasta entonces como superintendente del seminario: a sus enseñanzas debía yo la mejor parte de mis conocimientos; su amistad y su compañía habían constituido mi consuelo incesante; me había servido de madre, institutriz y, últimamente, de camarada. En este período contrajo matrimonio, marchó con su esposo (un clérigo, un hombre excelente, casi digno de semejante esposa) a un condado lejano y, por ende, la perdí para siempre.

Desde el día de su partida ya no volví a ser la misma: con ella se desvaneció todo sentimiento asentado, todo vínculo que había hecho de Lowood en cierta medida un hogar para mí. Había absorbido de ella algo de su naturaleza y mucho de sus hábitos: pensamientos más armoniosos y lo que parecían sentimientos mejor templados se habían convertido en moradores de mi mente. Había rendido pleitesía al deber y al orden; me mostraba apacible y me creía satisfecha: a ojos de los demás, e incluso de ordinario a los míos propios, parecía una criatura disciplinada y sumisa.

Pero el destino, bajo la figura del reverendo señor Nasmyth, se interpuso entre la señorita Temple y yo: la vi con su atuendo de viaje subir a una posta de alquiler poco después de la ceremonia nupcial; contemplé el carruaje remontar la colina y desaparecer tras su cresta; y luego me retiré a mi cuarto, pasando allí en soledad la mayor parte del medio día festivo concedido en honor de las nupcias.

Recorrí la estancia de un lado a otro la mayor parte del tiempo. Me figuraba que sólo lamentaba mi pérdida y cavilaba sobre el modo de repararla; pero cuando mis reflexiones concluyeron, y alcé la vista y comprobé que la tarde se había extinguido y la noche se hallaba avanzada, otra certidumbre despuntó en mí: a saber, que en aquel intervalo había experimentado una honda transformación; que mi espíritu se había despojado de cuanto había tomado prestado de la señorita Temple —o más bien que ella se había llevado consigo la serena atmósfera que yo había respirado en sus proximidades—, y que ahora me encontraba de nuevo en mi elemento natural, comenzando a sentir la agitación de antiguas emociones. No parecía como si me hubiesen retirado un puntal, sino más bien como si se hubiese desvanecido un motivo: no era la facultad de guardar calma lo que me faltaba, sino que la razón para estar tranquila ya no existía. Mi mundo se había circunscrito durante varios años a Lowood: mi experiencia se reducía a sus normas y sistemas; ahora recordaba que el mundo verdadero era ancho, y que un variado campo de esperanzas y temores, de sensaciones y emociones, aguardaba a quienes poseían el valor de adentrarse en su extensión y buscar el conocimiento real de la vida en medio de sus peligros.

Fui hacia la ventana, la abrí y miré hacia fuera. Allí se alzaban las dos alas del edificio; allí estaba el jardín; allí los aledaños de Lowood; allí el quebrado horizonte de colinas. Mi mirada pasó por encima de todos los demás objetos para posarse en los más remotos: las cumbres azuladas; eran ésas las que anhelaba remontar; cuanto quedaba encerrado en su cerco de rocas y brezales se me antojaba terreno carcelario, linderos de destierro. Seguí con la vista el camino blanco que serpenteaba al pie de una montaña y se perdía en un desfiladero entre dos cumbres: ¡cuánto ansiaba seguirlo más allá! Recordé la época en que había recorrido ese mismo camino en la diligencia; me acordé de descender aquella colina al atardecer: un siglo parecía haber transcurrido desde el día que me condujo por vez primera a Lowood, y jamás había salido de allí desde entonces. Mis vacaciones las había pasado todas en la escuela: la señora Reed jamás me había mandado llamar a Gateshead; ni ella ni nadie de su familia había venido nunca a visitarme. No había tenido comunicación por carta ni por recado con el mundo exterior: reglas escolares, deberes escolares, hábitos y nociones escolares, y voces, y rostros, y frases, y vestimentas, y preferencias y aversiones... Tal era todo cuanto conocía de la existencia. Y ahora sentía que aquello no bastaba; me hastié de la rutina de ocho años en el transcurso de una sola tarde. Anhelaba la libertad; por la libertad suspiraba; por la libertad elevé una plegaria: pareció dispersarse en el viento que soplaba suavemente. La abandoné y formulé una súplica más humilde; un ruego por cambio, por estímulo: esa petición pareció disolverse asimismo en el espacio vacío. «¡Entonces —exclamé casi desesperada—, concededme al menos una servidumbre nueva!»

En este punto, una campana que tocaba la hora de la cena me llamó escaleras abajo.

No quedé libre para reanudar el interrumpido hilo de mis reflexiones hasta la hora de acostarme: e incluso entonces una maestra que compartía la misma habitación conmigo me apartó del asunto al que ardía en deseos de volver, con un prolongado desahogo de fútiles cháchara. ¡Cuánto deseaba que el sueño la enmudeciese! Parecía como si, de haber podido regresar a la idea que por última vez había cruzado mi mente mientras me hallaba ante la ventana, alguna sugerencia ingeniosa hubiese de brotar para mi alivio.

La señorita Gryce roncó al fin: era una galesa corpulenta, y hasta entonces sus habituales acordes nasales jamás habían sido considerados por mí sino como una molestia insoportable; esta noche acogí las primeras notas profundas con satisfacción: me hallaba libre de interrupciones; mi pensamiento medio borrado revivió al instante.

«¡Una nueva servidumbre! Hay algo en ello», monologué para mis adentros (mentalmente, entiéndase bien; no hablé en voz alta). «Sé que lo hay, porque no suena demasiado dulce; no se parece a palabras tales como Libertad, Emoción, Disfrute: sonidos deliciosos, en verdad; pero nada más que sonidos para mí; y tan huecos y fugaces que es mera pérdida de tiempo prestarles oído. ¡Pero la Servidumbre! Eso sí es algo tangible. Cualquiera puede servir: yo he servido aquí ocho años; ahora todo cuanto quiero es servir en otra parte. ¿Acaso no puedo conseguir tanto de mi propia voluntad? ¿No es factible la empresa? Sí, sí: el fin no es tan difícil, ¡si al menos tuviese un cerebro lo bastante despierto para desentrañar los medios de alcanzarlo!»

Me incorporé en la cama para espabilar dicho entendimiento: era una noche fría; me cubrí los hombros con un mantón y luego procedí a cavilar de nuevo con todas mis fuerzas.

«¿Qué deseo? Un nuevo empleo, en una nueva casa, entre rostros nuevos y bajo nuevas circunstancias: deseo esto porque de nada sirve anhelar nada mejor. ¿Cómo hace la gente para encontrar una colocación? Recurren a los amigos, supongo; yo no tengo amigos. Hay muchas otras personas que no tienen amigos y que deben buscarse la vida por sí mismas y ser su propio auxilio: ¿y cuál es su recurso?»

No supe responder: nada me contestaba; ordené entonces a mi cerebro que hallase una respuesta, y aprisa. Trabajó y trabajó con mayor celeridad: sentí latir las sienes y la cabeza; pero durante cerca de una hora trabajó en medio del caos, sin que ningún fruto coronara sus esfuerzos. Afiebrada tras tan vano afán, me levanté y di una vuelta por la habitación; descorrí la cortinilla, divisé una o dos estrellas, me estremecí de frío y volví a deslizarme en el lecho.

Una benévola hada, durante mi ausencia, había depositado de seguro la sugerencia precisa sobre mi almohada; pues en cuanto me acosté, surgió suave y natural en mi mente: «Quienes buscan empleo ponen anuncios: debes anunciarte en el Heraldo del Condado».

—¿Cómo? No sé nada acerca de poner anuncios.

Las respuestas surgían dóciles y prontas ahora:

«Debes enviar el anuncio y el importe para costearlo en un sobre dirigido al director del Heraldo; debes depositarlo en el correo de Lowton a la primera ocasión que se te presente; las respuestas deben dirigirse a J. E., en la estafeta de correos de allí; puedes ir a preguntar una semana después de haber enviado la carta para ver si ha llegado alguna, y obrar en consecuencia».

Repasé este plan dos y tres veces; quedó entonces madurado en mi cabeza; cobró una forma práctica y clara: me sentí satisfecha y me quedé dormida.

Al despuntar el alba ya estaba en pie: tenía mi anuncio redactado, ensobrado y rotulado antes de que la campana sonase para despertar a la escuela; decía así:

«Una señorita acostumbrada a la enseñanza (¿no había sido maestra durante dos años?) desea colocarse en una familia particular donde los niños tengan menos de catorce años (pensé que, teniendo yo apenas dieciocho, no convendría asumir la dirección de alumnas de edad más próxima a la mía). Se halla capacitada para impartir las materias habituales de una esmerada educación inglesa, además de Francés, Dibujo y Música (en aquellos tiempos, lector, este catálogo hoy menguado de aptitudes se habría tenido por razonablemente completo). Dirigirse a J. E., Estafeta de Correos, Lowton, Condado de...».

Este pliego permaneció guardado bajo llave en mi cajón durante todo el día: tras la merienda, pedí permiso a la nueva superintendente para desplazarme a Lowton con objeto de hacer unos pequeños recados para mí y para una o dos compañeras maestras; la licencia me fue concedida al punto; marché. Era una caminata de dos millas y la tarde era lluviosa, pero los días aún eran largos; visité una o dos tiendas, deposité la carta en la estafeta de correos y regresé bajo una lluvia copiosa, con las ropas empapadas pero con el corazón aliviado.

La semana siguiente se me antojó larga; llegó a su fin al cabo, no obstante, como todas las cosas terrenales, y una vez más, hacia el término de un apacible día otoñal, me hallé de camino a pie hacia Lowton. Era una senda pintoresca, dicho sea de paso; discurría a la orilla del arroyo y a través de los recodos más amenos del valle; pero aquel día pensaba más en las cartas que podían o no aguardarme en el pueblecillo hacia donde me dirigía, que en los encantos de las praderas y del agua.

Mi encargo manifiesto en aquella ocasión consistía en encargar que me tomasen medidas para unos zapatos; de modo que despaché ese asunto en primer término, y una vez concluido, crucé la callejuela limpia y silenciosa desde la zapatería hacia la estafeta de correos: la atendía una anciana que llevaba gafas de concha sobre la nariz y mitones negros en las manos.

—¿Hay alguna carta para J. E.? —pregunté.

Me miró por encima de las gafas y luego abrió un cajón hurgando entre sus papeles durante largo rato, tanto que mis esperanzas comenzaron a desvanecerse. Al fin, tras sostener un pliego ante sus lentes durante cerca de cinco minutos, me lo alargó sobre el mostrador, acompañando el ademán con otra mirada inquisitiva y recelosa: era para J. E.

—¿Hay sólo una? —inquirí.

—No hay más —dijo ella; y me la guardé en el bolsillo emprendiendo el regreso a casa: no podía abrirla entonces; el reglamento me obligaba a estar de vuelta a las ocho y eran ya las siete y media.

Diversas obligaciones me aguardaban a mi llegada: hube de sentarme con las muchachas durante su hora de estudio; luego me correspondió el turno de rezar las oraciones y cerciorarme de que se acostasen: después cené con las demás maestras. Incluso cuando al fin nos retiramos por la noche, la inevitable señorita Gryce fue aún mi compañera: sólo disponíamos de un cabo de vela en el candelero y temía que se pusiese a charlar hasta que se consumiese por entero; por fortuna, la copiosa cena que había ingerido produjo un efecto soporífero: roncaba ya antes de que yo concluyese de desvestirme. Aún restaba una pulgada de vela: saqué entonces mi carta; el sello ostentaba una inicial, la F; lo rompí; el contenido era escueto:

«Si J. E., que se anunció en el Heraldo del Condado del jueves pasado, posee los conocimientos mencionados y si se halla en condiciones de ofrecer referencias satisfactorias sobre su conducta y competencia, puede ofrecérsele una plaza donde sólo hay una alumna, una niña menor de diez años, y donde el salario asciende a treinta libras anuales. Se ruega a J. E. que envíe referencias, nombre, dirección y cuantas precisiones estime oportunas a las siguientes señas:»

Fin del Episodio 20 · de 91

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